Pero la espalda le dolía bastante y sentía una especie de tirantez en el vientre.
–¿Qué? –preguntó Daniel.
–¿Eh? No, nada. Es que se están retorciendo.
–¿Retorciendo? –preguntó, atónito.
–Esa es la sensación que me da.
Leyó la carta. El camarero llegó y le pidieron la cena. Y Miley volvió a experimentar aquella sensación. Cambió de postura. Aquella no era la silla más cómoda del mundo.
–¿Estás bien? –preguntó Daniel.
Ella asintió y volvió a cambiar de postura, pero los bebés seguían sin estar contentos. .Quizás necesitase un cambio de postura más radical. Se levantó.
–Enseguida vuelvo.
Y bajó al baño. Volvió a sentir aquella especie de tirantez mientras bajaba.
Estuvo allí mucho tiempo. Diez minutos. La tirantez ocurría cada tres. Con regularidad.
Temblaba cuando volvió a la mesa.
–¿Qué pasa? –preguntó Daniel, asustado.
–Creo que ha llegado la hora.
–No –dijo
Miley, mirando con el ceño fruncido a su hermana.
No había dejado de decirlo desde que Sierra se había reunido con Daniel y con ella en el hospital la noche anterior.
–¡No, Sierra! No sé dónde está Nick, y no sé cómo ponerme en contacto con él. ¡Y no quiero ponerme en contacto con él!
–Tienes que hacerlo – contestó Sierra. Estaba junto a la cama de Miley y la miraba con los brazos en jarras, mientras su hermana tiraba de la sábana e intentaba conjurar los pensamientos serenos y alegres que el médico le había indicado.
Pero no lo estaba consiguiendo porque Sierra no dejaba de darle la lata.
–Decírselo no serviría para nada –dijo
Miley con firmeza–. Además –añadió, mirando por la ventana–, él no quiere saber nada, porque no está dispuesto a enfrentarse a nada que pudiera ocurrirles a los niños o a mí –suspiró–. Ya le ha ocurrido antes.
Nunca le había hablado a su hermana de la mujer y de su hijo. Él le había dejado bien claro que no quería que su pasado anduviese de boca en boca, pero en aquel momento
Miley sabía qué su hermana no la dejaría en paz hasta que no tuviera una poderosa razón para nacerlo, de modo que, brevemente y sin entrar en detalles, se lo contó.
–Así que ahora comprenderás por qué no quiere saber nada de esto –concluyó.
–¡Y unas narices! explotó su hermana–. ¡Lo único que comprendo es que es un cerdo y un egoísta!–Sierra caminó de un lado al otro de la habitación–. ¿De verdad crees que la muerte de su mujer es una excusa para comportarse como un cerdo con la mujer a la que ha dejado embarazada?
–No lo comprendes.
–¡Por supuesto que no! –replicó. Parecía a punto de echar humo por las orejas–. ¡Vas a tener gemelos! Es más, estuviste a punto de tenerlos anoche. Necesitas alguien cuide de ti... ¡y no tener que ser tú quien cuide de alguien!
–¡Yo no cuido de él! Simplemente digo que no lo necesito.
Pero Sierra no tragó.
–Tonterías. Tienes que quedarte en la cama, descansar, y que alguien te haga las cosas.
–Pero no Nick. Mira –le dijo con toda la paciencia de que fue capaz–, necesito un poco de paz, y tú pareces a punto de estallar, así que haz el favor de irte y dejarme dormir.
Sierra dejó de moverse.
–Lo siento, pero es que... –no terminó la frase–. Me callaré. Necesitas descansar. Estaré en el pasillo.
–No es necesario.
–Sí que lo es. Y a menos que quieras pelear también por eso, duérmete.
–Está bien – suspiró–. No va a pasar nada – añadió en voz baja cuando su hermana la besó en la frente, y esperó con una sonrisa a que saliera.
Llevaba rezando desde que empezaron las contracciones y Daniel la llevó al hospital directamente desde el restaurante, y en aquel momento rezó porque fuese verdad.
El hospital había llamado a su médico y él se había presentado inmediatamente. Luego la había examinado sin dejar de murmurar entre dientes mientras
Miley lo observaba pálida y muerta de miedo.
–¿Estoy...? ¿Están...?
Pero no podía poner en palabras sus temores.
Al final el médico la miró por encima de sus gafas.
–Lo que necesitas es tomártelo con calma, querida.
–Lo haré – le prometió–, pero... ¿están bien?
–Por ahora. Tenemos que parar las contracciones–y había insistido en que debía pasar la noche en el hospital–. Solo para estar seguros de que no hay complicaciones.
Y gracias a Dios, no las había habido.
Había estado despierta toda la noche, sin atreverse a moverse, intentando conseguir lo imposible, que era relajarse.
Daniel había llamado a Sierra y los dos habían pasado la noche con ella en la habitación.
Al final la tensión del abdomen había ido cediendo haciéndose más leve, y por la mañana era ya débil e irregular.
El doctor parecía complacido.
–Por ahora, vamos bien –dijo al examinarla–.Pero a partir de ahora, debes tener mucho cuidado.
–Lo tendré –prometió.
–Descansa. No quiero que te levantes de la cama en la semana. Después, si todo va bien, podrás levantarte, pero con calma. Nada de excesos –añadió con severidad–. Nada de echarte el mundo sobre los hombros.
–No lo haré.
–Es que no puedes. Los bebés se están haciendo y empiezan a ponerse nerviosos, y según me dijo tu hermana, has estado trabajando mucho.
Como siempre, Sierra no había podido mantener la boca cerrada.
–Lo dejaré.
–No lo dudes –había dicho Sierra.
–Estás entre la espada y la pared, lo sé –dijo el doctor–, pero ahora lo principal es que te cuides. Tienes que descansar. Dormir. Comer. Ponerte gorda. Hazlo, y todo saldrá bien.
–¿Para todos? –preguntó
Miley con el corazón en la garganta.
–Un mes más, y estos pequeños tendrán muchas mejores perspectivas.
–¡Jonas! Al teléfono.
La voz le llegó en la oscuridad.
¿Dónde estaba? ¿En Singapur? ¿En Arabia Saudí? ¿En Taiwan? Conseguiría recordarlo cuando sus neuronas terminaran de despertarse.
Turquía. Sí, en Turquía.
¿Teléfono? ¿Quién demonios podía llamarle allí?
Miley...
Salió a todo correr de la cama.
–Gracias, Blake –dijo, tropezando con el marco de la puerta–. ¿Miley? –preguntó.
–Exacto –contestó su hermano Kevin, con cierta ironía.
–¿Qué pasa? ¿Está bien?
–Sí. Ahora.
Nick suspiró y se apoyó contra la pared.
–Entonces ¿por qué diablos me...? ¿Y qué sabes tú de Miley?
–He tenido una visita.
–¿De
Miley?
–No; de su hermana. No me habías dicho que está embarazada –dijo con sorna–. Es más, no me habías dicho que tuvieras un interés... digamos, personal en ese sentido.
–¡Habla!
–Ha tenido contracciones. Aun no...
–¿Qué? ¿Ya? ¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
–Por ahora, sí –contestó con más suavidad–. Ha pasado la noche en el hospital por precaución. Ahora está en cama en su casa. Ha sido un aviso. Tiene que descansar.
–Por supuesto –murmuró Nick. ¿No era eso lo que él le había estado diciendo todo el tiempo?
–Tiene que dormir. Tener las piernas en alto.
–Claro que sí.
–Pues la chica del pelo rojo no parece convencida de que vaya a hacerlo.
–¿Has hablado con Sierra?
–Sierra ha hablado conmigo –corrigió–. Me ha gritado, para ser más exactos. Pasó por encima de mi secretaria, entró como una bala en mi despacho, me agarró la corbata y me amenazó con usarla para colgarme de taparte de mi anatomía si no te localizaba inmediatamente para decirte que movieras el trasero en el acto y vinieras a casa para cuidar de su hermana.
–Caramba.
–Sí, caramba –corroboró Kevin.
–Lo malo es que Sierra es capaz de cumplir la amenaza.
–Salgo ahora mismo –dijo.
–Me alegro de saberlo, papá –bromeó.
Papá. No quería pensar en eso. No quería pensar en nada no fuese en volver cuanto antes junto a
Miley. Le debían unos cuantos días. Se había incorporado antes y se trataba de una emergencia familiar, le dijo a su jefe y tomó el primer avión para Londres. Llegó con unas horas de retraso, pero a tiempo de tomar otro vuelo a Nueva York. Estaba en casa casi antes de haberlo pensado... al menos, según el reloj.
La verdad es que no tenía ni idea de qué hora era. Funcionaba como en piloto automático cuando bajó del taxi delante de su casa, y tras lanzar la bolsa a la puerta su propio apartamento, subió las escaleras. Llamó a la puerta de
Miley, pero no obtuvo respuesta
El miedo volvió a atacar. ¿Y si estaba en el hospital? ¿Y si ya había tenido los niños? ¿Sobrevivirían siendo tan prematuros? ¿Sobreviviría ella? Volvió a aporrear la puerta.
–¡Abre, maldita sea! –masculló entre dientes. Y por fin oyó descorrerse el cerrojo y la puerta se abrió. Esperaba ver a Sierra.
Pero era
Miley quien lo miraba asombrada.
–¿Se puede saber qué...?
No esperó a que terminara la pregunta. Empujó la puerta y entró.
Miley llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, y aunque había pasado menos de un mes desde que la vio por última vez, había vuelto a cambiar.
Para ser exactos, era su tripa lo que había cambiado. Estaba inmensa.
–¿Qué haces fuera de la cama? –preguntó.
–Pues abrir la puerta –contestó cuando pudo recuperarse de la sorpresa–. Un idiot.a estaba aporreándola.
–Creía que Sierra estaría aquí.
–Sierra tiene su propia vida.
–No la tendrá cuando haya terminado con ella. ¿Cómo se le ocurre dejarte sola?
–¿Cómo dices?
–Vuelve a la cama –replicó, empujándola hacia el dormitorio–. Se supone que no debes levantarte.
–¿Y eso quién lo dice?
–Sierra. El médico. Mi hermano.
–¿Tu hermano? ¿Kevin? ¿Y se puede saber qué tiene que ver Kevin en todo esto?
–El me ha llamado.
–¿Para qué?
–Pues para poder conservar su virilidad, según creo. Sierra lo amenazó con utilizarla para otros fines si no me localizaba inmediatamente.
–La mataré.
–De eso, nada. Demasiado estrés. ¡Haz el favor de meterte en la cama!
–Qué pesado eres – murmuró–. No sé qué haces aquí. No deberían haberte llamado.
–Ha hecho lo que debía –dijo, y asintió satisfecho cuando la vio sentada en la cama–. Sube los pies.
–No...
–¡Que subas los pies! –repitió, y levantándole las piernas, le metió los pies bajo la ropa. Luego se sentó a ella y se tumbó también en la cama.
–¡Nick!
Puso un brazo sobre ella para obligarla a estarse quieta y cerró los ojos.
–¿Se puede saber qué haces?
–Cuidar de ti –murmuró.
Intentó quitarse el brazo de encima, pero pesaba tanto, en parte por el cansancio que debía traer acumulado, y en parte por pura perversidad.
–No necesito que cuides de mí.
–No es eso lo que tengo entendido –murmuró. Se puso de lado y se acercó a ella.
–Dios, qué mandón.
Era mucho más agradable que su almohada, sentir el brazo sobre su vientre. Algo le dio una patada.
–¿Pero qué...?
–Los estás aplastando –protestó
Miley.
–¿Los...? ¡Ah! –quitó el brazo y apoyó solo la mano sobre su vientre. Algo se movió debajo. Eran los niños, sus niños.
No quería pensar en eso.
No en aquel momento.
En aquel momento, no podía pensar absolutamente nada. Estaba allí. Era suficiente.
–¿Están así todo el tiempo? –murmuró.
–No. A veces duermen.
–Bien –contestó, acurrucándose junto a ella–. Menos mal.
–¡Nick!
Pero él cerró los ojos y se quedó dormido.
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