jueves, 6 de septiembre de 2012

Capitulo 3.-


No es que Miley se esperase que se volviera loco de alegría. Ella, mejor que nadie, conocía la opinión de Nick sobre la familia.
El tema había salido pocos meses después de que se conocieran. Le había pedido que la acompañara a la boda de su amiga Lizzie y él había aceptado de buen grado. Estaban en la recepción cuando surgió el tema del matrimonio, un tema que el zanjó apenas iniciado.
–He estado casado, y no pienso repetir –había dicho sin más.
En aquel entonces, ella no sabía nada de su pasado y le había sorprendido tanta vehemencia.
–Entonces, si conocieras a la mujer adecuada, ¿la mandarías a paseo? –había bromeado ella, esperando que cediera un poco.
Pero no había sido así.
–Nunca llegaría tan lejos. Nunca habrá otra mujer adecuada porque yo no llegaré nunca tan lejos.
Una clara advertencia. No podía decir que la había engañado.
Pero con advertencia o sin ella, se había enamorado de él irremediablemente.
Lo conocía desde hacía tres años, desde que se compró el apartamento de encima del suyo. Vivían uno al lado del otro, hablaba con él, comía o cenaba con él, se reía con él, jugaba con él. Y había descubierto que él era todo lo que siempre había buscado en un hombre.
Y él nunca lo sabría, porque cuando ella se dio cuenta, decidió no revelárselo precisamente porque sabía que él no buscaba una relación. Sabía que no quería otro amor.
Así que, durante tres años, nunca le había pedido más de lo que él estaba dispuesto a dar. Durante ese tiempo había sido lo que él quería de ella: su amiga. Su compañera. La persona a la que llamaba cuando quería ir a correr, o a jugar un rato al parque, al cine o a tomar una cerveza en el McCabe. La amiga con la que iba a probar un restaurante nuevo, o a la última exposición, o a un partido de los Yankees.
Ella era la única persona con la que había estado en el Empire State Building.
Y ahora, puede que ya no volviesen a ir nunca. Porque había visto el desconcierto en sus ojos. Porque había visto la negación en ellos. Porque había visto la mezcla de furia y dolor que brillaba en su mirada.
Cualquier esperanza que hubiera podido albergar había muerto en aquel instante.
Y la realidad seguía siendo la misma. Dentro de siete meses, iba a tener un hijo de Nick Jonas, tanto si a él le gustaba como si no, tanto si lo quería como si no.
Ella sí lo quería. Había tenido tiempo de asimilarlo y, definitivamente, lo quería.
No es que fuese su intención quedarse embarazada al bajar al apartamento de Nick aquella noche. Había sido la curiosidad y la preocupación lo que la habían empujado a llamar a su puerta.
Aquella noche, ver la luz encendida le había sorprendido. Apenas hacía una semana que se había marchado a Inglaterra, y a pesar de que su calendario laboral era bastante anárquico ya que los incendios eran impredecibles, no era normal que estuviese de vuelta tan pronto, y se temió que ocurriese algo malo.
Por eso había llamado a su puerta. Y cuando no le abrió, utilizó la llave que él le había dado para que pudiera echar un vistazo a la casa de vez en cuando.
Lo había llamado por su nombre y él no había contestado.
Sabía qué luz era la que estaba programada para encenderse sola cuando él no estaba, pero no era la que había visto desde su terraza, así que había vuelto a llamarlo.
–¿Nick? ¿Estás en casa?
Al entrar vio la puerta de su dormitorio abierta y la lámpara de la mesilla proyectaba su luz sobre el suelo de madera.
–¿Nick?
Se asomó al interior. La puerta que comunicaba con el jardín estaba también abierta.
Se lo imaginó fuera contemplando las estrellas y sonrió. Muchas veces habían hecho precisamente aquello: sentarse bajo las estrellas y charlar. A él le gustaba.
Decía que le ayudaba a relajarse.
Y allí lo encontró, tal y como se imaginaba, sentado en una de las tumbonas, pero con los ojos cerrados, los brazos caídos, la boca cerrada. En el suelo, junto a la silla, había una botella de whisky y un vaso.
Miley arqueó las cejas. Nick casi nunca bebía, aparte de una cerveza en los días de calor.
–¿Nick?
No se movió y pensó que quizás estaba dormido.
Entonces, lo vio apretar los dientes y tragar saliva. Se aferró a los brazos del sillón y abrió despacio los ojos.
No salía suficiente luz de la habitación para poder ver su expresión, pero sí para darse cuenta de que se movía como un anciano.
Rápidamente se acercó a él. Algo no iba bien.
–¿Nick? –se agachó junto a él. Entonces vio el dolor. El agotamiento. Tomó su mano. Estaba helada–. ¿Qué pasa?
El no contestó. Solo la miraba.
–Jack –dijo al final.
Fue como un golpe. No necesitó decir nada más.
Conocía a Jack O’Day. Se habían visto en varias ocasiones, y había sentido en sí misma el encanto de su piel morena, su infatigable buen humor, su genio irlandés y la gracia de sus movimientos. Nick no se parecía nada a Jack. Carecía de su intensidad, de su determinación, pero a pesar de todas las diferencias, estaban más unidos que si fuesen hermanos.
Y viendo el dolor del rostro de Nick, lo supo. No necesitó decir nada más.
En silencio se acercó a él y le abrazó. Y también sin una palabra, Nick se abrazó a ella. Se aferró a ella como si se estuviera ahogando, ocultando la cara en la curva de su cuello.
No podría decir cuánto tiempo estuvieron así, ni cuando entraron del jardín a la casa. No podría saber cuándo su abrazo dejó de ser consuelo y se transformó en algo más, en un sentimiento más fuerte, y cuándo la necesidad de Nick había empezado a ser desesperada y algo que solo ella podía satisfacer.
Quizás debería haberlo impedido.
De los dos, era ella quien debía haber hecho un esfuerzo por mantener un control, por poner freno, por decir que no.
O quizás, no fuera así. Quizás, si era sincera, nunca habría podido hacerlo. Desde hacía meses. Desde hacía años.
Porque ese era el tiempo que llevaba amándole.
Así que no dijo no cuando sus labios buscaron los suyos. No dijo no cuando metió las manos bajo su blusa, cuando le quitó los pantalones y se quitó los vaqueros, cuando cayeron sobre la cama abrazados y encontraron la paz el uno en el cuerpo del otro.
No quería decir que no. Quería tener aquella noche. El amor. La unión. Quería a Nick.
Esperaba... llevaba nueve semanas esperando, que aquella noche de amor llegase a ser algo más. Algo más profundo. Algo duradero.
No era su intención, desde luego, que lo duradero fuese un hijo.

Debería haber tomado precauciones, por supuesto, pero lo que había ocurrido no era premeditado. Le había sorprendido tanto a ella como a él. Pero no lo lamentaba.

Y quizás se equivocaba en eso, pensó en aquel momento, aún con las sábanas y la ropa aferrada contra el pecho y mientras subía despacio la escalera hasta su casa.

Pero no. Lamentaba algunas cosas, sí, pero no haber hecho el amor con él ni haber concebido un hijo.
Lo único que lamentaba era que a Nick seguía pareciéndole un error, y que ella no supiera cómo hacerle cambiar de opinión.
Tenía que hacerlo. Y lo haría. Más adelante.
En aquel momento lo único que tenía que hacer era llegar a su apartamento antes de que el mareo se lo impidiera.
–¿Se puede saber qué demonios has...? –Nick no terminó la frase y miró boquiabierto a la mujer de cabello castaño que le había abierto la puerta del apartamento de Miley –. ¿Quién eres tú?
–Soy Demi, la prima de Miley –la mujer lo miró con cierto nerviosismo ante tanta vehemencia, pero después sonrió–. Y tú debes ser Nick.
–¿Por qué?
Demi tragó saliva con nerviosismo.
–No sé... me lo he imaginado. Al volver Miley me ha dicho que estabas en casa. Espero que no te importe que esté usando tu casa mientras que nosotros estamos aquí. Me dijo que no, pero...
–Claro que no me importa –replicó–. ¿Dónde está?
Había subido corriendo la escalera en cuanto había reunido el valor suficiente para hacerlo. Además no estaba convencido de haberla entendido bien. ¡No podía haberla entendido bien!
–Está en el baño. Duchándose, creo.
Nick apreté los puños. Apretando también los dientes, entró al salón.
–Esperare.
Quería estrangularla. ¿Cómo podía decir algo así y salir corriendo escaleras arriba? No podía creérselo. ¿Embarazada? ¿De él?
Miró a su alrededor intentando encontrar algo con lo que desahogarse. Algo que romper, aplastar o estrangular. No había nada.
Ni siquiera le resultaba familiar aquel espacio. El salón normalmente ordenado y acogedor estaba abarrotado y patas arriba. Era como si los extraterrestres se hubiesen apoderado de él. Extraterrestres con niños.
Había montones de muñecos desparramados por el suelo y ropa desbordando las sillas. No había donde sentarse. El sofá estaba hecho cama y un niño en pijama estaba tumbado en ella viendo los dibujos en la televisión. Miró a Nick con mínimo interés y enseguida volvió a la pantalla.
No se le iba de la cabeza. ¿Miley, embarazada?
Cada vez que juntaba las dos palabras, era como si alguien le propinase un puñetazo en el estómago.
–Tyler, siéntate y déjale al señor... eh... Nick que se siente. Es Tyler –le dijo a Nick–. Mi hijo. ¿Quieres que te traiga un café? Miley me ha dicho que te ibas a dormir, así que no sé si querrás café, pero...
¿A dormir?
Miley le decía que estaba embarazada de él, se marchaba como si tal cosa, ¿y esperaba que él se fuera a dormir?
Imposible.
–No, gracias –contestó. Ya tenía los nervios de punta. Empezó a pasearse por la habitación.
Un sollozo infantil sonó en el dormitorio y Nick dio un respingo.
–¿Qué ha sido eso?
–Ah... Ashley – sonrió–. Es nuestra hija. Joe, mi marido, la está cambiando. Tenía que venir esta semana a Nueva York para un seminario y nos hemos venido con él.
Mientras hablaba, llenó dos tazas de café y le ofreció una a Nick como si no acabase de declinar el ofrecimiento.
–Miley es la madrina de Ty –continuó Demi–, y hace años que no lo ha visto. A Ashley ni siquiera la conocía, así que decidimos venirnos todos a verla. Miley y Sierra no vienen con frecuencia a casa y los echamos de menos. Ya sabes... esas cosas de las familias.
–Pues no. No lo sé.
Demi parpadeó.
¿Cuándo demonios iba a salir Miley? ¿Cómo podía hacerle algo así? Apretó la taza entre las manos como si quisiera estrangularla.
–¿Es que no tienes familia? Demi parecía compadecerle.
–Hermanos –contestó con sequedad.
–Ah, eso está bien– sonrió–. ¿Y te has criado aquí, en la ciudad?
Nick se pasó una mano por el pelo y volvió a deambular de un lado al otro de la habitación.
Al final, dejó de un golpe la taza sobre la encimera. El café la desbordó y se desparramó.
–Tengo que irme. Dile a Miley que necesito hablar con ella. Que baje.
Miley no estaba segura de querer oír lo que Nick tuviera que decir, a pesar de que la ducha caliente y las dos galletas que se había comido esperaba que mejorasen su estado de ánimo.
–Ha venido a buscarte –decía Demi mientras ella se peinaba–. Necesitaba verte –añadió con curiosidad.
–Ya bajaré más tarde –contestó. Cuando se sintiera menos mareada y más fuerte. Más capaz.
–Está como un tren. ¿Por qué no nos habías hablado de él?
–Porque no hay nada que decir.
–Pues a mí me parece muy interesado por ti.
–No en ese sentido.
–Qué pena. ¿Es que es homosexual?
Miley casi se atragantó.
–¿Qué?
–Pues si no lo es, ¿por qué no está interesado? Eres soltera, lista, guapa, no te falta ningún diente... ¿qué más puede pedir?
–No quiere nada de eso.
–¿Qué?
–No importa.
Terminó de peinarse y respiró hondo. Se sentía algo mejor. Por el momento, se le habían pasado las arcadas. Esa era una de las razones por las que se había quedado en casa de Nick: para que su prima no la viese con el estómago en la boca todas las mañanas y no tuviese más razones para especular.
No le había dicho a nadie que estaba embarazada. Había esperado a decírselo primero a Nick.
Y ahora que se lo había dicho... Aun así, no se atrevió a decírselo a Demi. Tendría que contestar a demasiadas preguntas, y todavía no estaba preparada para hablar de ello.
Si Nick se hubiese alegrado... si hubiese sonreído y la hubiese tomado en brazos como hizo Justin, el marido de su amiga Sel cuando ella le dijo que estaba embarazada... bueno, en ese caso le habría hecho mucha ilusión compartir la noticia con el mundo entero.
Pero no había sido así. Nick se había quedado petrificado. Atónito. Destrozado. ¡Ay, Nick!
–Ve a hablar con él –dijo Demi–. Pregúntale sí se quiere venir con nosotros al Empire State Building.
Miley estuvo a punto de echarse a reír.
–Es con él con quien tú sueles ir, ¿no?
–Sí.

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