jueves, 4 de octubre de 2012

Capitulo 18.-


No iban a dejarle entrar con ella.
No había asistido a las clases de preparación al parto, decían. No sabía nada de las respiraciones, ni de cómo animar a una mujer a dar a luz.
–¡Soy bombero, maldita sea! Sé cómo se hace.
–Pero es que ella tiene a otra persona designada para entrar con ella –dijo la recepcionista.
–¿Quién? –preguntó, y no supo qué iba a hacer si decían que Daniel.
–Sierra –dijo Miley desde la silla de ruedas en que estaba sentada. Estaba muy pálida y tenía la respiración agitada, pero se aferraba a su mano con todas tuerzas. Llevaba haciéndolo la larga hora que les había costado llegar a la ciudad. Apretó él su mano con misma fuerza y le preguntó:
–¿Quieres que sea Sierra?
Ella lo miró a los ojos y negó con la cabeza.
–Te quiero a ti. Te quiero a ti.
Aquella frase debería haberle hecho salir corriendo.
Pero lo que ocurrió fue que sus palabras sacaron lo mejor de sí mismo... la parte de su ser que se enfrentaba a las crisis. Y en eso, era bueno.
Sabría cómo enfrentarse a aquella situación.
Era intensa. Era exigente. Era la experiencia más turbadora de su vida. Y es que Miley era la persona más turbadora de su vida.
Siempre había admirado su humanidad, su capacidad de comunicación, su entusiasmo. Desde el momento mismo en que la conoció, le había parecido Miley, alegre y feliz. Habían pasado buenos ratos juntos.
En aquel momento, era como una roca. Sólida. Fuerte. Profunda. Decidida.
El médico le había dicho que los bebés se habían adelantado, que eran pequeños, que tenían que darle todas las opciones posibles.
–Cuanta menos anestesia, mejor –le dijo–. No debemos adormecer sus respuestas, o ralentizar sus corazones.
Miley escuchaba y asintió. Se aferró a la mano de Nick.
–Puedo darte algo si verdaderamente lo necesitas–le dijo el médico–, pero preferiría no hacerlo.
–Podré aguantar –le aseguró, y luego miró a Nick–. Háblame.
Habló. Hablaron los dos de casi todo. De la niñez de  Miley en una granja en Kansas, de la juventud de él en Nueva York, de las bromas que gastaban sus hermano y él, de los líos en los que se metían Sierra y ella. Cada vez que llegaba una contracción, Nick le frotaba la espalda, le ponía pequeños trozos de hielo en la boca. Le daba masajes en los pies.
Las contracciones se hicieron más fuertes y frecuentes. Su cuerpo temblaba y se estremecía. Respiraba hondo y apretaba su mano. Sé miraban a los ojos, respirando al unísono.
No la vio venirse abajo ni una sola vez. Buscaba fuerzas en su interior y afrontaba cada nueva contracción con la suficiente energía para soportar el dolor.
A lo largo de todo aquel tiempo, minutos que parecían horas, horas que parecían días, Miley estuvo concentrada, decidida, fuerte.
Nick, estaba sentado junto a la cabecera de la mesa de partos, aferrado a su mano tanto como ella a la de él. Respiraban juntos, contaban juntos.
–Lo estás haciendo muy bien –le dijo–. Animo.
Se sentía como un charlatán, perdiendo el tiempo y dejándole a ella todo el trabajo. Pero cuando guardaba silencio, ella le pedía que siguiera hablando.
–¡Háblame, maldita sea! ¡Dios! –exclamó al sentir otra contracción–. Lo... siento. Te voy a... romper la mano –jadeó en un segundo de espera de la siguiente contracción.
–Vamos, sigue –le dijo Nick.
–Tengo que empujar –le dijo, frenética.
–Respira –le indicó. No sabía qué tenía que hacer, por lo que dio voces a la enfermera–. ¡Haga algo!
–Respira –le dijo ella con un brillo de risa en los ojos.
Se apretaron las manos y la enfermera volvió a reconocerla.
–Ahora sí. Ya estamos. Y llamó al médico.
–Por fin –suspiró Nick–. Ya estamos.
Por un momento había pensado que todo lo que ya habían pasado era duro, pero aún quedaba lo peor. Fue auténtica agonía para él ver los esfuerzos de  Miley, su lucha, y saber que no podía hacer nada para ayudar.
–Empuja –la animó el médico mientras Nick le secaba a Miley el sudor de la frente–. Sí, sí. Bien. Ahora…Espera... Cuando sientas que vuelve a empezar…
–Tienes que ayudar, Miley. Bien. Una vez más. Empuja fuerte. Más fuerte. Eso es –el médico cada vez gritaba más–. ¡Sí! ¡Vamos, Miley! ¡Aguanta!
Y aguantó. Tenía la cara roja y temblaba de pies a cabeza. Estrujó la mano de Nick con todas sus fuerzas.
–Lo siento –murmuro.
–Calla –contestó él–. Yo sí que siento haberte metido en esto.
–No –contestó Miley apretando los dientes–. No... vuelvas... a... decir... eso... nunca.
–¡Sí! –exclamó el médico, sacando un bebé que se revolvía como un pez–. ¡Es una niña!
Miley rio y lloró al mismo tiempo.
–¿Está... está bien? –preguntó al ver que las enfermeras se rodeaban al bebé que ya lloraba.
–Tiene dos manos y dos pies, sí –contestó el médico–. Respira bien. El doctor Oates le hará la revisión. Es preciosa. ¿La ves? – se la quitó a la enfermera de los brazos para acercársela a Miley–. ¿La ves, papá?
Y allí estaba, delante de sus ojos. Una personita que no dejaba de moverse, con los ojos abiertos como si buscase a alguien.
Nick asintió, incapaz de hablar.
El médico se la entregó al pediatra que acababa de entrar.
–Pero aún estamos a la mitad del espectáculo, ¿verdad? Aún nos queda algo más. Lo estás haciendo muy bien, Miley. ¿Estás lista?
Nick sintió que le apretaba de nuevo la mano y la vio sonreír entre lágrimas.
–Estoy lista.
No tenía ni idea de dónde podía sacar las fuerzas para volver a pasar por todo aquello, pero lo hizo... y minutos después, un segundo bebé de pelo oscuro y mucha energía llegó al mundo.
–Enhorabuena –dijo, mientras ponía al bebé sobre el vientre de Miley–. Una niña y un niño.
Nick lo miró, pero apenas pudo verlo. Tenía los ojos clavados en Miley.
Le temblaban las manos. Toda ella temblaba como resultado del esfuerzo y el agotamiento.
–¿Estás bien? –le preguntó.
Ella le sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
–Estoy bien – susurró y apretó levemente sus manos, como si no le quedaran fuerzas.
–¿Qué tal si te vas a echar un vistazo a tus hijos, mientras nosotros terminamos con Miley? –dijo el médico.
Ella soltó su mano y Nick salió, pero como un sonámbulo, casi sin darse cuenta de lo que hacía.
–¿Señor Cyrus?
Era el pediatra que se dirigía a él después de reconocer a los niños.
–Jonas –le dijo–. Mi apellido es Jonas.
–Ah, lo siento. Es que solo teníamos el de su esposa. Vamos a poner a los niños en incubadoras durante veinticuatro horas como medida de precaución – dijo con una sonrisa–. La verdad es que los dos parecen muy saludables. Algo pequeños, pero fuertes. El niño pesa dos kilos exactos y la niña un kilo seiscientos gramos. Venga con nosotros y le acompañaremos al centro de información familiar.
Contesté a todas las preguntas que le hicieron, e hizo todo lo que le pidieron. No pensaba. Estaba allí sentado en el despacho, contestando preguntas, vagamente consciente de que las enfermeras iban y venían con niños en brazos. En su cabeza, la escena se repetía y otra vez: veía a Miley empujando, jadeando. ¿Dónde estaría?
Le habían echado de allí antes de que el médico hubiera terminado con ella. ¿Estaría bien? ¡Necesitaba saber que lo estaba!
–¿Dónde está Miley. Dónde está mi mujer? Necesito ver... a mi mujer.
Todo el mundo se refería a ella así. ¿Por qué no iba a hacerlo él?
–Solo cuatro preguntas más – le contestó la empleada.
–Habitación 411 –le dijo la enfermera un minuto después al verlo salir–. Ha preguntado por usted.
La encontró en la cama, con los ojos cerrados y mortalmente pálida. Se acercó a ella, desesperado por saber si respiraba.
Miley abrió los ojos. Estaban un poco enrojecidos, pero brillantes.
–Hola.
Parecía agotada.
–Hola.
Se acercó a ella, le apartó un mechón de pelo de la cara y se quedó mirándola. Había en ella una belleza y una fuerza que no había visto antes.
–Has estado increíble – le dijo.
Miley sonrió y levantó una mano para tocarle, e instintivamente, él entrelazó los dedos con los suyos. Ya no temblaba. Tenía la mano un poco fría y la apretó con suavidad.
–Ellos sí que son increíbles –dijo–. Me refiero a los bebés. Gracias, Nick.
Él la miró sin comprender, y Miley se llevó su mano a los labios para besarla por última vez antes de hacer la cosa más dura que había hecho en toda su vida.
–Gracias –dijo de nuevo–. Por los niños. Por todo. Ya no tienes que quedarte, Nick. Puedes irte.
Y se fue.
Inmediatamente. Al fin y al cabo, era lo que quería. Estar solo. Libre. Despreocupado. Firmar cheques, pero no tener que preocuparse por nada. No sentir nada.
Se marchó. Volvió a Long Island y recogió sus cosas. Volvió al centro y llamó a su jefe.
–Estoy listo para salir –le dijo–. A donde sea.
–Indonesia –contestó su jefe, encantado–. ¿Puedes tomar el próximo avión?
Podía, y lo hizo.
Se pasó un instante por el hospital para mirar por última vez a los niños. Ya tenían nombre: Elizabeth y Stephen.
Le gustaron, y así se lo habría dicho a Miley cuando le diera el regalo que le había comprado, pero cuando se asomó a la habitación, tenía compañía: Kev y Dani estaban allí. Y su jefa, Stella. Y Sierra. Y Daniel.
Dejó el regalo en el control de enfermeras.
–Ocúpense de que lo reciba, por favor –les dijo–. Tengo que irme.
Ella tenía todo el apoyo que necesitaba. A él, no lo necesitaba.
Pero él sí que la necesitaba a ella.
A ellos. A todos.

Miley. Elizabeth. Stephen.
No pasaba un solo día en que no pensara en ellos. ¿Un día? Diablos, una hora. Menos de una hora. No podía quitárselos de la cabeza.
Intentó aferrarse a Sarah y al otro bebé; utilizarlos como escudo, pero no funcionó. No había escudo posible para el corazón.
Luchó contra el fuego en Indonesia. Luchó contra los sentimientos de su corazón. Mientras el fuego se extinguió, los sentimientos seguían vivos.
Los quería. A todos.
Quería volver a casa, a su lado.
Quería llamar a Miley, saber cómo estaba, si se las arreglaba bien, si necesitaba algo. Si lo necesitaba.
Pero tenía miedo de que no fuera así.
Era tan fuerte, tan capaz, tan competente. Se había aferrado a su mano durante el parto, pero todo el trabajo lo había hecho ella. Le había dado las gracias por estar allí, por los niños, por todo.

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