miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capitulo 2.-


Se pasó una mano por el pelo y bostezó. Cuando se hubiera duchado y hubiera dormido, se enfrentaría a ella, le diría lo mucho que valoraba su amistad, y que quería que las cosas siguieran como antes.
Y entonces ella, con una sonrisa, le propondría:
–¿Quieres que subamos al Empire State Building?
Y entonces sabría que todo había vuelto a la normalidad.
Lo del Empire State había empezado a ser una broma entre ellos tres años atrás cuando Miley, nacida en Kansas, había subido al último piso del emblemático edificio y él, nacido en Nueva York, no.
Había insistido en que subieran, y él se había negado. Una vez. Dos. Media docena de veces.
Hasta que al final ella le había enganchado por un brazo cuando volvían caminando a casa después de haber ido al cine, había parado un taxi y le había dado al taxista la dirección de la calle treinta y cuatro.
–Qué idiotez –había protestado él.
–Es precioso, ya lo verás. Mágico –había insistido ella.
Y tenía razón. Había sido mágico. Era tarde, así que no había demasiada gente. Era una noche clara y Nueva York se extendía a sus pies brillando como un puñado de diamantes lanzado al azar por un gigante.
–¿lo ves?– le había preguntado Miley, mirándole a él y no a la vista.
–Lo veo –había contestado, y había sido él quien insistió en que se quedaran hasta que los vigilantes les pidieron que se marcharan.
Habían vuelto muchas veces después. Casi cada vez que él volvía a casa. Excepto aquella noche.
Pero no importaba. Todo había acabado ya.
Se encaminó a la ducha, pero la tentación del frigorífico le detuvo, y se imaginó a sí mismo con una cerveza fría en la mano. Aunque sabía por experiencia que la cerveza sabía mejor cuando estaba recién duchado.
Llevaba sobre su cuerpo un mes de arena, polvo y grasa de Oriente Medio, aparte de barro y cenizas.
La ducha allí servía para muy poco. Siempre había más polvo, más arena, más barro, tanto que llegaba a metérsele bajo la piel. Y sabía que, por mucho que se lavara, no iba a conseguir desprenderse de todo ello hasta que volviera a casa.
Se desnudó, entró al baño y abrió los grifos de la ducha.
En segundos, estaba bajo una cascada de agua caliente. ¡Qué bendición!
Se tomó su tiempo. El agua le caía con fuerza sobre la cabeza y la sentía clara, pura, fresca.
Se sintió mejor. Más vivo. Silbando, comenzó a enjabonarse. Luego se aplicó con las manos encallecidas el champú y se aclaró.
Miró hacia abajo y vio que el agua salía limpia por fin, así que cerró los grifos y empezó a secarse.
Luego se cepilló los dientes y se pasó una mano por la mandíbula. No se había afeitado en cinco días. No había tenido tiempo, y decidió que podía esperar veinticuatro horas más.
Se pasó una vez más la toalla por la cabeza y secándose la cara salió al dormitorio... y se tropezó con algo suave, pero indudablemente firme.
–¿Pero qué demonios...? –retrocedió bruscamente, bajó la toalla y miró boquiabierto–. ¿Miley?
La última persona a la que esperaba ver, la última persona a la que quería ver, estaba de pie en la puerta de su dormitorio llevando puesto un camisón corto de algodón y nada más. Tenía el pelo revuelto de dormir, estaba pálida y parecía tan sorprendida como él. En los brazos llevaba un montón de ropa.
–¿Qué demonios haces aquí? –le preguntó.
¡A ella le habría gustado preguntarle lo mismo!
Unos ruidos extraños la habían sacado de un profundo sueño.
De repente, se despertó. Se había quedado un momento en la cama, intentando aclararse las ideas. Después, asustada, se dio cuenta de lo único que podía ser:
¡Nick!
Se había levantado de la cama y, con la ropa en la mano, se había encaminado hacia la puerta. Se vestiría en su propio apartamento. Así, más tranquila, podría volver a hablar con él.
Pero lo que en realidad había ocurrido era que se había topado de bruces con él que salía del baño.
Y lo único que llevaba era una toalla... ¡sobre la cabeza! Se habían mirado el uno al otro atónitos y rápidamente, gracias a Dios, él había bajado la toalla.
–Lo... lo siento –se disculpó–. No pretendía asustarte. Es que estaba... como siempre me dices que puedo usar tu apartamento cuando tú no estés... si tengo invitados. Mi prima Demi está aquí con su familia, y pensé que sería más fácil que se quedaran ellos en mi casa y que yo me bajase a dormir aquí.
–No te preocupes – le dijo Nick –. Claro que no pasa nada porque vengas a dormir – hizo un gesto con la mano–. No hay problema. Vuelve a la cama, que yo me acostaré en el sofá.
–No –lo que quería era hablar con él, limpiar el aire entre ellos. Pero no en aquel momento. No así–. No seas ridículo. Estás agotado y vas a dormir en tu cama. De todas formas, ya me tenía que levantar. Te cambio las sábanas y me marcho.
Se volvió sin apenas haber terminado y tiró de las sábanas.
Sentía la mirada de Nick en ella mientras trabajaba. Ojalá hubiese entrado antes a vestirse en el baño. Sabía que el camisón apenas le cubría el trasero. Y sabía que él lo sabía también.
Lo que no sabía era si le importaba o no.
Habían hecho el amor la última vez que había vuelto a casa, pero no era tan tonta para creer que había significado algo especial para él. Aunque ella pudiera desear que fuese distinto...
En un minuto quitó las sábanas de la cama. Luego, lo sintió intentando esquivarla y se dio cuenta de que pretendía llegar a la cómoda.
–Lo siento – murmuró ella, con las mejillas al rojo vivo–. Enseguida me quito de en medio.
El sacó ropa de los cajones y se vistió rápidamente mientras Miley intentaba no mirarlo, aunque por el rabillo del ojo... Tenía un cuerpo precioso: firme, delgado y vigoroso.
Respiró hondo y sacó unas sábanas limpias.
–Ya lo haré yo –dijo Nick–. No te preocupes, Miley, de verdad. Y puedes quedarte aquí siempre que quieras. Para eso te dejé la llave. Somos amigos, ¿no?
Sí. Eran amigos. O lo habían sido. Ya no estaba segura de lo que eran.
–No me habría quedado si lo hubiera sabido –contestó mientras remetía la sábana.
–¿Por qué?
–Ya sabes.
–Por lo que ocurrió –adivinó Nick.
Lo único que se movió durante un par de segundos fue la sábana suspendida en el aire. Luego Miley asintió.
–Tenemos que hablar de ello.
–Sí. Sé lo que tú piensas de...
–Exacto –la cortó él–. Y tú también lo piensas así, ¿verdad? ¿Por qué echar a perder una buena amistad como la nuestra? Así que lo mejor es seguir adelante a partir de ahí.
Ella parpadeó.
–Fue... un impulso. Una fiebre. Simplemente... ocurrió. No tiene por qué cambiar nada.
Miley lo miró con una sensación de náusea en el estómago. Sintió frío de pronto, pero estaba sudorosa. Seguramente se había quedado pálida. Qué rabia. Al fin y al cabo, era lo que se esperaba, ¿no?
–Nada tiene que ser distinto –insistió él–. Éramos amigos. Somos amigos – se corrigió–. Y lo que... lo que hicimos, no tiene por qué estropearlo.
–No, pero...
–Y no volverá a ocurrir. Mira, Miley, sé que fue una forma de consolarme... tú creían que lo necesitaba y..
Se detuvo y ella lo vio tragar saliva. También se dio cuenta de que nunca admitiría que lo había necesitado de verdad.
–Estaba pasando por un mal momento. La muerte de Jack y el funeral.
Pero no era solo por Jack y ella lo sabía. Jack había sido el detonante de todo, pero su necesidad iba más allá. Llegaba hasta Sarah, la esposa de la que nunca hablaba a menos que llevase unas cuantas cervezas de más y se olvidara de mantener la boca cerrada.
Sarah, la única mujer a la que había querido.
Miley estaba inmóvil y Nick respiró hondo.
–Tú estabas siendo amable conmigo y... y yo no debería haber hecho... lo que hice. Había perdido la cabeza, y me aproveché. Rompí la regla.
–¿Qué regla?
–La de no tener sexo con las amigas. Ya lo sabes. Es algo que no hago nunca.
–¿Es que te acuestas con tus enemigas?
–No, no, claro que no. Pero tampoco me acuesto con las mujeres a las que me une una amistad especial. No... así no.
–¿Así cómo?
–No debería haberme acostado contigo, ni deberíamos haber dormido juntos – se obligó a ser claro–. Lo complica todo. Si no nos andamos con cuidado, podría incluso cambiar las cosas entre nosotros, y yo no quiero que eso ocurra. Sería un error. Fue un error.
Ya lo había dicho. Ella solita se lo había buscado. En su opinión, habían hecho el amor por error.
–Es obvio que lo fue –contestó sin imprimir matiz alguno a su voz. No estaba dispuesta a mostrarle el dolor que causaban en ella aquellas palabras. Debería habérselo imaginado.
¡Y lo sabía, qué demonios! Pero aquella noche no había podido olvidarlo.
Nick sonrió y le tendió la mano.
–Bueno, sin resentimientos, ¿no?
Ella no contestó, y tampoco estrechó su mano. Lo miró a los ojos y después apartó la mirada. Intentó aunar fuerzas. Volver a ser la persona que él quería que fuese.
Su amiga, su compañera.
Nick bajó la mano, pero no podía dejar las cosas asi.
–Miley... –sonrió una vez más–. ¿Somos amigos?
Recogió la ropa y las sábanas y las apretó contra el pecho como si fuesen un escudo.
–Amigos –contestó, con la mirada baja. Él sonrió y suspiró aliviado.
–Genial.
Miley pasó de largo y llegó al vestíbulo, se sentía fría, sudorosa, las náuseas cada vez más fuertes. Ya junto a la puerta, se detuvo.
–Pero las cosas no volverán a ser como antes – le dijo.
Él frunció el ceño.
–¿Por qué no? Pero si has dicho que...
–Estoy embarazada, Nick. Voy a tener un hijo tuyo.

Capitulo 1.-


Nick Jonas daría su mano derecha por una ducha bien caliente, una cerveza bien fría y veinticuatro horas de sueño ininterrumpido; todo en ese orden.
Eran las seis de la mañana en la ciudad de Nueva York: los autobuses iban ya abarrotados, la ciudad entera despertaba y él estaba dispuesto a acostarse.
Porque para él, para su cabeza, no eran las seis. Es más, ni siquiera hubiera podido decir con seguridad qué hora era. De lo único que estaba seguro era de que llevaba horas subiendo y bajando de aviones, trenes y coches, y estaba destrozado. Abrió la cancela de hierro que daba acceso al jardín de su edificio y miró al segundo piso.
¿Estaría Miley levantada?
¿Estaría esperándolo?
Sí, claro. Seguro que se había pasado las últimas nueve horas en la ventana esperando verle aparecer. Como si le importase algo.
Abrió la cancela y luego la puerta de su casa. Ese era el problema: que se preocupaba por él de verdad.
Miley era amiga suya, y él de ella. O al menos lo había sido, porque ya no sabía qué pensar.
Cerró la puerta, dejó caer la bolsa de lona, cerró los ojos y apoyó la espalda, dejando que el cansancio y la preocupación ganaran la partida.
Llevaba más de dos meses fuera de casa. No había vuelto desde que... desde que una mañana se despertó en la misma cama que su vecina del segundo. Su encantadora y deliciosa vecina de arriba. Su amiga. Miley.
Dios, menudo lío. Lo normal hubiera sido que estuviese deseando llegar a casa, tomarse un respiro del estrés y las exigencias que conllevaba su trabajo en una unidad de bomberos de elite. En condiciones normales, habría estado deseando subir a ver a Miley y charlar con ella un rato. Suspiró, movió los hombros para desentumecerlos y se desabrochó la camisa. Pero en aquel momento, no quería subir a verla. No habría sabido qué decirle.
Ese era el problema que acarreaba el acostarse con una mujer por la que se sentía algo. Lo complicaba todo. Lo estropeaba todo. Daba lugar a que se creasen expectativas inesperadas, como la del matrimonio.
No. Tiró al suelo la camisa y entró al baño. Miley lo conocía bien. Nadie mejor que ella sabía cuál era su opinión respecto al matrimonio. Lo habían hablado en incontables ocasiones. Él no era hombre para el matrimonio, los compromisos o la responsabilidad. Ya había pasado por ello, y no estaba dispuesto a repetir. Es más, había tomado la decisión de decírselo así a cualquier mujer que conociera y que pudiera sentirse tentada de pensar lo contrario. De ese modo, nadie podría decir después que no se lo había advertido. De hecho, jamás se acostaba con alguien para quien pudiera significar algo más.
Se trataba de una regla de supervivencia que había establecido ocho años atrás. Una regla a la que nunca había faltado, hasta aquella noche hacía ya nueve semanas. Justo tras la muerte de Jack.
Acababan de terminar su primera misión juntos. El duro, competente y risueño Jack. El único hombre que los maravillaba a todos. El único a quien la muerte no podía tocar. «Jack el Afortunado», como lo llamaban sus compañeros de equipo, especializado en sofocar incendios en pozos y plataformas petrolíferas.
Pero diez semanas antes, en un pozo del Mar del Norte, la suerte de Jack se había acabado. Ocurrió durante un incendio igual que otros cien que habían apagado. Nadie se había comportado con imprudencia. Nadie había hecho mal su trabajo. No podía encontrar explicación a lo ocurrido.
Cinco días después, Nick había vuelto a casa tras el funeral de su amigo, aún aturdido, conmocionado, furioso, destrozado. El dolor por Jack era muy duro de soportar, pero peor aún eran los recuerdos que despertaba.
Recuerdos de otro incendio, de otro funeral: el de Sarah, ocho años antes.
Sarah, su esposa, su amor desde la niñez.
¡Su tiempo no debía haberse agotado! Ella no tenía por qué haber muerto.
Si él hubiera estado en casa aquella noche, en lugar de trabajar horas sin fin; si hubiese estado con ella como el marido que debía ser, Sarah y su hijo nonato estarían vivos aún. Pero no había estado allí.
Entonces trabajaba en el negocio de la familia, acababa de salir de la facultad y estaba dispuesto a demostrarle a Kevin, su hermano mayor, que podía trabajar tantas horas como él y alcanzar su misma cota de exito. Ni siquiera había ido a casa a cenar. Se había limitado a llamar a Sarah y decirle: voy a llegar tarde. No me esperes levantada.
Y así lo había hecho. El médico le había prescrito mucho reposo, de modo que Sarah se había acostado temprano. Pero antes de hacerlo, había encendido una vela. O, al menos, eso le había dicho el jefe de bomberos.
–Te dejaré una luz encendida –le había dicho ella.
Debía estar dormida cuando se declaró el incendio. Ya no volvió a despertarse.
La perdió a ella y a su hijo aquella noche, y nada de lo que pudiera hacer iba a devolvérselos. Al final, había terminado aceptándolo.
Había aprendido a vivir con el dolor. Y con la culpa.
Para desesperación de su padre, había dejado el trabajo en la empresa familiar y había decidido ser bombero.
–¿Para qué demonios quieres ser bombero? –le había preguntado su padre–. A Sarah ya no vas a poder recuperarla.
–Lo sé.
Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba luchar una y otra vez contra los demonios que le habían arrebatado a su esposa, hacer todo lo que estuviera en sus manos para ganar la batalla que había perdido.
Era un buen bombero. Decidido. Sereno. Frío frente a las llamas. Y así había conseguido encajar en la profesión. O al menos, intentarlo.
Durante los últimos ocho años, lo había conseguido. Ahora tenía una vida: un apartamento en el lado oeste, lejos de la zona este donde antes vivía con Sarah. Tenía amigos y, de vez en cuando, tenía alguna mujer.
Pero no iba a volver a casarse. Nunca.
No iba a acercarse tanto a nadie jamás. Eso sí que no lo había superado. Querer a alguien del modo en que quería a Sarah dolía demasiado, y no podía volver a hacerlo, y para ello mantenía todas sus relaciones controladas. Tenía amigos; tenía amantes ocasionales. Pero nunca una amiga que también fuese su amante.
Hasta que volvió a casa tras la muerte de Jack.
Aquella noche el dolor y los recuerdos le habían engullido por completo.
Y Miley, la inocente Miley, sorprendida de ver sus luces encendidas, se había pasado por su casa para ver qué pasaba.
No recordaba mucho de lo que había ocurrido después. Es más, intentaba no recordarlo. Durante más de dos meses, había intentado no recordarlo.
No quería recordar cómo le había abrazado, ni sus besos, ni sus intentos de calmarlo, a él, a un hombre que no necesitaba a nadie... y que se había aferrado a ella como un niño desamparado.
La necesidad de un niño le había empujado a besarla, a acariciarla, a buscar la suavidad de su cuerpo. Su cuerpo necesitaba su paz. Desesperadamente.
Y lentamente, Miley se había entregado a él.
Apretó los dientes. No podía pensar en ello. No quería permitirse recordar, porque cuando lo hacía, incluso en aquel momento, su cuerpo le traicionaba y quería que volviese a ocurrir.
¡No! No podía permitirlo. Quería a Miley como amiga, y no podía permitir que llegase a nada más.
Aún recordaba el estupor que había sentido al despertarse y encontrarla dormida en su cama.
El no dormía con ninguna mujer... no desde Sarah.
Era demasiado íntimo. Implicaba demasiado.
Pero aquella noche había dormido con Miley. Cuando por fin había abierto los ojos a la pálida luz del amanecer, la había encontrado acurrucada a su lado, la cabeza recostada en el hombro, una pierna sobre la suya y un brazo por encima de su vientre.
No se había atrevido a respirar o a moverse. Pero necesitaba hacerlo. Tenía que salir de allí como fuera, pero sin despertarla.
¿Qué demonios podría decirle si seguía allí cuando ella abriera los ojos?
Ni lo supo entonces, ni lo sabía ahora.
Se había pasado nueve semanas intentando saberlo.
Y aún esperaba que se le ocurriera algo cuando la viese. Quizás, con un poco de suerte, y conociéndola, fuese ella quien tomara la iniciativa. Lo más probable era que le quitase importancia. Quizás le diría que no importaba, que había sido una noche y nada más.
Respiró hondo. Sí, puede que ocurriera así. Miley era esa clase de mujer: generosa, amable... una mujer que a él le gustaba mucho.
Una de las cosas que más le gustaba de ella era que no se parecía en nada a Sarah.
Miley era alta y delgada, pero fuerte. No tenía nada que ver con lo frágil que era Sarah. Se enfrentaba al mundo con los brazos abiertos, mientras que Sarah siempre había sido más cauta, siempre esperando que fuese él quien tomase la iniciativa.
Su pelo era distinto también. Sarah era rubia y llevaba el pelo corto, que él podía revolver con una mano. Miley lo tenía castaño y largo, y recordaba haber enredado los dedos en él aquella noche.
Sacudió la cabeza e intentó deshacerse del recuerdo.
Tenía que pensar en Miley como en una amiga. Era lo que ambos querían. Ella nunca había hecho nada que sugiriera que podía buscar más. Precisamente por eso se sentía tan cómodo con ella.
Desde que se conocieron en una barbacoa que organizó en su terraza y a la que invitó a todos los vecinos, le hizo sentirse como un buen amigo. Miley, siempre estaba alegre y era extrovertida, la vecina perfecta. Una mujer divertida, con quien era divertido pasar el rato. Le gustaba ir a correr con ella, al cine, a algún restaurante nuevo o a la inauguración de alguna galería.

Un corazón atormentado.- Sinopsis.


El exigente trabajo de Nick Jonas no le dejaba tiempo para el romance -lo cual le venía muy bien. Tenía una amistad muy estrecha con su bellísima vecina, Miley. Pero eso era todo lo que eran: amigos. Su única noche de pasión había sido un error...
Nick no sabía ni la mitad. Ya era bastante malo que ella hubiera estado enamorada de él por años. ¡Ahora Miley estaba embarazada de su hijo!  Ella sabía que Nick había sido herido antes, pero su bebé necesitaba un padre. Miley estaba empeñada en enseñar a Nick a amar otra vez, aunque tenía menos de nueve meses para lograrlo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Capitulo 22.- ¡FIN!


—Lo entiendo —susurró Miley en la cálida oscuridad.
—Tú lo entiendes todo, mi preciosa  Miley —Nick dijo con ternura—. Has acogido a los mellizos de todo corazón y los quieres como si fueran tus propios hijos. Has abandonado tu país y a tus padres y la profesión que amas para cruzar medio mundo solo porque quieres tanto a tu abuelo que no puedes soportar que se enfrente él solo a la vejez. Y tú...  Miley, me dijiste que me amabas. Me ofreciste el mejor regalo de todos; y yo tuve que rechazarlo. Hasta esta noche...
—¿Hasta esta noche? —a Miley le daba miedo hasta de respirar; miedo a creer lo que le estaba pasando.
—Hoy Delta me ha demostrado de lo que es capaz—Nick dijo en tono grave—. La gente me decía cosas, los amigos me decían cosas... Me habían dicho que  Miley podía llegar a ser cruel, pero yo nunca lo había visto. Pensaba que la conocía tan bien. El padre de Delta tiene mala fama, y la gente la juzgaba por eso. Pero yo estaba equivocado. He sido un estúpido.
—Ella simplemente... — Miley aspiró hondo; de repente le resultaba imposible sentir lástima por Delta—.Nick, debería haberle hablado de mi nivel deportivo. Y tal vez... y tal vez haya sentido lo que había entre nosotros.
—¿Y acaso es eso excusa para pegar con un látigo a una persona en público? —preguntó Nick—. ¿Para montar una escena como la que ha montado? ¿Para hacerte daño? —negó con la cabeza—. El comportamiento de Delta es inexcusable. La llevé a casa, estaba tan enfadado que no podía ni hablarle, y luego esta noche fui a su casa y le dije que nuestro compromiso se había terminado —Nick suspiró—. Delta se puso a gritar como una verdulera —le dijo—. Y jamás me he sentido tan agradecido en toda mi vida porque te hiciera esto. Miley, su rabia no tenía nada que ver con lo que sentía hacia mí. Solo con su orgullo herido y con la necesidad de dinero que tiene su familia. No me había dado cuenta de la verdadera razón para casarse conmigo hasta esta noche. Lo que te ha hecho hoy me ha librado de un compromiso de por vida. Me ha evitado cometer el error más grande. Pero, Miley, lo siento tanto...
—¿Lo sientes?
—Que me haya tenido que dar cuenta de este modo, haciéndote Delta daño. Y siento mucho que te haya humillado.
—No me ha humillado — Miley dijo con afabilidad—. En realidad, creo que me ha hecho un gran favor. Ahora tengo tantos amigos en el distrito que he perdido la cuenta. No sabes la cantidad de jinetes que se acercaron para pedir perdón por el comportamiento de Delta y que me ofrecieron su sincera amistad. No creo... No creo que tenga necesidad de volver a estar sola nunca más.
Se hizo silencio.
—¿Quiere decir eso que entonces no nos necesitarás más? ¿A mí y a los mellizos?
En alguna pradera distante se oyó el canto de un zarapito llamando a su pareja. Su melodía era aún más Miley que la del ruiseñor. Y esa dulzura hizo que a Miley el corazón le estallara de felicidad.
—Creo que siempre os necesitaré —susurró.
—¿Quieres decir a los mellizos?
—A ti — Miley le rozó los labios con la punta de los dedos—. Llevo diez años amándote, Nick. Jamás he dejado de amarte, ni por un momento, y no pienso dejar de hacerlo ahora. Ni ahora ni nunca.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente.
Entonces muy despacio, con mucha ternura, Nick la estrechó entre sus brazos.
—Te quiero, Miley —le susurró al oído—. Si no me enamoré de ti cuando tenías catorce años, fue porque estuve ciego. No fui capaz de ver que tenías un corazón tan grande como el país que te vio crecer.  Miley... Mi único y Miley amor.
Y entonces sobraron las palabras.
Nick le subió la cabeza suavemente para inclinarse a besarla con pasión y amor; y ella lo besó también con todo el amor que llevaba dentro.
El cuerpo de Nick y el de Miley se fundieron en un solo cuerpo. Dos corazones latiendo al unísono. No sabía dónde terminaba el amor de ese hombre y donde empezaba el suyo. Miley entreabrió los labios para acogerlo, buscando su sabor, explorando su cuerpo a pesar de conocerlo instintivamente ya. Le metió las manos por debajo de la camisa, deseosa de sentir la seda de su piel y la fuerza de su pecho.
Aquel hombre era su alma gemela. Su vida entera.
Y cuando Nick le levantó la blusa y le acarició los redondos y turgentes senos con reverencia y amor, a  Miley le entraron ganas de llorar. Ya no se sentía inhibida. Había entregado su corazón tan al completo que sentía como si ya fueran marido y mujer.
Su Nick... Su amor...
Pero, de repente, Nick se apartó de ella y buscó su mirada en la oscuridad.
—Miley...
—¿Amor... ? —susurró  Miley.
— Miley, si seguimos besándonos, cariño, no podré responder de las consecuencias.
Y Miley cerró los ojos y se echó a reír suavemente, desprendiéndose de diez largos años de dolor, de deseo. Muy despacio, abrió de nuevo los ojos y lo tumbó sobre la manta y los almohadones junto a ella.
—Entonces seré yo la que tenga que responder por las consecuencias Nick —sonrió—. Yo responderé por los dos. Por siempre jamás.

Cuando los mellizos se despertaron por la mañana, Nick y Miley estaban de nuevo vestidos y listos para saludarlos con una apariencia digna. Nick rechazó la oferta de Miley de quedarse a desayunar, le dio un beso de despedida, seguido con ávido interés por ambos mellizos, y metió a los niños en el coche. Seguidamente se volvió hacia Miley para darle un abrazo, pero al momento se apartó de ella y la miró con seriedad.
—No te veré en unos días, Miley —le dijo sin más—. Necesito... Necesito pensar bien las cosas.
Y Miley se quedó callada.
Miley se pasó todo el día cantando mientras realizaba sus tareas. Nick le había dicho que necesitaba pensar, pero sin duda eso no querría decir que no se había dado cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.
Pasó tres días sin saber nada de ellos. Ni siquiera los mellizos aparecieron para las lecciones de montar a caballo.
Miley llamó por teléfono al segundo día, confusa e incapaz de soportarlo más, y fue el capataz de Nick el que le contestó.
—El señor Jonas y los niños están tremendamente ocupados —Dan le dijo con determinación—. Te llamarán en cuanto tengan un momento libre.
¿Sería su imaginación o le pareció que el hombre le había hablado en un tono ligeramente divertido?
Pero no parecieron tener ningún momento libre, y su alegría empezó a desvanecerse.
Nick Jonas le había dicho que la amaba. Dios mío, y ella había pensado que... Había pensado que querría casarse con ella.
¿Acaso estaba tonta perdida?
Llegado el tercer día Miley parecía un fantasma, vagando de un lado a otro, y no tenía ya ni pizca de ganas de cantar.
Hasta que llegó la tarde.
Jack fue al buzón y subió a la casa con una carta para  Miley escrita con la letra de un niño. Observó a su nieta mientras la abría y vio cómo se ponía colorada y después pálida.
—¿Y bien, niña?
—Me han invitado a casa de los Jonas esta noche —susurró Miley—. Laura, Matthew y Nick solicitan el placer de mi compañía... —se calló y se quedó mirando la tarjeta; la música de violines empezó a sonar de nuevo.
—¿Y yo no estoy invitado? —Jack se burló y después se echó a reír y la besó en la mejilla—. Vamos, niña, ya sabes que estoy bromeando —vaciló—. He notado que no mencionan a Delta...
—No creo que Delta y Nick vayan a casarse ya —dijo Miley con cautela y vio cómo su abuelo sonreía de oreja a oreja.
—¿Caramba, qué te parece? ¿A qué estás esperando entonces? Ponte guapa y márchate.
El mejor vestido de Miley aún tenía manchas de toffee de la tarde que había pasado con el pastel de profiteroles. Sin embargo, no tenía nada mejor.
Se vistió con cuidado, se soltó y cepilló el cabello y después se montó en su camioneta para ir a casa de los Jonas.
La invitación decía a las seis de la tarde. Miley se presentó a la puerta a las seis y dos minutos.
Fue Matthew el que le abrió.
Nada más verlo Miley se dio cuenta de que era una invitada especial. El niño iba vestido de punta en blanco con pantalones negros, camisa blanca y una pajarita que le quedaba demasiado grande.
—Buenas tardes, Miley —dijo Matt con formalidad, y entonces se echó a reír.
—¡Matt! —le reprendió Laura detrás de la puerta y el niño recuperó la compostura con esfuerzo.
—Adelante, por favor —le dijo con solemnidad antes de salir trotando hacia el salón.
Aturdida, Miley lo siguió.
Nick y Laura la estaban esperando para darle la bienvenida.
El salón estaba limpísimo, al igual que Nick y la niña. Laura llevaba un vestido de vuelo y un lazo rosa en el pelo; y por primera vez, Miley vio a Nick con esmoquin. Intensamente formal e intensamente viril.
— Miley...
Nick estiró los brazos y la acarició con la mirada; pero Laura se le adelantó. Le dio la mano a Miley y se la estrechó con solemnidad.
—Buenas tardes,  Miley —sonrió—. Nos alegramos tanto de que hayas venido. ¿Podría...? —miró a Nicnerviosamente—. ¿Podría ofrecerte una copa de jerez?
—Me encantaría — Miley sonrió.
Lo que siguió fue la mejor cena de todas. En total hubo seis platos: entremeses, sopa, primer y segundo plato, sorbete y postres variados. Después de cada plato los niños volaban hacia la cocina y Miley se quedaba a solas con Nick.
Y finalmente, después de comer queso y tomar café, la invitaron a inspeccionar la cocina.
Desconcertada, se puso de pie y los siguió.
La cocina estaba como los chorros del oro. Habían lavado y guardado cada plato, cubierto y fuente. Estaba lista para empezar a preparar otra cena.
—Es sorprendente... — Miley consiguió decir.
—Eso no es todo —le dijo Laura—. Ahora tienes que venir al piso de arriba.
Miley miró a Nick; pero Nick la estaba mirando con el mismo nerviosismo que los mellizos.
Los cuatro subieron las escaleras y Laura, que había adoptado el papel de guía, señalaba las camas perfectamente hechas, los ordenados montones de ropa planchada, los arreglados dormitorios...
—Y una raya amarilla —le dijo Matt sin aliento mientras señalaba la gruesa raya amarilla que rodeaba la pared de la habitación de los mellizos—. Mira nuestra raya. Delta decía que era una idea ridícula, pero Laura se lo dijo a Nick y Nick dijo que sí. Así que ayer nos la pintó, como hizo nuestro papá —Matt le dio la mano a Miley—. Y ahora es como nuestra casa —suspiró y se agarró a su mano con fuerza.
Y después siguieron enseñándole toda la casa, los suelos abrillantados, los cuartos de baño limpios, ordenados...
—¿Por qué... ? —Miley respiró hondo al llegar al descansillo de las escaleras—. ¿Por qué me estáis enseñando todo esto?
Nick puso una mano en el hombro de cada mellizo.
—La señora Brown lleva tres días sin venir.
—Tres...
—Llevamos tres días haciéndolo todo solos —Nick siguió diciendo—. Hemos limpiado el polvo, abrillantado los suelos y los muebles, planchado y limpiado. Hemos leído libros de cocina y preparado recetas. Si la cena de hoy te ha parecido rica, espera a probar los sándwiches de Matt. En realidad, hemos pasado tres días habituándonos a la vida doméstica. Y eso nos lleva a lo que nos gustaría decirte.
—¿El qué?
—Queremos que te cases con nosotros —Matt soltó, incapaz de contenerse—. Nick dice que tú no puedes hacer las tareas domésticas, y que como necesitamos que alguien las haga para que esto no sea un desastre, hemos decidido aprender. Así que no necesitamos a nadie que las haga, Miley. Te necesitamos a ti.
La necesitaban.
Miley miró a Laura y a Matt y finalmente al hombre que había organizado aquello. Al hombre que le sonreía de tal modo que hacía que el corazón le latiera más deprisa.
—¿Esta... invitación es también por tu parte, Nick? —le preguntó sin aliento, y Nick soltó a los mellizos y le tomó las manos con fuerza.
—De todo corazón, Miley —dijo en tono suave—. Pero, no contestes todavía. Espera, Miley... Hay más...
—¿Más? —no podía apartar los ojos de él.
—Ve a por el folleto de viajes, Matt —dijo sin dejar de mirarla.
Matt salió y volvió a los dos segundos con un folleto en la mano.
—¿Qué es esto? —preguntó Miley aturdida y aquellos maravillosos y risueños ojos la miraron con pasión.
—Son cinco billetes de avión abiertos a los Estados Unidos —Nick sonrió—. Pensamos... Pensamos que tu única objeción sería Jack. Así que, hicimos unas cuantas cosas. Pensamos en unir las casas para formar una gran familia... y también llamamos a tus padres a Pittsburgh cuando Jack nos dio el número.
—¿Llamasteis a mis... ?
—Bueno, no les dijimos que tú y yo nos íbamos a casar —Nick le informó—. Solo les sugerimos que era una posibilidad. Y les preguntamos qué les parecería si los cinco íbamos a América a pasar una larga y bonita luna de miel.
—Los cinco... — Miley apenas si podía respirar.
—Tú, yo —Nick fue contando con los dedos de la mano derecha—. Matt, Laura y Jack. Pensamos que si te portabas bien nos llevaríamos a tu abuelo para que viera a tu padre.
Miley tragó saliva.
—¿Y bien? —Nick sonrió—. ¿Y bien, querida Miley?
—¿Quieres decir llevarlo a ver a su hijo? —susurró  Miley—. Pero, Nick...
—Bueno, no queremos forzarte —Nick dijo divertido—. Pero parece que tu madre está convencida de que lo que más desea tu padre en el mundo es ver a Jack. Y también sugirió que mientras tú y yo nos íbamos a pasar la luna de miel, y según ella en los Estados Unidos hay un montón de lugares maravillosos para hacerlo, podríamos dejar a Jack con tu padre para que pasen todo el tiempo posible juntos. Dan podría encargarse de las dos granjas mientras estamos fuera. Y tu madre... Bueno, pensó que si a los mellizos les parecía bien, tal vez podría llevárselos a Disneylandia.
—¡Disneylandia! —Matt y Laura gritaron al unísono—. ¡Disneylandia!
—Entonces —Nick abrazó a Miley con ternura—. Bueno, no tienes por qué decir que sí ahora mismo, amor mío. No queremos presionarte.
—¿No?
—¡Disneylandia! ¡Disneylandia! —gritaron los mellizos.
—Niños, no estamos presionando a Miley, ¿verdad? Si quiere decir que no, puede hacerlo.
Todos la miraban con incertidumbre, tanto los niños como Nick.
Y entonces Miley se echó a llorar y a reír al mismo tiempo, intentando abrazar a los tres a la vez, dándoles un lugar en su corazón.
—Pero seréis locos... Os quiero tanto a todos que creo que voy a llorar.
— Miley —Matt susurró; la abrazaba por las caderas con la misma fuerza que su tío—. ¿Quiere decir eso que te casarás con nosotros?
—Desde luego que sí — Miley sonrió y Nick la levantó en brazos con un grito triunfal—. Creo que sí, Matt —dijo entre risas y gritos.
—¿Lo harás, Miley? ¿Lo harás? —le insistió Laura.
Miley apenas podía hablar de la emoción que sentía y porque Nick empezó a besarla con pasión. Apartó sus labios de los de Miley un centímetro para dejar que contestara a Laura.
—Desde luego, Laura.
—¿Y a mí qué me dices? —dijo Nick con voz ronca y apasionada—. ¿A mí qué me dices, mi querida Miley?
—Que me casaré contigo — Miley le dijo con ternura antes de que él la besara de nuevo—. Me casaré contigo, Nick Jonas. De todo corazón.
Fin.

Capitulo 21.-


Jack no estaba con ánimo de perdonar. Se pasó todo el camino a casa rezongando y siguió haciéndolo el resto del día.
—Deberían darle de latigazos a ella. Se cree tan superior a nosotros que piensa que no nos debe ningún respeto. Podrías denunciarla, Miley, y hacerle pagar millones.
—¿Ah, sí? ¿Por un rasguño en la mejilla? — Miley soltó una risotada temblorosa sin dejar de cepillarle el pelo a Paddy mientras lo acomodaba para la noche—. Tal vez me lo mereciera, abuelo. Debería haberle hablado de lo que hacía antes de venir aquí.
—No te dio oportunidad de hacerlo —le soltó Jack enfadado—. Me voy a la cama, niña, pero dudo que pueda dormir. Me quedaré tumbado y pensaré en un plan para emplumarla, o tal vez para echarle aceite hirviendo...
Salió y Miley se quedó a solas con Paddy. No sabía nada de la familia Jonas. Nada en absoluto. El comité había insistido para que se quedara a comer y a Miley no le había quedado otro remedio que aceptar. Después tuvo que quedarse para hacer de juez invitado en la competición de la tarde. Sin embargo, llevaba ya tres horas en casa; el tiempo suficiente para que Nick la hubiera llamado a ver cómo estaba.
Si acaso le importaba, claro.
—¿Qué esperabas? —se dijo a sí misma con rabia—. ¿Que Delta se disculpara? ¡Imposible!
Caminó despacio de vuelta a casa y se sentó en el porche, pues sabía que aún no podría dormir. Se quedó sentada mirando las estrellas, con la mente en blanco, y se sintió tan triste que tuvo ganas de llorar.
El timbre del teléfono la sacó de su ensimismamiento.
Miley miró el reloj de pulsera. Las once de la noche; demasiado tarde para charlar.
Tal vez fueran sus padres. Con la diferencia horaria que había entre Australia y los Estados Unidos, a veces llamaban a horas intempestivas. Miley entró en la casa con el corazón encogido. ¿Cómo iba a fingir estar contenta si eran sus padres? ¡La conocían tan bien!
Pero no era su familia. Era Nick, y nada más oír su voz  Miley supo que ocurría algo.
—¿Miley, están los mellizos contigo? —preguntó una voz que Miley apenas reconoció; una voz tensa, cortante, angustiada.
—No —Miley se olvidó de su dolor y le prestó toda su atención.
—Se han marchado.
—¿Qué quieres decir con que se han marchado? — Miley susurró mientras notaba que se le formaba un nudo en el estómago.
—Se han vuelto a escapar. Les metí en la cama a las ocho; Dan se quedó aquí viendo la tele mientras yo iba a casa de Delta... y cuando volví, las camas estaban vacías. Dan estaba liado con la película y no ha oído nada. Tal vez lleven fuera mucho rato.
Miley tragó saliva; tenía la garganta seca.
—¿Se han llevado las maletas? —preguntó, angustiada al pensar en los pequeños caminando por alguna carretera a oscuras.
—Creo que se han ido sin nada. Estaban tan afectados, Miley. Dan y yo hemos dado la vuelta a la casa y a los cobertizos y establos y no están aquí. Estamos seguros. Ahora vamos a mirar por las carreteras.
Nick estaba imaginándose lo mismo que  Miley; dos pequeñas figuras... y un automóvil tomando la curva a toda velocidad.
—No creo que intenten marcharse a Sidney otra vez —susurró—. Saben que no pueden.
—No sé lo que habrán hecho —Nick le dijo con desesperación—. Debería haberme quedado con ellos en lugar de haber ido a casa de Delta—se hizo silencio un momento—. Miley, debo irme. He llamado a la policía de Hamilton, pero tardarán al menos media hora en presentarse aquí. Dan se ha ido a buscarlos por las carreteras hacia el norte y yo buscaré por las que van hacia el sur. ¿Podrías...? ¿Estás bien para...?
—Estoy bien —consiguió decir Miley—. Solo dime lo que quieres que haga.
—¿Podrías ir a mirar al río? Les gustó tanto tu fiesta. Yo... se me ha ocurrido que podrían estar allí.
—Voy para allá —le susurró Miley.
— Miley, he llamado a la señora Brown. Viene para acá para quedarse por si vuelven... y para atender el teléfono. Tengo una radio en el coche y me avisará si hay algo.
—De acuerdo Nick —Miley suspiró largamente—. Márchate ya... ¡Y encuéntralos!
—Bendita seas.
Y colgó.
No estaban en el río.
Miley cruzó los prados recién segados y llenos de conejeras en la camioneta, con las luces largas dadas mientras miraba a su alrededor buscando a dos pequeños.
El río estaba tan desierto como siempre lo había estado, a excepción de la noche de la fiesta. Y del día que estuvo con Nick.
A la luz de la luna, el agua oscura parecía un lazo negro y ondulado.
Miley fue hacia la orilla e intentó tranquilizarse mientras buscaba en cada sombra y detrás de cada grupo de arbustos.
¿Pero por qué iban a ir allí los niños? Aquel lugar era precioso de día, pero de noche resultaba terrorífico, sobre todo para dos niños asustados.
Estaba convencida de que no estaban allí. Tal vez estuvieran de camino a Sidney, o buscando algún lugar donde esconderse.
Donde esconderse... De pronto, Miley supo casi con seguridad dónde estaban Laura y Matt.
En el granero, entre las balas de paja. Recordaba el comentario de Laura, diciendo que aquello parecía una casita escondida.
Mientras volvía a la granja, Miley estaba cada vez más segura de que estarían allí. Les había explicado claramente a los niños que Sidney estaba muy lejos y que no podrían volver a casa de sus padres nunca más.
Y esa noche... Esa noche estaban disgustados y atemorizados, sin saber qué les depararía el futuro junto a una mujer que los asustaba y no los quería de verdad.
Habían echado a correr, pero los alrededores la granja de Jack era un lugar que conocían bien y adonde sabían llegar. Sabían que allí no habría perros ladrándoles y conocían el atajo por las praderas.
—Por favor, que estén en el pajar...
En la primera bala de paja Miley solo vio a la gatita de la granja, que estaba preparándose para parir. Al ver a Miley se le enrolló entre los talones, pero Miley solo tuvo tiempo de acariciarle el lomo antes de bajarse de una bala de paja y subirse a otra.
Por favor... Por favor...
Y milagrosamente sus ruegos fueron escuchados. En el centro de la segunda bala de paja había un par de cabezas rubias y dos cuerpos pegados el uno al otro, dormidos profundamente a la luz de la luna sobre la suave cama de paja. Estaban tan abrazados que  Miley tuvo que inclinarse sobre ellos para comprobar que eran dos en lugar de uno.
El alivio fue tan grande que le entraron ganas de llorar.
Se agachó para zarandear a Matt, pero el niño no se movió. Viendo que no era capaz de despertarlo se bajó de la bala de paja y corrió a la casa a llamar a Nick.
Miley no despertó a Jack. Su abuelo había disfrutado de un día muy ajetreado y era demasiado tarde para despertarlo por algo que ya no era urgente.
En lugar de eso le dejó una nota por si se despertaba, para que no se preocupara, agarró un montón de mantas y de almohadas, cruzó el patio y subió las mantas al almiar donde estaban los niños.
Matt y Laura no se habían movido.
Pero sabía que pronto lo harían. En cuanto se les hubiera pasado un poco el cansancio empezarían a notar las briznas de paja clavándoseles por todas partes.
Así que Miley abrió la bala de paja y extendió una manta por encima. Después colocó a los niños sobre la manta y los tapó con otra manta.
Miley se los quedó mirando mientras sentía cosas extrañas y maravillosas.
Había que hacer algo. Si Nick Jonas aún deseaba casarse con esa... con esa bruja, entonces quizá los niños pudieran trasladarse allí. Tal vez ella pudiera adoptar a los mellizos.
Pero qué tontería. Nick quería mucho a esos niños, y además eran los hijos de su hermano.
Nick estaba a diez millas al norte de la granja cuando  Miley había llamado y le había informado a la señora Brown del paradero de los niños.
Mientras tanto, Miley abrió otra bala de paja y puso encima una manta; colocó una almohada y se tumbó en su cama provisional a esperar a Nick.
Decidió que no quería que Nick se llevara a los niños a casa esa noche. Quería que se quedaran allí con ella. Si Miley se salía con la suya, los niños dormirían allí y volverían a casa por la mañana... después de una noche de aventura.
De aquel modo sería mucho menos aleccionador que el ser llevados a casa de madrugada como dos fugitivos.
Si Nick quisiera.
Miley solo tenía que esperarlo, y esperar nunca le había resultado tan duro en toda su vida.
Finalmente Nick apareció.
Miley oyó el ruido del motor de la camioneta y se mudó de postura. En parte quería quedarse quieta y esperarlo allí, y en parte quería echar a correr.
Pero no le quedaba otra alternativa. Tenía que verlo sin más remedio.
Un fuerte haz de luz sesgó la oscuridad, y al momento Nick estaba trepando el almiar.
—Santo cielo... —exclamó con los ojos muy abiertos al ver a Miley y a los mellizos. Pasó la luz de la linterna por encima de los niños para asegurarse de que estaban bien.
—¿Cómo diablos... ?
—Apaga la linterna, Nick—le dijo en voz baja—. Los vas a despertar.
—¿Los encontraste aquí?
—Se me ocurrió que podrían haber venido aquí —le dijo Miley; lo miró y vio que aún parecía angustiado—. Pensé... En realidad no tenían ningún otro sitio a dónde ir.
—Excepto aquí contigo —Nick se inclinó a mirar a sus sobrinos—. Se han venido contigo.
—Han venido a nuestro pajar —percibió en Nick el dolor de una persona que quería a los niños y había descubierto lo mucho que dolía que corrieran a los brazos de otra persona—. No es lo mismo que venir a mí.

—Lo es —Nick miró a los niños y entonces apagó la linterna.
Se agachó y se sentó en la manta junto a Miley, vuelto hacia ella, con el rostro envuelto en sombras.
—Gracias —dijo en tono solemne—. Gracias, Miley...
—No ha sido nada.
—¿Has traído tú éstas mantas aquí? —preguntó Nick.
—Bueno, se me ocurrió quedarme a dormir aquí con ellos, si te parece bien. Los mellizos pueden quedarse aquí hasta la mañana. De ese modo acabará siendo tan solo una aventura, en lugar de algo aterrador para ellos.
—Eres muy comprensiva —Nick dijo con asombro mientras se acercaba más a la mujer que estaba sobre la manta; entonces le acarició la mejilla donde tenía la tirita—. Tú sabes lo que están pasando,  Miley...
No podía soportar que la tocara.
—No, por favor, Nick... — Miley le agarró la mano y se la apartó de la cara—. No lo hagas, por favor.
—¿Que no te toque?
—No.
—¿Por qué no? —Nick le aprisionó los dedos con delicadeza—. ¿Por qué no, Miley?
—Tú sabes por qué...
—Si es porque estoy prometido a Delta, entonces debes saber que he venido a decirte que nuestro compromiso ha terminado oficialmente —sacudió la cabeza, como si quisiera librarse de un mal sueño—. Desde esta misma noche Delta y yo hemos terminado. En realidad, nunca empezamos nada. Al principio yo estuve demasiado ciego como para darme cuenta, y al final fui demasiado cobarde.
—¿Nick...?
Miley no fue capaz de decir nada más; tenía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar.
— Miley, hace años que conozco a Delta—le dijo Nick en tono bajo—. Conmigo siempre ha sido agradable, competente, cariñosa. Cuando los mellizos llegaron... bueno, reconozco que me entró mucho miedo. Nunca había conocido a ninguna mujer con la que quisiera casarme y estaba empezando a pensar que nunca la encontraría. Y Delta... Bueno, Delta estaba a mano y disponible. Pensé que quería estar con ella. Solo que no estaba buscando amor, sino más bien una persona para ocupar un puesto. No pensaba que fuera capaz de amar, hasta que empecé a querer a los mellizos con toda mi alma —añadió en voz baja—. Y después... Después empecé a quererte a ti.
Miley lo miró sobrecogida. De haberlo deseado no habría sido capaz de emitir ni una sola palabra. Solo con sus ojos le hacía preguntas.
—Miley, Delta y yo decidimos casarnos como si fuera un trato de negocios —Nick continuó en voz muy baja; pero los mellizos estaban tan dormidos que nada podría despertarlos—. No nos amábamos y lo sabíamos. Lo hablamos, y acordamos que podríamos hacer que nuestro matrimonio funcionara. Ella... Bueno, Delta no estaba a gusto viviendo con sus padres, pero no deseaba marcharse del distrito, y yo... bueno, ya conoces mis razones. Me pareció tan sensato.
Nick seguía agarrándole la mano, jugueteando con sus dedos, y entonces miró sus manos unidas.
—Y entonces —dijo Nick—. Entonces, contra todo pronóstico, me enamoré de la mujer menos adecuada. De una mocosa que me dijo desde el principio que no poseía las cualidades que yo buscaba en una esposa. Una persona mitad mujer, mitad niña que se acercó a mi casa y armó una revolución. Y que trajo tanta alegría a nuestras vidas que ese caos resultó algo maravilloso. Y entonces supe que había cometido la equivocación más grande de mi vida al pedirle a Delta que se casara conmigo.
—Pero... —empezó a decir Miley.
En su corazón una chispa de esperanza había prendido y empezaba a aumentar de tamaño.
—Lo sabía desde hacía semanas —reconoció Nick y entonces la miró a los ojos, le soltó la mano y le agarró la cara con las dos manos, obligándola a que lo mirara de frente—. Supe que estaba enamorado. Locamente enamorado. Pero... —negó con la cabeza—. Había ido ya demasiado lejos. Le había prometido a Delta que nos casaríamos, y pensé que Delta sería una buena madre para los mellizos. A pesar de que me desagradaba todo lo que hacía. Como mi maldita fiesta de cumpleaños, a la que invitó a todas las persona que le parecieron adecuadas y yo ni siquiera tenía allí a un amigo... Sin embargo, seguí creyendo que era la candidata adecuada; y no me veía en el derecho de privar a los mellizos de una madre razonable y responsable. Y encima, pensé que Delta era mi amiga. No podía ni herirla ni humillarla.