miércoles, 1 de febrero de 2012
Cap 8.-
No es que fuera distante, sino que estaba encantado de serlo. Miley sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
De pronto, el coche se paró.
—Ya hemos llegado —anunció Nick inclinándose para desabrocharle el cinturón de seguridad
De inmediato, Miley notó cómo se le aceleraba el ritmo cardíaco tratando de separarse de su contacto.
—No tengas miedo —le susurró él al oído—. No debes temer nada de mí.
—¿No? —repuso Miley.
Ella deseó que aquello fuera posible. Una hora antes lo habría podido creer. Pero ahora, aquel hombre había logrado alterarla, produciéndole cierto malestar.
Nikos, el chófer, abrió la puerta y le ofreció su ayuda para salir. Sintiéndose confusa ignoró tercamente su ofrecimiento y bajó del vehículo por sus propios medios. Aquello le costó caro: súbitamente sintió todo tipo de dolores y tuvo que asirse al maletero para no caer.
Podía reconocer esa calle y los alrededores. Ese lugar se encontraba varias calles más arriba de la residencia donde solía vivir cuando vivía su padre. No obstante, aquella parte de Holland Park era mil veces más distinguida.
Por lo menos, ya sabía donde estaba si tenía que salir corriendo. Con ese consuelo, observó como el chófer sacaba a Melanie de su asiento y se la entregaba a Nick Jonas.
El bebé estaba feliz, envuelto en una mantilla que le había tejido amorosamente su madre durante el embarazo. Sin saber por qué y en ese preciso momento, sintió un ataque de posesividad. Entonces arrancó a la niña de los brazos del hombre.
Puede que él notara su resentimiento porque se volvió y dijo:
—¿Estás bien?
«No», pensó Miley, «no estoy bien. Quiero que me des a mi hermana y que podamos marcharnos a casa. Porque mi instinto me dice que no me fíe de ti».
Tía Laura..., tía Laura... le canturreaba el cerebro a Miley, tratando de usarla como excusa por estar en aquella casa.
En cuanto llegaron a la entrada abrió la puerta una señora regordeta con una cálida sonrisa en los labios. Tenía el mismo color oscuro de pelo que el chófer. En cuanto vio a Melanie soltó un grito de alegría y se puso a batir pahuas antes de recibir al bebé.
—Es Lefka, mi ama de llaves —le informó Nick Jonas mientras dejaba a la cría en brazos de la mujer—. Como verás, está encantada de cuidar a Melanie, mientras estés aquí.
—Pero... — Miley comenzó a protestar.
El ama de llaves empezó a hablar en griego y se dirigió con la niña hacia el interior de la casa.
— ¡Habitualmente tiene muy buenos modales, no como hoy! —comentó Nick secamente.
Luego, el banquero invitó a Miley a entrar en la mansión.
El interior era aproximadamente como se lo había imaginado ella. Era un lugar amplio y cálido, decorado con una mezcla de estilos clásico y moderno.
Unas manos diestras retiraron la chaqueta de sus hombros. Miley miró a su alrededor.
—Gracias —murmuró, a pesar suyo, puesto que sin la prenda se encontraba incómoda.
Cuando atravesó el vestíbulo deseó con toda su alma encontrar a la tía Laura en el salón contiguo.
El estudio del banquero era realmente acogedor, con el fuego encendido en la chimeneay las paredes forradas con madera de roble. Paseó la mirada por toda la estancia, pero no había ni rastro de la tía Laura.
Tras Miley la puerta se cerró. Ella se lanzó contra Nick.
—¿Dónde está mi tía?
—Yo nunca te dije que tu tía estaría aquí —repuso él echando chispas con la mirada.
El despacho estaba presidido por una mesa perfectamente ordenada.
Pero Miley no estaba segura de lo que había dicho realmente. No obstante, había tenido la sensación de que se la encontraría allí.
—Entonces, ¿por qué nos has traído aquí?~—le preguntó ella desconcertada.
Nick estaba de pie junto a su escritorio y se había puesto a manejar un ordenador portátil. Dejó de mirar la pantalla para fijar sus ojos en los de Miley. A ella se le pusieron los pelos de punta.
—Pensé que era algo evidente —repuso él, volviendo su mirada al portátil—. Estás hecha una pena, francamente. Y no puedes ocuparte de ti misma y menos aún de un bebé. Por eso te quedarás aquí conmigo.
—Pero, yo no quiero quedarme —exclamó Miley,horrorizada.
—No era consciente de que tuvieses otra opción —prosiguió Nick.
Pero, ¿quién se creía que era?
cap 7.-
—No deberías haberte molestado —repuso Miley—. Ya has hecho bastantes cosas por mí.
—No tiene importancia —comentó Nick, mientras elevaba la luna de nuevo.
Miley estaba acomodándose en su sitio cuando la asaltó una idea.
—El asiento no es nuevo, ¿no es cierto? —adujo ella—. Se lo habéis pedido prestado a alguien, ¿verdad?
«¡Ojalá lo hayáis pedido prestado!», pensó Miley fervientemente.
La mirada que le dirigió Nick fue toda una respuesta.
—Pero, ¡menudo gasto! —exclamó Miley—. No voy a poder pagártelo.
—No esperaba que me lo pagaras —sostuvo Nick.
Era evidente que para él ese gasto no suponía ningún esfuerzo económico. Y como si le aburriera hablar del tema, el hombre miró por la ventana como se deslizaba el coche por la calle.
Pero Miley no se iba a dar por vencida.
—Le diré a. mi tía que te devuelva el dinero —insistió ella.
—Olvídalo —dijo Nick.
—Pero no quiero olvidarlo —estalló Miley—. Detesto que me mantengan.
Con arrogancia, Nick ignoró sus palabras.
—Abróchate el cinturón de seguridad —le sugirió el hombre—. El asiento ya está comprado, cualquier discusión es inútil.
Miley se dispuso a abrocharse el cinturón, con la cabeza baja. Nunca nadie la había intimidado tanto en su vida, ni siquiera la tía Laura.
—No puedo permitirlo —exclamó ella al cabo de unos segundos, con lágrimas en los ojos.
Con un gesto lleno de gracia, Nick se inclinó y tomó el cierre de la mano temblorosa de Miley y con cuidado de no lastimarla lo enganchó correctamente.
Cuando Nick levantó la mirada, vio que ella estaba llorando y dio un suspiro.
—No te molestes por mi forma de actuar. No estoy acostumbrado a dar explicaciones sobre lo que hago. La culpa es mía...
—Sí, pero no deberías haber comprado...
—Lo hecho, hecho está —adujo Nick, tratando de dominar su impaciencia.
Con un tono más suave prosiguió, cambiando de tema.
—¿Cómo está tu muñeca?
Miley se miró la escayola y notó un dolor persistente alrededor del pulgar.
—Bien, gracias —mintió ella.
Le dolían terriblemente el brazo, la cabeza y las costillas. Cerró los ojos y trató de relajarse. Estaba tan agotada que se habría quedado durmiendo durante todo un año. Pero no iba a poder dormir. Tendría que ocuparse de la niña con la escayola y todo.
La sugerencia de la tía Laura le estaba tentando por momentos. De pronto abrió los ojos espantada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nick alarmado.
—Nada —respondió ella sacudiendo la cabeza.
¿Cómo le iba a contar que la alta ejecutiva que trabajaba con él estaba dispuesta a deshacerse de su propia sobrina antes que a ayudarla? La tía Laura era mala, una mala persona.
Miley se sorprendió de haber barajado de nuevo la idea de dejar a Melanie en adopción.
La ojeras de su rostro se volvieron más pronunciadas: los problemas seguían cerniéndose sobre su futuro.
Entonces Dulce empezó a pensar en otras cosas. De pronto fue consciente de que la zona de Londres que estaban recorriendo le resultaba familiar. Ella había vivido allí hacía unos tres años.
Pero aquello estaba realmente lejos del East End en el que vivía ahora. Sus ojos se encontraron con los de Nick Jonas que la miraba ansiosamente.
—Por aquí no se va a mi apartamento —comentó Miley obviamente.
Los ojos negros del griego no pestañearon.
—No —respondió él—. Vamos a mi casa. Su casa... Miley trató de poner en funcionamiento el sistema de alarma de su cerebro.
—Entonces, el chófer te va a dejar a ti primero, ¿no es cierto? —adujo ella.
—Vamos todos juntos a casa —repuso Nick.
—Pero, ¿para qué? —preguntó Miley—. ¿Acaso estará mi tía allí?
Chris la miró a los ojos unos instantes sin contestar. Miley se fijó en que el hombre era realmente atractivo. Tenía unos rasgos marcados y una piel muy bonita. Era una pena que estuviera cubierto siempre de una fría máscara de indiferencia...
Luego ella pestañeó y se dio cuenta de que no la había respondido. Se encontró con que Nick era plenamente consciente de sus pensamientos. Y lo peor era que no le importaban en absoluto.
Cap 6.-
LOS ojos de Miley se abrieron al notar la caricia de una mano. Era el jefe de su tía, el importante magnate de la banca.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó el hombre educadamente.
—Un poco aturdida —contestó Miley con una mueca. El hombre sacudió su oscura cabellera.
—Necesita cierto tiempo para recuperarse de la anestesia —le aconsejó—. Cuando se haya repuesto podrá marcharse a casa.
Volver a casa... ¡Sonaba tan bien! Tanto que inmediatamente se sentó e intentó ponerse de pie. Fue entonces cuando se dio cuenta del estado en que estaba su ropa. Los vaqueros tenían manchas de polvo y alquitrán y la camisa había perdido la mitad de los botones.
Con razón el hombre la había tapado con su chaqueta. Pero al fin y al cabo, era normal que tuviera ese aspecto después de un día tan ajetreado. Sin embargo, aquel desconocido que la estaba observando penetrantemente, tenía un aspecto impecable. Y eso que se había pasado el día rescatando a damas en apuros y bebés abandonados...
— ¿Dónde está Melanie? —preguntó Miley de pronto.
Se sentía culpable de haber olvidado a su hermana con tanta facilidad.
Por primera vez, el hombre pareció enfurecerse.
—Había imaginado que confiaría en mí para poner en buenas manos a su hija —dijo él con cierta impaciencia.
—¿Por qué? —le desafió Miley—. ¿Solo porque mi tía Laura trabaja para usted?
La espalda robusta del banquero se puso rígida. Y aquel movimiento le afectó a ella de inmediato.
—El hecho de que me haya recogido de la calle y me haya traído hasta aquí en vez de haberse marchado a Milán no le otorga mi confianza —exclamó Miley , poniéndose de pie temblorosamente.
—Madrid —la corrigió ausentemente el banquero. ¡Como si eso tuviese mucha importancia!
—No lo conozco de nada —continuó Miley—. Pero podría ser perfectamente uno de esos tipos raros que se aprovechan de las mujeres jóvenes e inocentes en situaciones difíciles.
Lo que acababa de decirle era algo realmente duro. Sobre todo, teniendo en cuenta todo lo que había hecho por ella a lo largo del día. El hombre frunció el ceño, y Miley se arrepintió de sus palabras al instante.
Ella iba a disculparse, pero el magnate la interrumpió.
—Debe de ser muy joven, seguro que no tiene más de dieciocho años. Y está claro que está en apuros. Cualquiera que la vea puede darse cuenta de que las ojeras y la cara de cansancio no se deben a un leve accidente de tráfico. Pero lo que no creo es que sea una criatura inocente, habiendo dado a luz a una niña, señorita Cyrus. Es completamente imposible.
Era evidente que el hombre había cometido dos errores. El primero al pensar que solo tenía dieciocho años. Y el segundo creyendo que Melanie era su hija.
La tía Laura no se había molestado en darle ninguna explicación. Entonces, ¿quién se creía que era juzgando de ese modo a las personas?
—No tengo dieciocho años, tengo veintiuno — sostuvo Miley furiosa—. Y Melanie no es mi hija... es mi hermana. Nuestra madre murió dos semanas después del parto. Y si usted no hubiera mandado a mi tía a solucionar asuntos urgentemente, ella misma se lo estaría explicando todo. Por lo tanto, por favor no me insulte. Si soy inocente o no, no es algo de suincumbencia.
Antes de que él pudiera responder, se abrió la puerta y apareció una enfermera con Melanie en brazos.
—Oh, veo que está despierta —comentó la mujer sonriendo, ajena al enrarecido ambiente.
Se acercó a la cama y depositó suavemente al bebé en el regazo de Miley.
—Le hemos dado el biberón, la hemos cambiado el pañal y sobre todo la hemos estado mimando —prosiguió la enfermera—. Por lo tanto, no tiene que preocuparse por su bienestar en las próximas horas.
—Gracias —murmuró Miley educadamente—. Han sido ustedes muy amables.
—No hay de qué —respondió la enfermera—. Cuando se encuentre bien puede abandonar el hospital.
Dio media vuelta y se marchó cerrando la puerta y dejando tras de sí el ambiente hostil de antes.
Como Miley no podía hablar ni apenas respirar, se entretuvo comprobando como estaba la pequeña. Como la enfermera le había asegurado, Melanie estaba encantada. Miley le acarició su suave mejilla con la mano izquierda.
—Lo siento —se disculpó el hombre de pronto—. Por... el altercado de hace unos instantes. No tenía ningún derecho a hacer comentarios sobre su vida o su comportamiento moral. Me siento avergonzado.
Miley aceptó sus disculpas asintiendo con la cabeza.
—¿Quién es usted? —preguntó ella—. Quiero decir, ¿cómo se llama? Es ridículo pensar que llevamos todo el día juntos y todavía no sabemos como nos llamamos.
—¿Tu tía nunca te ha hablado mí?
—Solo me ha dicho que trabajaba con el presidente de un banco mercantil.
El hombre pareció desconcertado por sus palabras.
—Me llamo Nicholas Jonas, Nick —se presentó él—, y soy griego. Miley asintió con la cabeza.
De nuevo se hizo el silencio, pero ahora era menos hostil. Sin embargo, no resultaba menos embarazoso. Era todo muy raro, como si fuera un sueño.
Luego, él se dirigió hacia el otro lado de la cama.
—Quizás sea mejor que nos vayamos —sugirió el hombre finalmente.
—Oh, sí —contestó Miley, dispuesta a sujetar al bebé con el brazo sano. Pero él se anticipó.
—Yo la llevaré —insistió el hombre, tratando de no herir sus sentimientos—. Puede que te venga bien llevar otra vez mi chaqueta. Está oscureciendo y hace frío fuera...
Miley asintió y él se quitó la prenda y se la puso sobre los hombros. Tomando a Melanie en brazos, el hombre sin más palabras acompañó a Miley a la salida del hospital.
Como muy bien decía él, hacía frío. Sin embargo, tras un par de segundos apareció su coche del que salió un chófer uniformado.
Saludó al banquero con el sombrero y abrió la puerta trasera invitando a entrar a Miley.
Una vez acomodada, tardó unos instantes en recuperar el aliento por el esfuerzo que aquello había supuesto para sus costillas contusionadas. Entonces fue consciente del lujo que la rodeaba: la tapicería de cuero y toda la parafernalia de mandos y aparatos de telecomunicaciones.
Era todo muy decadente, muy Nicholas Jonas, se dijo a sí misma Miley, mientras su acompañante se sentaba a su lado, sin Melanie
—No te preocupes por la niña —dijo Nick anticipándose a su preocupación—. Está perfectamente.
Y alzando la ventanilla que dividía el compartimento de los pasajeros con el del conductor, Miley se inclinó con cuidado. Allí estaba Melanie, sentada en un asiento de coche especial para bebés al lado del chófer sonriente.
¿Habían comprado un asiento de coche exclusivamente para Melanie?
Cap 5.-
Miley se sintió avergonzada. Tampoco sabía muy bien por qué: al fin y al cabo se trataba de un extraño.
Sin embargo, se volvió para observar la expresión de desagrado que reflejaba aquel rostro tan atractivo.
Miley se sintió molesta.
Como para humillarla aún más, del otro lado de la habitación se oyó un suave gorgoteo.
Entonces, Miley se quitó a toda prisa la chaqueta del desconocido y se la tiró bruscamente.
Él se quedó perplejo.
—No tenía por qué haber venido —le gritó ella—. Es más, preferiría que no lo hubiera hecho.
— ¡Miley! —exclamó su tía, furiosa.
—Me importa un bledo —sostuvo ella—. Lo único que quiero es que os vayáis de aquí.
Cruzó la habitación y se dirigió hacia donde estaba la cuna de Melanie. La niña estaba durmiendo tranquilamente.
Súbitamente, a Miley le brotaron las lágrimas. Cuando se inclinó para ver al bebé, se dio cuenta de que le dolían la muñeca y las costillas.
Se hizo el silencio. Aún no se habían marchado y ella empezó a notar un temblor acalorado por todo el cuerpo.
—Por favor, vayanse —les rogó.
A continuación, Miley se desmayó.
Puede que el hombre lo viera venir. El caso es que, él la recogió en sus brazos a medida que la cabeza y las piernas de Miley perdían fuerza. Finalmente, se oyó una sirena de ambulancia.
Ella no tuvo certeza de lo que ocurrió a continuación. Solo recordaba el viaje en la ambulancia en compañía del jefe de su tía, que llevaba en sus brazos a Melanie.
La que no estaba era la tía Laura.
—Vendrá más tarde —repuso el desconocido, cuando Miley preguntó por ella—. Tenía que atender unos asuntos urgentes.
Dulce frunció el ceño y se preguntó por qué no se ocupaba él de sus propios asuntos urgentes. Pero entonces llegaron al hospital y a ella la llevaron directamente al servicio de rayos-x.
Los médicos le dijeron a Miley que tenía una contusión en las costillas. Sin embargo, el hueso escafoide de la muñeca estaba fracturado y se lo tendrían que escayolar.
—¿Qué ha pasado con Melanie? —preguntó ella cuando vio que el personal médico de la ambulancia desaparecía—. ¿Cómo me las voy a arreglar con el brazo escayolado? ¿Dónde está la tía Laura?
—Si quiere que venga, vendrá —le dijo una voz grave que empezaba a serle muy familiar.
Miley había imaginado que una vez ingresada en el hospital, el jefe de su tía se marcharía. Pero para su sorpresa, pudo comprobar que había permanecido con ella todo el tiempo.
—No —respondió Miley, compulsivamente.
No es que le importara donde estuviese su tía pero tenía que saber qué era de ella y lo que iba a hacer con Melanie.
—No deje que me quite al bebé —le rogó Miley al desconocido.
—Le prometo que eso no ocurrirá —dijo la voz grave.
Eso es lo último que recordó Miley. No supo si el hombre estuvo con ella a partir de entonces.
Cuando ella recuperó la conciencia, se vio en una cama de hospital con el brazo escayolado y un cabestrillo. Comprobó que le habían dejado sueltos el pulgar y los otros dedos. Aún así, Dulce sabía perfectamente que no iba a ser capaz de ocuparse de una niña de dos meses.
Y la fractura iba a tardar ocho semanas en soldarse.
Ocho semanas...
Con un profundo suspiro, cerró los ojos y trató de imaginarse que aquello era solo una pesadilla.
—¿Preocupándose de nuevo? —preguntó la voz grave.
Cap 4.-
—No es necesario, de verdad... — se resistió Miley.
—Sí lo es, se lo aseguro —insistió el hombre—. No pienso dejarla sola hasta que esté seguro de que la ha visto un médico.
¡Era realmente curioso que el desconocido se tomase tanto interés! A Miley se le llenaron los ojos de lágrimas, sin saber exactamente por qué.
—Pero si ni siquiera fue su coche el que me golpeó —exclamó ella, sollozando y emitiendo una protesta al mismo tiempo.
—No, fue mi camioneta la culpable —repuso una voz masculina—. ¿Está usted segura de que se encuentra bien?
—Sí, de verdad —sostuvo Miley con una leve sonrisa—. Solo estoy un poco aturdida. He sido una estúpida, siento mucho lo ocurrido.
—Está bien —concluyó el conductor de la camioneta, aliviado por poderse marchar sin más complicaciones.
Miley se sintió mareada de nuevo. El brazo que la estaba sosteniendo por los hombros la sujetó con más fuerza.
—Vaya usted delante, señorita Finley —ordenó el banquero con voz grave.
Callada como una muerta, Laura Finley caminó hacia el apartamento y se introdujo en él. El magnate y Miley lo hicieron tras ella. La tía iba a detestarla por mostrarle a su jefe una casa en tan malas condiciones
—No tiene por qué tomarse tantas molestias — murmuró Miley incómodamente—. Estoy bien.
—No, no lo está —repuso el hombre—. Tiene la muñeca derecha herida, una brecha en la cabeza que debe ser examinada. Y al respirar jadea, lo que indica que debe tener alguna costilla rota.
Miley cerró los ojos. ¿Cuándo iban a terminar tantas desgracias?
No era cuestión de planteárselo, porque las cosas parecían ir de mal en peor.
Cuando llegaron a su apartamento, Miley, entró primero. Allí estaba la tía Laura, puesta delante del tendedero procurando ocultarlo con verdadero celo. Aquello hizo sonreír a Mile, lo que no ocurría desde hacía varios meses.
Pero su sentido del humor desapareció al comprobar que el jefe de su tía estaba contemplando el desorden del apartamento. Él era un hombre rico y en la calle le esperaba una limusina en la que podía viajar con todo lujo . Llevaba ropa hecha a la medida y no cabía duda de que poseería una serie de residencias, a cual más señorial. Y en esos momentos, aquel hombre se encontraba en la casa más modesta que habría visto en su vida.
Cap 3.-
—Lo he visto —adujo la voz, sin aliento—. No puedo creer que se haya tirado al coche de ese modo. Era su tía. Miley se sumió en el desconsuelo.
—¿Le duele? —preguntó el hombre con preocupación.
Le estaba tocando la muñeca derecha y sí, le dolía mucho.
Vio unas deportivas italianas y oyó la voz de su tía.
—¿Qué diablos te ha hecho abalanzarte así contra mi coche?
Miley levantó la muñeca herida y abrió,los dedos con esfuerzo. En su mano se encontraban no solo un montón de billetes sino también la tarjeta de crédito.
—Te dejaste esto —explicó ella—. Pensé que podrías necesitarlo...
Durante unos instantes se hizo el silencio mientras todos miraban la tarjeta.
—¿Conoce a esta chica? —le preguntó incisivamente el desconocido a Laura—. ¿Es la sobrina a la que ha ido a visitar esta mañana?
—Sí —asintió Laura Finley con tan mala gana, que Miley no pudo evitar una mueca de dolor.
¿Cómo podía avergonzarse de un miembro de su familia? La joven se sintió desolada, pero aún así le alivió ver que ya no era el centro de la atención.
—Mire, señor Jonas —dijo con cierta ansiedad Laura, cosa poco frecuente en ella—. Si quiere dejar la cuestión en mis manos todavía puede alcanzar el vuelo con destino a Madrid.
Fue entonces cuando Miley fue consciente de que el desconocido alto y moreno no era otro que el jefe de la tía Laura. Se trataba de un magnate de gran relevancia. No era algo casual, que la tía Laura se hubiera puesto nerviosa.
—Creí que le había dicho que no se moviera —le reprendió el hombre a Miley.
—Estoy bien, de verdad... —mintió ella—. No hay motivo para que pierda usted su avión. Me voy a poner de pie ahora mismo.
—Más vale que se quede donde está hasta que venga la ambulancia y vean lo que le pasa.
Miley no tenía la mínima intención de ir al hospital. Entonces, la tía Laura se encargaría de librarse de Melanie.
—Oh, no... —recordó ella mientras trataba de ponerse de pie.
Había dejado al bebé en el apartamento.
Tenía la cabeza cargada, los hombros rígidos y sentía náuseas.
—¿Dónde cree que va? —le preguntó el desconocido, agachándose.
—Me tengo que ir —murmuró Miley a duras penas.
Dándose cuenta de la gente que se había acercado, dio unos pasos y luego se acordó del dinero y la tarjeta de crédito. Aquello era la causa de todo lo que había ocurrido...
—Toma, es tuya —le dijo a su tía delante de todo el mundo.
Laura recogió el dinero y la tarjeta de crédito, realmente violenta.
Miley dio media vuelta y se dio cuenta de que el desconocido se dirigía a su encuentro.
—Gracias por su ayuda —le comunicó ella y luego comenzó a caminar.
Pero se dio cuenta de que el hombre iba en mangas de camisa.
No llevaba la chaqueta...
Desconcertada, Miley vio que la prenda reposaba en plena calzada.
—Oh, lo siento —exclamó ella, intentando agacharse para recogerla.
Pero el hombre fue más rápido y en un solo movimiento se hizo con ella.
—Lo siento mucho —se excusó Miley una vez más.
Él apenas reparó en ello.
—Así está mejor —afirmó el desconocido, poniéndole la chaqueta a Dulce sobre los hombros—. Lo necesita más que yo en estos momentos. Está temblando.
—Pero... —murmuró Miley y después sintió un mareo.
La muñeca le dolía, apenas podía respirar y su cabeza estaba a punto de estallar. De pronto fue consciente del corro de gente que la estaba mirando.
Miley notó que un brazo la tomó por los hombros.
—Vamos —dijo con tranquilidad el jefe de su tía—. Dígame donde vive y la ayudaré a volver a casa.
Cap 2.-
—Estoy embarazada —le había anunciado su madre.
Y ocho meses después nació la pequeña Melanie. Era menuda, de piel morena y tenía los cabellos negros.
La diferencia entre los suyos y los de su madre y Miley que eran tan pálidos, era realmente cómica. Sin embargo, ambas se enamoraron del bebé a primera vista.
Enseguida, se llevaron a Melanie al apartamento de dos habitaciones, cocina empotrada y un único cuarto de baño. Un par de semanas después, Victoria volvió al trabajo. Era el mes de agosto y Miley estaba de vacaciones en la Universidad; por eso era ella quien se ocupaba del bebé. Ya se encargarían de encontrar a un canguro más adelante. De momento, estaban disfrutando de lo bella que era la vida.
Pero la tragedia se cernió de nuevo sobre sus vidas. Victoria Cyrus sufrió una hemorragia muy grave de la que no se recuperaría. Miley se quedó no solo completamente conmocionada, sino sin medios económicos.
En el exterior, sonó el claxon de un coche. La tía Laura consultó su reloj y frunció el ceño.
—Tengo que marcharme —dijo ella—. Santo cielo, ¿no puedes dejar a esa niña quieta y escucharme un rato?
Como quejándose de su reproche, la niña lanzó un gemido. Miley le acarició instintivamente la mejilla sonrosada y una ola de cariño la inundó por completo.
Aquello no era justo. No podía ser justo que le ocurrieran tantas tragedias. Quería conservar a Melanie. Quería que su madre estuviese de nuevo con ella. Y su padre también. Ojalá que su vida volviera a ser como cuando era más joven.
—¿Qué opciones tengo? —preguntó Miley al borde de las lágrimas.
A su espalda, la tía sonrió pensando que por fin estaba entrando en razón.
—Existen listas de espera llenas de padres que te estarían muy agradecidos si tú...
— ¡No quiero que nadie me agradezca nada! —exclamó Miley, fulminándola con la mirada.
— No —contestó Laura, comprendiendo que era mejor cambiar de estrategia—. Es gente que quiere darle un hogar a la niña. Una familia que la colmará de cariño, seguridad y todo lo que eso implica.
«Pero yo no tendría lugar en esa vida», pensó Miley llena de desolación. Trató de imaginarse unos brazos extraños que acunasen, alimentasen y quisiesen a su hermana.
Miley sintió que le invadía la desesperación y a continuación se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Se puede hacer de forma muy discreta —continuó la tía Laura—. Algunas agencias privadas solo aceptan a lo mejor de la sociedad. Sería el tipo de familia que le daría a Melanie todo lo necesario para hacerla feliz el resto de su vida. Vale la pena planteárselo, al menos en beneficio de la niña.
En beneficio de la niña..., la astuta ejecutiva del mayor banco europeo estaba jugando su baza.
—Podrías volver a la Universidad y terminar la carrera —prosiguió Laura—. Estaría dispuesta a ayudarte para ello, pero no para esto.
Y la tía dirigió una mirada por el apartamento destartalado.
—No permitiré que destroces dos vidas, cuando las dos os merecéis mucho más... —siguió diciendo la ejecutiva.
—Pensaré en ello —murmuró Miley. Pero nada más pronunciar esas palabras notó como se le desgarraba el corazón.
—Está bien —respondió la tía—. Mientras tanto, me pondré en contacto con varias agencias...
El claxon del coche sonó otra vez, interrumpiéndola. Laura miró a su sobrina y se impacientó viendo la desolación que se revelaba ya en su rostro. Abrió el bolso y sacó una billetera de piel.
—Mira, te dejo esto —dijo ella poniendo un fajo de billetes sobre el brazo del sofá—. Te resultará útil hasta que nos volvamos a ver dentro de dos días. Espero que para entonces, hayas tomado una decisión.
—Gracias —repuso Miley, mirando el dinero. Sin embargo, las dos sabían que no estaba siendo sincera.
— Miley, trata de pensar con la cabeza y no con el corazón —le sugirió Laura, al despedirse.
Por fin, la tía salió del apartamento, dejando a Miley atónita ante la cantidad de dinero que le había dejado.
Eran las monedas de Judas. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Porque eso era lo que significaba el dinero: el precio de la traición a nuestros seres queridos.
Con el corazón latiéndole dolorosamente, Mileyextendió y alcanzó el manojo de billetes. Trató de averiguar a cuánto ascendía la traición en aquellos momentos.
Pero no había terminado de contar los billetes cuando cayó al suelo algo que la hizo abrir la puerta de inmediato.
El apartamento estaba en el primer piso. Se lanzó escaleras abajo y atravesó el portal. Soltó un par de juramentos que habrían hecho sonrojar a su madre de estar viva. Miley iba persiguiendo a la tía Laura con el fajo de billetes y una tarjeta de crédito oro apretados en el puño de la mano.
Al salir a la calle, notó como el viento frío del norte le azotaba la cara. Solo llevaba la blusa y por eso tenía frío, pero se quedó mirando por donde se había ido su tía.
Se trataba de una calle estrecha pero con mucho tráfico. Las casas eran de estilo Victoriano y en sus días de apogeo fueron sin duda muy elegantes. Pero ahora, se habían convertido en viviendas compartidas por varios inquilinos.
Había coches aparcados en ambas aceras. Eran viejos y baratos y definían perfectamente a sus propietarios. Por eso, el lujoso automóvil de la tía Laura destacaba tanto. Estaba a punto de arrancar, justo enfrente de Miley.
— ¡Tía Laura! —exclamó ella, tratando de captar su
atención.
Pero el viento acalló su voz y, a continuación, la tía entró en el coche y este aceleró.
Sin pensarlo dos veces, Miley se abalanzó sobre el automóvil para interceptarlo antes de que fuera demasiado tarde.
Lo que ocurrió luego pasó tan deprisa que todo quedó sumido en un mar de ruido y confusión. Miley fue consciente del sonido de un insistente claxon, situación que recordaría hasta el último día de su vida. Del mismo modo que recordaría la camioneta que se lanzó contra ella sin lograr frenar a tiempo.
Sonó un frenazo y luego se esparció un olor a neumáticos chamuscados por todas partes. La gente que pasaba por allí comenzó a gritar para advertirla de lo que ocurriría a continuación.
Notó un porrazo, pero no sintió dolor en absoluto.
Inmediatamente después, se vio tumbada en el suelo y un desconocido se inclinó sobre ella. Mientras tanto, por detrás alguien balbuceaba algo de modo insistentemente.
—Se tiró encima de la camioneta —decía otro hombre—. No pude hacer otra cosa. Se tiró encima de mí...
¿Acaso se refería a ella? Miley se quedó desconcertada.
—No se mueva —le ordenó una voz pausada.
Miley detectó un acento extranjero, notó su tono aterciopelado y sonrió.
—De acuerdo —accedió ella.
Parecía tan fácil. Seguía sin sentir dolor. Solo tenía la sensación de estar flotando.
—¿Voy a morir? —preguntó Miley con curiosidad.
—No, mientras yo esté aquí para evitarlo —contestó el extraño.
De nuevo, ella sonrió. ¡Qué arrogante era aquel tipo! De pronto, Miley notó como le ponía la mano sobre su hombro, mientras le pasaba la otra por el resto del cuerpo, como si tuviera perfecto derecho a hacerlo.
—Me duele el pecho —confesó ella, tratando de calmarse a sí misma.
Pero él no pareció entenderla.
—¿Alguien ha llamado a una ambulancia? —gritó el hombre.
Miley no sabía a quien se dirigía pero tampoco le importaba mucho. De pronto, oyó unos pasos apresurados.
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