jueves, 20 de septiembre de 2012

Capitulo 10.-


Kevin siempre llevaba traje y corbata. Cuando él trabajaba en la empresa de su padre, también. No sería un marginado, ¿no? Una especie de gigoló que se estuviera aprovechando de una mujer indefensa... ¿Y si no tenía trabajo?
¿Cómo averiguarlo? Llamó a su hermano Kevin.
–¿Qué haces cuándo quieres investigar a alguien?
–¿Un competidor, quieres decir? –preguntó Kevin.
–Sí. Bueno, no – Nick se rascó la nuca–. Demonios… no lo sé. Lo que quiero es saber algo de un tío. Quiero saber quién es, a qué se dedica. Si es digno de confianza;
Hubo un silencio al otro lado- de la línea, pero Kevin no llegó a preguntarle por sus motivos.
–¿Cómo se llama?
–Daniel.
–¿Daniel qué más?
–No lo sé. Lo... lo averiguaré.
¿Y cómo demonios iba a hacerlo?
–¿Estás bien, Nick?
–Sí, claro. Solo le estoy haciendo un... favor a un amigo.
–Ya –no parecía convencido–. Dame su apellido y yo indagaré.
El problema era que Nick no tenía ni idea de cómo conseguirlo. No tenía mucho tiempo. De hecho, tenía que reincorporarse al trabajo dentro de dos días, y se sentiría mucho mejor si supiera en manos de quién estaba Miley.
Pensó en llamar a Sierra y preguntarle sin más quién era aquel tipo. Luego recordó el encuentro con sus botas y cambió de opinión. También podía llamar a Dani o a Sel, pero terminó rechazando igualmente la idea. Dani lo había mirado frunciendo el ceño el último día que lo había visto en el supermercado. Normalmente hablaba con desparpajo, y ni siquiera le había dirigido la palabra. Había visto a Sel en Zabar.
– Nick, ¿cómo has podido? –le había preguntado.
No necesitaba preguntarse más: todo el mundo lo sabía.
Solo había una persona a la que se atrevería a preguntar: a la propia Miley.
Sí, hablaría con ella. Le expresaría sus preocupaciones.
Esperó a que Daniel la trajera a casa una noche... más tarde de la media noche, pensó irritado, y una vez le oyó marcharse, subió a su casa.
Miley abrió casi inmediatamente.
–¿Qué has olvi...? Ah –su tono cambió y la sonrisa se desvaneció–. ¿Qué quieres?
–Quiero saber cómo se llama.

–¿Quién?
–Tu novio.
Miley abrió los ojos de par en par y las mejillas se le encendieron.
–¿Cómo dices? –preguntó colérica.
–Ya me has oído. ¿Cómo se llama? ¿Es de confianza? ¿Tiene trabajo? ¡Se pasa aquí el día y la noche!
No pretendía acusarla de nada. Solo quería hacerle unas cuantas preguntas y obtener respuestas.
–Vete a hacer puñetas, Nick–espetó, y fue a cerrar la puerta, pero él metió el pie para impedírselo.
–¡Espera un momento!
–¡No, espera tú! ¿Cómo tienes la desfachatez de presentarte aquí y hacerme preguntas sobre mi vida íntima?
–Como amigo tuyo...
–¿Amigo? –se burló.
Nick sintió que también a él le ardían las mejillas.
–Amigo, sí –repitió–. Solo porque...
–Estoy embarazada de ti, tú no quieres saber nada ni del bebé ni de mí, ¿y aún pretendes ser amigo mío?
–Quiero lo que es mejor para ti.
–Claro... –ironizó.
–No quiero que cualquiera se aproveche dé ti por...
–Lárgate de aquí, Nick. ¡Ahora mismo! –exclamó, y dio otro empujón a la puerta. Estaba enrojeciendo, e iba a hacerse daño de empujar así.
Nick quitó el pie y la puerta se cerró en sus narices.
–Bien –dijo con menos vehemencia de la que le hubiera gustado–. Adelante. Cásate con él.
Y bajó rápidamente las escaleras.
Las horas pasaron y Miley no dejó de recordar la escena. La diseccionó, la analizó parte a parte, pero cuando llegó el día, seguía sin comprender nada.
Aquello no tenía sentido.
–Puede que le importes –dijo Sierra, que había ido a verla–. Qué extraño.
A ella también le parecía muy extraño. Un mes antes habría tomado la interferencia de Nick por un signo de que le importaba, pero ahora ya no podía estar segura. Y tampoco sabía si debía albergar esperanzas o no.
–Yo conozco unos cuantos tíos muy majos –dijo Sierra–. La semana pasada conocí a uno cuando estaba trabajando en una sesión en Central Park. Está buenísimo –añadió sonriendo.
Miley intentó sonreír también.
–Me parece que no.
–¿Sigues estando loca por ese cerdo?
–Me temo que sí.
Era vergonzoso admitirlo, porque lo que quería era no sentir absolutamente nada por él.
Él tampoco lo sentía por ella... ¿no?

Fue un verdadero alivio marcharse.
En cuanto tomó el taxi para el aeropuerto, empezó a sentirse mejor. Respiraba con más facilidad. Unos cuantos kilómetros más y recuperaría el equilibrio. Cuando acabase la semana que iba a durar el cursillo que iba a impartir en Texas sobre incendios en pozos petrolíferos, volvería a ser él mismo.
Estaba convencido.
Cuando estaba extinguiendo un fuego, nada existía fuera de aquel momento. Nada importaba excepto el presente.
Jamás pensaba en otra cosa.
Nunca hasta aquel momento.
Al subir al avión, había visto a una embarazada y no podía dejar de pensar en Miley. En el aeropuerto vio varios ejemplares de la revista para la que trabajaba.
Parecía perseguirlo donde quiera que fuese. Se compró una revista deportiva, un periódico semanal, y una novela de intriga. Así tendría en qué mantenerse ocupado cuando no estuviera trabajando.
Pero no funcionó. El béisbol solo era una ligera distracción. El tenis nunca había sido uno de sus deportes favoritos. La novela de intriga no era muy interesante.
Alquiló un coche para ir a South Padre Island cuando terminó de trabajar, pero aquello le produjo la sensación de estar de vacaciones, y siempre habían significado para él pasar más tiempo con Miley.
¿Seguiría teniendo tantas náuseas por la mañana?
¿Seguiría estando Daniel todas las noches con ella?
Se alegró de que terminase aquella semana y poder pasar a otro seminario. Pero Santa Barbara no resultó ser más distraído que Houston.
¿Habría cerrado el agua del fregadero?
¡Pues claro que sí! ¿Cómo se iba a marchar dejándose el grifo abierto?
Siempre podía llamar a Miley y pedirle que bajase a echar un vistazo.

«Sí, claro. Puedo llamarla y decir: por cierto, creo que hace diez días que me he dejado el grifo abierto».
Pero si no la llamaba y se lo había dejado abierto de verdad, se pasaría el resto de la vida pagando la factura del agua.
«¡No seas pelma! ¡Seguro que lo has cerrado!», se dijo.
Pero la sensación no desapareció. No podía estar seguro a menos que llamase a Miley y bajase a comprobarlo.
Y así lo hizo.
Ella se sorprendió de oír su voz.
–¿Nick? ¿Por qué llamas? ¿Ocurre algo?
–Nada –contestó él; la verdad es que se sentía un poco ridículo–. Es que... tengo un problema con el grifo del fregadero. El fontanero tenía que ir a arreglarlo, y me preguntaba si te importaría bajar y ver si todo está bien... es decir, si no está cayendo agua.
–Yo no he visto a ningún fontanero.
–¿Es que te pasas todo el tiempo mirando la puerta de mi casa?
–¡Claro que no! Es que... está bien. Bajaré.
–Tómate tu tiempo. Te llamaré dentro de un rato.
Le dio diez minutos, tiempo suficiente para que hubiera podido bajar a su casa y volver a subir. Y cuando volvió a hablar con ella, pudo averiguar como de pasada qué tal se encontraba.
–Yo creo que no ha estado el fontanero –dijo–. No he visto nada nuevo.
–Gracias. ¿Qué tal… qué tal estás?
–¿Yo? –parecía sorprendida de que preguntara–. Bien.
–¿Sigues teniendo náuseas?
–No.
–Entonces te encuentras mejor, ¿no?
–Mucho mejor.
Silencio.
–Bueno, pues me alegro. Gracias otra vez. Hasta pronto.
Y colgó…
¡Pero qué ******* era! ¿Para qué demonios se había molestado en llamar? Para nada. Absolutamente para nada.
Pero, curiosamente, durmió mejor aquella noche.
Con cuatro meses de embarazo, Miley ya no podía llevar vaqueros ni pantalones cortos. Se puso las manos sobre el vientre. Creía recordar que Sel no estaba tan gorda a los cuatro meses.
Y cuando cenó con Sel y Justin el viernes siguiente, Selena se lo confirmó. La pobre estaba tremenda, ya que tenía que dar a luz en cualquier momento, y no parecía capaz de encontrar la postura en la silla.
–Yo no necesité ropa de premamá hasta casi los cinco meses –dijo, y mirándose la tripa, suspiró–. Parece difícil de creer que alguna vez estuve tan delgada como tú –miró el vientre de Miley con envidia–. Bueno, ya no va a durar mucho –dijo, acariciándose–. ¿Estás preparado, hijo?
–Todavía no –contestó Justin–, que aún no hemos cenado.
–Se supone que no debo comer si estoy de parto.
Él la miró asustado.
–¿Es que lo estás?
–No –sonrió Selena, apretando su mano–. Te lo diré con tiempo suficiente.
Justin suspiró y miró a Miley.
–Sabe que cuando llegue el momento, me va a dar un ataque de pánico, y le parece divertido.
Miley sonrió. Era divertido, en efecto, y conmovedor. Verlos juntos era siempre divertido y conmovedor.
Ver a Justin y a Sel, o a Kev e Dani juntos era siempre conmovedor. Ambas parejas estaban tan enamoradas, tan unidas... Kev y Justin eran hombres de personalidad fuerte y temperamental. Sus mujeres eran muy distintas: Dani un poco alocada y Sel dulce y práctica. Pero ambos matrimonios funcionaban.
Porque se querían.
Miley les envidiaba ese amor, que fuese recíproco. Sonrió con tristeza.
Volvió a casa pensando en Nick. No debería. No le hacía ningún bien. No había vuelto a llamar; es más, ni siquiera sabía por que había llamado la primera vez. ¡Y todas esas tonterías del fontanero! ¿Habría llamado para ver cómo estaba? Y de ser así, ¿qué podía significar?
El teléfono la despertó.
Se incorporó, asustada. Era muy temprano.
–¿Qué pasa? –preguntó. En el reloj de la mesilla vio que eran las seis menos cuarto de la mañana.
–iEs un niño! –anunció Justin.
Miley sintió como si se quedara sin aire en los pulmones y se recostó contra el cabecero de la cama.
–¿Me has oído? – insistió Justin–. Tres kilos doscientos gramos. Pelo rubio... bueno, los tres pelos que tiene son rubios. Y tiene los ojos de duce. ¡Te lo juro,  Miley, que tiene los ojos violeta!
Miley se rio.
–Las chicas se van a volver locas por él.
Justin se rio también y ella tuvo la impresión de que había estado llorando.
–Todo a su tiempo – contestó–. Primero tiene que crecer un poco.
–No demasiado. Luego iré a veros. Quiero ser de las primeras en volverme loca por él. ¿Cómo está Sel?
–Bien – suspiró–. Se ha portado como una valiente. Dios, casi me desmayo, y ella ni ha pestañeado.
Miley siguió escuchando al marido enamorado y al orgulloso padre.
–Están guapísimos –concluyó–. Los dos.
–Lo sé – Miley estaba convencida de ello–. Luego iré al hospital –y acomodándose de nuevo en la cama, añadió–: enhorabuena, Justin.
Colgó el auricular y se colocó una almohada sobre la tripa. Le gustaba sentir su calor. Otras mujeres tenían la espalda de sus maridos a la que acercarse, pero ella solo una almohada.
Tragó saliva y parpadeó para ver a través de la humedad repentina de sus ojos. Era solo felicidad por  Justin,  Sel y el recién nacido.
No tenía nada que ver con su propia vida. Podía conseguirlo con una almohada. Otras mujeres lo hacían.
Otras madres solteras seguían adelante con su vida. Ella también lo haría.
–Ya verás como todo va bien –le dijo al bebé–. Tú y yo formaremos un buen equipo. Y todo saldrá bien, ¿me oyes?
Y se acarició la tripa por debajo de la almohada... ¡y obtuvo respuesta!
Su primera reacción fue apartar la mano, pero luego volvió a ponérsela. Y volvió a sentirlo. ¡Era movimiento!
–Dios mío... –musitó, e incorporándose, apartó la ropa de la cama y se miró el vientre. Apoyó las dos manos en el vientre y esperó, completamente inmóvil.
¡Y volvió a sentirlo! Y se sintió mejor. Más feliz. Más fuerte. Ya no estaba sola contra el mundo.
Aunque nada había cambiado, todo era diferente.
–¡Ay, Nick! No sabes lo que te estás perdiendo.
Fue al hospital aquella tarde. Estaba deseando llegar y conocer a Brendan Justin Walker.
Lo encontró dormido en la cunita junto a Sel, un dedo en la boca y el ******* en pompa. Bajo la orgullosa mirada de los padres, Miley se acercó a contemplarlo.
–Es precioso –dijo–. Precioso.
–Justin ya le ha hecho un carrete de fotos – se rio Selena.
–¿Para qué tener una cámara entonces, si no la usas? –protestó Justin, y tras guiñarle un ojo a Miley, miró a su esposa con una expresión tal de amor y ternura que Miley volvió a sentir una tremenda envidia de una relación como la suya.
Pensó en Nick. Él quizás había sentido aquello mismo por una mujer, y no pudo evitar desear que lo sintiera por ella. Tragó saliva. No era el momento de dejarse llevar por ilusiones inalcanzables, sino de alegrarse por la alegría de sus amigos.
Justo entonces Brendan abrió los ojos, parpadeó y bostezó.
–Dios mío –exclamó–. Vas a tener que quitarle las chicas de encima.
–Increíble, ¿verdad? –comentó Selena y Brendan empezó a moverse en la cuna, al parecer en busca de su siguiente comida–. ¿Quieres traérmelo a la cama?
–¿Yo?
Miley parecía sorprendida.
–¿Te importa? Así puedes empezar a practicar.
–Ah. Ya –con cierto nerviosismo, Miley tomó al pequeño Brendan en brazos. Era tan... diminuto. Tan frágil. Tan indefenso que experimentó un momento de pánico. ¿Cómo iba a arreglárselas con alguien como él dependiendo de ella?
Rozó su mano e inmediatamente Brendan se aferró a su dedo. Tenía una fuerza sorprendente y mirándola con sus ojillos aún desenfocados, protestó un poco.
–Un momento, guapetón –le dijo, y lo llevó a los brazos de su madre.
Brendan encontró el pecho inmediatamente y comenzó a succionar.
Miley mientras intentaba comprender el sentimiento, sintió un revoloteo en el vientre. Su murmullo de sorpresa hizo que Justin y Sel se volvieran a mirarla.
–¿Te da patadas? –preguntó Selena.
–No son patadas de verdad. Supongo que aún tiene sitio para moverse a sus anchas.
–Debe estar nadando –comentó Justin con una sonrisa–. La primera vez que sentí a Brendan moverse, no me lo podía creer. Fue la primera prueba que tuve de que era real.
–Claro. Tú no tenías náuseas, ni se te quedaba la ropa pequeña.
Los dos se sonrieron. Miley estuvo con ellos aún unos minutos más y luego dijo que tenía que marcharse.
–Tengo cita con el médico. Me hará una ecografía.
–Entonces, vas a ver al nadador –dijo Justin.
No lo había pensado, pero la idea le hizo sonreír. Se marchó un poco después y los dejó aún sonriendo...
A Nick nunca antes le había hecho feliz apagar un incendio, pero en aquella ocasión, la distracción fue como un regalo del cielo. No le importó que le hiciesen salir de la cama en mitad de la noche para enviarle a Alaska.
Se concentró en lo que había que hacer en cuanto llegase.
Pero no podía estar peleando contra el fuego día y noche, y tampoco podía controlar sus sueños.
Y era entonces cuando Miley se le aparecía.
Se sentía irritable y nervioso. Agresivo e impaciente. Estaba molesto consigo mismo por no ser capaz de olvidarla.
¡Quería olvidarla! ¡Necesitaba olvidarla!
Pero era incapaz. «Es porque está sola», se dijo.
Una llamada más no podía hacer ningún daño.
Miré el reloj. Eran las cuatro de la tarde en Nueva York. Un buen momento para localizarla… ya se habrían pasado las náuseas que aún estuviera padeciendo, y seguramente fuese demasiado pronto para que ya hubiera llegado Daniel.
Marcó el número antes de que pudiera cambiar de opinión.
Entonces descolgaron el teléfono.
–¿Diga?
Tenía la respiración alterada, como si hubiese corrido.
–Soy Nick–dijo–. ¿Acabas de llegar?
–Yo... sí, sí.
–¿Miley? ¿Estás bien?
–Sí. Estoy bien.
Genial. Otra conversación como la anterior. Pero entonces ella dijo de pronto.
–Los siento moverse, Nick –dijo, y había excitación en su voz–. He ido hoy al médico y los he visto en la ecografía.
Había aun más excitación en su voz. Y también sorpresa. Y Nick, repitiendo sus palabras en la cabeza, empezó a sentir miedo.
–¿Qué los has visto?
Ella se rió, pero pareció más bien una risa histérica.
–¡Sí! ¡Son gemelos!

jueves, 13 de septiembre de 2012

Capitulo 9.-


–Ah, eres tú.
Eran las ocho y media de la mañana y Miley tenía un aspecto horrible con aquella enorme camiseta, el pelo revuelto y las ojeras marcadas.
–Una noche dura, ¿eh? –ironizó Nick, cada vez más molesto. No sabía a qué hora había vuelto, pero él se había ido a dormir más tarde de las dos y la luz de su casa seguía encendida.
Estaba pálida, casi cenicienta, y no parecía contenta de verlo.
Pues él tampoco estaba contento de verla a ella con aquel aspecto.
–Estás horrible –espetó.
–Muchas gracias.
–Es la verdad. Y no estarías así si descansases más. No deberías estar de fiesta todos los días hasta las tantas.
Miley abrió la boca para contestar, pero no lo hizo.
–No puede ser bueno dormir tan poco –continuó él–. Las mujeres como tú necesitan descansar más.
–¿Las mujeres como yo?
–Embarazadas –aclaró entre dientes–. Tienes que descansar más, Miley. Por lo menos tendrías que dormir ocho horas. Y tampoco deberías beber y...
–¡Yo no bebo!
–Debes comer bien. Ten –le ofreció el paquete de pescado fresco–. Kevin y yo hemos estado de pesca esta semana, y hemos tenido mucha suerte. Háztelo para cenar. Es platija. Muchas proteínas y ácidos grasos.
Ella abrió los ojos de par en par y se quedó blanca como la pared. No dijo nada. Podría haberle dado las gracias, por lo menos, pensó él. Y también podía aceptar el pescado en lugar de mirarlo horrorizada.
Entonces la vio taparse la boca con la mano y salir corriendo.
–Pero ¿qué demonios...? –Nick, con el paquete en la mano, fue tras ella, y la puerta del baño se cerró en sus narices–. ¿Qué estás...? Oh.
Y mientras escuchaba las arcadas al otro lado de la puerta, le llegó el olor del pescado que tenía en la mano. De pronto la palidez de Miley y su aspecto enfermizo cobró otro significado.
–Maldita sea –murmuró–. Enseguida vuelvo.
No sabía si le habría oído o no, pero bajó corriendo las escaleras, metió el pescado en su frigorífico, se lavó las manos para quitarse el olor y subió a toda prisa.
La puerta del baño seguía cerrada.
–¿Miley?
No contestó. Nick caminó de un lado a otro como un león enjaulado. ¿Cómo iba a saber él que tenía náuseas por las mañanas?
El silencio al otro lado de la puerta era sepulcral.
–¿Miley? –llamó con los nudillos a la puerta–. ¿Estás bien?
Por fin Miley abrió la puerta.
Seguía pareciendo una muerta, pero decidió no volver a decírselo. Su primer impulso fue ofrecerle la mano para que se sujetara, pero no lo hizo.
–¿Cómo estás? –preguntó, guardándosela en el bolsillo–. ¿Estás mejor?
–Sí, mejor –contestó con sequedad–. Genial. ¿No se nota?
Lo miró con disgusto y fue descalza a su dormitorio.
Nick la siguió.
–No lo sabía. Que te ponías así de mal. No pensarás que te he traído el pescado adrede.
Ella se dejó caer en la cama y se cubrió los ojos con el antebrazo como si él no estuviese allí.
Nick no sabía qué hacer. Se sentía inútil.
–¿Puedo... puedo hacer algo?
–¿Algo más?
–Vamos, Miley, ya te he dicho que no ha sido aposta. ¿Qué puedo hacer por ti?
–Creo que ya has hecho suficiente, Nick.
Seguía con el brazo sobre los ojos.
No podía verle la cara, y necesitaba vérsela. Le asustaba verla así.
Se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Miley se dio la vuelta, pero él tiró despacio de su mano para apartar el brazo, y aunque ella se resistió, no la soltó.
Parecía haber recuperado algo de color, aunque seguramente fuese de rabia y no de que se encontrase mejor. Se miraron. Parecía cansada.
–¿Quieres que te traiga un vaso se agua?
–No.
–¿Una manzanilla? Deberías beber algo.
No sabía por qué, pero le parecía lo más lógico.
Ella suspiró.
–Hay tónica en la nevera.
–Te la traeré.
–No necesito que me hagas favores.
Pero él no le hizo caso, salió del dormitorio, llenó el vaso y se lo llevó.
Miley se recostó contra el cabecero de la cama y se lo llevó a los labios.
–Deja de mirarme –murmuré al verlo plantado delante.
Pero no podía. Era la primera vez que la veía de cerca desde hacía siglos. Era la primera vez que la miraba de verdad desde hacía mucho tiempo. Parecía frágil, lo cual era sorprendente. Miley nunca le había parecido frágil.
–He dicho que dejes de mirarme –le dijo.
–Perdona – aquella vez, sí apartó la mirada y se volvió a caminar por la habitación. Pero no había nada que le interesara. Solo ella. Así que se dio la vuelta otra vez–. ¿Mejor?
–Sí, gracias –masculló–. No tienes por qué quedarte.
–¿Te pasa esto todos los días?
–Solo cuando me plantan delante de la nariz un montón de pescado. O estofado de carne y ensalada de repollo. Sierra me lo trajo el otro día para comer –explicó–. Al final, la comida quedó en galletas con mantequilla de cacahuete.
–¿Quieres que te traiga unas cuantas galletas?
–No tengo hambre.
–Tienes que comer – además de frágil, parecía más delgada–. Deberías estar ganando peso, y no perdiéndolo.
–No estoy perdiendo. Ya no.
–¿Es que lo has perdido?
–Al principio. Algunas mujeres pierden peso al principio si tienen náuseas.
–¿Tú has tenido muchas?
No parecía capaz de dejar de hacer preguntas.
–Según los días. El médico me dijo que podía tomar algo, pero no me gustó lo de medicarme si no es absolutamente necesario. Y además, puedo soportarlo. Estoy mejor. Sobre todo si empiezo el día un poco más tarde y con más calma.
–Antes te levantabas temprano – sintió una punzada de culpabilidad–. Pensé que te gustaría un poco de pescado –murmuró. No dijo nada de su decisión de subir allí a hacerle lamentar la juerguecita de la noche anterior.
¿Dónde demonios habría estado?
Estuvo a punto de formular la pregunta, pero no era asunto suyo dónde hubiera estado y, además, no le importaba.
–No tienes que quedarte, Nick–dijo ella, dejando el vaso sobre la mesilla–. No me va a pasar nada. No son más que náuseas.
–Ya lo sé –contestó. Sarah también las había padecido, y él le llevaba galletas y soda. La había mimado. Había estado a su lado.
El teléfono sonó y Miley contestó.
–¡Hola, Daniel! Acabo de levantarme –bostezó–. Lo sé. Yo también lo pasé muy bien. ¿Esta tarde? –hizo una pausa para echarle un vistazo a la agenda que tenía junto a la cama–. Sí, genial. Luego nos vemos. Hasta luego.
Nick percibió una sonrisa en su voz al despedirse de aquel Daniel. Recordaba bien aquella sonrisa. Muchas veces la había utilizado con él.
–¿Uno de tus hombres? –preguntó con ironía.
–¿Qué? Ah, sí. Podría decirse así.
Miley sonrió entonces, pero la sonrisa parecía ser aún para Daniel.
–¿Crees que estarás bien para salir esta tarde? –no pudo evitar preguntar.
Miley asintió despacio.
–Creo que sí –y luego añadió–: seguro que sí.
Él frunció el ceño.
–Tú veras. Puede que cuando él llegue esta tarde, te encuentres lo bastante bien para bajar a recoger el pescado.
Seguramente cerró la puerta con más fuerza de lo debido al salir.
Daniel se echaría a reír cuando se lo dijera.
Daniel Maguire era el chico por el que estaban locas todas las mujeres del edificio.
Daniel era compañero suyo y nunca había querido salir con él porque pasaba por las mujeres del mismo modo que Sierra pasaba por los distintos colores de pelo. Daniel era el hombre con el que había estado hasta las tres de la mañana intentando componer una historia. Daniel era el último hombre del mundo que querría salir con una mujer embarazada.
Y esa era la razón de que Miley se sorprendiera tanto aquella tarde cuando, después de decirle que lo había utilizado como escudo de defensa, él le contestó:
–¿Y por qué no? ¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Por qué no salimos?

No podía imaginarse por qué la invitaba a salir, y se lo preguntó.
–Es que nunca he salido antes con una mujer embarazada –contestó con una sonrisa.
–Así que soy una novedad.
–Y un escudo de defensa también. Todas las demás mujeres con las que salgo en esta ciudad tiene el matrimonio metido en la cabeza. Tú no... al menos conmigo –ladeó la cabeza–. ¿Qué te parece?
A Miley siempre le había gustado Daniel... eso si, a distancia. Disfrutaba trabajando con él, y creía que salir a cenar con él sería preferible a hacerlo con cualquiera de los hombres de la lista de su hermana.
–¿Por qué no? –le contestó.
Luego se arrepintió, y cuando estaba a punto de cambiar de opinión, miró por la ventana y vio a Nick con una rubia explosiva en el jardín.
–Allá voy – se dijo.
La verdad es que lo pasaron bastante bien. Daniel la llevó a un restaurante pequeño y muy acogedor del East Side y charlaron sobre deportes y libros.
A pesar de ser un hombre increíblemente guapo y encantador, Daniel era una estupenda compañía y  Miley disfrutó mucho con él, así que cuando al llevarla de vuelta a casa le preguntó si quería repetir, ella accedió de inmediato.
–¿Qué tal mañana?
También accedió. Al fin y al cabo, ¿qué tenía que hacer en casa?
–Lo he pasado estupendamente –le dijo ya en su puerta, y rozó su mejilla. Miley se preguntó brevemente si iba a besarla y qué haría ella si así fuera. Pero él sonrió y le guiñó un ojo–. Buenas noches, Miley.
–Buenas noches, Dan.
A la noche siguiente fueron a cenar y después a un club de jazz. Dos noches después, fueron a ver una película en Tribeca. A la semana siguiente, un paseo en el parque y un baile en el pabellón del Lincoln Center
Todas las mujeres solteras de la oficina estaban atónitas. Daniel, quien nunca salía más de una o dos veces con la misma mujer, estaba pegado como una lapa a Miley.
–¿Qué tienes tú que nosotras no tengamos? –le preguntaban.
«Un bebé», estaba a punto de contestar.
Pero seguramente no sería una respuesta que quisieran oír. Y ella ya había entendido por qué Daniel era tan reacio al matrimonio.
–Tengo una novia –le confesó Daniel la primera noche–, en Cincinnati. O eso creo, si es que recupera la cordura. Por ahora no está preparada para sentar la cabeza. Quiere que nos veamos con otras personas –hizo una mueca triste–. Así que eso es lo que hago. Pero cuando salgo con otras mujeres, todas quieren ir en serio, así que solo salgo con cada una un par de veces como mucho. La verdad es que me siento muy incómodo haciendo eso. Para mí, eres como un regalo divino.
«Esa soy yo», pensó Miley. «Santa patrona de los solteros de Nueva York».
Pero el bueno de Daniel también cumplía a la perfección con su papel.
Nick suponía que debería sentirse aliviado. Era lo que quería, ¿no? Que Miley encontrase un hombre que la apoyara, que estuviese a su lado. Un hombre que le llevase las galletas y la soda, que le diera masajes en la espalda y fuese a las clases de preparación al parto con ella. Un hombre que asistiese un día a las reuniones de la asociación de padres, que enseñase al crío a conducir y que se preocupara cuando ella no volviese a su hora a casa.
¡Por supuesto que era eso lo que quería!
Pero también quería saber si ese tipo estaba a la altura de las circunstancias.
Al menos tenía que concederle que tenía buena facha. Moreno, delgado, musculoso, alto.
Debía tener poco más o menos su misma edad. Vestía siempre con ropa informal. Solía llevar pantalones cortos y una camiseta, o pantalones de loneta y camisa blanca o azul remangada y sin corbata.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Capitulo 8.-

–Porque... no.
–Yo creía que él y tú...
No terminó la frase y miró a su hermana con la cabeza ladeada y el ceño fruncido.
Miley intentó no darle importancia y se encogió de hombros.
–Simplemente no me apetece ir con él.
Sierra se encogió de hombros.
–Vale. Nick, no. Pues quédate con la entrada y lleva a quien quieras –dijo, sacando la entrada del bolso.
–No conozco a nadie que...
–Pues ve sola. Pero ve.
–Yo...
Miró a  Miley como había hecho desde que eran niñas en Emporia.
–Atrévete.
Después de aquello, no le quedaba otra opción.
Nick estaba regando el jardín cuando Sierra salió.
Siempre le había gustado la hermana de Miley, aunque se alegraba de que no se parecieran ni en la forma de vestir, ni en el gusto en calzado ni en los colores del pelo.
Dejó de regar y la miró con una sonrisa.
–Hola, Sierra. ¿Qué tal?
–Cerdo –contestó, y sintió que una de aquellas odiosas botas de militar se le clavaba en la espinilla.

El problema de vivir en el piso de abajo era que uno siempre podía ver lo que estaba pasando. Podía estar sentado viendo las noticias después del partido de los Yankees y ver al mismo tiempo la gente que entraba y salía de los apartamentos de arriba.
Oyó una risa femenina y supo inmediatamente quien era. Miley parecía siempre tan feliz, tan optimista cuando reía. Luego, oyó otra voz femenina y reconoció a Sierra. No supo a quién pertenecía la voz masculina de la tercera persona, que parecía estar esperando a que Miley encontrase la llave. Debía ser el novio de Sierra.
Era reconfortante saber que Sierra se llevaba a su hermana aunque saliese con su novio.
Era reconfortante saber que Sierra tenía una cualidad redentora, pensó, frotándose la espinilla, aún dolorida del encuentro con su bota de aquella misma tarde. Se estaba preguntando si lo sabría.
Oyó decir a Sierra algo de una carrera, al hombre algo del pitcher y a Miley increíble. Fantástico.
Así que habían ido a un partido, y no le habían invitado a acompañarlos. No es que esperase que lo hicieran. O que quisiera que lo hicieran. ¡Pero es que era la clase de cosa que hacían siempre juntos!
Había sido él quien la había llevado a su primer partido de béisbol tres años atrás. ¡Había sido él quien la había presentado a los Yankees! Y ahora, iba sin él.
«Deberías sentirte aliviado», se recordó. Quizás así podría conocer a alguien. Incluso puede que llegase a conocer a uno de los Yankees. Quizás algún lanzador que la llevase en volandas al altar y que se convirtiera en el padre de su hijo.
Aquella posibilidad no le hizo tan feliz como esperaba.
Miley se alegró de que Sierra la hubiese obligado a ir al partido. Así había tenido que pensar en otra cosa, aparte de en sí misma.
Había tenido que concentrarse también en su trabajo durante los últimos tres meses, pero no había tenido demasiada vida social desde que descubrió que estaba embarazada. Siempre había estado esperando que apareciera Nick.
–No merecía la pena esperar –había dicho Sierra de pronto en el partido; y luego había añadido–: si quieres, le doy de tu parte una patada en el trasero.
Miley se había echado a reír.
–Ya le he dado una en la espinilla –añadió. Miley se quedó callada un instante y después volvió a reír.
–¿No hablarás en serio?
–Por supuesto que sí –había contestado su hermana, indignada–. No sé cómo ha podido parecerme un tipo majo.
–Hace lo que puede –dijo Miley.
Sierra sonrió de medio lado.
–¿Cómo puedes decir eso cuando no quiere saber nada ni de ti ni del bebé?
–Ha dicho que se ocupará económicamente.
–Claro. Como si los tribunales no fuesen a obligarle de todos modos. Es un cerdo –concluyó–. Te mereces algo mejor.
–Él opina lo mismo.
Sierra se había vuelto a mirarla.
–¿Nick te ha dicho que te busques a otro?
Miley asintió.
–Para que me apoye en el plano personal. Dice que después de ver a Justin y Sel y a Kev y Dani, cree que es eso lo que necesito.
Sierra había guardado silencio un momento y después movió despacio la cabeza.
–No estoy segura de que darle una patada vaya a ser suficiente.
Sierra nunca hacía las cosas a medias.
–He llegado a la conclusión de que Nick tiene razón –informó a Miley al día siguiente por la tarde, tras entrar en su casa con un papel en la mano–, así que te he preparado una lista.
–¿Qué? ¿De qué estás hablando?
–De que hay que encontrarte un hombre.
–¡Yo no quiero un hombre!
–Tonterías. Todos los que he puesto en esta lista, son tíos encantadores. Y están deseosos... muy deseosos de conocerte.
–¿Se puede saber qué te traes entre manos? Sierra compuso su mueca más inocente.
–¿Quién, yo? Nada. Solo quiero ayudar.
–Me parece a mí que no –le quitó la lista de la mano y la leyó–. ¿Quiénes son estos hombres?
Se esperaba, poco más o menos, una lista de sus anteriores novios, pero no reconoció ni uno solo de los nombres.
–Tipos que conozco –contestó, quitándole el papel de la mano–. Damien va a venir esta noche, e iremos a cenar con él. Mañana puedes comer con Kent. El sábado, Brandon te llevará a un concierto al Carnegie Hall...
–¡Un momento! ¿Se puede saber qué estás haciendo?
–Pues lo que quiere Nick –contestó–. Vamos, Miley, que te lo vas a pasar bien.
–Yo no quiero...
–Tú quieres a Nick –adivinó–, pero no vas a tenerlo, así que tienes que olvidarte de él y seguir adelante.
–No sé...
–Tienes que seguir adelante, Miley– Sierra la miraba con firmeza–. Confía en mí.

Las dos se miraron durante unos segundos. Años de batallas fraternas, de amistad, de apoyo, de devoción, estaban en esa mirada. Al final Miley asintió.
–Damien esta noche –concertó Sierra–. A las siete.

Le había dicho que saliese, pero no que lo hiciera todas las noches.
Después del partido de los Yankees, se había imaginado que se quedaría en casa. Conocía a Miley, y sabía que no era una mariposa de las que va de flor en flor. Tenía amigos, sí, pero no se pasaba la vida de fiesta en fiesta.
Al menos, hasta entonces.
Ahora era la abeja más ocupada de la colmena.
Cada vez que se daba la vuelta, la veía salir del brazo de un hombre distinto. Al principio, se había imaginado que serían novios de Sierra, pero ella seguía presentándose con el mismo chico de pelo largo que venía acompañándola últimamente. Los otros iban con Miley.
Le había sugerido que se buscase un hombre, pero no se le había ocurrido pensar que pusiera un anuncio en el periódico. ¿Qué demonios sabía de todos aquellos tíos? ¡Podían ser asesinos, o violadores!
Además, tampoco tenía que parecer tan complacida cada vez que la veía con alguno de ellos. No todos podían ser tan encantadores.
Y volvía a casa muy tarde. ¡A las diez y media! ¡Incluso a las once! ¿Es que una mujer en su estado no tenía que dormir?
Desde luego él no pegaba el ojo, sobre todo si tenía que esperar levantado dando vueltas por la casa a que ella llegase.
Tenía que alejarse. Necesitaba tomarse un respiro.
De modo que cuando su hermano Nathan le llamó para preguntarle si le gustaría pasar con él una semana en Vancouver, se agarró a la oferte con uñas y dientes.
Nathan viajaba por todo el mundo haciendo fotos para artículos de prensa y, recientemente, para sus propios libros.
Como él, Nathan le había dado la espalda al negocio familiar hacía ya tiempo, aunque por razones menos obvias. Nadie en la familia sabía por qué estaba allí y un buen día, dejó de estarlo.
Nathan interpretaba lo de la familia de un modo muy particular, lo cual era perfecto para Nick. A él tampoco le gustaba compartir los detalles íntimos de su vida.
Se reunió con él en Vancouver y pasaron la semana recorriendo la costa de la Isla de Vancouver y unas cuantas islas pequeñas más.
La semana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Nathan tenía que volver a París, que era donde vivía si no tenía que estar haciendo fotos en el otro extremo del globo.
Y Nick volvió a Nueva York.
Pero volver a casa no le proporcionó la satisfacción que en otras ocasiones. Claro que no volvía a casa tras semanas de luchar contra el fuego, sino después de haber estado de vacaciones.
Vacaciones, ¿de qué? ¿De la horda de tíos que perseguían a Miley? No, gracias. Así que, desde el mismo aeropuerto, llamó su hermano Kevin.
–¿No querrás volver a ir de pesca? Kevin dirigía el negocio de la familia con interferencias de su padre. Estaba agobiado de trabajo, intentando demostrarle a su padre que era perfectamente capaz de llevarlas cosas incluso mejor que él. Era cierto, pero su padre no parecía capaz de darse cuenta.
Nick intentó averiguar por qué se desanimó al responder su hermano: –¿De pesca? Claro, ¿por qué no? ¿Ahora?
–Si quieres...
–Te recogeré mañana a las siete de la mañana. Podemos volver a Montauk.
Así le resultó más fácil volver a casa; sabiendo que iba a marcharse por la mañana. Se pasó la tarde haciendo la colada y evitó sentarse en el salón para no ver la entrada. No quería ver a Miley entrando o saliendo con el macizo de la semana.
Estaba levantado y totalmente despierta cuando llegó Kevin.
–Pescaremos una tonelada –dijo sonriendo al subir al coche.
–Me sorprende que hayas podido escaparte con tanta facilidad.
Su hermano se encogió de hombros sin apartar la vista de la carretera.
–Necesitaba hacerlo. Papá viene muy a menudo últimamente.
–Creía que ya te había dejado el día a día del negocio.
–No es solo por el negocio.
Nick enarcó las cejas. ¿Desde cuándo su padre no estaba obsesionado con el negocio?
Pero Kevin no explicó nada más hasta que estuvieron junto al agua.
–Ha encontrado a otra mujer.
–¿Papá?
No podía creerlo. Su padre, Douglas Jonas, llevaba viudo veinte años y jamás le había conocido otra mujer desde que su esposa murió cuando Nick tenía ocho años.
–¿Qué quieres decir con que tiene otra mujer? ¿Es que quiere casarse?
Kevin lo miró con dureza.
–¡Claro que no! ¡Lo que quiere es que me case yo!– se pasó una mano por el pelo–. Últimamente no me deja en paz. No hace más que traerme mujeres a diestro y siniestro. Quiere que vuelva a casarme.
No es que Kevin hubiese estado casado antes. A punto, sí. Había estado comprometido, y le habían dejado plantado el día de la boda.
Doce años antes, Kevin iba a casarse con Carin Campbell, la hija de uno de los socios de su padre.
Todo el mundo había sido invitado a la boda que iba a celebrarse en la casa que la familia tenía en las Bahamas.
Nick iba a ser el padrino, y Nathan había tenido que irse a la Antártida a última hora para realizar un reportaje sobre pingüinos o algo así.
Los dos, Kevin y él, estaban de pie en la terraza, que era donde iba a celebrarse la boda, esperando... y esperando a que Carin apareciera.
Nunca llegó.
Más tarde supieron que había abandonado la isla por la mañana. Nadie sabía adónde. Y nadie lo había sabido desde entonces. Ni siquiera su padre.
Nadie pronunciaba el nombre de Carin estando presente Kevin, ni se hablaba de matrimonio estando él.
Se había perdido la boda de Nick con Sarah al año siguiente. Estaba en Hong Kong en viaje de negocios. Deliberadamente.
–Está intentando hacerme tragar a otra chica –dijo su hermano–. Se está poniendo nervioso ya.
–¿Por qué?
–El mes que viene cumple setenta años, y según él, tiene ya un pie en la tumba. Quiere nietos – suspiró.
Nick miró hacia otro lado.
El viejo se volvería loco si se enterara de lo de Miley. Él mismo lo arrastraría al altar.
–El mundo no lo dirige un solo hombre, viejo e irritante –masculló Kevin.
–No.
Los dos dejaron vagar la mirada. Contemplar el pasado era enfrentarse al dolor del fracaso, de las esperanzas malogradas, de los sueños rotos.
Estuvieron pescando cinco días. Salían cada mañana en un barco a recorrer la línea de la costa y cuando volvían por la tarde, caminaban kilómetros por la playa.
No volvieron a hablar sobre mujeres ni sobre su padre. Hablaron del tiempo y de los peces. Discutieron sobre la mejor clase de cebo y el béisbol. Pescaron una tonelada.
Fue maravilloso. Igual que lo había sido estar con Nathan.
Nick disfrutó enormemente. Se sentía sereno. Ni siquiera se inquietó cuando, de vuelta ya, Kevin sugirió que compartieran parte del pescado con su vecina.
–¿Cómo se llamaba? –preguntó Kevin.
– Miley.
–Eso, Miley. Le gustará.
Quizás. Podía pasarse por su casa y ofrecerle parte de las capturas. Como un amigo. Sin darle importancia.
Se imaginó a sí mismo llamando a la puerta aquella tarde. Le entregaría un gran paquete de pescado con sus mejores deseos.
Pero cuando subió, no encontró a nadie.
Frunció el ceño y dio media vuelta con el paquete en las manos.
La señora Álvarez subía en aquel momento.
–Ya estás de vuelta.
–Sí. Quería darle a Miley un poco de pescado.
–Está fuera. Ha salido con Daniel.
¿Y quién demonios era Daniel?
–Podrás dárselo mañana. Hoy llegará tarde.
–¿Muy tarde?
La señora Álvarez se encogió de hombros con una sonrisa.
–No lo sé, pero cuando uno se lo está pasando bien, siempre llega tarde.
Nick se quedó allí plantado mientras ella subía el siguiente tramo de escaleras. Miró su reloj. Eran casi las diez. Y eso era ya bastante tarde.
Volvió a bajar y metió el pescado en el frigorífico.
Luego, buscó su agenda y hojeó las páginas. Se sentía irritable y necesitaba hacer algo.
Conocía a muchas mujeres y alguna estaría dispuesta a hacer algo en aquel momento.
¿Canie? ¿Annie? ¿Shauna? ¿Teresa?
Teresa, decidió, y marcó su número para ver si quería ir al cine. En los viejos tiempos, se lo habría propuesto a Miley.
–Pero los viejos tiempos ya no existen –se recordé mientras marcaba.
Teresa accedió. Es más, parecía encantada. Encantada de ir al cine con él y deseosa, parecía ser, de pasar la noche con él después.
–Puedes quedarte un rato si quieres –le sugirió, deslizando una mano por su brazo hasta llegar a la nuca para tirar de él y besarle juguetona.
Nick se aparté.
Estoy hecho polvo –bostezó–. ¿En otra ocasión, quizás?
–Puedes apostar que sí, cariño.
Al volver, se dio cuenta de que Miley seguía teniendo la luz encendida. Era casi la una de la madrugada.
Una mujer embarazada debía necesitar dormir. Seguro. Al día siguiente por la mañana, cuando le llevase el pescado, se lo iba a recordar.