jueves, 13 de septiembre de 2012

Capitulo 9.-


–Ah, eres tú.
Eran las ocho y media de la mañana y Miley tenía un aspecto horrible con aquella enorme camiseta, el pelo revuelto y las ojeras marcadas.
–Una noche dura, ¿eh? –ironizó Nick, cada vez más molesto. No sabía a qué hora había vuelto, pero él se había ido a dormir más tarde de las dos y la luz de su casa seguía encendida.
Estaba pálida, casi cenicienta, y no parecía contenta de verlo.
Pues él tampoco estaba contento de verla a ella con aquel aspecto.
–Estás horrible –espetó.
–Muchas gracias.
–Es la verdad. Y no estarías así si descansases más. No deberías estar de fiesta todos los días hasta las tantas.
Miley abrió la boca para contestar, pero no lo hizo.
–No puede ser bueno dormir tan poco –continuó él–. Las mujeres como tú necesitan descansar más.
–¿Las mujeres como yo?
–Embarazadas –aclaró entre dientes–. Tienes que descansar más, Miley. Por lo menos tendrías que dormir ocho horas. Y tampoco deberías beber y...
–¡Yo no bebo!
–Debes comer bien. Ten –le ofreció el paquete de pescado fresco–. Kevin y yo hemos estado de pesca esta semana, y hemos tenido mucha suerte. Háztelo para cenar. Es platija. Muchas proteínas y ácidos grasos.
Ella abrió los ojos de par en par y se quedó blanca como la pared. No dijo nada. Podría haberle dado las gracias, por lo menos, pensó él. Y también podía aceptar el pescado en lugar de mirarlo horrorizada.
Entonces la vio taparse la boca con la mano y salir corriendo.
–Pero ¿qué demonios...? –Nick, con el paquete en la mano, fue tras ella, y la puerta del baño se cerró en sus narices–. ¿Qué estás...? Oh.
Y mientras escuchaba las arcadas al otro lado de la puerta, le llegó el olor del pescado que tenía en la mano. De pronto la palidez de Miley y su aspecto enfermizo cobró otro significado.
–Maldita sea –murmuró–. Enseguida vuelvo.
No sabía si le habría oído o no, pero bajó corriendo las escaleras, metió el pescado en su frigorífico, se lavó las manos para quitarse el olor y subió a toda prisa.
La puerta del baño seguía cerrada.
–¿Miley?
No contestó. Nick caminó de un lado a otro como un león enjaulado. ¿Cómo iba a saber él que tenía náuseas por las mañanas?
El silencio al otro lado de la puerta era sepulcral.
–¿Miley? –llamó con los nudillos a la puerta–. ¿Estás bien?
Por fin Miley abrió la puerta.
Seguía pareciendo una muerta, pero decidió no volver a decírselo. Su primer impulso fue ofrecerle la mano para que se sujetara, pero no lo hizo.
–¿Cómo estás? –preguntó, guardándosela en el bolsillo–. ¿Estás mejor?
–Sí, mejor –contestó con sequedad–. Genial. ¿No se nota?
Lo miró con disgusto y fue descalza a su dormitorio.
Nick la siguió.
–No lo sabía. Que te ponías así de mal. No pensarás que te he traído el pescado adrede.
Ella se dejó caer en la cama y se cubrió los ojos con el antebrazo como si él no estuviese allí.
Nick no sabía qué hacer. Se sentía inútil.
–¿Puedo... puedo hacer algo?
–¿Algo más?
–Vamos, Miley, ya te he dicho que no ha sido aposta. ¿Qué puedo hacer por ti?
–Creo que ya has hecho suficiente, Nick.
Seguía con el brazo sobre los ojos.
No podía verle la cara, y necesitaba vérsela. Le asustaba verla así.
Se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Miley se dio la vuelta, pero él tiró despacio de su mano para apartar el brazo, y aunque ella se resistió, no la soltó.
Parecía haber recuperado algo de color, aunque seguramente fuese de rabia y no de que se encontrase mejor. Se miraron. Parecía cansada.
–¿Quieres que te traiga un vaso se agua?
–No.
–¿Una manzanilla? Deberías beber algo.
No sabía por qué, pero le parecía lo más lógico.
Ella suspiró.
–Hay tónica en la nevera.
–Te la traeré.
–No necesito que me hagas favores.
Pero él no le hizo caso, salió del dormitorio, llenó el vaso y se lo llevó.
Miley se recostó contra el cabecero de la cama y se lo llevó a los labios.
–Deja de mirarme –murmuré al verlo plantado delante.
Pero no podía. Era la primera vez que la veía de cerca desde hacía siglos. Era la primera vez que la miraba de verdad desde hacía mucho tiempo. Parecía frágil, lo cual era sorprendente. Miley nunca le había parecido frágil.
–He dicho que dejes de mirarme –le dijo.
–Perdona – aquella vez, sí apartó la mirada y se volvió a caminar por la habitación. Pero no había nada que le interesara. Solo ella. Así que se dio la vuelta otra vez–. ¿Mejor?
–Sí, gracias –masculló–. No tienes por qué quedarte.
–¿Te pasa esto todos los días?
–Solo cuando me plantan delante de la nariz un montón de pescado. O estofado de carne y ensalada de repollo. Sierra me lo trajo el otro día para comer –explicó–. Al final, la comida quedó en galletas con mantequilla de cacahuete.
–¿Quieres que te traiga unas cuantas galletas?
–No tengo hambre.
–Tienes que comer – además de frágil, parecía más delgada–. Deberías estar ganando peso, y no perdiéndolo.
–No estoy perdiendo. Ya no.
–¿Es que lo has perdido?
–Al principio. Algunas mujeres pierden peso al principio si tienen náuseas.
–¿Tú has tenido muchas?
No parecía capaz de dejar de hacer preguntas.
–Según los días. El médico me dijo que podía tomar algo, pero no me gustó lo de medicarme si no es absolutamente necesario. Y además, puedo soportarlo. Estoy mejor. Sobre todo si empiezo el día un poco más tarde y con más calma.
–Antes te levantabas temprano – sintió una punzada de culpabilidad–. Pensé que te gustaría un poco de pescado –murmuró. No dijo nada de su decisión de subir allí a hacerle lamentar la juerguecita de la noche anterior.
¿Dónde demonios habría estado?
Estuvo a punto de formular la pregunta, pero no era asunto suyo dónde hubiera estado y, además, no le importaba.
–No tienes que quedarte, Nick–dijo ella, dejando el vaso sobre la mesilla–. No me va a pasar nada. No son más que náuseas.
–Ya lo sé –contestó. Sarah también las había padecido, y él le llevaba galletas y soda. La había mimado. Había estado a su lado.
El teléfono sonó y Miley contestó.
–¡Hola, Daniel! Acabo de levantarme –bostezó–. Lo sé. Yo también lo pasé muy bien. ¿Esta tarde? –hizo una pausa para echarle un vistazo a la agenda que tenía junto a la cama–. Sí, genial. Luego nos vemos. Hasta luego.
Nick percibió una sonrisa en su voz al despedirse de aquel Daniel. Recordaba bien aquella sonrisa. Muchas veces la había utilizado con él.
–¿Uno de tus hombres? –preguntó con ironía.
–¿Qué? Ah, sí. Podría decirse así.
Miley sonrió entonces, pero la sonrisa parecía ser aún para Daniel.
–¿Crees que estarás bien para salir esta tarde? –no pudo evitar preguntar.
Miley asintió despacio.
–Creo que sí –y luego añadió–: seguro que sí.
Él frunció el ceño.
–Tú veras. Puede que cuando él llegue esta tarde, te encuentres lo bastante bien para bajar a recoger el pescado.
Seguramente cerró la puerta con más fuerza de lo debido al salir.
Daniel se echaría a reír cuando se lo dijera.
Daniel Maguire era el chico por el que estaban locas todas las mujeres del edificio.
Daniel era compañero suyo y nunca había querido salir con él porque pasaba por las mujeres del mismo modo que Sierra pasaba por los distintos colores de pelo. Daniel era el hombre con el que había estado hasta las tres de la mañana intentando componer una historia. Daniel era el último hombre del mundo que querría salir con una mujer embarazada.
Y esa era la razón de que Miley se sorprendiera tanto aquella tarde cuando, después de decirle que lo había utilizado como escudo de defensa, él le contestó:
–¿Y por qué no? ¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Por qué no salimos?

No podía imaginarse por qué la invitaba a salir, y se lo preguntó.
–Es que nunca he salido antes con una mujer embarazada –contestó con una sonrisa.
–Así que soy una novedad.
–Y un escudo de defensa también. Todas las demás mujeres con las que salgo en esta ciudad tiene el matrimonio metido en la cabeza. Tú no... al menos conmigo –ladeó la cabeza–. ¿Qué te parece?
A Miley siempre le había gustado Daniel... eso si, a distancia. Disfrutaba trabajando con él, y creía que salir a cenar con él sería preferible a hacerlo con cualquiera de los hombres de la lista de su hermana.
–¿Por qué no? –le contestó.
Luego se arrepintió, y cuando estaba a punto de cambiar de opinión, miró por la ventana y vio a Nick con una rubia explosiva en el jardín.
–Allá voy – se dijo.
La verdad es que lo pasaron bastante bien. Daniel la llevó a un restaurante pequeño y muy acogedor del East Side y charlaron sobre deportes y libros.
A pesar de ser un hombre increíblemente guapo y encantador, Daniel era una estupenda compañía y  Miley disfrutó mucho con él, así que cuando al llevarla de vuelta a casa le preguntó si quería repetir, ella accedió de inmediato.
–¿Qué tal mañana?
También accedió. Al fin y al cabo, ¿qué tenía que hacer en casa?
–Lo he pasado estupendamente –le dijo ya en su puerta, y rozó su mejilla. Miley se preguntó brevemente si iba a besarla y qué haría ella si así fuera. Pero él sonrió y le guiñó un ojo–. Buenas noches, Miley.
–Buenas noches, Dan.
A la noche siguiente fueron a cenar y después a un club de jazz. Dos noches después, fueron a ver una película en Tribeca. A la semana siguiente, un paseo en el parque y un baile en el pabellón del Lincoln Center
Todas las mujeres solteras de la oficina estaban atónitas. Daniel, quien nunca salía más de una o dos veces con la misma mujer, estaba pegado como una lapa a Miley.
–¿Qué tienes tú que nosotras no tengamos? –le preguntaban.
«Un bebé», estaba a punto de contestar.
Pero seguramente no sería una respuesta que quisieran oír. Y ella ya había entendido por qué Daniel era tan reacio al matrimonio.
–Tengo una novia –le confesó Daniel la primera noche–, en Cincinnati. O eso creo, si es que recupera la cordura. Por ahora no está preparada para sentar la cabeza. Quiere que nos veamos con otras personas –hizo una mueca triste–. Así que eso es lo que hago. Pero cuando salgo con otras mujeres, todas quieren ir en serio, así que solo salgo con cada una un par de veces como mucho. La verdad es que me siento muy incómodo haciendo eso. Para mí, eres como un regalo divino.
«Esa soy yo», pensó Miley. «Santa patrona de los solteros de Nueva York».
Pero el bueno de Daniel también cumplía a la perfección con su papel.
Nick suponía que debería sentirse aliviado. Era lo que quería, ¿no? Que Miley encontrase un hombre que la apoyara, que estuviese a su lado. Un hombre que le llevase las galletas y la soda, que le diera masajes en la espalda y fuese a las clases de preparación al parto con ella. Un hombre que asistiese un día a las reuniones de la asociación de padres, que enseñase al crío a conducir y que se preocupara cuando ella no volviese a su hora a casa.
¡Por supuesto que era eso lo que quería!
Pero también quería saber si ese tipo estaba a la altura de las circunstancias.
Al menos tenía que concederle que tenía buena facha. Moreno, delgado, musculoso, alto.
Debía tener poco más o menos su misma edad. Vestía siempre con ropa informal. Solía llevar pantalones cortos y una camiseta, o pantalones de loneta y camisa blanca o azul remangada y sin corbata.

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