jueves, 4 de octubre de 2012

Capitulo 17.-


No estuvieron fuera mucho tiempo y en ningún momento abandonaron las aguas protegidas de la bahía, Pero no importo. Se sentía renovada cuando volvieron a la lancha que los recogió.
Estando ya en el coche de vuelta a casa, bostezó intensamente.
–Te he cansado, ¿verdad? Lo siento. Pero Miley negó con la cabeza y sonrió:
–No. Ha sido una tarde perfecta. «Vive el momento», le decía siempre su madre. En tardes como aquella, no era difícil hacerlo.
Dani y Selena decidieron organizar una fiesta para los bebés.
–Dani y Sel han organizado una fiesta para los bebés –le anunció Miley a Nick aquella misma noche.
Dani la había llamado después de cenar para hablar de los detalles.
–¿Una fiesta? – preguntó Nick, no precisamente entusiasmado.
–Es una tradición. Una celebración. Estamos de enhorabuena, Nick – aclaró con firmeza.
Él se limitó a asentir.
Miley se temía que no fuese a estar el sábado por la tarde, que era cuando Dani y Selena habían decidido organizar la fiesta, ya que se pasó el resto de la semana irritable e inquieto. Habló por teléfono en un par de ocasiones con un hombre que debía ser su jefe y casi esperaba que se buscase un fuego que apagar a miles de kilómetros de allí.
Pero cuando le preguntó el viernes por la noche:
–No irás a marcharte, ¿verdad? –, él la miró como si estuviera loca.
–Por supuesto que no. Ya te he dicho que, hasta que nazcan los niños, estaré aquí.
Había un plazo máximo. Una fecha límite. Hasta que nazcan los niños...
¿Y después?
«Vive el momento», se recordó.
Fue estupendo volver a ver a todos sus amigos.
Dani y Sel habían invitado a todo el mundo: Louis y Eli Fletcher, Stella, su editora, Lindy y Gert, sus ayudantes en la oficina, Damon y Kate Alexakis, la señora Alvarez, los Gillespy, unos cuantos compañeros y vecinos más, Kevin y, por supuesto, Sierra y Daniel.
Se alegró especialmente de ver a Daniel.
–Estás estupenda –le dijo con una sonrisa–. Grande como un autobús, pero estupenda –tocó su mejilla–. En serio: tu aspecto es mucho mejor. ¿Todo va bien?
–Sí –contestó, sonriendo. Y no era mentira. Todo iba lo mejor que iba a ir–. ¿Y tú?
Daniel sonrió con tristeza.
–Vuelvo a estar solo.
Su sonrisa se desvaneció y apoyó una mano en su brazo.
–Encontrarás a alguien, Dan.
–Miley –dijo Nick, apareciendo a su espalda y tomándola por un brazo para apartarla de él–. Dani desea preguntarte algo.
Estaba ya a mitad de la habitación cuando se dio cuenta y con un gesto de la mano le indicó a Daniel que ya hablarían más tarde.
Pero no hubo tiempo más tarde. Siempre ocurría había que abrir regalos, jugar a juegos inocentes, comer pastel y los helados...
Fue, tal y como ella había dicho, una celebración. No paró de abrir regalos en toda la tarde, y de hacer exclamaciones por su contenido. Los abrió todos ella,  Nick se negó a hacerlo cuando Dani intentó convencerle de que lo intentara.
–Que los abra Miley –dijo, y se mantuvo en un discreto segundo plano, apoyado contra la pared y con manos en los bolsillos.
Le sorprendió encontrarse con un paquete de él, y miró con curiosidad antes de abrirlo. Era la mamá osa preñada que habían visto en la tienda de Montauk. Para que te haga compañía, decía la tarjeta que lo acompañaba, y al mirarlo no fue capaz de descifrar la mirada de sus ojos oscuros.
– Nick... –exclamó–. Gracias.
–¿Qué vais a tener? ¿Niños, niñas, o uno de cada?–preguntó Kate Alexakis, y rompió el hechizo.
–No lo sé –Miley movió la cabeza.
El médico se había ofrecido a decírselo, pero ella no había querido saberlo.
–¿Ya habéis elegido los nombres? –quiso saber Selena.
Miley miró a Nick. Parecía tan interesado como todos los demás, pero volvió a negar con la cabeza.
–Pues más vale que empecéis a pensar –dijo Kev.
–No te preocupes, que los tendremos a tiempo –contestó Miley, mirando a Nick una vez más. No era una decisión que quisiera tomar sola.
El día estaba cubierto, así que a pesar de que habían montado las barbacoas en la terraza, todo el mundo se quedó dentro. Pero resultó ser una tarde y una noche muy distraídas. Miley hizo una mueca o dos después de la cena, y Nick dejó a medias la conversación que estaba manteniendo con Kev para acercarse a ella.
–¿Estás bien?
–Claro que estoy bien. No es nada.
Pero Nick no se dejó convencer.
–Tienes que echarte.
–¡No puedo echarme! Estamos en mitad de una fiesta.
–Eso se soluciona rápidamente – se levantó–. ¡Oídme, chicos! Es hora de irse a casa.
–¡Nick!
–Miley necesita descansar Despídete, Miley.
Tomó su mano y la obligó a levantarse.
–¡Nick! No tienes por qué...
Pero Dani, Kev, Sel y Justin estaban ya recogiendo cosas. Todo el mundo se marchó en cinco minutos.
Sierra fue la última. Ya en la puerta, abrazó a su hermana.
–¿Estás bien?
–Estoy bien, de verdad.
–Nick está haciendo un buen trabajo.
–Nick es un mandón.
El protagonista de la conversación estaba ayudando a llevar los regalos al coche de Kev para que pudieran dejarlos en el apartamento de Miley.
–Solo está haciendo lo que debe hacer – Sierra lo miró casi con cariño–. Yo creo que está empezando a ver la luz.
–¿Tú crees?
Cómo deseaba creerlo.
–Si no, no actuaría como un perro guardián. En cuanto vea a los bebés...
cerró el maletero del coche de Kev y volvió al lado de Miley.
–Buenas noches, Sierra.
Fue una orden, no un comentario.
Sierra sonrió y le dedicó un saludo militar.
–¿Qué te decía yo? –le dijo a Miley.
La obligó a irse inmediatamente a la cama, que él se ocuparía de limpiar y de recoger, y que enseguida pasaría a verla.
Odiaba tener que admitirlo, pero estaba agotada, y entró en el dormitorio sin una protesta. Los karatecas seguían practicando, impenitentes.
–Vais a nacer llenos de moretones. –les dijo, intentando estirar la espalda y darles unos cuantos centímetros más.
Estaba ya en la cama cuando Nick asomó la cabeza.
–¿Estás bien?
–Sí, gracias. Nick –lo llamó cuando ya desaparecía–, ¿puedes hacerme un favor? ¿Quieres traerme mi osa?
Él pareció sorprendido, pero luego asintió y fue a buscarla. Miley la abrazó y lo miró.
–Gracias otra vez.
Él no contestó. Simplemente se quedó ahí, de pie. Luego asintió.
–Ha sido una fiesta muy bonita, ¿verdad? Volvió a asentir.
Apoyó la mejilla en la barriga de la osa.
–¿Podrías... sería mucho pedir... que me dieras un masaje en la espalda?
–Si quieres.
–Por favor.
–Voy a cerrar. Enseguida vuelvo.
Estaba ya preparada cuando volvió. Apagó la luz y se acomodó en la cama junto a ella. Sintió sus dedos en la espalda, sus pulgares en cada vértebra y se relajó al ritmo de sus manos.
–¿Nick?
Su voz fue apenas un susurro, pero lo despertó de golpe. Estaba desorientado. Luego se dio cuenta de que debía haberse quedado dormido a su lado, abrazado a ella.
Se levantó apresuradamente.
–Lo... lo siento – se pasó una mano por el pelo–. ¿Necesitas algo? ¿Estás bien?
–Sí, pero... creo que ha llegado el momento –sonrió con nerviosismo–. Tengo contracciones desde hace más de una hora, estables y regulares. Creo que los niños van a nacer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario