miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capitulo 1.-


Nick Jonas daría su mano derecha por una ducha bien caliente, una cerveza bien fría y veinticuatro horas de sueño ininterrumpido; todo en ese orden.
Eran las seis de la mañana en la ciudad de Nueva York: los autobuses iban ya abarrotados, la ciudad entera despertaba y él estaba dispuesto a acostarse.
Porque para él, para su cabeza, no eran las seis. Es más, ni siquiera hubiera podido decir con seguridad qué hora era. De lo único que estaba seguro era de que llevaba horas subiendo y bajando de aviones, trenes y coches, y estaba destrozado. Abrió la cancela de hierro que daba acceso al jardín de su edificio y miró al segundo piso.
¿Estaría Miley levantada?
¿Estaría esperándolo?
Sí, claro. Seguro que se había pasado las últimas nueve horas en la ventana esperando verle aparecer. Como si le importase algo.
Abrió la cancela y luego la puerta de su casa. Ese era el problema: que se preocupaba por él de verdad.
Miley era amiga suya, y él de ella. O al menos lo había sido, porque ya no sabía qué pensar.
Cerró la puerta, dejó caer la bolsa de lona, cerró los ojos y apoyó la espalda, dejando que el cansancio y la preocupación ganaran la partida.
Llevaba más de dos meses fuera de casa. No había vuelto desde que... desde que una mañana se despertó en la misma cama que su vecina del segundo. Su encantadora y deliciosa vecina de arriba. Su amiga. Miley.
Dios, menudo lío. Lo normal hubiera sido que estuviese deseando llegar a casa, tomarse un respiro del estrés y las exigencias que conllevaba su trabajo en una unidad de bomberos de elite. En condiciones normales, habría estado deseando subir a ver a Miley y charlar con ella un rato. Suspiró, movió los hombros para desentumecerlos y se desabrochó la camisa. Pero en aquel momento, no quería subir a verla. No habría sabido qué decirle.
Ese era el problema que acarreaba el acostarse con una mujer por la que se sentía algo. Lo complicaba todo. Lo estropeaba todo. Daba lugar a que se creasen expectativas inesperadas, como la del matrimonio.
No. Tiró al suelo la camisa y entró al baño. Miley lo conocía bien. Nadie mejor que ella sabía cuál era su opinión respecto al matrimonio. Lo habían hablado en incontables ocasiones. Él no era hombre para el matrimonio, los compromisos o la responsabilidad. Ya había pasado por ello, y no estaba dispuesto a repetir. Es más, había tomado la decisión de decírselo así a cualquier mujer que conociera y que pudiera sentirse tentada de pensar lo contrario. De ese modo, nadie podría decir después que no se lo había advertido. De hecho, jamás se acostaba con alguien para quien pudiera significar algo más.
Se trataba de una regla de supervivencia que había establecido ocho años atrás. Una regla a la que nunca había faltado, hasta aquella noche hacía ya nueve semanas. Justo tras la muerte de Jack.
Acababan de terminar su primera misión juntos. El duro, competente y risueño Jack. El único hombre que los maravillaba a todos. El único a quien la muerte no podía tocar. «Jack el Afortunado», como lo llamaban sus compañeros de equipo, especializado en sofocar incendios en pozos y plataformas petrolíferas.
Pero diez semanas antes, en un pozo del Mar del Norte, la suerte de Jack se había acabado. Ocurrió durante un incendio igual que otros cien que habían apagado. Nadie se había comportado con imprudencia. Nadie había hecho mal su trabajo. No podía encontrar explicación a lo ocurrido.
Cinco días después, Nick había vuelto a casa tras el funeral de su amigo, aún aturdido, conmocionado, furioso, destrozado. El dolor por Jack era muy duro de soportar, pero peor aún eran los recuerdos que despertaba.
Recuerdos de otro incendio, de otro funeral: el de Sarah, ocho años antes.
Sarah, su esposa, su amor desde la niñez.
¡Su tiempo no debía haberse agotado! Ella no tenía por qué haber muerto.
Si él hubiera estado en casa aquella noche, en lugar de trabajar horas sin fin; si hubiese estado con ella como el marido que debía ser, Sarah y su hijo nonato estarían vivos aún. Pero no había estado allí.
Entonces trabajaba en el negocio de la familia, acababa de salir de la facultad y estaba dispuesto a demostrarle a Kevin, su hermano mayor, que podía trabajar tantas horas como él y alcanzar su misma cota de exito. Ni siquiera había ido a casa a cenar. Se había limitado a llamar a Sarah y decirle: voy a llegar tarde. No me esperes levantada.
Y así lo había hecho. El médico le había prescrito mucho reposo, de modo que Sarah se había acostado temprano. Pero antes de hacerlo, había encendido una vela. O, al menos, eso le había dicho el jefe de bomberos.
–Te dejaré una luz encendida –le había dicho ella.
Debía estar dormida cuando se declaró el incendio. Ya no volvió a despertarse.
La perdió a ella y a su hijo aquella noche, y nada de lo que pudiera hacer iba a devolvérselos. Al final, había terminado aceptándolo.
Había aprendido a vivir con el dolor. Y con la culpa.
Para desesperación de su padre, había dejado el trabajo en la empresa familiar y había decidido ser bombero.
–¿Para qué demonios quieres ser bombero? –le había preguntado su padre–. A Sarah ya no vas a poder recuperarla.
–Lo sé.
Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba luchar una y otra vez contra los demonios que le habían arrebatado a su esposa, hacer todo lo que estuviera en sus manos para ganar la batalla que había perdido.
Era un buen bombero. Decidido. Sereno. Frío frente a las llamas. Y así había conseguido encajar en la profesión. O al menos, intentarlo.
Durante los últimos ocho años, lo había conseguido. Ahora tenía una vida: un apartamento en el lado oeste, lejos de la zona este donde antes vivía con Sarah. Tenía amigos y, de vez en cuando, tenía alguna mujer.
Pero no iba a volver a casarse. Nunca.
No iba a acercarse tanto a nadie jamás. Eso sí que no lo había superado. Querer a alguien del modo en que quería a Sarah dolía demasiado, y no podía volver a hacerlo, y para ello mantenía todas sus relaciones controladas. Tenía amigos; tenía amantes ocasionales. Pero nunca una amiga que también fuese su amante.
Hasta que volvió a casa tras la muerte de Jack.
Aquella noche el dolor y los recuerdos le habían engullido por completo.
Y Miley, la inocente Miley, sorprendida de ver sus luces encendidas, se había pasado por su casa para ver qué pasaba.
No recordaba mucho de lo que había ocurrido después. Es más, intentaba no recordarlo. Durante más de dos meses, había intentado no recordarlo.
No quería recordar cómo le había abrazado, ni sus besos, ni sus intentos de calmarlo, a él, a un hombre que no necesitaba a nadie... y que se había aferrado a ella como un niño desamparado.
La necesidad de un niño le había empujado a besarla, a acariciarla, a buscar la suavidad de su cuerpo. Su cuerpo necesitaba su paz. Desesperadamente.
Y lentamente, Miley se había entregado a él.
Apretó los dientes. No podía pensar en ello. No quería permitirse recordar, porque cuando lo hacía, incluso en aquel momento, su cuerpo le traicionaba y quería que volviese a ocurrir.
¡No! No podía permitirlo. Quería a Miley como amiga, y no podía permitir que llegase a nada más.
Aún recordaba el estupor que había sentido al despertarse y encontrarla dormida en su cama.
El no dormía con ninguna mujer... no desde Sarah.
Era demasiado íntimo. Implicaba demasiado.
Pero aquella noche había dormido con Miley. Cuando por fin había abierto los ojos a la pálida luz del amanecer, la había encontrado acurrucada a su lado, la cabeza recostada en el hombro, una pierna sobre la suya y un brazo por encima de su vientre.
No se había atrevido a respirar o a moverse. Pero necesitaba hacerlo. Tenía que salir de allí como fuera, pero sin despertarla.
¿Qué demonios podría decirle si seguía allí cuando ella abriera los ojos?
Ni lo supo entonces, ni lo sabía ahora.
Se había pasado nueve semanas intentando saberlo.
Y aún esperaba que se le ocurriera algo cuando la viese. Quizás, con un poco de suerte, y conociéndola, fuese ella quien tomara la iniciativa. Lo más probable era que le quitase importancia. Quizás le diría que no importaba, que había sido una noche y nada más.
Respiró hondo. Sí, puede que ocurriera así. Miley era esa clase de mujer: generosa, amable... una mujer que a él le gustaba mucho.
Una de las cosas que más le gustaba de ella era que no se parecía en nada a Sarah.
Miley era alta y delgada, pero fuerte. No tenía nada que ver con lo frágil que era Sarah. Se enfrentaba al mundo con los brazos abiertos, mientras que Sarah siempre había sido más cauta, siempre esperando que fuese él quien tomase la iniciativa.
Su pelo era distinto también. Sarah era rubia y llevaba el pelo corto, que él podía revolver con una mano. Miley lo tenía castaño y largo, y recordaba haber enredado los dedos en él aquella noche.
Sacudió la cabeza e intentó deshacerse del recuerdo.
Tenía que pensar en Miley como en una amiga. Era lo que ambos querían. Ella nunca había hecho nada que sugiriera que podía buscar más. Precisamente por eso se sentía tan cómodo con ella.
Desde que se conocieron en una barbacoa que organizó en su terraza y a la que invitó a todos los vecinos, le hizo sentirse como un buen amigo. Miley, siempre estaba alegre y era extrovertida, la vecina perfecta. Una mujer divertida, con quien era divertido pasar el rato. Le gustaba ir a correr con ella, al cine, a algún restaurante nuevo o a la inauguración de alguna galería.

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