lunes, 3 de septiembre de 2012

Capitulo 21.-


Jack no estaba con ánimo de perdonar. Se pasó todo el camino a casa rezongando y siguió haciéndolo el resto del día.
—Deberían darle de latigazos a ella. Se cree tan superior a nosotros que piensa que no nos debe ningún respeto. Podrías denunciarla, Miley, y hacerle pagar millones.
—¿Ah, sí? ¿Por un rasguño en la mejilla? — Miley soltó una risotada temblorosa sin dejar de cepillarle el pelo a Paddy mientras lo acomodaba para la noche—. Tal vez me lo mereciera, abuelo. Debería haberle hablado de lo que hacía antes de venir aquí.
—No te dio oportunidad de hacerlo —le soltó Jack enfadado—. Me voy a la cama, niña, pero dudo que pueda dormir. Me quedaré tumbado y pensaré en un plan para emplumarla, o tal vez para echarle aceite hirviendo...
Salió y Miley se quedó a solas con Paddy. No sabía nada de la familia Jonas. Nada en absoluto. El comité había insistido para que se quedara a comer y a Miley no le había quedado otro remedio que aceptar. Después tuvo que quedarse para hacer de juez invitado en la competición de la tarde. Sin embargo, llevaba ya tres horas en casa; el tiempo suficiente para que Nick la hubiera llamado a ver cómo estaba.
Si acaso le importaba, claro.
—¿Qué esperabas? —se dijo a sí misma con rabia—. ¿Que Delta se disculpara? ¡Imposible!
Caminó despacio de vuelta a casa y se sentó en el porche, pues sabía que aún no podría dormir. Se quedó sentada mirando las estrellas, con la mente en blanco, y se sintió tan triste que tuvo ganas de llorar.
El timbre del teléfono la sacó de su ensimismamiento.
Miley miró el reloj de pulsera. Las once de la noche; demasiado tarde para charlar.
Tal vez fueran sus padres. Con la diferencia horaria que había entre Australia y los Estados Unidos, a veces llamaban a horas intempestivas. Miley entró en la casa con el corazón encogido. ¿Cómo iba a fingir estar contenta si eran sus padres? ¡La conocían tan bien!
Pero no era su familia. Era Nick, y nada más oír su voz  Miley supo que ocurría algo.
—¿Miley, están los mellizos contigo? —preguntó una voz que Miley apenas reconoció; una voz tensa, cortante, angustiada.
—No —Miley se olvidó de su dolor y le prestó toda su atención.
—Se han marchado.
—¿Qué quieres decir con que se han marchado? — Miley susurró mientras notaba que se le formaba un nudo en el estómago.
—Se han vuelto a escapar. Les metí en la cama a las ocho; Dan se quedó aquí viendo la tele mientras yo iba a casa de Delta... y cuando volví, las camas estaban vacías. Dan estaba liado con la película y no ha oído nada. Tal vez lleven fuera mucho rato.
Miley tragó saliva; tenía la garganta seca.
—¿Se han llevado las maletas? —preguntó, angustiada al pensar en los pequeños caminando por alguna carretera a oscuras.
—Creo que se han ido sin nada. Estaban tan afectados, Miley. Dan y yo hemos dado la vuelta a la casa y a los cobertizos y establos y no están aquí. Estamos seguros. Ahora vamos a mirar por las carreteras.
Nick estaba imaginándose lo mismo que  Miley; dos pequeñas figuras... y un automóvil tomando la curva a toda velocidad.
—No creo que intenten marcharse a Sidney otra vez —susurró—. Saben que no pueden.
—No sé lo que habrán hecho —Nick le dijo con desesperación—. Debería haberme quedado con ellos en lugar de haber ido a casa de Delta—se hizo silencio un momento—. Miley, debo irme. He llamado a la policía de Hamilton, pero tardarán al menos media hora en presentarse aquí. Dan se ha ido a buscarlos por las carreteras hacia el norte y yo buscaré por las que van hacia el sur. ¿Podrías...? ¿Estás bien para...?
—Estoy bien —consiguió decir Miley—. Solo dime lo que quieres que haga.
—¿Podrías ir a mirar al río? Les gustó tanto tu fiesta. Yo... se me ha ocurrido que podrían estar allí.
—Voy para allá —le susurró Miley.
— Miley, he llamado a la señora Brown. Viene para acá para quedarse por si vuelven... y para atender el teléfono. Tengo una radio en el coche y me avisará si hay algo.
—De acuerdo Nick —Miley suspiró largamente—. Márchate ya... ¡Y encuéntralos!
—Bendita seas.
Y colgó.
No estaban en el río.
Miley cruzó los prados recién segados y llenos de conejeras en la camioneta, con las luces largas dadas mientras miraba a su alrededor buscando a dos pequeños.
El río estaba tan desierto como siempre lo había estado, a excepción de la noche de la fiesta. Y del día que estuvo con Nick.
A la luz de la luna, el agua oscura parecía un lazo negro y ondulado.
Miley fue hacia la orilla e intentó tranquilizarse mientras buscaba en cada sombra y detrás de cada grupo de arbustos.
¿Pero por qué iban a ir allí los niños? Aquel lugar era precioso de día, pero de noche resultaba terrorífico, sobre todo para dos niños asustados.
Estaba convencida de que no estaban allí. Tal vez estuvieran de camino a Sidney, o buscando algún lugar donde esconderse.
Donde esconderse... De pronto, Miley supo casi con seguridad dónde estaban Laura y Matt.
En el granero, entre las balas de paja. Recordaba el comentario de Laura, diciendo que aquello parecía una casita escondida.
Mientras volvía a la granja, Miley estaba cada vez más segura de que estarían allí. Les había explicado claramente a los niños que Sidney estaba muy lejos y que no podrían volver a casa de sus padres nunca más.
Y esa noche... Esa noche estaban disgustados y atemorizados, sin saber qué les depararía el futuro junto a una mujer que los asustaba y no los quería de verdad.
Habían echado a correr, pero los alrededores la granja de Jack era un lugar que conocían bien y adonde sabían llegar. Sabían que allí no habría perros ladrándoles y conocían el atajo por las praderas.
—Por favor, que estén en el pajar...
En la primera bala de paja Miley solo vio a la gatita de la granja, que estaba preparándose para parir. Al ver a Miley se le enrolló entre los talones, pero Miley solo tuvo tiempo de acariciarle el lomo antes de bajarse de una bala de paja y subirse a otra.
Por favor... Por favor...
Y milagrosamente sus ruegos fueron escuchados. En el centro de la segunda bala de paja había un par de cabezas rubias y dos cuerpos pegados el uno al otro, dormidos profundamente a la luz de la luna sobre la suave cama de paja. Estaban tan abrazados que  Miley tuvo que inclinarse sobre ellos para comprobar que eran dos en lugar de uno.
El alivio fue tan grande que le entraron ganas de llorar.
Se agachó para zarandear a Matt, pero el niño no se movió. Viendo que no era capaz de despertarlo se bajó de la bala de paja y corrió a la casa a llamar a Nick.
Miley no despertó a Jack. Su abuelo había disfrutado de un día muy ajetreado y era demasiado tarde para despertarlo por algo que ya no era urgente.
En lugar de eso le dejó una nota por si se despertaba, para que no se preocupara, agarró un montón de mantas y de almohadas, cruzó el patio y subió las mantas al almiar donde estaban los niños.
Matt y Laura no se habían movido.
Pero sabía que pronto lo harían. En cuanto se les hubiera pasado un poco el cansancio empezarían a notar las briznas de paja clavándoseles por todas partes.
Así que Miley abrió la bala de paja y extendió una manta por encima. Después colocó a los niños sobre la manta y los tapó con otra manta.
Miley se los quedó mirando mientras sentía cosas extrañas y maravillosas.
Había que hacer algo. Si Nick Jonas aún deseaba casarse con esa... con esa bruja, entonces quizá los niños pudieran trasladarse allí. Tal vez ella pudiera adoptar a los mellizos.
Pero qué tontería. Nick quería mucho a esos niños, y además eran los hijos de su hermano.
Nick estaba a diez millas al norte de la granja cuando  Miley había llamado y le había informado a la señora Brown del paradero de los niños.
Mientras tanto, Miley abrió otra bala de paja y puso encima una manta; colocó una almohada y se tumbó en su cama provisional a esperar a Nick.
Decidió que no quería que Nick se llevara a los niños a casa esa noche. Quería que se quedaran allí con ella. Si Miley se salía con la suya, los niños dormirían allí y volverían a casa por la mañana... después de una noche de aventura.
De aquel modo sería mucho menos aleccionador que el ser llevados a casa de madrugada como dos fugitivos.
Si Nick quisiera.
Miley solo tenía que esperarlo, y esperar nunca le había resultado tan duro en toda su vida.
Finalmente Nick apareció.
Miley oyó el ruido del motor de la camioneta y se mudó de postura. En parte quería quedarse quieta y esperarlo allí, y en parte quería echar a correr.
Pero no le quedaba otra alternativa. Tenía que verlo sin más remedio.
Un fuerte haz de luz sesgó la oscuridad, y al momento Nick estaba trepando el almiar.
—Santo cielo... —exclamó con los ojos muy abiertos al ver a Miley y a los mellizos. Pasó la luz de la linterna por encima de los niños para asegurarse de que estaban bien.
—¿Cómo diablos... ?
—Apaga la linterna, Nick—le dijo en voz baja—. Los vas a despertar.
—¿Los encontraste aquí?
—Se me ocurrió que podrían haber venido aquí —le dijo Miley; lo miró y vio que aún parecía angustiado—. Pensé... En realidad no tenían ningún otro sitio a dónde ir.
—Excepto aquí contigo —Nick se inclinó a mirar a sus sobrinos—. Se han venido contigo.
—Han venido a nuestro pajar —percibió en Nick el dolor de una persona que quería a los niños y había descubierto lo mucho que dolía que corrieran a los brazos de otra persona—. No es lo mismo que venir a mí.

—Lo es —Nick miró a los niños y entonces apagó la linterna.
Se agachó y se sentó en la manta junto a Miley, vuelto hacia ella, con el rostro envuelto en sombras.
—Gracias —dijo en tono solemne—. Gracias, Miley...
—No ha sido nada.
—¿Has traído tú éstas mantas aquí? —preguntó Nick.
—Bueno, se me ocurrió quedarme a dormir aquí con ellos, si te parece bien. Los mellizos pueden quedarse aquí hasta la mañana. De ese modo acabará siendo tan solo una aventura, en lugar de algo aterrador para ellos.
—Eres muy comprensiva —Nick dijo con asombro mientras se acercaba más a la mujer que estaba sobre la manta; entonces le acarició la mejilla donde tenía la tirita—. Tú sabes lo que están pasando,  Miley...
No podía soportar que la tocara.
—No, por favor, Nick... — Miley le agarró la mano y se la apartó de la cara—. No lo hagas, por favor.
—¿Que no te toque?
—No.
—¿Por qué no? —Nick le aprisionó los dedos con delicadeza—. ¿Por qué no, Miley?
—Tú sabes por qué...
—Si es porque estoy prometido a Delta, entonces debes saber que he venido a decirte que nuestro compromiso ha terminado oficialmente —sacudió la cabeza, como si quisiera librarse de un mal sueño—. Desde esta misma noche Delta y yo hemos terminado. En realidad, nunca empezamos nada. Al principio yo estuve demasiado ciego como para darme cuenta, y al final fui demasiado cobarde.
—¿Nick...?
Miley no fue capaz de decir nada más; tenía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar.
— Miley, hace años que conozco a Delta—le dijo Nick en tono bajo—. Conmigo siempre ha sido agradable, competente, cariñosa. Cuando los mellizos llegaron... bueno, reconozco que me entró mucho miedo. Nunca había conocido a ninguna mujer con la que quisiera casarme y estaba empezando a pensar que nunca la encontraría. Y Delta... Bueno, Delta estaba a mano y disponible. Pensé que quería estar con ella. Solo que no estaba buscando amor, sino más bien una persona para ocupar un puesto. No pensaba que fuera capaz de amar, hasta que empecé a querer a los mellizos con toda mi alma —añadió en voz baja—. Y después... Después empecé a quererte a ti.
Miley lo miró sobrecogida. De haberlo deseado no habría sido capaz de emitir ni una sola palabra. Solo con sus ojos le hacía preguntas.
—Miley, Delta y yo decidimos casarnos como si fuera un trato de negocios —Nick continuó en voz muy baja; pero los mellizos estaban tan dormidos que nada podría despertarlos—. No nos amábamos y lo sabíamos. Lo hablamos, y acordamos que podríamos hacer que nuestro matrimonio funcionara. Ella... Bueno, Delta no estaba a gusto viviendo con sus padres, pero no deseaba marcharse del distrito, y yo... bueno, ya conoces mis razones. Me pareció tan sensato.
Nick seguía agarrándole la mano, jugueteando con sus dedos, y entonces miró sus manos unidas.
—Y entonces —dijo Nick—. Entonces, contra todo pronóstico, me enamoré de la mujer menos adecuada. De una mocosa que me dijo desde el principio que no poseía las cualidades que yo buscaba en una esposa. Una persona mitad mujer, mitad niña que se acercó a mi casa y armó una revolución. Y que trajo tanta alegría a nuestras vidas que ese caos resultó algo maravilloso. Y entonces supe que había cometido la equivocación más grande de mi vida al pedirle a Delta que se casara conmigo.
—Pero... —empezó a decir Miley.
En su corazón una chispa de esperanza había prendido y empezaba a aumentar de tamaño.
—Lo sabía desde hacía semanas —reconoció Nick y entonces la miró a los ojos, le soltó la mano y le agarró la cara con las dos manos, obligándola a que lo mirara de frente—. Supe que estaba enamorado. Locamente enamorado. Pero... —negó con la cabeza—. Había ido ya demasiado lejos. Le había prometido a Delta que nos casaríamos, y pensé que Delta sería una buena madre para los mellizos. A pesar de que me desagradaba todo lo que hacía. Como mi maldita fiesta de cumpleaños, a la que invitó a todas las persona que le parecieron adecuadas y yo ni siquiera tenía allí a un amigo... Sin embargo, seguí creyendo que era la candidata adecuada; y no me veía en el derecho de privar a los mellizos de una madre razonable y responsable. Y encima, pensé que Delta era mi amiga. No podía ni herirla ni humillarla.

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