viernes, 27 de julio de 2012

Capitulo 6.-


Miley, que siempre se había dejado guiar por su lado racional, notó que perdía el baremo de la razón. Cerró los ojos para disfrutar de la magia de la noche, y percibió con mayor intensidad el aroma de Nick y la cálida fuerza de su cuerpo. Su pecho musculoso le presionaba los sensibles pezones, y su poderoso muslo se movía sensualmente entre sus piernas, haciendo que deseara sentir el contacto de su piel desnuda.
—No me explico —musitó Nick mientras recorría la boca de Miley con sus labios— cómo puedes hacerme esto.
—¿El qué? —consiguió preguntar ella, aferrada a sus hombros.
—Hacer que pierda el control de esta manera —contestó él, y emitió un jadeo áspero que desató una oleada de sensaciones en el bajo vientre de Miley. Reclamando su boca, Nick le alzó la falda y le deslizó las manos lentamente por la cara interior de los muslos.
Miley apenas podía respirar.
—Quiero quitarte el vestido, y conocer cada centímetro de tu cuerpo. Y cuando haya acabado, lo exploraré de nuevo.
Ella cerró los ojos.
—Oh, Nick, es demasiado pronto.
—No. Habría sido demasiado pronto si hubiéramos hecho el amor la noche en que nos conocimos.
Miley inhaló una bocanada de aire y recostó la cabeza en su hombro. El instinto de autoprotección la obligó a guardar silencio.
—Ya entonces existía algo entre nosotros —siguió diciendo Nick— Lo sabes, ¿verdad? ¿Sabes lo mucho que ansío hacerte el amor? —preguntó, deslizando las manos peligrosamente cerca de su feminidad a través de las medias de seda.
Miley tuvo que morderse el labio para no gritar.
—¿Sabes lo mucho que deseo tocarte? —Nick traspasó el obstáculo de las medias y halló el centro de su sexo. La acarició suavemente hasta que Miley empezó a temblar, y un débil murmullo de desesperación y placer brotó de su garganta.
—¿Sabes cuánto deseo sentir tus senos en mis manos? ¿Introducirlos en mi boca y saborearlos?
Miley deseaba más. Su corazón y su cuerpo ansiaban más. Se apretó contra el cuerpo de Nick, y él le introdujo un dedo, consciente de su ansiedad.
La tensión que experimentaba se deshizo en una intensa oleada de placer que la inundó de pies a cabeza. Exhaló un grito sofocado y se estremeció, asombrada.
—Quiero poseerte, Miley. Déjame que te posea. Hagamos novillos juntos —pidió Nick, bajándole las medias hasta las rodillas— Sólo por un día.
«Sólo por un día.»
O sea, temporalmente. Nick no estaba interesado en una relación duradera. Aquellas palabras se filtraron en la mente de Mileey, devolviéndola a la realidad con un golpe desgarrador. Sacudió la cabeza y se apartó de Nick, aún temblorosa. Con una intensa sensación de ardor en los ojos, luchó contra la necesidad de entregarse a él por completo.
—No soy una mujer de un solo día —logró decir, sin dejar de sacudir la cabeza.

Aquella noche Miley fue incapaz de conciliar el sueño. Demasiado agitada, física y emocionalmente, salió de la cama, descorrió las cortinas de la ventana de su cuarto y contempló las estrellas. Desbordada por los pensamientos sobre Nick, intentó buscar una explicación realista a sus sentimientos, pero sospechaba que no sería tarea fácil.
Tenía un presentimiento sobre el destino. Un presentimiento tan brillante e inevitable como las estrellas que contemplaba. De algún modo, presentía que su destino y el de Nick estaban conectados. Se trataba de una profunda certeza interior que la pilló desprevenida. Nunca había sentido algo similar por ningún hombre. Por otra parte, existían muchos motivos por los que no debía involucrarse sentimentalmente con Nick.
Repasó mentalmente dichos motivos.
Nick había tenido demasiadas relaciones con mujeres en el pasado. No parecía dispuesto a aceptar compromisos de ninguna clase. Era más despiadado que compasivo. Irritable y de trato difícil.
Además, Nick y ella no compartían los mismos valores y prioridades sobre la vida en general.
Eso debería zanjar la cuestión, se dijo Miley. Punto y final.
Sin embargo, Nick Jonas era un hombre complejo, lleno de matices y facetas contrapuestas. Miley había percibido ternura bajo su fachada de hombre duro. Sus cambios bruscos de humor mostraban una gama de emociones que la excitaban.
Nick la desafiaba. Hacía que se viera a sí misma con otros ojos. Que apreciara su feminidad.
Miley observó las estrellas, buscando respuestas.
Aquel insistente presentimiento sobre el destino no desapareció.

Al día siguiente, Miley se despertó preguntándose si Nick se habría olvidado ya de ella. Sospechaba que no estaba acostumbrado a que lo dejaran a medias.
Se levantó de la cama y sintió que el estómago le daba un vuelco. Lo echaba de menos. Deseaba conocerlo más a fondo. Estar con él.
Se miró en el espejo del cuarto de baño y arrugó la frente, incapaz de explicarse a qué se debía aquella reacción tan extrema.
No había perdido la cabeza por un hombre desde sus tiempos en el instituto, y no le interesaba repetir los disparates de aquella etapa.
Al salir de la ducha oyó el timbre de la puerta.

—Un momento, ya voy —dijo en voz alta.
Al abrir se encontró cara a cara con Nick. Llevaba en las manos una bolsa blanca y un par de tazas de café. Miley vio en sus ojos una determinación que le cortó el aliento.
—He pensado que te apetecería desayunar café con pastas —explicó mientras pasaba junto a ella.
—Tu sentido de la oportunidad es asombroso —dijo Miley mientras cerraba la puerta y lo acompañaba a la soleada cocina.
Nick se encogió de hombros y comenzó a sacar de la bolsa varios dulces espolvoreados con azúcar.
—¿Cómo has dormido? —preguntó en tono casual.
Miley tardó unos segundos en responder.
—El duende del sueño se tomó la noche libre.
Nick enarcó una ceja.
—Tampoco se pasó por mi casa. Supuse que no te iría mal un poco de café —añadió mientras se sentaba.
Miley meneó la cabeza y sonrió.
—Aún sigo sorprendida por tu sentido de la oportunidad.
—No te sorprendas tanto —Nick entrecerró los ojos—. Hay algo entre nosotros. Algo que nos une. Sé que resulta extraño, pero es cierto. Si creyera en esas tonterías de la New Age, lo llamaría energía.
Miley notó que el corazón le galopaba frenéticamente en el pecho.
—¿Y cómo lo denominas, entonces?
Nick frunció el ceño.
—Soy un hombre, y me gustan las explicaciones simples. Normalmente, diría que es sólo lujuria. Ansia sexual —añadió encogiéndose de hombros— Y es eso, en parte. Pero hay algo más.
—Algo más —repitió ella con un nudo en la garganta.
Nick asintió y le indicó con el dedo que se acercara.
—Ven aquí.
Miley dio un paso hacia él, cautelosa.
—¿Para qué?
—Tenemos que hablar —respondió Nick, y antes de que ella pudiera reaccionar la agarró del brazo y la atrajo hacia sí. Luego arrancó un trozo de dulce con los dientes y se lo acercó a los labios— Toma —dijo, rodeándole la cintura con el brazo— Hueles muy bien.
Sintiéndose deliciosamente atrapada, Miley se relajó un poco.
—Gracias —murmuró, y a continuación abrió la boca para probar el dulce— Mmm.
Nick empezó a pasarle la palma de la mano por el estómago, con ademanes relajantes.
—No quiero que te pongas tensa. Pero hay algo que debes saber.
Miley sintió que el corazón le martilleaba en el pecho. Se notó ligeramente mareada, pero el suave masaje y el tono plácido de su voz contribuyeron a sosegarla.
—¿De qué se trata?
—Te deseo como jamás he deseado a ninguna mujer.
Aquella súbita declaración estremeció a Miley.
—Se te pasará —logró decir, y dio otro mordisco al dulce.
—No —repuso Nick, acariciándole el cuello con la nariz— Pero eso no me importa, porque voy a hacerte mía, Miley.
Ella notó que la recorría un escalofrío. Las manos de Nick ascendieron hasta la parte inferior de sus senos. Tragó el bocado de dulce.
—No creo que sea conveniente. Quizá no sepas qué hacer conmigo cuando me hayas conseguido.
Él dejó escapar una risita áspera.
—Sé perfectamente qué hacer, y parte de mi meta consistirá en lograr que te guste.
Miley sintió que una oleada de excitación se extendía desde sus labios a la punta de sus senos; desde sus muslos hasta los dedos de sus pies.
—Es demasiado pronto —dijo con un nudo en la garganta— No estoy preparada.
—Yo te ayudaré —Nick agachó la cabeza y lamió los restos de azúcar que quedaban en los labios de Miley.
Las manos de ella fueron ascendiendo, centímetro a centímetro, por sus fuertes brazos. Él le pasó de nuevo la lengua por los labios, saboreándolos, haciendo que la mente de Miley se nublara a causa del intenso deseo. Para Nick era una experiencia sumamente erótica devorarla y paladearla como si de un manjar exquisito se tratase.
Suspirando, Miley se abandonó a las placenteras sensaciones. Abrió la boca y arqueó la espalda, dejando que sus sentidos se inundaran del aroma y del sabor de Nick.
Él la cambió ligeramente de posición y acercó los labios a su garganta, donde notó que el pulso le latía frenéticamente.
—No llevas nada debajo del albornoz, ¿verdad?
Le colocó las manos sobre los senos, y Miley notó que los pezones se le endurecían contra la tela rugosa que los cubría. 
—No —respondió, y el sonido de su respuesta la sorprendió incluso a ella. Pareció un gemido de pura necesidad sexual.
Sin dejar de frotarle el cuello con la nariz, Nick le deslizó el albornoz por los hombros y dejó sus senos al descubierto.
—¿Sabes? Hay muchas formas de utilizar el azúcar en polvo.
Le acarició los pechos por todas partes, evitando los puntos más sensibles. Miley arqueó instintivamente la espalda.
—Cuánto me gusta, Miley —murmuró él en tono aprobatorio— ¿Y a ti? ¿Te gusta?
—Sí, pero…
—¿Pero qué? —inquirió Nick mientras seguía acariciándole los senos, aunque no los pezones— ¿Deseas más?
Ella consiguió asentir con la cabeza, notando que la tensión crecía en su interior.
Desde los resquicios de su mente, vio que Nick pasaba la yema del dedo por el dulce azucarado, y luego por sus pezones.
—Oh, Dios mío… —se le quebró la voz. Nick la miró profundamente a los ojos mientras trazaba círculos en torno a las puntas túrgidas de sus senos. A Miley le resultaba tan erótico que apenas podía soportar mirarlo.
Luego, lenta, deliberadamente, Nick agachó la cabeza y se introdujo un pezón en la boca. Sus ásperos jadeos se mezclaron con los de ella. Devoró su seno igual que había devorado su boca, con avidez y ternura.
Pero no era suficiente. Miley deseaba, necesitaba, acariciarlo también. Le pasó las manos por el pecho, en una serie de caricias ansiosas.
Sin dejar de lamerle el seno, Nick la detuvo.
Ella notó que un gemido de frustración le surgía de la garganta.
—Necesito tocarte —dijo, empezando a temblar— Necesito…
Tomando aliento, él se retiró un poco para mirarla. Sus ojos parecían tan intensos y oscurecidos por la pasión, que en otras circunstancias Miley habría sentido miedo. Pero lo deseaba demasiado. Ansiaba conocerlo, explorarlo, complacerlo.
Mirándola a los ojos en todo momento, Nick le tomó la mano y se la llevó a la bragueta del pantalón. Miley lo acarició mientras él cerraba los ojos y se bajaba la cremallera.
Ella tomó en la mano la cálida totalidad de su sexo y comenzó a acariciarlo.
—He soñado con que me toques —dijo Nick— He soñado con estar dentro de ti.
Miley notó lo excitado que estaba, y una arrebatadora necesidad de complacerlo y poseerlo la impulsó a seguir.
Jurando entre dientes, él colocó una mano sobre la de ella.
—Tienes que parar. No podré resis…
—No —dijo Miley contra sus labios— Déjame seguir. Por favor.
Nick juró de nuevo y le colocó la mano en la nuca. Atrayéndola hacia sí, y la besó con ansiedad, introduciéndole la lengua en la boca, llenándole la mente de imágenes eróticas.
—Voy a poseerte, Miley —dijo Nick, y aquella declaración pareció una promesa.

—Esto es un error —dijo Miley contemplando ceñuda a la desconocida del espejo. Se fijó en su cabello, descuidadamente peinado; en el leve pero seductor toque de maquillaje de su rostro; en el provocativo escote del precioso vestido rojo que llevaba— Un gran error.
—De eso nada —Selena, su ayudante, acabó de colocarle bien el vestido. Había insistido en ayudar a Miley a arreglarse para la cena en honor de Nick— Se ve que de niña no jugabas a arreglarte y a ponerte guapa.
—Deja de intentar analizarme —protestó Miley— Ésa no soy, yo.
—Claro que sí —dijo Selena— El traje te sienta perfectamente. No puedes ir en vaqueros y camiseta a todas partes.
—Lo sé, pero…
—Nada de peros. Estás guapísima.
—No quiero estar guapísima —dijo Miley, sorprendiéndose a sí misma tanto como a Selena. Miró a su ayudante. ¿De verdad he dicho eso?
Selena asintió.
—Ajá.
—Quiero decir que yo nunca he deseado atraer a un hombre estrictamente gracias a mi aspecto. Y nunca he tenido problemas en ese sentido.
—Claro que no. Con lo poco que te arreglas… No haces nada por acentuar tu atractivo natural.
Miley suspiró y cerró los ojos.
—Prefiero que un hombre me aprecie por mi interior. Aunque también me gustaría que apreciase mi aspecto físico —abrió los ojos e hizo una mueca al mirarse en el espejo— Y no quiero ser como las demás mujeres que han pasado por la vida de Nick. Quiero ser distinta.
—¿Nick es distinto de los demás hombres que han pasado por tu vida?
—Oh, sí —respondió Miley mientras se dirigía al estudio.
Selena debió de haber leído las emociones que se reflejaban en su rostro.
—En tus otras relaciones siempre has llevado las riendas, ¿verdad?
Miley se encogió de hombros mientras se sentaba frente a Selena.
—A mí no me lo parecía así en su momento.
—¿Pero?
—Pero cuando rompía jamás me sentía mal. Ni siquiera cuando rompí con mi prometido.
—Pero con Nick es diferente —aventuró Selena.
—Muy diferente.
—No llevas las riendas.
—No.
Selena esbozó una sonrisa maliciosa.
—Es divertido, ¿verdad?
Los labios de Miley se curvaron ligeramente.
—Yo no habría escogido ese término.
Selena miró su reloj y se levantó de un salto.
—¡Dios mío, ya casi es la hora! Tengo que irme —miró a Miley— Estás guapísima. No te toques nada.
—No hace falta que te des tanta prisa. Nick está en una reunión, de modo que enviará un coche a buscarme. Por cierto, ¿qué hago si me pica la nariz? —inquirió Miley en tono burlón.
—Arrúgala. De veras, estás estupenda aunque te sientas un poco rara. Recuerda lo que me dijiste una vez. Nunca rechaces un rol que puedas necesitar. Y esta noche eres… —Selena se interrumpió, entrecerrando los ojos en un gesto de concentración.
—Me parece que prefiero no oírlo.
—Eres Miley la Devoradora de Hombres —concluyó Selena mientras se dirigía presurosa hacia la puerta— Adiós, nena.
—La Devoradora de Hombres —repitió Miley consternada. Luego se echó a reír y meneó la cabeza.
Cuando la limusina se detuvo frente a la casa, al cabo de cinco minutos, Miley volvió a menear la cabeza y pensó en echarse atrás. Pero inmediatamente se reprochó su cobardía. Tomó un chal y fue a abrir la puerta.
El chófer le ofreció champán, le mostró el reproductor de discos compactos y le indicó cómo activar el televisor.
«¿Y dónde está el jacuzzi?», estuvo a punto de preguntar Miley.
Cuando salieron del vecindario, Miley no pudo sino echarse a reír. La última vez que había viajado en limusina fue en compañía de una decena de compañeros de clase. Habían ganado el lujoso vehículo durante tres horas en una rifa.
La lluvia tabaleaba sobre el cristal de las ventanillas. Tratando de relajarse, Miley se reclinó en el confortable asiento de piel y cerró los ojos mientras el chófer tomaba la interestatal.
Minutos más tarde, Miley sintió el estruendoso impacto de un vehículo en el costado de la limusina. Sobresaltada, se agarró al asiento.
La limusina se detuvo bruscamente, y el coche que circulaba detrás chocó con ellos, haciendo que Miley saliera despedida hacia delante. Con el corazón galopándole en el pecho, volvió a sentarse como pudo al tiempo que oía el estruendo de más colisiones. Se asomó por la ventanilla para ver qué ocurría e hizo una mueca al ver una hilera de coches estrellados unos contra otros.
Oyó unos golpecitos en el cristal de la ventanilla y lo bajó rápidamente.
—Señorita, se ha producido una colisión múltiple de ocho vehículos —dijo el agente de policía— Dado que es usted testigo presencial de lo ocurrido, tendrá que acompañarme para que le tomemos declaración. Haga el favor de subir en el coche patrulla con nosotros.
Miley se apeó trabajosamente de la limusina.
—Pero me esperan en el centro dentro de media hora.
—No tardaremos mucho.

martes, 24 de julio de 2012

Capitulo 5.-

Miley se notó la boca seca, azorada por la fuerza sensual que emanaba Nick. Era vagamente consciente de las voces de los demás clientes del restaurante y del tintineo de los platos y los cubiertos, pero Nick acaparaba toda su atención. Le resultaba inquietante la facilidad con que la embelesaba, y trató en vano de romper el hechizo.
—¡Nick Jonas! —la voz de una mujer deshizo la magia del momento.
Miley observó cómo Nick se volvía hacia la mujer de mediana edad que casi tropezó en su ímpetu por acercarse hasta la mesa.
—Janine Perkins —musitó entre dientes, y se puso en pie.
—Cuánto me alegra verte —dijo la mujer efusivamente— Te he dejado varios mensajes en el contestador. Ya sabes, sobre la cena en honor de los Hombres del Año de Denver. Asistirás, ¿verdad?
Nick se encogió de hombros en un gesto de disculpa.
—No sé si podré, Janine. Voy a inaugurar otro restaurante en Wyoming, y dudo que tenga un hueco. Miley —dijo volviéndose hacia ella— te presento a Janine Perkins. Participa activamente en varias organizaciones cívicas de Denver.
Miley asintió con una sonrisa.
—Es un placer conocerla, señora Perkins. Soy nueva en la ciudad. ¿Qué es eso de los «Hombres del Año de Denver»?
—Se trata de una distinción muy importante —explicó la señora Perkins con entusiasmo— Las principales organizaciones cívicas de la ciudad nominan y eligen mediante votación a los tres hombres que han causado un impacto más positivo en nuestra comunidad. Este año Nick ha sido uno de los elegidos por su fabuloso campamento para chicos con problemas, así como por su apoyo financiero a nuestro centro de acogida para madres solteras.
Miley estaba impresionada. Miró a Nick de soslayo y sonrió.
—En Denver están orgullosos de ti.
Él le lanzó una mirada muy seria y luego se volvió hacia la señora Perkins.
—Me siento muy honrado, pero tendré que consultar mi agenda.
—Harás un esfuerzo por encontrar un hueco, ¿verdad? —inquirió la señora Perkins cruzando los dedos. Miley sospechaba que la mujer conocía bien a Nick, y sabía que acabaría haciendo lo que le diera la gana— Las organizaciones cívicas de Denver cuentan contigo.
—Lo agradezco mucho. Haré lo que pueda.
—Gracias —contestó solemnemente la señora Perkins al tiempo que le estrechaba la mano. Luego miró a Miley y asintió— Encantada de haberla conocido.
Cuando la mujer se hubo marchado, Nick se derrumbó en la silla y emitió un suspiro.
—Que el cielo me ayude.
Miley reprimió una risita.
—¿Cuál es el problema? Has hecho cosas maravillosas por la ciudad, y…
Él alzó rápidamente la mano.
—Dejémoslo ahí. No he hecho nada maravilloso, salvo ganar dinero.
—Eso no es verdad —repuso Miley— reclinándose en la silla— ¿Qué me dices de las donaciones al centro de acogida?
—Me limito a aprovechar las deducciones fiscales.
Ella hizo un ademán afirmativo.
—De modo que todo eso lo haces, en última instancia, para obtener un beneficio. ¿No es así?
—Exacto —respondió Nick lacónicamente, apartando la mirada.
Miley dejó que el silencio se interpusiera entre ambos. Podía entender por qué le incomodaba el galardón. Era un hombre muy reservado. Sin embargo, no lograba comprender por qué motivo Nick se empeñaba en no reconocer la bondad de sus actos.
—Eres un farsante —dijo al fin.
Él se giró bruscamente para mirarla de nuevo.
—¿Un farsante? —inquirió en tono autoritario.
—Sí, un farsante. No aceptas tu inclinación a hacer algo bueno con el dinero y, el poder que has ganado. Te empeñas en aparentar que nada te importa, salvo ganar dinero.
—Y así es —insistió Nick.
Miley negó con la cabeza.
—Podrías ser un avaro, como tío Gilito, y acumular el dinero. Pero lo utilizas para mejorar la vida de los demás.
—Simplemente, aprovecho las deducciones fiscales —repitió él.
—Bobadas —repuso Miley, y percibió sorpresa, frustración y un leve destello de admiración en sus pensativos ojos marrones— Utilizas la excusa de las deducciones fiscales para encubrir tus verdaderas intenciones. Eres un buen hombre. Reconócelo. Entiendo que te incomode recibir ese galardón, pero ¿no se te ha ocurrido pensar que es simplemente un modo de darte las gracias?
—Ya he asistido antes a algunas de esas cenas, y son condenadamente aburridas.
Miley se echó a reír.
—Me sorprendes. Eres un hombre increíblemente fascinante e imaginativo. Me extraña que no halles la forma de conseguir que todo esto te resulte más interesante.
Nick entrecerró los ojos y apretó la mandíbula en un gesto de evidente desafío.
—¿Siempre has tenido esa manía optimista de buscar cualidades positivas en los demás?
Ella prorrumpió en risas nuevamente.
—Si pretendes cambiar de tema, no vas a salirte con la tuya. Digamos, simplemente, que no me obsesiona el dinero.
—A todo el mundo le obsesiona el dinero —musitó Nick— Sobre todo a quienes no lo tienen. Dime, pues, ¿cuál es tu obsesión? —inquirió con un tono que destilaba curiosidad— A ver si lo adivino —añadió bajando la voz— ¿El sexo?
Miley sintió que el estómago se le encogía al percibir la poderosa energía que fluía entre ambos. ¿Cómo había conseguido cambiar las tornas de la conversación?
—Yo no lo consideraría una obsesión.
Nick enarcó las cejas.
—¿Y cómo lo considerarías, entonces?
—Me gusta adoptar una actitud cautelosa en ese terreno —respondió ella lentamente, eligiendo las palabras con cuidado y obligándose a mirarlo a los ojos.
Nick la estudió detenidamente, y después asintió.
—Muy bien. ¿Te gustaría ayudarme a superar mi obsesión?
Miley se encogió de hombros, confusa.
—No me dedico a la terapia de adultos. De hecho, ya no realizo terapias de ningún tipo…

Él colocó la mano encima de la suya, interrumpiéndola. Aquella mano ligeramente encallecida pareció engullir la suya, y Miley temió que necesitaría toda su fuerza de voluntad para impedir que Nick engullese también su corazón.
—No estoy hablando de terapias. Me refería a mi obsesión por no asistir a esa cena tan aburrida. Si me acompañas, quizá no me parezca tan insoportable.
Miley experimentó de nuevo un pellizco en el estómago, y tuvo que combatir el impulso de dar marcha atrás.
—Tendré que consultar mi agenda.
—Excusas, excusas, excusas —dijo Nick con un rictus de niño travieso.
Ella se mordió el labio.
—Tengo otros compromisos.
—¿Y si esa noche estás libre?
Miley se sintió atrapada.
—Venga, Miley. Contigo seguro que la cena será mucho más llevadera —insistió él entrelazando sus dedos con los de ella.
Miley exhaló un suspiro.
—¿Es una cena formal?
—Sí —respondió Nick, sonriendo animadamente.
—Detesto las ceremonias formales. Siempre derramo algo.
—Ya sabes por qué no deseo ir.
Miley pensó que sería bueno para Nick oír el reconocimiento público de sus buenas obras. Debajo de su fanfarronería capitalista latía un corazón sensible.
—Muy bien. Asistiré contigo. Pero con la condición de que hagamos todo lo posible por pasarlo bien.
—¿Todo lo posible? —repitió él, con un tono que se aproximaba peligrosamente a la suavidad del terciopelo.
—Siempre y cuando sea legal —respondió ella, experimentando una deliciosa punzada de excitación— Y no perjudique a los demás.
—En ese caso —dijo Nick con una sonrisa lupina— creo que lo ideal para pasarlo bien será ayudarte con tu obsesión.

Nick se presentaba en el despacho de Miley casi a diario, justo cuando ella se disponía a marcharse. Se estaba convirtiendo en un hábito. Miley no sabía si se trataba de un hábito positivo, pero le gustaba estar con él.
Nick la acariciaba con naturalidad, como si no fuese sólo su deseo, sino también su derecho. Ella podría haberle reprochado esa actitud si él no la hubiese animado constantemente a que hiciera lo mismo. No ocultaba el hecho de que deseaba hacerle el amor, y Miley sospechaba que no la presionaba porque sabía que semejante táctica no le daría resultado. Nick no imaginaba lo cerca que ella estaba de cruzar el límite.
Miley notaba que Nick tenía un gran interés en llevarla a su casa, pero ella se resistía. No deseaba ser como las demás mujeres que habían pasado por su vida. Se había impuesto el objetivo de enriquecer a Nick en un aspecto que nada tenía que ver con lo material.
Sentado a la mesa, Nick apuró su cerveza tras acabar la cena que Miley había preparado.
—¿Quieres explicarme otra vez qué diablos he comido?
Los labios de Miley se curvaron.
—Una ensalada vegetariana.
—Con alubias, verduras, queso y… —esbozó una sonrisa lúgubre— Y brotes de soja.
—Si quieres, la próxima vez no los añadiré a tu ensalada —propuso Miley, y se levantó para llevar el plato al fregadero.
Nick fue tras ella, visiblemente aliviado.
—Gracias. Tienen pinta de hierbajos. Ya que hemos terminado de cenar, llegó el momento de revelarte la sorpresa.
Miley intentó combatir la oleada de recelo que la invadió mientras introducía los platos en el lavavajillas.
—Esperaba que antes me dieras unas cuantas pistas.
—Tendremos que ir en coche. Luego habrá que subir unas cuantas escaleras. Seguro que te gustará.
Miley lo miró de reojo, curiosa.
—¿Será largo el trayecto en coche? ¿Y hasta qué punto me gustará?
—No será muy largo —respondió Nick besándole la nariz— Basta ya de pistas —paseando la mirada por su vestido veraniego sin mangas, le recorrió el brazo con la yema del dedo— Tendrás que llevar un jersey.
—¿Hace frío en ese sitio?
—En Colorado suele refrescar de noche.
Miley exhaló un suspiro.
—Estás siendo muy poco concreto.
—Y tú muy escéptica.
Ella emitió un gruñido, pero sonrió. Había muchas constantes en su relación que eran recíprocas. Nick no permitía que Miley se saliera con la suya en todo, y ella procuraba hacer lo mismo.
Tras pasarse apresuradamente por el dormitorio para recoger un jersey, salió de la casa con Nick y ambos se dirigieron al Suburban.
Miley alzó la vista para contemplar las estrellas.
—Qué noche tan preciosa —murmuró mientras se acomodaba en el asiento del pasajero.
—Sí —convino Nick, aunque la miraba a ella.
Cuando hubieron recorrido unos cuantos kilómetros, detuvo el coche en el margen de la carretera y se sacó un pañuelo del bolsillo.
—Para mantener en secreto nuestro destino, debo pedirte que te pongas esto.
Miley miró la venda improvisada, pestañeando.
—¿Me tomas el pelo?
Él negó con la cabeza.
—Te prometí que te daría una sorpresa.
Ella le dirigió una mirada dubitativa.
—Normalmente no me prestaría a este tipo de juegos.
—Lo sé —dijo Nick mientras le ataba el pañuelo— No lo lamentarás.
Miley notó el soplo de su aliento antes que sus labios se fundieran con los suyos. La lengua de Nick invadió sensualmente su boca. No veía nada, pero ante sus ojos se desató un caleidoscopio de colores. Aunque permanecía sentada e inmóvil, hubiera jurado que estaba dando vueltas…
Miley no podía ver a Nick, pero lo sentía en su interior, como antes lo había sentido en sueños. Las sensaciones que la recorrieron por dentro eran tan intensas que la hicieron estremecerse.
Nick se dio cuenta.
—¿Tienes frío? —le preguntó frotándole los brazos con las palmas de las manos.
Miley titubeó, preguntándose cómo le sentaría a Nick la verdad.
—No —consiguió decir, acercándose otro paso al filo del abismo.
—¿No?
Ella tragó saliva.
—A veces tú me haces temblar.
Las manos de Nick cesaron sus reconfortantes movimientos, y Miley se dijo que debía haberle dicho aquello en otro momento. Cuando pudiera ver y leer la expresión de su rostro. El estómago se le tensó conforme el silencio se espesaba entre ambos. Estaba a punto de alzar la mano para quitarse el pañuelo, cuando notó que los dedos de Nick le recorrían la mandíbula. Volvió a posar sus labios sobre los de Miley, reclamando su boca de forma tierna y posesiva. Eliminado el obstáculo de la ropa, Miley pudo palpar su excitación, mientras él seguía disfrutando de su boca.
Cuando, finalmente, sus labios se separaron, Miley tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar. Nick le había hecho sentir tanto…
—Si seguimos así, no llegaremos en toda la noche —dijo él entre dientes, con la respiración entrecortada.
—Llegaremos —logró decir ella con voz trémula. Buscó a tientas el botón que abría la ventanilla y asomó el rostro al aire fresco de la noche.
—Miley—dijo Nick.
Ella respiró hondo.
—¿Sí?
—¿Te encuentras bien?
«Miéntele», se dijo Miley.
—Lo estaré —aseguró.
Nick le dio un beso en la palma de la mano.
—Llegaremos antes de que te des cuenta.
Y así fue. Al cabo de unos momentos, Nick atravesó una zona que olía vagamente a aceite y a humo de automóvil, y luego la condujo a través de una puerta. Los pasos de ambos resonaron con fuerza en el suelo de baldosas. Miley oyó los arañazos de unas pezuñas de animal y notó el contacto de un hocico frío en la mano.
Notó un pellizco en el estómago.
—Me has traído a tu casa.
Nick la agarró fuertemente de la mano.
—Todavía no hemos llegado.
Miley se sintió tensa, embargada por una serie de sentimientos contrapuestos. Tenía curiosidad por ver la casa donde vivía Nick, pero también sentía una extraña renuencia a estar allí donde él había llevado a sus otras conquistas.
—Más escaleras —advirtió Nick— Dixie, quítate de en medio —le ordenó al perro cuando Miley estuvo a punto de tropezar con él.
Ella alargó la mano para acariciar el pelaje sedoso del animal.
—¿Es un perdiguero? ¿O un setter irlandés?
—Un perdiguero. Los setters suelen ser demasiado nerviosos.
Miley se dijo que así estaba ella, nerviosa, mientras permitía que Nick la condujera escaleras arriba. Se sintió fuertemente tentada de quitarse el pañuelo.
—Todavía no —dijo Nick como si le leyera el pensamiento.
Tras cruzar otra puerta, notó la suavidad de una gruesa moqueta bajo los zapatos. El olor de aquella habitación era masculino y familiar. El olor de Nick.
Miley notó que el corazón se le aceleraba. Carraspeó para aclararse la garganta.
—¿Es tu dormitorio?
—Aún no hemos llegado a nuestro destino —respondió él.
—No me has contestado.
Nick titubeó.
—¿Por qué dices eso?
—Este cuarto tiene tu olor.
Él se detuvo. Miley no pudo ver las emociones que resplandecieron en su interior. Pero pudo sentirlas.
—Más escaleras —previno Nick— Éstas son más difíciles. Iremos más despacio.
Miley se aferró al pasamanos de madera y a la mano fuerte de Nick. Se dio cuenta de que ascendían en círculos.
—Una escalera de caracol —murmuró sorprendida— ¿Adónde vamos?
—Ya casi hemos llegado.
De nuevo Nick cumplió su palabra. Un instante más tarde, Miley se halló de pie en una superficie plana. El viento le alborotó el cabello, y percibió la ausencia de luz. ¿Estaban al aire libre?
—¿Qué…? ¿Dónde…?
Nick le quitó la venda.
—Dijiste que, en parte, te viniste a vivir a Colorado porque te encantan las grandes vistas.
Miley contempló el aterciopelado manto de titilantes estrellas. Meneó la cabeza, abrumada por la belleza del panorama.
—Parecen tan cerca que casi se pueden tocar —susurró, y se giró hacia Nick.
Él no miraba las estrellas. La estaba contemplando a ella. Con los pulgares en los bolsillos del pantalón, aguardaba su reacción.
Casi parecía nervioso, se dijo Miley, pero enseguida rechazó aquel pensamiento. Jamás había puesto nervioso a un hombre en toda su vida.
—¿Te gusta? —preguntó al fin Nick, encogiéndose de hombros.
Algo se desató en el interior de Miley, y corrió hacia sus brazos. El cuerpo de Nick era fuerte y cálido.
—¡Es precioso! Me siento como si acabaras de hacerme un regalo.
Momentáneamente aturdido, él soltó una risita, y luego la estrechó contra sí.
—Supongo que eso significa que te gusta.
—¡Me encanta! —Miley se retiró un poco para mirarlo— Lo que no entiendo es cómo te las arreglas para ir a trabajar todos los días. Yo haría novillos constantemente para quedarme aquí.
—Eh, hasta un capitalista ha de pagar las facturas de la luz.
Miley alzó de nuevo la vista hacia el cielo, y la piel se le puso de gallina. El horizonte se extendía a lo lejos, dándole una sensación de libertad y de gozo.
—Esas luces no tienes que pagarlas.
—Cierto —convino Nick— Esta es mi parte favorita de la casa. Cuando era niño, formaba parte de un club que se reunía en una casita construida en un árbol. Recuerdo que me encantaba estar allí, en lo alto.
—¿Has vuelto a ir alguna vez?
Nick negó con la cabeza.
—El año pasado uno de los chicos me mandó una invitación de boda. Le envié un regalo.
—¿No crees que hubieran preferido tenerte allí?
Él la miró a los ojos.
—Tal vez. ¿Y tú?
Miley notó un pellizco en el corazón.
—¿Yo qué? —inquirió.
Nick agachó la cabeza y le deslizó el muslo entre las piernas.
—¿Te gustaría tenerme? —Le pasó la yema de los dedos por los costados hasta llegar a la altura de los senos— Haz novillos conmigo.

lunes, 23 de julio de 2012

Capitulo 4.-


—No me extraña que esos chicos le estén dando tanto trabajo a Sam —explicó Miley a Nick. Aunque le había sugerido realizar el resto de las consultas por teléfono, él había insistido en pasarse por su casa. Y allí estaba, como un árbol inmenso que creciera en el suelo de su estudio.
Aún agitada por la oferta que Nick le hizo la noche anterior, Miley estaba decidida a despacharlo lo antes posible. Entonces podría respirar y pensar con normalidad.
—Anoche me repasé los expedientes —siguió diciendo—. Son unos chicos brillantes e inteligentes. Necesitan que les planteen un reto. Tendréis que poner en práctica un proyecto en virtud del cual tengan que cooperar para alcanzar un objetivo común…
—¿Que son inteligentes? —inquirió Nick incrédulo— Lo que nos faltaba. Una panda de críos sabihondos.
—Más o menos. Puedo darle a Sam unas cuantas directrices, aunque ya lo está haciendo muy bien.
Nick meneó la cabeza.
—Si era tan sencillo, ¿por qué no nos dimos cuenta?
—Porque no sois psicólogos especializados. De vez en cuando, los psicólogos ofrecemos servicios útiles, ¿sabes?
—Nunca he negado tu valía —respondió Nick con un tono aterciopelado que evocó a Miley el sueño que tanto deseaba olvidar.
Notó que el estómago se le encogía. Se puso en pie y le dio a Nick la carpeta con los expedientes.
—Bueno, y eso es todo. Dile a Sam que me llame, y estaré encantada de hablar con él. Lo principal será poner en marcha el proyecto cuanto antes —se encogió de hombros al ver que Nick seguía plantado delante de ella, sin moverse— Nada más.
Él se acercó un paso y ladeó la cabeza.
—Yo creo que sí hay algo más.
Miley se sintió acometida por una súbita desazón.
—¿El qué? —preguntó, sin estar segura de querer saberlo.
—Hay algo entre nosotros dos —respondió Nick sin ambages—Que me aspen si sé lo que es, pero deseo descubrirlo.
A Miley le dio un vuelco el corazón.
—Creía que ya lo habíamos hablado. No soy tu tipo —le recordó.
—No se trata de eso —Nick se acercó tanto que Miley pudo percibir su calor, oler su aroma y captar la intensidad de sus ojos— Se trata de ti y de mí, Miley.
Ella tomó aliento cautelosamente.
—No… no puedo entablar relaciones de tipo personal con mis clientes…
—No soy un cliente. No te pago, ¿recuerdas?
Dios santo, se dijo Miley. El corazón le latía con tanto ímpetu que temió desmayarse de un momento a otro.
—No pretenderás negarlo, ¿verdad?
—¿Negar el qué? —inquirió ella tragando saliva.
—Que hay algo entre nosotros. Algo peculiar.
«Sí, sí, sí.»
—No —dijo Miley sin poder disimular la verdad— Pero se trata de una simple atracción química, insuficiente para sustentar una relación estable y duradera.
Mas despacio, mas despacio—dijo Nick le tomó la mano— No he dicho que… —le miró la mano y luego el rostro— Estás temblando.
Miley apenas podía respirar.
—Tranquila. No estoy diciendo que sea para siempre —entrelazó sus dedos con los de ella— Sentimos curiosidad el uno por el otro. Satisfagamos esa curiosidad, sin más.
—¿Cómo?
—Pasando tiempo juntos —dijo Nick con una voz que taladró la piel de Miley— Y ya veremos qué ocurre.
Ella notó un excitante hormigueo en la espalda.
—Ni que estuvieras hablando de una partida de cartas.
—Si no juegas, nunca sabrás si puedes ganar.
—Pero también podrías perder —señaló Miley.
—¿Qué, aparte de un poco de tiempo?
Ella tragó saliva.
—Tu corazón.
Nick soltó una risotada cínica.
—Hay que tener corazón para perderlo. Soy como el Hombre de Latón, recuérdalo.
Miley meneó la cabeza.
—Pero yo no.

—Quizá eres Dorothy, y vas a conducirme hasta Oz.

Ella cerró los ojos y se rió.
—Si se trata de un piropo, es el más original que he oído nunca.
—Jamás me han acusado de piropear en exceso a las mujeres.
—No te hace falta —dijo Miley.
Nick se encogió de hombros.
—Nunca prometo algo que no podré dar.
Se mostraba tan confiado, tan seguro de sí mismo… A pesar de la reticencia de Miley, casi exigía que aceptara el reto.
—Muy bien, señor de latón. ¿Y qué es, exactamente, lo que puedes dar?
—Seré honesto. No intentaré controlar tu vida. Jugaré limpio.
Miley miró sus ojos oscuros y asintió.
—Eso es cuestión de opiniones.
Nick esbozó una leve sonrisa.
—De acuerdo. Si decido no jugar limpio, procuraré que al menos disfrutes.

—Quizá no haya sido una buena idea —dijo Miley tras permitir que Selena la llevase a su estilista. Su ayudante no le había dado tregua en lo referente a Nick.
Que el cielo la amparase, Selena se había empeñado en ayudarle a «renovar su imagen». Miley se fijó en el peinado asimétrico de la joven, en los seis pendientes que tenía en la oreja y el aro que llevaba en la nariz. Prefirió no saber si tenía más en otros lugares menos visibles.
—Es una idea genial —corrigió Selena, mirando a Miley y meneando la cabeza— Necesitas modernizarte en todos los sentidos.
—Gracias por la afirmación.
—Oh, basta ya —protestó Selena— Ya cuentas con las virtudes básicas. Sólo hace falta que te pongas al día, si quieres ser la chica de uno de los solteros más codiciados de Denver.
—¿La chica? —repitió Miley al tiempo que se sentaba en el área de espera del extravagante salón— ¿Uno de los solteros más codiciados de Denver?
—Sí. Lo reconocí inmediatamente al verlo entrar en el despacho.
Miley se sintió de nuevo embargada por una sensación extraña.
—Es una locura —susurró— Tengo el estómago revuelto, la garganta tensa y los músculos rígidos. Síntomas que indican que…
—Que eres una cobarde —dijo Selena, y Miley pensó que a su ayudante no le iría mal refinar mínimamente sus capacidades comunicativas— No estás acostumbrada a relacionarte con hombres como Nick —Selena emitió un leve gemido y se hizo aire con la mano— Pocas estamos acostumbradas a relacionarnos con un hombre como Nick. Llevas demasiado tiempo entre adolescentes.
—Hablas como mi padre. Trabajar con niños tiene sus ventajas. Pero no se trata de eso. Estoy habituada a relacionarme con hombres más…
Selena arqueó las cejas.
—¿Más qué?
Miley lo meditó detenidamente.
—Bueno, quizá no me he expresado bien. Quería decir que estoy habituada a relacionarme con hombres menos…
—Ahora sí te entiendo —la interrumpió Selena con un firme cabeceo— Nick es definitivamente superior en todos los aspectos.
Miley dejó escapar un suspiro.
—Creo que tiene práctica en ir deprisa. Mucha más que yo.
—Seguro que no le ha hecho falta practicar mucho para ser perfecto.
Miley emitió un gruñido.
—Sel.
—Salta a la vista que el sexo se le da bien —continuó Selena, sin dejarse arredrar por las protestas de Miley— Se nota en su forma de hablar, de moverse, de mirar… Si llevara encima una señal, diría «Cuidado. Material Inflamable».
—Basta —ordenó Miley, irritada por el hecho de que esos mismos pensamientos se le hubieran pasado por la cabeza.
—Es de esos hombres que te desnudan a toda velocidad y hacen que la cabeza te dé vueltas. Pero hará que disfrutes tanto que no te importará.
Miley notó que la piel le ardía como si acabara de tomarse dos copas de vino. Trataba de mantener bajo control la atracción que sentía hacia Nick y se decía «Doctora, cúrese a usted misma», pero era como si estuviera atrapada en una nave espacial y, la comunicación con Houston se hubiese cortado.
—Doctora Miley —prosiguió Selena— mi madre suele decir que por la vida de una mujer pasan muchos hombres. Pero sólo uno muy especial consigue hacer que se sienta una mujer de verdad, y que se alegre de serlo. Una mujer lista no dejaría escapar a ese hombre.
Pestañeando al oír las sabias palabras de Selena, Miley respiró hondo y abrió la boca para responder.
En ese momento, una mujer se acercó a ellas y dijo:
—¿Miley Cyrus? Ya puede pasar.
Paralizada, Miley se quedó mirando a la peluquera. Consiguió dirigirle una sonrisa, aunque se planteó seriamente salir corriendo.

—No te cepilles el cabello, rónzalo. No te cepilles el cabello, rónzalo —Miley repitió en voz alta las palabras de la peluquera mientras se peinaba. Nick la había invitado a cenar en su casa. Le había prometido poner velas y platos a base de verduras, pero a Miley seguía sin parecerle una buena idea.
Tras recogerse el cabello en una coleta, se detuvo un momento a mirar a la extraña del espejo, y luego agarró un paño y, se dirigió hacia el teléfono. Consultó el número de Nick en la hojita adherida a la nevera con un imán, lo marcó y esperó la señal del contestador.
—Hola, soy Miley. Hace un día precioso, y me preguntaba si no te importaría cambiar de planes. Si acabas temprano, podemos dar un paseo en bicicleta y merendar al aire libre. Por favor, dime qué te parece —añadió mientras se quitaba el maquillaje con el paño.
Tres horas más tarde, Nick se reunió con Miley cerca de su casa. Una de las ventajas de aquel inesperado paseo en bicicleta, se dijo, era la posibilidad de contemplar su hermoso trasero. Lo malo era que empezaba a arder en deseos de estrechar aquel trasero contra su cuerpo excitado. De hacerle el amor. Nick tenía la inevitable sensación de que introduciéndose en Miley, en su cuerpo y en su mente, haría desaparecer aquel anhelo absurdo e inexplicable que lo obsesionaba.
—Tranquilo, amigo —musitó para sí— La dama aún está nerviosa.
Aquélla era una cita inusual para Nick, pero Miley se estaba revelando como una mujer muy especial. Las mujeres con las que solía relacionarse no gustaban de realizar actividades físicas, a menos que se tratara de actividades relacionadas con la adquisición de ropa o joyas caras.
—¿Te parece bien que nos detengamos aquí? —preguntó Miley por encima del hombro.
Nick echó un vistazo al pequeño claro que se abría más adelante.
—Sí, perfecto —dijo al tiempo que paraba a su lado y se bajaba de la bicicleta. Miley se tambaleó al desmontar de su bici, y Nick la sujetó automáticamente— ¿La altitud aún te afecta? —le preguntó, pasando las manos por la piel cálida y suave de sus brazos.
—Debe de ser eso —respondió ella con un hilo de voz.
A Nick le pareció lo más natural del mundo deslizarle las manos por la espalda y atraerla hacia sí. Le pasó un dedo por la nariz sonrosada.
—Te acaloras con facilidad.
—Es de mala educación reírse de ese defecto —contestó ella, sorprendiéndolo al permanecer inmóvil.
Nick le acarició el cabello con la nariz.
—Me recuerdas a un narciso. ¿No es una de las primeras flores que salen en primavera? Recuerdo que, a veces, en el este, solía verlos antes incluso de que cayeran las últimas nieves del invierno. Las flores se ven muy hermosas salpicadas de nieve —Dios santo, ¿de dónde salían aquellos pensamientos semi poéticos?— ¿A qué huelo?
—A jabón. A champú —Miley esbozó una sonrisa de indefensión— ¿A desodorante?
Él sacudió la cabeza y emitió una risita.
—Nada de perfumes franceses, ¿eh?
—No —dijo ella con expresión solemne mientras él bajaba la cabeza.
—Con tu aroma me basta y me sobra —murmuró Nick, y reclamó su boca. Al oírla suspirar y paladear sus labios, comprendió que había esperado mucho tiempo aquel momento. Notó el roce de sus pezones en el pecho y reprimió un jadeo.
El cuerpo de Miley pareció fundirse con el suyo. Nick le introdujo un muslo entre las piernas, deseoso de acariciarla. Al notar que se estremecía casi enloqueció de ansiedad. Abrió ávidamente la boca y devoró la de ella. Con las manos exploró la forma de su cuerpo. Le acarició las caderas, tanteó la dulce curva de su cintura y le palpó las costillas con la yema de los dedos. Al llegar a la altura del pecho, le frotó la parte inferior de los senos con el reverso de la mano, y el gemido que emitió Miley le llegó al corazón. Un corazón que había pensado que no existía.
Nick se retiró de pronto, y ella se le echó encima automáticamente, colocándole las manos en el pecho.
—Oh, Dios mío —exclamó casi sin respiración.
Ni siquiera intentó ocultar su reacción. De nuevo, Nick sintió aquel extraño pellizco en el pecho. Si quisiera, podía poseerla allí mismo, se dijo respirando tan entrecortadamente como ella.
—¿Seguro que no quieres que vayamos a mi casa? —inquirió.
Miley negó con la cabeza y se cubrió los ojos con la mano.
—Será mejor que te retires un poco —dijo, aún aferrada a él— No puedo pensar con claridad teniéndote tan cerca.
A Nick le gustaba sentirla entre sus brazos. Le encantaban su ternura y su fortaleza. No obstante, al percibir aún cierta resistencia, se preguntó cómo reaccionaría Miley cuando se detuviera a pensar en lo que acaba de ocurrir entre ambos. Se preguntó qué sucedería cuando le permitiera poseerla completamente.
Aquel pensamiento le oprimió el bajo vientre.
—Descubrí hace mucho tiempo que pensar demasiado puede ser un obstáculo.
—Y yo descubrí que pensando puedes evitarte muchos problemas —dijo Miley, y Nick suspiró al ver que se apartaba ligeramente.
—No todos los problemas son malos, Miley —dijo él, acariciándole la oreja con los labios.
Más tarde, cuando hubieron merendado y volvieron a casa, Nick consiguió robarle un beso de buenas noches, pero no logró convencerla de que pasara la noche con él.
Aquello se estaba convirtiendo en una guerra de territorios, se dijo mientras aparcaba la bicicleta en el camino de entrada de su casa. Contemplando el moderno edificio de tres plantas, volvió a repetirse que lo había conseguido. Había alcanzado su meta.
Atravesó la lujosa cocina de reluciente embaldosado y luego entró en el ostentoso salón provisto de alfombras persas y muebles tapizados en piel.
A pesar del lujo que lo rodeaba, Nick no se sentía cómodo ni satisfecho.
Dixie, su perro, se acercó a él y le restregó el hocico húmedo en la mano. Nick se agachó para acariciarlo.
Luego el animal lo siguió hasta la segunda planta, donde se hallaba el dormitorio principal. Nick se quitó los zapatos, tomó una cerveza del mueble-bar y se dirigió a la escalera de caracol que conducía a su lugar favorito de la casa.
Había pagado una fortuna por la magnífica balconada del tejado. Durante el día, podía divisar las Montañas Rocosas en todo su esplendor. De noche, las estrellas parecían tan cercanas que casi se podían tocar, y la caricia de la brisa nocturna le producía una sensación querida y familiar. En la balconada sentía una extraña y dulce nostalgia de los días que había pasado en la casita del árbol, cuando era niño.
Siempre había preferido la soledad, aunque últimamente eso estaba cambiando. Deseaba un poco de calor humano en su vida, un poco de luz en su hogar. Su mente evocó la imagen de Miley. Era más auténtica y honesta que cualquiera de las mujeres que había conocido hasta entonces.
Se preguntó cómo sería su casa con la presencia de Miley. Estaba llena de luz y de energía. Era toda risas y corazón. Nick deseaba que esa luz y esas risas fueran sólo para él. Se trataba de un sentimiento egoísta, y lo sabía, pero Miley le atraía irresistiblemente. Y estaba seguro de que podía ofrecerle todo lo que necesitaba.
A pesar de su pertinaz resistencia, ella deseaba sentir su pasión. Nick lo leía en sus ojos y lo percibía en su cuerpo. Cuando al final hicieran el amor, Miley comprobaría que la pasión que sentía por ella era superior a la inmensidad de las Montañas Rocosas.
Aquellos pensamientos no reportaron a Nick ningún consuelo, pero fortalecieron su determinación. Deseaba a Miley, y Nick Jonas siempre obtenía lo que deseaba.

—No sé a quién quieres atormentar —dijo Miley al reunirse con Nick para cenar en uno de sus restaurantes— Si a mí o a tus empleados.
El sonrió levemente, disfrutando con el destello que desprendían sus ojos a la luz de las velas.
—No quiero atormentar a nadie —le aseguró— Simplemente hemos venido a cenar.
—Sí, claro —repuso ella con voz incrédula— Entonces, ¿por qué tus camareros siguen intentando convencerme de que pida un filete?
—Porque la especialidad del restaurante es la carne, y desean ofrecerte nuestro mejor plato.
—Y se esfuerzan el doble porque estoy contigo.
Nick pensó en las demás mujeres que habían acudido a cenar con él a aquel mismo restaurante.
—Bueno —admitió— eres mi primera acompañante vegetariana.
Miley se echó a reír, y el sonido chispeante de su risa provocó a Nick un delicioso hormigueo interior.
—Hablas como si un vegetariano fuese un alienígena.
Él sonrió.
—Lo has dicho tú, no yo —la miró con ojos entornados, tratando de precisar qué había cambiado en ella— ¿Qué te has hecho en el pelo?
Miley puso los ojos en blanco.
—Me lo he cortado. Se supone que ya no tendré que cepillarlo tanto.
—Me gusta. Parece que acabaras de… —se interrumpió al ver que las mejillas se le tenían de color. Se inclinó hacia ella— ¿Qué crees que iba a decir?
Miley se ruborizó aún más, y se quedó mirándolo con aire perplejo.
—Te has sonrojado.
Ella cerró los ojos, aturdida por el tono sensual de su voz.
—Eres muy amable al advertírmelo.
Nick se echó a reír. El timbre áspero y sensual de su risa la estremeció por dentro.
—Vamos, Miley, responde a mi pregunta. ¿Qué creías que iba a decir?
Miley abrió los ojos y lo miró. Resultaba ridículo sentirse avergonzada, pero en presencia de Nick siempre se sentía como desnuda. Tomó aliento cuidadosamente.
—Creí que ibas a decir que tengo el pelo como si acabara de hacer el amor.
—Para ser psicóloga, te pones muy tensa al hablar de sexo.
—Sólo cuando el tema me afecta personalmente —admitió Miley— Para mí, el sexo tiene mucho que ver con los sentimientos. Si se practica sin que haya emociones intensas y sinceras de por medio, acaba siendo sexo basura. Ya digo, para mí el sexo debe ser mucho más que la mera unión física de dos cuerpos.
—Ha de haber pasión —dijo Nick, y eso fue lo que Miley vio resplandecer en sus ojos.
—Y emociones.
Siguió un largo silencio. Nick le sostuvo la mirada, y ella presintió que algo muy poderoso los unía.
—Estoy de acuerdo —dijo él al fin, y Miley notó un pellizco en el corazón al ver la determinación que se reflejaba en su rostro. De haber podido hablar, sus ojos hubiesen dicho: «Voy a hacerte mía».