¡Como si se tratara de salir a la calle, echarle el lazo a un marido y arrastrarlo hasta su casa! ¡Como si un extraño pudiese cuidar de ella y del hijo de otro hombre!
¿Cómo se atrevía a sugerir algo así?
–Sabes que tengo razón, Miley –estaba diciendo él cuando le cerró la puerta a la espalda.
Después, Miley rompió a llorar.
Era la primera vez que lo hacía desde que descubrió que estaba embarazada, desde que empezó a vomitar, desde que el miedo la atenazaba.
Debía ser por las hormonas, se aseguró; no por Nick. El no merecía sus lágrimas.
Pero aun así, estas seguían brotando. Lágrimas de frustración, de ira, de furia. Lágrimas de traición, de pérdida, de sueños destrozados. Lloró hasta que ya no pudo más.
Y entonces se secó los ojos, se limpió la nariz y se obligó a mirarse en el espejo.
Una mujer de treinta y un años con la cara enrojecida la miró desde la luna. Una mujer de ojos hinchados, nariz roja y pelo alborotado. Una mujer que no era guapa, y que tampoco era inteligente, como Nick decía. Si lo fuera, no estaría en aquella situación.
¿Sensible? Sí, bueno, eso sí. Precisamente por haber sido sensible al dolor de Nick estaba esperando un hijo suyo.
De él, no; de ella. Él no lo quería. Peor para él.
–Me parece que estamos solos tú y yo –dijo en voz alta, apoyando la mano en el vientre e intentando sonreír, y se quedó allí, frente al espejo, obligándose a mirarse hasta que consiguió convencerse de que era una mujer fuerte y valiente.
Estuvo allí de pie un buen rato. Y llegó a la conclusión de que no estaba tan sola. Tenía amigos. Tenía familia. Podría contar con su apoyo... en cuanto se lo dijera.
Y como suelen ocurrir las cosas, su hermana Sierra se presentó a la mañana siguiente en su casa antes de que tuviese oportunidad de decírselo ella misma.
Miley se había levantado pronto, decidida a seguir adelante con su vida, pero había terminado en el baño inclinada sobre el inodoro, angustiada por los vómitos que el médico le había prometido que desaparecerían pronto.
Pero ese pronto no parecía llegar nunca, se decía Miley cuando, con una taza de manzanilla y unas galletas en la mano, volvía a meterse en la cama.
Estuvo acostada hasta casi las once, leyendo un libro, tomando notas para un artículo, regañando a su bebé.
Y entonces sonó el timbre.
En un primer momento, temió que fuese Nick, pero después decidió que le importaría un comino que lo fuese. Aún tenía el estómago algo revuelto, pero se aseguraría de dirigir lo que saliera de su boca a sus zapatos. Con esa agradable perspectiva, abrió la puerta.
–Vaya, siento haberte despertado – dijo Sierra. Era obvio por la camiseta arrugada y el pelo revuelto de Miley–. Estás peor que yo.
Sierra llevaba el pelo rojo y de punta, una camiseta de licra corta y ajustada y unos pantalones caqui un par de tallas más grandes de la cuenta. Pero su aspecto era calculado.
–Estoy trabajando –mintió Miley–. Lo que pasa es que no me he peinado.
–Ni te has vestido –era evidente que su hermana no se había creído ni una palabra. Entró al salón y se volvió para mirar a su hermana de arriba abajo–. ¿Sabes una cosa? Estás echando senos.
–¿Qué? –instintivamente cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su hermana con el ceño fruncido. No tenía ni idea de qué estaba haciendo Sierra allí a media mañana pero, desde luego, no habría ido a calibrar el tamaño de sus pechos.
Un olor extraño que emanaba de una bolsa que Sierra llevaba en la mano estaba revolviéndole de nuevo el estómago.
–Bueno, también podría ser que hace tiempo que no te veo sin sujetador y en camiseta, pero yo creo que no – se acercó a Miley y aparté los brazos–. Ya era hora. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y dos?
–Y uno – corrigió.
–Da igual. Si te ha pasado a ti, también podrá pasarme a mí – Sierra se miró. Era verdad que estaba plana como una tabla–. ¿Cómo lo has hecho?
–Yo.
–¿Y a qué se debe lo de haber abandonado el sujetador? ¿Es que te has vuelto feminista, o es por conciencia política de género?
Miley suspiró y se pasó la mano por el pelo.
–No iba a ir a ninguna parte, así que no me he molestado en ponérmelo.
–Una de las maravillas de trabajar en casa. Te envidio. En eso y en tus senos.
¿Le envidiaría también la razón por la que tenía más pecho?
–¿Qué haces aquí? –le preguntó, sujetándose en el respaldo de una silla.
–Acabamos de terminar una sesión en el parque –explicó–, y como estaba cerca y hace unos días que no nos vemos, me he pasado por O’Toole y he traído la comida –puso la bolsa de papel marrón que llevaba en sus manos–. Tu favorita.
El olor. «No, por Dios, que no sea...»
–Carne estofada y ensalada de repollo –sonrió Sierra y abrió los ojos de par en par cuando Miley dejó caer la bolsa y salió corriendo–. ¿Miley? ¡Miley!
Pero
Miley ya estaba en el baño, deshaciéndose de la manzanilla y las galletas.
Su hermana aporreó la puerta.
–¿Miley? ¿Estás bien?
–Mm... bien... –contestó cuando pudo. Luego, se sentó en el suelo, apoyada contra la bañera y dejo caer la cabeza entre las piernas. Su cerebro parecía estar dando vueltas en la noria y el estómago parecía con deseos de mudarse a otra parte.
–¿Tienes gripe? ¿Por eso estabas en la cama?
–No.
Se levantó agarrándose al lavabo.
–¡Miley!
–Estoy bien.
Respiró hondo, se lavó la cara y los dientes e intentó recuperar un poco el color de las mejillas.
Estaba bien. Aquello era normal. Pero no podía abrir la puerta hasta que...
–¿Podrías, eh... sacar esa bolsa... fuera?
–Enseguida.
Oyó a su hermana abrir la puerta de la calle y volvió a respirar hondo.
–Bien –se dijo–. Estoy bien.
Cuando abrió la puerta, Sierra llegaba de nuevo, preocupada. Las dos se miraron y al final fue
Miley quien preguntó:
–¿Qué?
Sierra movió la cabeza como si hubiera pensado en algo, pero hubiera terminado descartándolo.
–Senos grandes, camiseta grande, sales corriendo al oler la carne... Miley, ¿estás embarazada?
–¿Y qué si lo estoy?
–Ay, Dios mío– a punto estuvieron de salírsele los ojos de las órbitas–. Estás embarazada.
–¿Y? ¡No tiene por qué ser tan horrible!
–No, claro que no. Es que no me había imaginado que fueras tú la que... es que siempre has sido tan...
No terminó las frases, pero no importó.
Miley sabía bien lo que quería decir: que ella siempre había sido la buena de la familia. La que nunca metía la pata. La que nunca sacaba los pies del tiesto.
Y era verdad. Su hermana ya se ocupaba de todo eso por las dos. Y ambas sabían que si alguna de las dos hermanas Cyrus iba a quedarse embarazada en una situación menos que aceptable, sería Sierra.
–Bueno –dijo su hermana, al parecer sin saber qué hacer con las manos–. Va a costarme un poco acostumbrarme –añadió con una sonrisa–. ¿Quién es el afortunado papá?
–No importa.
–¿No importa? ¿Lo sabe él?
–Lo sabe.
Miley se encogió de hombros intentando parecer lo más despreocupada posible.
–No le interesa.
–¿Que no le...? ¿Pero con qué clase de imbécil te...?
–No es imbécil. Bueno, puede que sí –sí, sin duda lo era–. Lo que pasa es que no quiere ser padre.
–Pues debería haberlo pensado antes.
–Déjalo, Sierra, por favor.
–Pero...
–Déjalo.
No parecía muy dispuesta a hacerlo, pero se apoyó contra la pared y respiró hondo. Al final, parecía dis
puesta a olvidarlo, pero fue para cambiar de táctica.
–¿Lo sabe la gente?
–Nadie. Solo él. Y tú, ahora.
Sierra asimiló la respuesta y se quedó muy seria.
–No estarás…no estarás pensando en no tener al...
–¡Claro que no! Por supuesto que voy a tenerlo. Y pienso quedarme con él. O con ella.
Miró a su hermana con desaprobación por tan si quiera haberlo pensado.
–Bien. No creas que había pensado que...
Por supuesto que no. Conocía a su hermana y sabía que jamás pretendería arreglar un error con otro mayor.
Sierra se rascó la cabeza y hundió las manos en aquellos enormes pantalones que parecían a punto de caérsele de las caderas. Respiró hondo una vez. Y otra.
–Muy bien –dijo con una sonrisa–. Siempre he querido ser tía. ¿Qué puedo hacer para ayudar?
Miley parpadeó. De pronto tenía los ojos húmedos.
–Acabas de hacerlo –dijo, abrazando a su hermana–. Gracias.
Sierra la abrazó con fuerza.
–No habrás pensado que no iba a apoyarte. Tú siempre lo has hecho conmigo.
Y era cierto.
Miley siempre había estado a su lado, defendiendo el derecho de su hermana a ser diferente. A cortarse el pelo y a teñírselo de verde, de rosa, o de rojo. A llevar sus camisetas y sus botas de militar cuando el resto de Kansas llevaba vaqueros.
También había apoyado a Sierra en su derecho a tener un novio con la nariz tatuada. Y por aquel otro con una Harley, cadenas y los dientes enfundados de oro.
Sierra la abrazó un poco más y luego se separó para mirarle la tripa.
–Yo creo que ya se te nota un poco. Y no solo por los senos. Además, tienes algo diferente en la cara –añadió, estudiándola–. Estás... no se, radiante –sonrio–. ¿Cuándo nacerá?
–Dentro de seis meses.
Sierra sumó con los dedos.
–¿En Navidad?
–Eso dice el médico.
–Genial. Así tendré una excusa para no ir a casa. Mamá y papá podrán venir aquí.
–¿Tú crees que vendrán? –preguntó con escepticismo. Sus padres, granjeros de toda la vida, huían de Nueva York todo lo que podían.
–Cuenta con ello. Ya sabes las ganas que tiene mamá de ser abuela.
–Pero en estas circunstancias...
–Quieren que nuestras vidas sean perfectas, pero estarán encantados con que nos encontremos bien y que vayas a darles un nieto. Estarán aquí –predijo.
Y
Miley la creyó a pies juntillas. Sus padres eran la sal de la tierra. Era cierto lo que Sierra decía. Habrían deseado que su hija se quedase embarazada en otras circunstancias, pero la apoyarían y acogerían a su primer nieto con los brazos abiertos.
–¿Puedes comer algo? –preguntó Sierra, de vuelta a lo práctico–. Me muero de hambre. Hemos empezado a trabajar a las cinco de la mañana.
Miley sonrio.
–Y yo te he hecho tirar la comida.
–No importa. ¿Tienes galletas y mantequilla de cacahuate? –preguntó, de camino a la cocina.
Miley la siguió.
–Vivo a base de galletas. El médico me ha dicho que las náuseas se me pasarán pronto. De hecho, ya estoy mejor.
Se sentó mientras Sierra les preparaba unas cuantas galletas con mantequilla de cacahuate. Luego abrió unas latas de tónica y cortó una manzana roja en pequeños trozos que colocó en un plato. Después lo colocó todo en la mesa y se sentó frente a su hermana.
Miley se comió una galleta y bebió un poco de tónica. Tomó otra galleta y la masticó a conciencia bajo la atenta mirada de Sierra. Solo cuando vio que no salía corriendo al baño suspiró, aliviada.
–Puf. Entonces, ¿podrás venir a un partido de los Yankees esta noche con Jeremy y conmigo?
Miley parpadeó.
–¿Qué?
–Pues que si lo tuyo no es contagioso... –se encogió de hombros–. Jeremy tiene entradas.
Jeremy, el novio del mes, era entrenador de atletas profesionales y estrellas de Broadway, entre otros.– Cuatro asientos junto a la tercera base. ¿Qué dices?
–Mm...
–Puedes traer a quien quieras. ¿Qué tal al padre del niño?
–No.
–Vale. Pues tráete a Nick.
–¡No! –exclamó, y se tragó la galleta, pero empezó a toser. Sierra le dio unas palmadas en la espalda.
–¿Estás mejor? –preguntó, preocupada–. ¿Por qué no Nick? Ya ha venido otras veces con nosotros.
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