–Lo hemos pasado de maravilla –a punto de subirse al taxi que los llevaba al aeropuerto, Demi se volvió para abrazar a Miley por última vez–. No sé cómo darte las gracias por soportarnos.
–Ha sido un placer –le aseguró Miley. Y lo había sido... hasta cierto punto. Tener a Demi, Joe y a los dos niños toda la semana la había mantenido ocupada... y cuerda. Le había impedido preguntarse qué estaría haciendo Nick, si estaría empezando a asimilarlo todo, qué se le pasaría por la cabeza.
No había sabido nada de él en toda la semana.
Se había imaginado que se enfadaría, que incluso podía fingir que no estaba embarazada, pero no que pretendería ignorar su existencia.
¡Eran amigos! Y los amigos no se daban la espalda el uno al otro. Los amigos no se dejaban en la estacada. Los amigos no se ignoraban el uno al otro.
Y eso era precisamente lo que estaba haciendo Nick.
No le había visto, ni había sabido nada de él. Le había excusado diciéndose que no quería subir a su casa mientras que Demi y Joe estuviesen allí, y no podía culparle. Además, tenía mucho que pensar.
No esperaba que le fuera fácil. No esperaba, ni siquiera cuando hubiera conseguido ponerlo todo en claro en su cabeza, que se volviera loco de alegría.
No esperaba que le pidiera que se casara con él. No en un primer momento. Aún no.
Aunque en el fondo de su corazón, se había atrevido a esperarlo.
Pero, al menos, esperaba volver a verlo.
Y no le había visto en toda la semana.
La noche en que Demi y Joe iban a marcharse, preparó una cena para todos e invitó a Sierra, su hermana, y a algunos amigos que sus primos habían conocido durante su estancia: Kev y Dani MacCauley, Justin y Sel Walker y Louis y Eli Fletcher. Nick los conocía a todos, y todos se preguntarían por qué no estaba allí.
Así que lo invitó. No estaba en casa, de modo que le dejó un mensaje en el contestador. No estaba presionándole. Solo estaba siendo buena vecina… estaba siendo su amiga.
A la mañana siguiente, al volver de hacer algo de compra, se encontró un mensaje suyo en el contestador.
–Gracias por tu invitación –decía en un tono tan distante que casi no lo reconoció–, pero no voy a poder asistir. Tengo otro compromiso.
Todos los demás acudieron puntuales a la cena, y todos le preguntaron por Nick.
–Tenía otro compromiso –repitió, intentando no parecer sarcástica, pero Dani y Kev la miraron arqueando las cejas, Sel parecía atónita y Louis preguntó:
–No está fuera, ¿no?
Y Justin dijo:
–¿Qué otro compromiso puede ser mejor que este?
–Aparecerá –vaticinó Sierra con su habitual optimismo–. Seguramente tendría algún rollo de esos de familia de los que no te puedes escapar.
Quizá, pensó Miley, pero que ella supiera, lo único que hacía con sus hermanos era ir a pescar.
En cualquier caso, no se presentó.
Se sentía vacía. Preocupada. Vagamente perdida. Intentó convencerse de que necesitaba tiempo, que quizá no quisiera verse con ella mientras estuviesen allí sus primos. Es decir, que le concedió el beneficio de la duda.
Pero en aquel momento, al darle a Demi el último abrazo, vio abierta la puerta de la cancela que conducía a su apartamento y el corazón le dio un salto.
–Volved pronto –le dijo a su prima.
–Te toca a ti venir a casa –contestó Demi, tomando a Ashley en los brazos.
–Es cierto –contestó. Nick estaba cerrando la puerta a su espalda.
–¡Mira! ¡Es Nick! ¡Hola, Nick! –exclamó Demi. Miley se volvió para verle esbozar una sonrisa dirigida a su prima.
–Nos vamos –le dijo–. Anoche te echamos en falta durante la cena.
Nick siguió con la sonrisa de cortesía, pero no contestó. Iba vestido para ir a correr y, normalmente, se habría acercado y, pasándole un brazo por los hombros, le habría dicho:
–Anda, ve a ponerte el chándal. Te espero. –Pero en aquella ocasión, ni siquiera la miró.
–Que tengáis un buen viaje –le dijo a su prima, intentando parecer alegre–. Adiós, Ty. Adiós, Joe.
Pellizcó suavemente la mejilla de Ashley y la niña sonrió.
Por el rabillo del ojo vio a Nick cerrar la puerta. Estaba a apenas metro y medio de ella. Menos, incluso. Luego, empezó a alejarse. Ni siquiera se detuvo. Ni siquiera la miró. Salió y echó a correr calle abajo.
Las puertas del taxi se cerraron, y Miley contempló cómo se alejaba.
–¡Adiós! ¡Adiós, Miley! –se despidió su familia por las ventanillas.
–¡Adiós! –contestó, agitando la mano, y después miró al hombre que se alejaba en dirección al parque–. Adiós –repitió con suavidad.
Pero sabía que no era con Demi, Joe, Tyler o Ashley con quien estaba hablando.
Se mantuvo alejado.
Tomó un avión a Colorado para pasar unos días con su hermano fotógrafo, Nathan. Se fue después a Montauk a pasar un fin de semana de pesca con su hermano ejecutivo, Kevin.
Y, al volver, siempre veía a Miley.
Ella no hacía esfuerzos por evitarlo. Sonreía. Incluso le decía hola. Le miraba con aquellos ojazos azules que él recordaba perfectamente de la noche que habían hecho el amor... algo que, a pesar de todo, deseaba volver a hacer.
Pero lo que más deseaba, por encima de todo, era dejar de pensar en ella.
Cuando estaba en casa, la veía todos los días. Salía a la terraza a regar las plantas cuando él estaba abajo en el jardín. Ponía su ropa a secar en ese diminuto tendedero en el que colgaba lo que ella llamaba ropa delicada.
Se estaba volviendo loco.
Quizá no volviese a hablar con ella. Incluso puede que no se encontraran nunca más cara a cara.
Pero no se quedó en el jardín. No estaba siendo un día agradable para él. No tenía por qué quedarse fuera ocupándose del jardín. Ya tendría tiempo para hacerlo más adelante.
Cuando la escandalosa ropa interior de Miley Cyrus estuviese seca y guardada en un cajón.
La estaba evitando.
No había otra palabra para describirlo. Era escritora, y se ganaba la vida utilizando las palabras adecuadas.
Evitándola. Sí, eso era lo que estaba haciendo. No solo no la llamaba, ni se pasaba por su casa, sino que cambiaba de dirección si la veía. Se metía en cualquier tienda que le saliera al paso para no cruzarse con ella. Cambiaba de camino para no ponerse en el suyo.
Pues ella no le evitaba.
Miley siempre se había enfrentado cara a cara con la vida, y eso era lo que seguía haciendo. Seguía caminando hacia donde fuese aunque lo viera venir, y cuando lo veía meterse en el supermercado para evitarla, se tragaba el dolor y seguía caminando. No había dejado de regar las plantas o de tender la ropa cuando él estaba en el jardín. Incluso le decía hola, o le saludaba con un gesto de la mano. Y si él la ignoraba o fingía no haber oído, intentaba convencerse de que necesitaba más tiempo para asimilar las cosas.
Pero estaba empezando a cansarse de esperar.
Ese era el problema de trabajar en casa: que estaba allí demasiado tiempo.
Necesitaba salir, alejarse. Había rechazado unos cuantos encargos por temor al comportamiento de su estómago. A última hora de la mañana solía encontrarse bien, pero no podía levantarse temprano para acudir a una entrevista si iba a ir dando arcadas todo el camino.
No sabía cuánto tiempo más iba a tolerar sus negativas Stella, su jefa, ya que no sabía que estaba embarazada.
Solo Nick lo sabía.
Dentro de muy poco tendría que empezar a decírselo a todo el mundo, pero aún no. Eso era lo que se decía todos los días: aún no.
El teléfono sonó aquella noche a la hora de la cena. Había renunciado a la esperanza de que fuese Nick. Bueno, casi. El corazón seguía latiéndole más fuerte cada vez que sonaba el teléfono.
Era Stella.
–¡Tengo una entrevista para ti!
–¿Una entrevista? ¿Cuándo? ¿Dónde? No sé si puedo irme en este momento –anuncié con cautela.
–Podrás. Se trata de Sloan Gallagher.
–¿Sloan Gallagher? Pero si no concede entrevistas–le recordó. Nadie había conseguido una entrevista con él desde hacía años. Ni siquiera se sabía dónde vivía con exactitud. De saberlo, medio mundo estaría acampado ante su puerta.
–Sand Gap, Montana –anuncié Stella–. ¡Y quiere hablar contigo!
–¿Conmigo? Pero si yo nunca le he pedido que me conceda una entrevista.
–No, pero todos los demás, sí. Y quiere hacerla para promocionar su nueva película. Parece ser que le importa más que todas las otras, así que ha accedido a conceder una entrevista. A concedértela a ti.
–¿Y por qué a mí?
–Dice que eres justa y sensible. Al parecer leyó la que le hiciste a Gavin McCormell y le impresionó, así que ha llamado.
Gavin McConnell, otro de los astros de Hollywood más reacios a conceder entrevistas, había hablado con Miley el otoño anterior. El artículo había salido el mes pasado.
–¿Y te ha llamado a ti?
–Increíble, ¿verdad? –Stella parecía alucinada–. Quiere que vayas a su rancho. Que estés allí para cuando recojan en ganado y lo marquen... para que lo retrates tal y como es, y no como Hollywood cree que es.
–¿Recoger el ganado? ¿Marcarlo? ¿De verdad Gallagher marca su ganado? ¿De verdad trabaja en su rancho?
Miley había oído esos rumores, pero los había considerado solo eso, rumores.
–Parece ser que sí. Por eso te ha invitado a estar una semana allí.
–¿Una semana?
–Eso ha dicho. Y supongo que tú no querrás hacerlo en menos tiempo, ¿no?
Daba la impresión de que Stella dudaría de su cordura si le decía lo contrario.
Miley no estaba segura de querer hacerlo. ¿Y si se pasaba el día con arcadas?
Pero ¿qué bien podía hacerle quedarse en casa? Se pasaría el día allí metida pensando en Nick. Y una vez allí, podría elegir el mejor momento para entrevistarlo.
–De acuerdo. Iré.
Miley estaba dondequiera que mirase.
Y, de pronto, un día, dejó de estar allí.
Nick se alegró. Así podría ocuparse del jardín, sonriendo al no verla en la terraza. Nada de ropa interior moviéndose al viento. Algo más de lo que alegrarse.
Fue a correr al parque y tampoco la vio. Se sentó a leer el periódico en el salón y no la vio bajar ni una sola vez por las escaleras.
Tampoco al día siguiente.
Seguramente estaría haciendo alguna entrevista fuera de la ciudad. Salía de vez en cuando un día o dos. A veces iba a Hamptons, o a Greenwich o a Cape, e incluso más lejos.
La revista para la que escribía era de cobertura nacional, pero normalmente solía tener encargos relacionados con el noreste. En condiciones normales, sabría dónde estaba porque ella se lo habría dicho.
Se dijo que no le importaba dónde estuviera. No era asunto suyo. Además, no necesitaba saberlo para nada.
Solo habían sido amigos. Y ahora, eran aun... menos.
Salió solo a cenar a un nuevo restaurante tailandés que habían abierto en Broadway. A Miley le encantaba la comida tailandesa, y se preguntó si ella ya conocería el sitio.
Luego hizo todo lo posible por no volver a pensar en ella en toda la noche.
Ya le preguntaría al día siguiente cuando la viera. Como sin darle importancia. Al fin y al cabo, no había razón por la que apartarla de su vida por completo. Solo necesitada mantener las distancias, no permitir que llegase a depender emocionalmente de él. Nada de compromisos.
Pero Miley no apareció tampoco al día siguiente. Ni al otro.
Al no verla durante cinco días seguidos, empezó a preocuparse, lo cual le molestaba enormemente.
–Pues entonces, pregunta –masculló entre dientes.
La señora Álvarez, una vecina, se lo diría.
–Está en East Hampton, entrevistando a ese político tan guapo –o bien–: está en Newport, con ese guapo marino – diría, con la esperanza de ponerlo celoso.
Siempre lo esperaba, porque según ella, Miley y él estaban hechos el uno para el otro.
Lo cual, por supuesto, no era cierto.
El no estaba hecho para nadie, y no conocía los celos. Pero le habría gustado saber dónde estaba.
No es que tuviera mucha importancia, porque no iba a sugerirle que fuesen a cenar a ese nuevo restaurante tailandés, ni a un partido de los Yankees, ni a ver una película al Lincoln Plaza.
Saludó tímidamente a la señora Álvarez al salir a correr aquella tarde. Estaba sentada en la puerta, esperando al repartidor.
No le gustó cómo le había mirado. Fijamente. Con curiosidad.
¿Le habría hablado Miley del bebé? ¿Se lo habría imaginado ella?
A Miley aún no se le notaba nada, pero no tardaría en empezar a tener barriguita. ¿Qué aspecto tendría con el vientre inflamado y su hijo dentro?
Imaginárselo le hizo tropezar en el último peldaño.
–Cuidado –dijo la señora Álvarez.
Nick no contestó, sino que empezó a correr y se quitó de la cabeza aquellos negros pensamientos.
No le importaba. ¡No quería saberlo! Sarah estaba ya de cuatro meses cuando... ¡No! Apretó el paso. No iba a pensar en eso tampoco. No quería recordar. Siguió imprimiendo velocidad a su paso.
No fue ejercicio lo que hizo aquella noche, sino correr a todo lo que le daban las piernas.
La señora Álvarez seguía sentada en las escaleras cuando volvió una hora más tarde, empapado en sudor.
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