Los niños. Sus niños. Lo único que le quedaría de él después de un tiempo.
Respiró hondo.
–Está bien.
Llamó a Kevin para decirle que necesitaba la casa. Era el lugar en el que todos ellos habían crecido y Kevin se la había comprado a su padre dos años atrás, cuando este se retiró a Florida, y aunque ahora parecía estar en la ciudad más que cuando era la cabeza oficial de Jonas Enterprises, prefería vivir en Sutton Place.
–Claro – accedió inmediatamente su hermano–. ¿Ella está... bien?
–Sí. Solo necesita descansar. Son gemelos.
–El viejo se va a volver loco cuando...
–Ni se te ocurra decirle una palabra.
–Pero...
–No.
–Así que piensas darles la espalda, ¿no?
–¿Es lo que te parece que estoy haciendo?
–Si no quieres decírselo al viejo...
–Se lo diré cuando llegue el momento.
«Cuando sepa que no va a intentar obligarme a que me case». Porque eso era precisamente lo que iba a decir si se enteraba, y él no quería saber nada de compromisos.
–Como quieras –contestó Kevin, pero con una nota de desaprobación en su tono de voz.
Tenía otras cosas en las que pensar. Convenció a Miley de que bajase a su casa a descansar.
–Yo te haré la maleta.
Miley fue a protestar, pero al final renunció a hacerlo, lo que él le agradeció.
–Mira un rato la tele, o échate una siestecita –le dijo.
–Podemos marcharnos cuando haya pasado ya la hora alta.
–Puedo preparar algo de cena.
–Pide algo por teléfono y siéntate con los pies en alto. Órdenes del médico, ¿queda claro?
Se aseguró de que se sentase, le encendió la tele y dejo un libro antes de subir a su casa.
Parecía extraño estar en su casa sin ella. Entró en su dormitorio y abrió el armario para recoger su ropa. Vió las camisetas más grandes y los pantalones con la cintura extensible, además de su bata de baño y sus útiles de aseo. Después, buscó ropa de abrigo. Estaban en noviembre y haría frío junto al mar.
Encontró una chaqueta larga de lana y una cazadora junto a un vestido que recordaba bien: era rojo, un vestido de escote generoso que había llevaba en la fiesta de Navidad de Kev y Dani.
Pasó la mano por él y recordó que ya lo había tocado al bailar. Aquella noche no había podido evitar mirar su escote, buscar a hurtadillas sus pechos, consciente de que Miley era una mujer muy atractiva. Sacó el vestido del armario. Era tan estrecho que la Miley que había estado en la consulta del médico aquella mañana no podría metense en él ni por casualidad.
¿Volvería a tener su misma figura alguna vez? Los bebés se la habían hecho perder, la semilla que había depositado él en su interior. Volvió a acariciar el tejido y movió la cabeza. Quizás llegase a odiarlo por ello.
Desde luego, en aquel momento no parecía gustarle demasiado. Se había mostrado malhumorada desde su vuelta; claro que, teniendo en cuenta su estado, no era posible esperar otra cosa.
Tendría que compensarla por ello. Cuidarla, tal y como había dicho el médico. Ocuparse de que descansara lo que debía y de que los bebés no nacieran antes de tiempo.
¿Y después?
No quería pensar en ello.
Miley no estaba acostumbrada a que la mimasen de ese modo.
No estaba acostumbrada a tener a alguien pendiente de todas sus necesidades, que hiciese las cosas por ella, le trajese cualquier cosa que necesitara: vasos de leche caliente a la cama por la noche y, por la mañana, el desayuno.
Pero así estaba siendo.
La casa del hermano de Nick estaba en la orilla sur de Long Island, sobre una colina cubierta de hierba desde la que se dominaba la playa y el océano Atlántico. Era una construcción en madera de una sola planta con hermosos ventanales y puertas de cristal que daban paso a una terraza elevada de madera a unos metros de la playa. Era una casa familiar antigua y cómoda, no lo que ella se habría imaginado para un hombre de negocios como Kevin.
Y al comentarlo con Nick fue cuando supo que era la casa en la que había crecido. Saberlo le hizo mirar a su alrededor con avidez, a pesar de que sabía no debía hacerlo. Él no quería tener nada serio con ella, y la estaba cuidando solo porque se sentía responsable. Pero era difícil sustraerse a aquella posibilidad, a más motivos que avivaran lo que ya sentía, sobre todo teniéndole a su disposición constantemente, que era como lo tenía. La había acomodado en el cuarto más grande; ahora pertenecía a Kevin, pero había sido el dormitorio de sus padres. La fotografía de su boda seguía colgando de la pared y Miley no pudo evitar mirarla, ni evitar desear...
Tras acomodar sus cosas, Nick le acercó una caja rosada que había seleccionado de su casa y los cojines de la cama.
–No estaba seguro de qué estabas leyendo o de que habías leído ya, así que los he traído todos –explicó Nick, Miley le dio las gracias con una sonrisa.
Luego, le entregó el mando a distancia de la tele y equipo de música.
–Si necesitas algo, no tienes más que pulsar este y hablar, que yo te oiré desde cualquier parte de la casa.
Ella lo miró asombrada.
–Es que no tienes que moverte –le recordó.
–Pero voy a volverme loca. –Nick se guardó las manos en los bolsillos de los vaqueros y pareció considerar algo seriamente.
–Puedes salir a la terraza por la tarde si hace buen tiempo–decidió.
–Gracias –murmuró Miley.
–¿Quieres que te traiga algo de comer?
Habían tomado comida china antes de salir, pero eran ya más de las diez.
Miley lo miró muy seria. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar?
–¿Pizza? –preguntó–. Con anchoas, beicon canadiense y chucrut.
Lo vio tragar saliva y asentir.
–Te la traeré.
No tenía ni idea de dónde había podido sacarla, pero media hora más tarde oyó sonar el timbre y unos minutos después él entraba en su habitación con una pizza, dos platos y dos vasos de leche.
La sorpresa fue mayúscula al descubrir que la pizza era tal y como la había pedido, y aun mayor al ver a Nick comerse tres pedazos.
–Tómate la leche –le dijo.
–Es que me gusta tomarla caliente y antes de acostarme –respondió por pura perversidad.
Y en cuestión de minutos, volvió con la leche caliente en una taza.
Ni siquiera le gustaba la leche caliente, pero no iba a admitirlo, así que se estiró en la cama y fue bebiéndola a pequeños sorbos. Una extraña mezcla de letargo y bienestar fue apoderándose de ella. Fue saltando de canal en canal con el control remoto, sin detenerse apenas unos segundos en los eventos deportivos, solo por fastidiarlo a él.
Nick siguió sentado sin inmutarse, observándola.
Al final se volvió a mirarlo, y lo encontró sonriendo un poco, casi como si hubiese adivinado lo que estaba haciendo y la razón que le había empujado. Le hizo sentirse pequeña y mezquina... y con ganas de sonreír.
Y lo hizo.
Porque no pudo evitarlo. Porque él estaba allí y ella también y, por el momento, en aquel instante, las cosas estaban bien.
Era casi como haber recuperado su vida de antes...la que tenía con Miley... eso sí, antes del embarazo. Durante los días siguientes, hicieron cosas juntos. Cosas sencillas y tranquilas, como hacer a medias el crucigrama del Times, leer pasajes interesantes de los ver antiguos álbumes de fotos. No entendía por qué parecían fascinarle tanto las fotos de cuando sus hermanos y él eran pequeños, pero no le importó enseñárselas- Tampoco le importó hablar de ellas, si así conseguía tenerla callada y entretenida. Vieron todos los álbumes menos uno: el de su boda. Ese no lo sacó. Ella con su mente de periodista, disfrutaba enormemente con las historias, y él le contó tantas como en toda su vida había hablado tanto, pero ella parecía fácil. Incluso divertido.
Cada día que pasaba sin que se pusiera de parto, significaba más para los bebés, según el médico.
Miley se había acomodado en el dormitorio principal por su propio baño, vistas al mar y un intercomunicador para que pudiese localizarlo en toda la casa. Nick pretendía alojarse en la que fuera su habitación, quedaba al otro lado de la casa, pero prefirió hacerlo en la que estaba frente a la de ella. Ahora era el estudio de Kevin, pero tenía un sofá en el que no se dormía mal del todo. En cualquier caso, tampoco conseguía dormir demasiado.
Se levantaba cuatro o cinco veces cada noche para ir a su habitación, para ver si ella estaba durmiendo o si necesitaba algo.
–¿Quieres un poco de leche?– le preguntó.
Después de aquella primera noche, no había vuelto a quererla.
–Te ayudaría a dormir –le decía, pero ella la rechazaba todas las noches.
–Lo único que me ayudaría a dormir es que los bebés se durmieran también –protestó la tercera noche que la oyó moverse por la habitación y se levantó a ver qué ocurría. La encontró de pie en la oscuridad, frotándose la tripa. Vio su silueta recortarse a la luz de la luna y recordó cómo era su silueta un año antes con aquel vestido rojo. Curiosamente había algo también muy atractivo en su imagen presente. Entonces estaba muy sexy, y ahora muy femenina. En ese momento deseó besarla y la dirección de sus pensamientos le sorprendió.
No eran muy diferentes de los de aquel momento.
–¿Te están dando patadas?
–No paran. A veces consigo calmarlos.
–¿Cómo?
Se encogió de hombros.
–A veces frotarme la tripa funciona – se sonrió–. Es una idiotez, pero creo que les gusta.
Mientras hablaba, enderezó la espalda y emitió un tímido gemido.
Nick sintió que la sangre se le disparaba. ¿Cómo podía desear a una mujer embarazada, una mujer que no podría estar interesada en algo así?
–Eh... ¿quieres... quieres que te de un masaje?
Ella dejó de frotarse la tripa.
–¿Qué?
–Es que... bueno, me ha dado la impresión de que no te vendría mal un masaje en la espalda.
–Pues... la verdad es que me vendría muy bien.
«Ten cuidado con lo que deseas», solía decir la madre de Miley, «porque puede que lo consigas».
Pero un masaje en la espalda le había parecido algo muy poco probable media hora antes, dando vueltas y más vueltas en la cama.
Si alguien le hubiera dicho que Nick iba a ofrecerse, se habría echado a reír. Aunque aquellos últimos tres días se había portado maravillosamente bien
Con ella. Había sido tan solícito y atento, tan parecido al Nick que ella conocía y del que había llegado a enamorarse. Pero aquel Nick siempre había evitado tocarla, excepto una noche.
–Túmbate en la cama y ponte de lado –le oyó decir, Miley obedeció. Se tumbó en la cama y se colocó de lado con una almohada bajo la tripa para sujetarla. Sus pies descalzos en el suelo. Sintió el colchón hundirse bajo su peso.
–¿Tienes sitio suficiente?
–Sí.
Una ola rompió en la orilla fuera de la casa, pero de su cuerpo la sangre le palpitaba por las venas, le golpeaba el pecho como un martillo. Un niño le dio una buena patada.
–¡Ay! – se quejó–. Tranquilos –añadió después, acariciándose de nuevo la tripa.
–¿Más patadas?
–Sí.
Sin volverse tiró de su mano y se la colocó en la tripa. Como era de esperar, los bebés le propinaron una buena patada.
Nick se quedó totalmente inmóvil.
¿Habría cometido un error? ¿Se volvería a todo correr a su habitación?
Pero dejó la mano allí hasta que los bebés volvieron moverse y movió suavemente la mano sobre su tripa. Fue entonces Miley quien se quedó inmóvil. Nick apartó la mano.
–Lo siento.
¿Iba a marcharse? No. Apoyó las manos en sus hombros y apretó su espina dorsal con los pulgares. Poco a poco fue avanzando, vértebra a vértebra.
Miley gimió suavemente.
–¿Qué pasa? –preguntó él, deteniéndose.
–Nada. Mm…
–¿Qué significa eso?
–Pues que me sienta bien.
Más que bien. Maravillosamente bien. Deliciosamente bien. Apoyó la cabeza en la almohada y se dejó flotar. La tensión que sentía fue diluyéndose lentamente, respiró hondo y exhaló un suspiro satisfecho.
Al parecer Nick no necesitó traducción porque siguió con lo que estaba haciendo. Al llegar a la cintura el masaje se abrió lateralmente, justo donde más le dolía.
–Ah... –suspiró.
–¿Va... todo bien?
–Sí. Qué maravilla. Es ahí. Justo ahí.
Nick insistió en aquel punto. Le sintió moverse, acercarse más. Siguió trabajando su espalda, aligerando la tensión, aliviando el estrés de los músculos.
Cerró los ojos. Podría quedarse así para siempre.
Todo estaba tan en silencio que ya ni oía el latido de su propio corazón, pero sí la respiración de Nick.
Incluso los bebés se habían quedado quietos.
Se acurrucó aún más sobre la almohada y se entregó a la magia de sus dedos. Se movían despacio, lánguidamente, arriba y abajo. Al llegar a sus hombros se detuvieron.
Ella no se movió.
Luego sintió que las apartaba y que le acariciaba el pelo. Por un instante le acariciaron también la mejilla, antes de que algo más rozase su piel.
Luego se levantó y se marchó, sin más.
Miley se tocó la mejilla. Estaba húmeda.
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