Pura tortura.
¿En qué demonios estaba pensando? Obviamente, en nada. Si se le hubiera ocurrido pensar que iba a excitarse con tan solo tocarla, no habría dicho ni una palabra del dichoso masaje. ¿Quién iba a imaginarse que tocar tan solo la espalda de una mujer tan embarazada como Miley iba evocar aquel efecto?, se preguntaba Nick, después de salir de la casa y mientras avanzaba sobre la arena el agua.
¡No tenía sentido!
Y tampoco ayudaba a dormir mejor, razón por la se encontraba caminando a grandes zancadas sobre la arena. Había dejado a Miley durmiendo como un bebé.
Seguramente debería alegrarse. Al fin y al cabo, era lo que pretendía.
Pero no sentirse frustrado más allá de lo soportable. Hacía ocho meses que no había estado con una mujer... de la noche que había dormido con ella. Pero entonces había sido diferente. No quería que ocurriera.
Pero ahora sí. ¡La deseaba! El cuerpo entero le dolía de deseo.
Un deseo que no tenía posibilidad de apaciguar. Se lanzó al agua y esperó a que una ola le zarandease con la esperanza de que su frialdad le sirviera de cura.
Se levantó casi inmediatamente, temblando, dolorido y sorprendido. Hubo otra cosa que le sorprendió aún mas... oír su nombre entre el ruido del oleaje.
–¿Nick?
Se dio la vuelta.
–¿Pero qué...? ¿Miley?
No podía creerlo, pero sí, era ella, inconfundible la silueta de su cuerpo dibujada contra la luz de la casa, intentando acercarse a él a paso rápido sobre la arena.
Corrió hacia ella.
–¿Qué demonios haces aquí? –le preguntó, deteniéndose casi encima de ella.
Miley lo miré con el ceño fruncido.
–No se debe salir a nadar de noche y encima, solo. Él se pasó una mano por el pelo.
–¡No estaba nadando!
Ella lo miró de arriba abajo.
–¿Ah, no? Pues cualquiera lo diría.
Se quedaron allí plantados, tan cerca el uno del otro que él podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Miley no retrocedió, no cedió ni un ápice. Y con su pelo oscuro agitado por la brisa le pareció la mujer más hermosa que había visto nunca. Un estremecimiento le sacudió.
–¿Tienes frío?
Le ofreció una toalla.
Nick la aceptó, se secó la cara primero y después todo el cuerpo, enérgicamente. Luego vio que tenía otra cosa en la mano.
–¿Qué es eso?
Ella se lo enseñó. Era un chaleco salvavidas, uno de dos que colgaban de la puerta.
–¿Ibas a rescatarme? –preguntó, atónito.
Ella se irguió, orgullosa.
–Si hubiera sido necesario, por supuesto que sí –replicó con frialdad.
–Dios... –murmuro él, se colgó la toalla del cuello y la tomó por un brazo–. Venga. No tienes que mojarte. Además, se suponía que estabas dormida – él temblaba, imaginando lo que podía haberle ocurrido a ella–. Estás loca, ¿sabes?
–Mira quién habla –contestó, pero se apoyó en él, y le rodeó la cintura. Su cuerpo resultaba cálido contra la piel fría, y el calor volvió a encenderse en él. Tenía que intentar no pensar en ello.
–No vuelvas a hacer algo así –le dijo seriamente.
–Tú tampoco.
Se miraron el uno al otro.
–Si tú... –inició Miley, pero no terminó la frase. No fue necesario. Él había leído su miedo. No iba a ocurrir nada, pero ella no lo sabía, y lo necesitaba.
–Vuelve a la cama, Miley.
Y así lo hizo.
Había hecho el ridículo. Había tenido el valor de ir él con un chaleco salvavidas... ¡como si de verdad hubiera podido salvarle, de haberse estado ahogando! No podría decir por qué le había parecido una posibilidad muy real, pero al oír las puertas de cristal abrir y cerrarse, la curiosidad la había empujado a levantarse y mirar por la ventana... y entonces lo había visto mirando en dirección al mar. Mil posibilidades igual aterradoras se le habían planteado. ¿Y si...? Sin pensárselo dos veces, había agarrado el estúpido chaleco y había salido tras él. Como una idiot.a.
Dios... Se puso la mano en la mejilla. Aún le ardía de vergüenza.
Oyó llegar a Nick por el pasillo y pidió que se fuera directamente a su habitación, pero no fue así.
–¿Estás despierta? –le preguntó desde la puerta.
Pensó en no contestarle y fingir estar dormida, pero se dio la vuelta.
–Sí.
–Te traigo un vaso de leche caliente –dijo, entró y lo dejó sobre la mesilla.
–Gracias.
Se quedó de pie allí. Miley sentía su mirada clavada en ella.
–No iba a... no habría pasado nada, Miley.
Ella tragó saliva y se acercó el vaso a los labios. Tenía la garganta seca.
–Lo sé.
–Podrías haber... – se interrumpió–. Tienes que tener mucho cuidado, Miley. Sobre todo de ti misma.
Se limitó a asentir y tomó un sorbo de leche.
–Sí.
Seguía allí de pie.
–¿Estás bien ahora? –preguntó.
–Sí. Estoy bien –asintió.
–De acuerdo. Buenas noches, Miley.
Dio la vuelta y salió, dejándola aferrada a su vaso de leche como si fuese un salvavidas en la tormenta, parpadeando deprisa y anhelando... siempre anhelando.
«No lo hagas», se advirtió.
Pero no sirvió de nada. Siguió anhelando hasta que se durmió.
Al día siguiente, Nick llegó a la conclusión de que Miley necesitaba salir.
–Ya no tienes contracciones, ¿verdad? Bueno, creo que ha llegado el momento de que ampliemos tus horizontes.
Lo que pensaba era que la casa, a pesar de ser bien grande, no lo era lo suficiente para ambos. Tras lo ocurrido la noche anterior, había demasiado palabras en el aire. Demasiadas palabras por pronunciar, demasiados pensamientos a medio formular. Por parte de él, al menos, demasiada necesidad y demasiado deseo.
Y el único modo que sabía de enfrentarse a todo era ganar espacio... salir de la casa. De manera que decidió llevarla a dar un paseo en coche por la costa. Durante los meses de verano, un paseo así habría sido una locura. Las carreteras estaban colapsadas con veraneantes de la ciudad y gentes que huían durante un día en busca de unas horas de arena y sol. Pero a ellas alturas del año, la carretera estaba prácticamente desierta. Había resultado ser uno de esos maravillosos días de otoño en los que no hay nubes en el cielo y la brisa constante peinaba la arena de la playa.
La llevo hasta Montauk porque Miley dijo que se encontraba bien, que los bebés se estaban comportando y no tenía contracción alguna.
Comieron en un pequeño restaurante cerca de la playa. Luego dieron un tranquilo paseo y echaron un vistazo a los escaparates de las tiendas. Una de ellas, una tienda de muñecos, tenía todo el escaparate lleno de osos de peluche. Miley se rió al ver a uno que tenía tripa tan oronda como la suya.
–Mamá osa –dijo–. Me encanta. Además, sé exactamente cómo se siente. Y mira... – señaló a uno ositos que llevaban idénticos gorros marineros gemelos.
En un rincón del escaparate, Nick vio un oso bombero subido a una escalera. Llevaba unas botas de agua amarillas, casco y una chaqueta amarilla.
–¿A que es genial? –preguntó Miley, y tan deliciosa era su sonrisa que a Nick el corazón le dio un salto antes de volver a latir con normalidad.
–Sí –contestó casi sin voz, y tomó su mano–. Vámonos. Nos queda un largo camino de vuelta a casa. Y necesitas descansar.
En cuanto llegaron y siguiendo sus indicaciones, se echó una siesta y no protestó cuando le llevó la cena.
–Estoy intentando ser buena –dijo ella cuando él elogió su comportamiento– para que podamos repetir lo que hemos hecho hoy –explicó con una traviesa sonrisa.
Al día siguiente, la llevó a un puerto cercano. Pasearon viendo los barcos, y Nick le contó que Kevin y él alquilaban a veces un barco allí para ir a pescar.
–¿Has navegado alguna vez a vela? –le preguntó ella.
–Cuando era pequeño, y es fantástico.
–Nosotros no navegamos mucho en Kansas –le dijo.
Él la miró.
–No mucho, ¿eh? Ella sonrió.
–Nada en absoluto.
Era otro día de sol, pero no soplaba nada de viento. La temperatura era suave.
–¿Quieres que alquilemos un velero para dar un paseo?
–¿Podríamos?
Todo su rostro se iluminó. ¿Cómo poder negarse?
Resulté ser la mejor experiencia de su vida. Una lancha los sacó hasta la boca del puerto remolcando el velero. Hubo que hacer unas cuantas maniobras para pasarla de la lancha al velero, pero al final quedó acomodada en la cubierta del barco, sujeta a la borda mientras el barco cabeceaba suavemente y contemplando con deleite cómo Nick largaba velas.
–¿Puedo ayudar? –le preguntó.
–Sí. No te muevas y no te pongas en medio.
Y fue lo que hizo mientras él se ocupaba de todo. Y cuando las velas estuvieron en posición e infladas por el viento, el barco echó a andar sobre el agua.
–¡Oh! ¡Madre mía! –exclamó–. ¡Esto es genial! Navegaron en zigzag y Miley levantó la cara al sol con los ojos cerrados, disfrutando de su calor y del viento en el pelo. Nick parecía feliz también. Incluso más joven y desenfadado.
Como era antes.
–Qué paz –dijo. Lo único que hacía ruido eran las velas, y las olas que golpeaban el casco del barco. Volvió a sonreír–. Gracias.
Él asintió casi son sobriedad.
–Es un placer.
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