Volvió al trabajo.
Al día siguiente llamó a su jefe para decirle:
–¿Me necesitas en alguna parte?
Y lo envió a Turquía. Hizo la maleta antes de las 10 y salió antes de la medianoche. No le dijo a nadie ande se iba.
Llevaba allí tres, días cuando llamó a Kevin para decirle dónde estaba.
–¿Dónde dices que estás? ¿En Turquía? ¿Y para qué me lo dices? – Kevin parecía impaciente, incluso completamente desinteresado por lo que Nick tuviera que decirle. Le oyó tapar el auricular y gritar–: ¡No, ahora mismo, y punto! –debía estar hablando con secretaria–. ¿Para qué me lo dices? –le preguntó a Nick.
¿Para qué se lo decía? Nunca antes lo había hecho.
–Es que... bueno, he pensado que deberías saberlo. Si ocurre algo. A papá.
–¿Por si me lo cargo, quieres decir?
–¡Vaya! ¿Tan mal va la cosa? ¿Qué ha hecho ahora?
–Me tiene hasta las mismas narices. Cada semana me trae una chica nueva al despacho. No voy a tener más remedio que buscarme una mujer.
–¿Y casarte con ella?
–Quizás –contestó Kevin–. Si nos gustamos. ¿Conoces a alguna que esté disponible?
–No.
–Claro que sí. Tú eres un calavera y lo serás siempre. Debes tener una chica en cada puerto.
–No para que te cases con ella.
–¿Y tu vecina?
–¿Quién? ¿Miley?
–Sí, Miley. Papá no se atrevería ni a toserle. No me importaría casarme con ella.
–¡No!
La fuerza de la repuesta de Nick causó un completo silencio a ocho mil kilómetros de distancia.
–Ah –exclamó Kevin, que conocía perfectamente a su hermano–. ¿Tan mal está?
–¡No! No es lo que te imaginas. Es que...
Pero no podía decirle que estaba embarazada, porque la pregunta de Kevin sería quién era el padre...Y también cabía la posibilidad de que le hablase de ello a su padre para quitárselo de encima.
–Es que Miley se merece algo mejor, y no un matrimonio sin amor.
–¿Y tú no estás interesado?
–Yo soy hombre de una sola mujer.
Hubo otra pausa larga.
–Hace mucho tiempo que Sarah murió. Además ella no esperaría que tú...
–No me interesa –le cortó–. Dejémoslo, ¿vale?
–Vale, vale. No hace falta que me muerdas.
–Pues entonces, no me des la tabarra. Y olvídate de Miley.
Kevin no insistió.
–Cualquiera que pueda quitarme de encima al viejo. No sé de dónde se saca esas mujeres. ¿Del congelador?– sugirió. Ojalá no hubiese llamado, porque en el fondo algo le empujaba a sugerirle a su hermano que se pusiera en contacto con Miley.
Puede que se gustaran. Quizás Kevin quisiera casarse con ella y así los niños quedarían en la familia.
Todo su ser se revolvió ante aquella idea. No quería su hermano se acercase a Miley ni de lejos.
No se paró a pensar por qué.
Se había marchado.
Así, sin más. De pronto. Un día estaba y al siguiente, no.
Al principio pensó, que estaba intentando evitarla. luego reparó en que las persianas estaban siempre cerradas, que las luces se encendían siempre a la misma hora... y que nadie regaba los tomates.
Se había marchado. Con un poco de suerte, al infierno.
Miley se centró en su trabajo.
Terminó el artículo sobre Mooney Vaughan y le dijo a Stella que estaba disponible para lo que pudiera salir. Dos días más tarde, Stella la llamó para proponerle la historia de Simon Hollingsworth, un arquitecto y diseñador de interiores creador de uno de los trabajos más innovadores de la costa este.
Tuvo que irse a Cape Cod durante cuatro días para entrevistarle. Simon la invitó a acompañarle a Martha’s Vineyard, el proyecto en el que estaba trabajando y luego pasó dos días más en Newport conociendo unas renovaciones que había hecho.
Mencionó otros lugares en los que había trabajado:
Block Island, en la costa de Maine, en Virginia. Miley los visitó todos. Era un trabajo estimulante y exigente al que debía dedicar muchas horas.
Horas en las que no tenía tiempo de pensar en Nick.
Cuando llegaba a casa, se concentraba en escribir. Eso era más difícil, y no solo por Nick.
Cada vez le resultaba más difícil sentarse ante el ordenador por el volumen de la tripa. Además, los bebes se mostraban más activos. Querían jugar cada vez que se sentaba a trabajar.
Así que daba largos paseos, a veces acompañada por Daniel. Hablaban de su novia, de las historias en las que estaba trabajando, de los bebés... pero nunca de Nick.
El único problema era que no podía dedicarse a investigar, o a escribir o a pasear todo el tiempo. También tenía que irse a la cama e intentar dormir. Pero dormir no era fácil. Los bebés parecían predestinados a ser karatecas, y se pasaban la noche dando patadas y puñetazos. Alrededor de las cinco de la mañana no le quedaba más remedio que levantarse. Necesitaba ir al baño.
–¿No has oído eso de que se debe comer por dos?–le dijo Sierra una tarde que se pasó por su casa, tras reparar en las bolsas que tenía bajo los ojos y en su aspecto cansino.
–Pues yo tengo que hacerlo todo por tres, con la complicación añadida de que cada uno de nosotros nos despertamos a una hora distinta.
–Estás hecha un asco –declaró su hermana.
–Vaya, muchas gracias.
–Es que normalmente estás más sana que una manzana y verte ahora tan flaca y tan pálida...
–¿Cómo puedes decir que estoy flaca, si parezco una ballena varada?
–Tú eres la que está flaca. Los ocupas de tus hijos son los que parecen una ballena. Es una pena que Nick no pueda cargar con ellos durante un rato.
Miley no contestó. Sabía que la mención de Nick era un intento de sondeo, y quizás si no contestaba, no a hacerle la pregunta.
Pero debería haber conocido a su hermana.
–¿Sabes algo del padre de tus hijos?
–Está trabajando.
–Que se fastidie. ¿Te ha llamado? ¿Sabe que estás echa una ballena?
–¡No pienso decírselo!
–Así que no ha llamado – Sierra sabía leer entre Quizás debieras tomarte unas vacaciones.
–No.
–¿Por qué no? Necesitas descansar.
–También necesito comer. Nadie más gana dinero en esta casa.
–Nick...
–¡Nick no tiene nada que ver! No pienso admitir su dinero. Además, me encanta mi trabajo, y la gente espera mis artículos. Eso me dijo Stella el otro día.
–¿Cuándo vuelve Nick?
–Ni lo sé, ni me importa.
–Desde luego, deberían daros una paliza a los dos–espetó su hermana–. No sé quién de vosotros dos es más *******: él por no querer tener nada que ver, o tú por permitir que se salga con la suya. Los niños...
–Están bien, así que deja de preocuparte, que eres peor que mama.
Una comparación que esperaba que dejase a Sierra el dique seco, pero se equivocó.
–¿Mamá también está preocupada? Pues, por una vez, tiene toda la razón.
Mientras trabajaba, Nick no tenía que pensar. Y cuando terminaba, estaba tan cansado que lo único que podía hacer era tomarse una cerveza con algún compañero y meterse directamente en la cama.
Debería ser exactamente lo que necesitaba. Seguramente lo era... excepto en sueños.
Soñaba todas las noches. Con Sarah. Imágenes de su vida juntos: felices momentos de su infancia, la alegría de su compromiso, la felicidad del día de su boda. Había cientos de momentos, miles de recuerdos, que acudían a su cabeza en cuanto cerraba los ojos.
Y se despertaba triste y desesperado, intentando alcanzar algo o alguien que cada vez estaba más lejos.
Pero peor aún eran sus sueños de Miley. En ellos la veía riendo, sonriendo, alegre y cariñosa. Lo miraba, lo tocaba, y él respondía. Su cuerpo se preparaba para ella. Su corazón ansiaba el de ella. Levantaba los brazos para alcanzarla.
Y entonces volvía a ver a Sarah, alejándose de él, cada vez más. Y luego, se despertaba. Solo.
Miley estaba cansada.
Estaba más que cansada. Estaba fundida. Sierra y ella habían pintado la habitación que iba a ser para los niños. Había comprado dos cunas y un vestidor. Había hecho unas cortinas nuevas y las había colgado. Pero su agotamiento tenía menos que ver con el ejercicio físico y con la falta de sueño que con la preocupación.
¿Cómo iba a poder trabajar cuando nacieran? Dentro de seis semanas, si el embarazo llegaba a término, lo averiguaría.
Por lo menos aún no tenía que cambiarlos y darles de comer cada dos por tres. Estaban allí, pataleando, moviendo los brazos sin parar, pero en silencio. Cuando nacieran, llorarían, necesitarían comer, necesitarían un cambio de pañales. Tendría que poner montones de lavadoras, hacer la compra, cocinar, limpiar y, además, trabajar para ganar dinero.
¿Cómo iba a ser capaz de poder con todo?
Nick había dicho que él aportaría una parte del dinero necesario para la manutención de los niños, y se lo agradecía, pero no estaba dispuesta a permitir que la mantuviese también a ella.
En lo único que podía pensar en aquel momento era trabajar como una loca para poderse permitir unos días de vacaciones cuando naciesen los niños. Stella estaba encantada.
–Cuantos más, mejor –dijo–. Puedo guardar los artículos y publicarlos poco a poco.
Miley, siguió. Trabajó. Escribió. Los bebés pateaban, se movían. –Creo que tengo un jugador de baloncesto abordo le dijo a Daniel, que se había pasado por su casa para ver si quería salir a cenar.
Era uno de esos días inusualmente cálidos del mes noviembre, uno de esos que invitaba a pasarlo fuera en el parque, con el más mínimo cambio del viento, el frío invierno se presentaría de golpe y no se podría disfrutar otro día así hasta la primavera.
Así que Miley lo había pasado en la terraza, trabajando después en la mesa con su ordenador portátil, intentando terminar el borrador de la historia que había de recopilar antes de ir a Philly durante dos días.
Decidió que salir con Daniel a cenar le vendría bien. Que quedarse en casa e intentar trabajar mientras sus hijos bailaban rock and roll dentro de su abdomen.
Además, no quería quedarse sola. Aunque ya no necesitaba desviar la atención de Nick, Daniel seguía visitándola un par de veces a la semana, y su compañía le era muy grata. Era un buen amigo.
Cerró su ordenador portátil. Ya terminaría el artículo al volver, o al día siguiente. Frotándose la espalda, buscó su chaqueta.
–Vámonos.
Cenaron en un tranquilo restaurante italiano cerca de Columbus. Un lugar muy agradable, perfecto para relajarse y disfrutar de la comida, pensaba Miley, intentando concentrarse en lo que decía Daniel.
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