jueves, 20 de septiembre de 2012

Capitulo 12.-


Era el cuarto día consecutivo de ese calor asfixiante y Miley arrastró a casa, casi lamentando haber asistido aquella mañana al concierto de Mooney Vaughan en el Carnegie Hall.
Vaughan, uno de los intérpretes de música de jazz más famosos de Norteamérica, le había dicho que podían encontrarse la tarde siguiente, pero Miley sabía que Daniel iba a estar ocupado todo el día y no le había apetecido quedarse sola en casa, de modo que había decidido ir al recital y quedar después a comer con Mooney para charlar con él con vistas a su próximo artículo.
Era la solución perfecta. Así no tendría que preocuparse de encontrarse con Nick.
Y funcionó... hasta que llegó arrastras a casa aquella misma tarde. El tráfico había sido horroroso y el autobús en el que viajaba tenía estropeado el aire acondicionado, de modo que al final había decidido bajarse y caminar… Y caminar. Y caminar.
Intentó parar un taxi, pero a las cinco de la tarde era imposible encontrar uno, así que siguió caminando despacio, tomándose su tiempo, pero cuando llegó a casa estaba exhausta y deciduó sentarse en la puerta y descansar antes de subir las escaleras hasta su casa.
La cancela se abrió a su espalda.
–Hola –dijo Nick.
Él parecía estar fresco, descansado e incluso guapo. Y  Miley, que se sentía sudorosa y exhausta lo odió por ello. Lo miró y luego se volvió hacia otro lado. No tenía fuerza para enfrentarse a él.
–¿Estás bien?
Miley había cerrado los ojos y no los abrió. Estiró las piernas.
–Solo tengo calor.
Una mano fresca se apoyó en su mejilla y abrió los ojos.
–¿Pero qué...?
Él tiró de su mano para obligarla a ponerse en pie.
–Vamos.
–¿Adónde? ¿Qué demonios...? Estaba perfectamente claro adónde la llevaba: a su casa.
–¡Nick! –protestó, pero sin resultado. Y una vez abrió él la puerta y sintió en la cara la bendición del aire acondicionado, dejó de discutir,
Iba a quedarse solo un minuto, no más. Y después...
–Siéntate –la obligó a sentarse en el sofá, le colocó los pies sobre la mesa y dejó la bolsa que traía ella y que le había arrebatado con la grabadora y el bloc de notas en el suelo–. ¿Agua? ¿Té frío? ¿Zumo?
–Agua –contestó–. Por favor –añadió, intentando no parecer un vagabundo en el desierto que acabara de toparse con un oasis.
Le había parecido que estaba a punto de desmayarse. Por casualidad estaba junto a la ventana al tomar ella la calle. Incluso desde aquella distancia pudo ver que tenía la cara anormalmente roja, y que no avanzaba con su paso habitual, rápido y firme. En un principio pensó que sería por la tripa, pero luego se dio cuenta de que había algo más, sobre todo al verla sentarse en la entrada.
Había salido a todo correr de su casa, pero después se había parado para intentar parecer normal.
–No te lo bebas de golpe –le dijo.
–Qué mandón estás – se quejó–. Antes no eras así.
–Antes no necesitabas que te dijeran lo que debías hacer.
–Y no necesito que...
–Vale, vale –la cortó, levantando en alto las manos–. Tú estás haciendo muy bien, pero la gente cae como moscas por toda la ciudad. ¿Has oído la radio? Doscientos cuarenta y siete casos de golpe de calor solo esta tarde. Doscientos cuarenta y ocho, si te contamos a ti.
–A mí no me pasa nada –protestó, y se terminó el vaso.
–Te traeré un poco más.
Miley bebió el segundo vaso con más calma. Cuando terminó, sonrió. Era solo una pálida imitación de la verdadera sonrisa de  Miley Cyrus.
–Gracias –dijo, e hizo ademán de levantarse.
–No tienes por qué irte tan deprisa.
–Es que...
–¿O es que te está esperando el doctor Amor?
–Supongo que te refieres a Daniel. Vendrá más tarde –Quizás. No estaba seguro de poder pasarse, pero eso no iba a decírselo a Nick –. No quiero molestarte.
–Lo que me molestaría es que te desmayases en la escalera.
–¿Quién te ha dicho que voy a desmayarme? Lo que pasa es que...
–He preparado un montón de chile. Quédate a cenar conmigo.
–Daniel...
–Daniel no está aquí en este momento, y yo creo que tienes hambre. Tienes que alimentarte bien, Miley. Además, sé que no quieres subir las escaleras en este momento. Tú sabes que no quieres.
Ella dudó aún un poco más. No quería empezar otra vez a albergar esperanzas. Y aunque se decía que no era así, cada vez que Nick era agradable con ella, no podía evitarlo y los sueños que creía enterrados resurgían de sus cenizas como el ave Fénix para perseguirla.
–Chile, Miley –insistió, intentando tentarla–. Ensalada verde. Tomates del huerto.
«Maldito seas», pensó. «Deja de ser amable conmigo. Lo odio».
–Helado de chocolate de postre. Cómo conocía sus debilidades...
–Está bien – suspiró–. Tú ganas.
Él sonrió.
–Estará todo preparado en cinco minutos. ¿Quieres alguna otra cosa de beber? ¿Una cerveza?
–No. No... bebo alcohol.
–Ah, claro.
Miró brevemente su tripa y luego apartó la mirada.

–Te traeré un té frío –dijo.
–Gracias –contestó ella. «Mantén las distancias. Sé fría», se dijo. Entrelazó las manos en el regazo y sonrió.
Cuando Nick entró en la cocina, a punto estuvo de romper vaso, puso a calentar el chile y todo ello, maldiciendo entre dientes. ¿Cómo se atrevía a sentarse allí y comportarse como una extraña?
«¿Esperabas algo distinto? ¿Lo querías, acaso?», se preguntó.
Bueno, no, pero... Era lo mejor. Ahora era su invitada.
Sacó la jarra de té frío de la nevera y llenó un vaso y para él se abrió una lata de cerveza.
Tomó un trago largo. Muy largo. Luego volvió a mover el chile. ¿Había cocinado tanto porque en el fondo tenía la intención de invitarla a cenar?
Era una pregunta a la que no quería responder.
–Limón y sin azúcar, ¿no? –preguntó en voz alta.
No hubo respuesta. De todos modos, no la necesitaba. Sabía cómo le gustaba el té frío. Solo lo preguntaba para darle conversación... la clase de conversación que ambos querían.
Con el vaso en la mano, entró en el salón y se la encontró dormida.
Seguía en el sofá, pero ya no parecía estar en la sala de espera del dentista. Estaba acurrucada, las manos sobre el vientre cada vez más abultado, la cabeza hacia atrás, las mejillas aún arreboladas.
Sonrió. No pudo evitarlo.
Y se acercó más. Dormida, Miley parecía una niña. Parecía joven, vulnerable e indefensa.
No lo bastante mayor para ser madre de gemelos.
–¡Gemelos!
–Dios...
Dijo la palabra en alto sin querer y ella se despertó, parpadeando rápidamente.
–Vaya –se incorporó como si quisiera no parecer dormida–. Lo siento. Es... es el calor. Y es que estoy poco cansada.
–Aquí tienes el té – se lo entregó y se sentó en un sillón frente a ella–. ¿Cómo es que has salido hoy? ¿Tenías qúe hacer alguna entrevista?
–Sí –tomó un sorbo de té y se incorporó un poco en el sofá, pero ya no parecía tan tensa como antes–. A Mooney Vaughan.
–Vaya.
Nick sabía lo importante que debía haber sido esa entrevista. Vaughan era un gran nombre del jazz. Había asistido con Miley a uno de sus conciertos en el Carnegie Hall el verano anterior. Luego habían subido al Empire State con la música aún viva en los oídos. Era noche llena de estrellas y...
Se obligó a volver al presente…
–¿Ha tocado para ti?
Miley sonrió.
–Sí, y ha sido maravilloso. Tiene una especie… de entusiasmo. Ha pasado por momentos muy tristes... ya sabes, cuando perdió a su hijo en un accidente y lo de su mujer con las drogas... Ha sufrido un infarto, pero es tan... no sé cómo decirlo... tan sereno quizás. Puede que sea una palabra demasiado simple. No es nada cínico, ni da muestras de amargura. Al hablar de todo ello se percibía casi físicamente su dolor, pero junto a eso había... esperanza.
Su mirada se había ido dulcificando al hablar y su voz era tierna, comprensiva. Era una sonrisa que él conocía bien. Había formado parte de su vida durante los últimos tres años, llenándole de paz y clavó la mirada en la lata que tenía en la mano, recordando.
Miley se rió de pronto y su risa fue tan feliz que Nick levantó la mirada, sorprendido.
–Me ha dado un beso en la tripa –dijo, poniéndose las manos encima.
–¿Qué?
–Para que le diera buena suerte. Es como una bendición. Me dijo que era siempre un placer estar en compañía de una nueva vida y... tocó para ellos... para nosotros tres.
Su sonrisa pareció temblar y la vio parpadear rápidamente.
Luego dejó el vaso sobre la mesa y se levantó.
–Creo que no debería quedarme.
Nick estaba delante de ella antes de que hubiera podido terminar de levantarse del sofá.
–Sí que debes –dijo con firmeza, mirándola a los ojos–. Por favor, Miley: quédate.
Y se quedó.
–Era una locura, un error. Sabía que quedándose volvería a desear todas las cosas que llevaba tanto anhelando y que sabía perfectamente que no iba a poder tener. Pero, como siempre, cuando él la miraba con aquellos insondables ojos azules pidiéndole que hiciese algo, quedaba indefensa, completamente a su merced.
Así que se quedó y cenó con él.
Nick puso un disco de Mooney Vaughan y su música parecía encajar a la perfección con su estado de ánimo, exuberante un momento y melancólico al siguiente.


–Un registro que traduzca las emociones, eso es lo que ando buscando – le había dicho Mooney aquella misma tarde con su voz de seda salvaje.
Todas sus emociones estaban en juego aquella noche, y no podía evitarlo. No era capaz de mantener la distancia, la indiferencia en la que sabía que debía escudarse. Es más, ni siquiera estaba segura de poder ser alguna vez indiferente ante Nick. Lo conocía demasiado. Llevaba demasiado tiempo queriéndolo.
Había intentado combatir sus sentimientos durante los últimos tres años, e incluso había conseguido convencerse de que lo estaba consiguiendo. Y pasar todas aquellas veladas con Daniel había conseguido convencerla, pero no habían conseguido cambiar lo que sentía.
Lo mismo que tampoco había cambiado lo que sentía  Nick. Podía verlo en él. Seguía siendo Nick, un hombre extrovertido y divertido, reflexivo y perceptivo, intenso y apasionado. Todo ello.
Pero solo cuando olvidaba todos los cambios, los cambios que se habían obrado en ella... el que llevase a sus hijos en el vientre.
Y cada vez que lo recordaba, cada vez que su mirada hasta su vientre, cuando empezaba a hablar su tono de voz cambiaba, se hacía más retraído, más alejado.
Y ella sabía que estaba recordando. No solo los bebés, sino el pasado y aquel hijo perdido.
Entonces ella quería llorar. Pero no lo había hecho. No podía hacerlo. Había optado por no decir nada, o hacer cualquier cosa que desviase su atención, que le hiciera sonreír y cambiar de tema.
Había sobrevivido a la velada.
Le dio educadamente las gracias, e incluso toleró la acompañase hasta la puerta de su casa, por lo también le dio las gracias.
Él simplemente asintió.
–Cuídate, Miley.
–Lo haré. Gracias otra vez. Ya nos veremos –, como si volviesen a ser amigos.
A la mañana siguiente no la vio. No es que anduviese esperando verla. Solo que la luz era muy buena si se sentaba junto a la ventana para hacer el crucigrama del Times, y desde allí no podía evitar ver las escaleras. Vio a la señora Álvarez subir y bajar cuatro veces. Y vio también a los Gillespy, el matrimonio, que tenía el piso de encima del de Miley.
Pero no vio a Miley. Debía haber salido con Daniel, pensó. Dejó de mirar por la ventana y se concentró en el crucigrama, pero se le rompió la punta del lápiz.
–Qué asco –masculló, y se levantó de allí.
Salió al jardín. Los tomates habían madurado. Había utilizado unos cuantos la noche anterior para la ensalada, y recogió unos cuantos más.
Entonces oyó un ruido y miré hacia arriba. Era Miley, tendiendo su lencería. Estaba sola. Ni rastro de Daniel.
–¡Eh! –la llamó, y ella se asomó.
–¡Voy a subirte unos tomates!
No esperó su respuesta; recogió los que ya estaban maduros y volvió a entrar para ponerlos en una bolsa.
Cuando ella abrió la puerta, lo primero que hizo fue ofrecerle la bolsa.
–Son más tuyos que míos, de todas formas. Si no los hubieras regado... – se encogió de hombros y sonrió–, bueno, que te deben la vida.
–¿Y ahora me los das para que me los coma? No parece muy justo.
–La vida es dura si eres tomate.
Los dos se miraron en silencio un instante.
–Tienes... mejor aspecto hoy –dijo él–. No es que no estuvieses bien ayer, pero...
–Estaba hecha un trapo. Gracias por los tomates.
No lo invitó a entrar. De hecho, estaba a punto de abrir la puerta cuando la oyó quejarse.
–¿Qué pasa?
Miley sonrió.
–Que me han dado... una patada.
Nick miró inmediatamente el abultamiento tras la bolsa de tomates. Miley la apartó y apoyó una mano
en su tripa.
–Mira.
Nick contempló, fascinado, como su tripa parecía moverse por voluntad propia.
–Es raro, ¿verdad?
Nick sintió que se le secaba la boca. Quiso hablar, no se le ocurrió nada que decir. ¿Raro? Pues sí, Y de pronto, fue doloroso también.
Recuerdos del día en que Sarah había sentido por primera vez a su hijo. Ella había tomado su mano para ponerla sobre su tripa.
–¿Lo notas? ¿Lo notas, Nick?
Sus ojos estaban llenos de luz, deseosa de compartir milagro con él.
El había puesto la mano y esperado. Pero los movimientos eran demasiado leves. El bebé era aun muy pequeño y Sarah había terminado por darle un beso de consolación y decirle:
–Pronto. Ya verás como no tardas en sentirlo.
Pero ya nunca había podido sentirlo. Una semana después, Sarah moría.
El vientre de Miley aún se movía.
–Tengo que irme –dijo
Siempre estaban allí... los recuerdos. Dispuestos a destrozar cualquier comento que Nick y ella pudiesen compartir.
Pero aquella noche, cuando se metió en la cama, lloró.
Miley hubiera querido pisotear aquellos tomates. ¡O a él! Pero no podía. Ni siquiera podía dar rienda suelta a su rabia con él. Conocía su dolor.
Recordaba perfectamente la noche en que le habló de Sarah y del bebé. Recordaba el dolor en su voz.
¿Cómo enfadarse con un hombre que sentía tan profundamente, que había perdido tanto? Era imposible.
Pero aun así, no era justo. ¡No era culpa suya que  Nick hubiera perdido a la mujer que amaba y al niño que ella llevaba en su seno!
Pero lo que sí era culpa suya es que fuese a ser padre por segunda vez.
–Mía, y suya – se dijo en voz alta mientras llevaba los tomates a la cocina.
Pero sobre todo, suya. Si no hubiese bajado aquella noche... si no le hubiese ofrecido sus brazos... si no le quisiera:
Uno de los bebés le dio una patada.
Y supo que los si ya no importaban. Era demasiado tarde.
–Estáis aquí y yo me alegro –dijo, poniéndose las manos en el vientre–. Y si queréis recordármelo, no tenéis más que volver a darme otra patada.

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