viernes, 2 de marzo de 2012

Capitulo 1.-

Casi dos años después, Miley estaba en un lujoso café de Londres, esperando la llegada de su amiga Demi.
Sus pensamientos estaban muy lejos de allí, centrados en Nick. Se preguntaba cómo iban a celebrar el segundo aniversario de aquel primer encuentro. ¿Buscando un granero abandonado en medio de la nieve? No, ésa no sería buena idea, pensó, sonriendo para sí misma. A Nick no le gustaba el frío y tenía poca tolerancia para los inconvenientes.
-Siento llegar tarde -se disculpó una delgada Morena de ojos oscuros, dejando una cámara fotográfica sobre la mesa.
-No pasa nada.
-Cariño, si dejas que te siga creciendo el pelo -dijo Demi entonces, señalando la melena clara que casi le llegaba a la cintura- la gente va a pensar que quieres ser Rapunzel.
-¿Cómo? -exclamó Miley, sorprendida.
-Rapunzel, ya sabes, la del cuento de hadas. A la que encerraron en una torre y se dejó el pelo largo para usarlo como escala -rió su amiga-. Desgraciadamente para ella, no fue un príncipe azul el que subió por la escala a rescatarla... sino la bruja. Te lo advierto.
Miley soltó una carcajada. Estaba acostumbrada a la forma de ver la vida de su sofisticada amiga. Hija de un famoso artista, Demi había sobrevivido a una infancia bohemia e inestable para convertirse en una fotógrafa de éxito. Pero seguía teniendo cicatrices infligidas por unos padres que habían vivido vidas tempestuosas.
-¿Qué tal tu príncipe azul? -bromeó Demi, después de pedir un café.
-Nick está muy bien. Muy ocupado, por supuesto, pero me llama todos los días cuando está fuera del país...
-Tu móvil es el equivalente a una cadena -bromeó su amiga-. Creo recordar que, si lo apagas, te pide explicaciones por triplicado.
-No, mujer, lo que pasa es que le gusta saber dónde estoy. Se preocupa por mí -replicó Miley-. ¿Sabes que, dentro de diez días, Nick y yo habremos estado juntos dos años?
-Ah, qué bien. El hombre que no se compromete jamás está buscando una medalla de oro. Podrías dedicarte a escribir columnas de cotilleo... pero, claro, el mundo tendría que saber que existes y, lamentablemente, eres un secreto bien escondido.
-Nick no soporta la atención de los medios y sabe que a mí tampoco me gusta. Estoy contenta de permanecer en la sombra -murmuró Miley, diciéndose a sí misma, por costumbre, que el tiempo que tenía para disfrutar con Nick sería tiempo perdido si debía compartirlo con los periodistas-. Ahora mismo, estoy intentando encontrar una forma especial de celebrar nuestro aniversario...
-Nick no hizo ningún esfuerzo por celebrarlo el año pasado, ¿verdad?
-No se acordaba de que llevábamos un año juntos. Debería habérselo recordado...
-¿Y qué dijo cuando se lo recordaste?
-Nada.
-Entonces, deja que te dé un consejo -suspiró Demi-. Si quieres seguir con Nick Jonas, resiste el deseo de celebrar vuestro segundo aniversario.
-¿Por qué?
-Recordarle que lleváis juntos dos años podría hacer soplar el frío viento del cambio.
-¿Qué intentas decir? -exclamó Miley, angustiada.
Demi apretó los labios.
-Mira, yo creo que estás perdiendo el tiempo con ese hombre. Ni siquiera se molestó en aparecer el día que te dieron el premio en la escuela de diseño.
-Porque su vuelo había llegado con retraso.
-¿No me digas? No es eso, Miles. Es que no tiene interés en tu vida, a menos que le afecte directamente.
-Nick no es un artista ni tiene nada que ver con la moda. No espero que se interese por los bolsos que diseño...
-¿Por qué no? Eso es lo que haría cualquiera -la interrumpió su amiga-. No te ha presentado a nadie, ni a su familia, ni a sus amigos... Si te lleva a algún sitio, tiene que ser uno donde no le molesten los paparazzi y donde nadie pueda verlo contigo. Vive su vida y te tiene a ti en una jaula. ¿Por qué no te enfrentas con la verdad, Miley? Eres su querida y...
-¡Eso no es verdad! Nick no me mantiene. Yo no acepto su dinero -la interrumpió Miley-. Bueno, vivo en su apartamento, pero pago todos mis gastos y no acepto regalos caros.
-Pero no es lo que tú pienses, es lo que piensa él y cómo te trata...
-Nick me trata muy bien, Demi.
Su amiga dejó escapar un suspiro.
-¿Cómo no va a tratarte bien? Estas loca por él y Nick lo sabe y lo utiliza. Pero dejó bien claras las reglas desde el principio...
-No, nunca ha habido reglas. No soy su querida... nunca seré su querida -la interrumpió Miley, apretando los labios.
-¿Ha hablado de futuro? ¿Amor, matrimonio, hijos?
Ella hizo una mueca.
-Cariño, tienes derecho a preguntar dónde va vuestra relación -le aconsejó Demi, antes de cambiar de conversación.
Después, Miley no recordaba de qué habían hablado. Recordaba haber sonreído mucho para dejarle claro a su amiga que no se sentía ofendida por sus comentarios. Pero, en realidad, le habían hecho daño... y le habían dado que pensar. Unas horas antes, se sentía feliz con su vida y ahora...
Demi no entendía las limitaciones que ella simplemente aceptaba sin discutir. Por amor.
Pero se veía obligada a reconocer que lo que había dicho era cierto. No era una opinión, era un recuento de los hechos.
Nick nunca la había llevado a Grecia, aun sabiendo que ella quería visitar de nuevo ese país. Aunque su única hermana, Denisse, estaba casada con un inglés y vivía en Londres, nunca se la había presentado. Miley se decía a sí misma que, con el tiempo, las cosas cambiarían. Pero no había sido así.
También se convenció a sí misma de que era irrelevante que Nick no le presentase a sus amigos, pero la verdad era que él nunca le había dado opción.
También era cierto que él jamás había hablado del futuro... al menos, no de un futuro lejano. Hacían planes de mes en mes porque eso era todo lo que le permitía su abultada agenda. Nunca había mencionado el matrimonio o los hijos. En cuanto al amor, solía hacer comentarios irónicos al respecto y Miley intentaba evitar el tema.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras entraba en el ático que se había convertido en su hogar. Nick no aceptaba ningún compromiso, pero eso no significaba que fuera su querida. ¿O sí? Por naturaleza, Nick Jonas era un hombre reservado y cauto...
Entonces otra duda la asaltó: ¿cómo podía decir que vivían juntos? En realidad, él seguía usando un dúplex que tenía en Londres. Le había dicho que era necesario porque estaba más cerca de su oficina. Además, sus parientes se alojaban allí cuando estaban de visita en Londres. Pero Miley nunca lo había visto.
De repente, veía las bases de su felicidad desaparecer como la arena bañada por las olas. Adoraba a Nick. Había creído que su relación era maravillosa, pero la franca opinión de Demi empezaba a destrozar esa confianza.
¿Cómo había podido estar tan ciega?, se preguntó. ¿Sería posible que, como el dúplex, ella sólo fuera un objeto útil para Nick? Un objeto sexual.
El teléfono empezó a sonar entonces y, después de un momento de vacilación, Miley contestó.
-¿Por qué tienes el móvil apagado? ¿Dónde estabas?
Era Nick, naturalmente.
-Tomando un café con Demi... se me olvidó encenderlo.
-Llegaré mañana, a las ocho. Cuéntame algo.
Por supuesto, estaría tomando un café entre reunión y reunión y necesitaba que ella rellenase ese tiempo libre. Estuviera en el país que estuviera, la llamaba por teléfono y esperaba que Ashley lo entretuviese con su charla. Ella nunca le contaba nada desagradable, nunca hablaba mal de nadie, le hacía favores a todo el mundo, lo veía todo por el lado positivo... Y siempre se le ocurrían cosas que comentar.
Pero aquel día tenía la mente en blanco.
-¿De qué quieres hablar?
-Dime cualquier cosa... que la ropa se acorta para fomentar el negocio de los productos dietéticos, las propiedades adictivas del chocolate, qué día hace, que incluso los días de lluvia pueden ser divertidos, la gente tan encantadora que te has encontrado en el vestíbulo, en la calle, en la tienda... Estoy acostumbrado a que me cuentes esas cosas.
Miley se puso colorada. ¿La creía una charlatana? ¿Qué veía en ella? Le costó mucho, pero consiguió hablar como si no pasara nada... mientras se miraba al espejo del pasillo. La imagen que le devolvía era poco halagadora. ¿Cómo un hombre como Nick podía estar interesado en una mujer como ella?
«Para, para, para», le decía una vocecita. Decidida, se dio la vuelta, jurándose a sí misma que la depresión no la llevaría a la nevera.
En Suiza, Nick colgó el teléfono con el ceño fruncido. Miley parecía disgustada. Y ella nunca estaba disgustada. Todo lo contrario, era una chica siempre alegre, siempre dispuesta a ver el lado positivo de las cosas. Cuando le pasaba algo, siempre se lo contaba... ¿Qué problema podía tener?
Aunque no lo sabía, Miley disfrutaba de una discreta protección veinticuatro horas al día. Nick, como tantas personas de su posición, había recibido amenazas. Preocupado porque ella se convirtiera en objetivo, Nick había contratado un equipo de profesionales para que velasen por su seguridad. Había pensado decírselo, pero temía que los guardaespaldas la asustaran. Ella era tan amistosa, tan simpática con todo el mundo, tan ingenua... No quería cambiar eso y decidió que era mejor no contárselo. Por un momento, pensó preguntar al equipo de seguridad dónde había estado y con quién. Pero no, eso sería aprovecharse de la situación. No tenía ningún derecho a hacerlo.
Aun así, que Miley le hubiera dado causa de ansiedad por primera vez hizo que se volviera hacia los ejecutivos con gesto frío y cortante.
Miley siempre se arreglaba para Nick. Mientras miraba en su armario, lo dividió mentalmente en tres colecciones de ropa: de las tres, sólo podía ponerse una en cualquier momento. La primera había disfrutado de un breve período de vida después de una dieta rigurosa, la segunda era la que había comprado cuando volvió a engordar. La tercera era ropa ancha, que podía ponerse en cualquier ocasión sin temor a parecer demasiado «gordita».
Mientras sacaba un vestido de la percha la cabeza empezó a darle vueltas y tuvo que agarrarse a la puerta del armario para no perder el equilibrio. No era la primera vez que le pasaba, pero pensó que era debido a un resfriado que había sufrido unos meses antes y que no había podido curarse del todo. Sin duda era eso y no le apetecía perder el tiempo yendo al médico.
En una hora, Nick estaría de nuevo con ella y se negaba a atormentarse con los comentarios de Dem. Su amiga sólo había querido ponerla en guardia porque estaba preocupada, pero Miley sabía que Demi había tenido varias relaciones fallidas y que desconfiaba de los hombres en general. Además, ella no conocía a Nick, no sabía lo maravilloso que era.
Nick intentaba alejarse de cierto tipo de prensa y hacía todo lo posible por mantener su vida privada en secreto. No era fácil que Miley se enfadara, pero lo había hecho al leer artículos que utilizaban viejas fotos y viejas historias para seguir describiendo a Nick Jonas como un mujeriego frío y sin corazón que, además, se mostraba inhumano en los negocios. ¿Habría leído Demi esos artículos?
Mientras se cepillaba el pelo, pensaba en el hombre que ella conocía: generoso, fuerte, apasionado... todo lo que había soñado siempre.
Aunque no le gustaba en absoluto, la llevaba de merienda porque a Miley le encantaba. Los viajes turísticos lo aburrían y, sin embargo, la había llevado a Roma, a París y a un montón de ciudades fabulosas para que pudiera explorar su pasión por la historia en su compañía. Cuando se sentía desanimada, asustada o deprimida, él estaba a su lado. Lo amaba con toda su alma por muchas razones. ¿Y su lado malo? No, no quería pensar en eso. No quería arruinar su felicidad.
Nick la llamó desde el aeropuerto.
-Estoy contando los segundos -le dijo Miley.
La llamó desde la limusina cuando se quedó retenido en un atasco.
-No puedo soportarlo más...
-¿Sabes cuánto te he echado de menos? -preguntó Nick en su última llamada mientras entraba en el ascensor para subir al ático.
Para entonces, Miley estaba nerviosa. La puerta se abrió y, al verlo... dejó de pensar. Le temblaban tanto las rodillas, que se apoyó en la pared para estabilizarse. Todo en Nick la emocionaba. Desde el ángulo orgulloso de su cabeza hasta la anchura de sus hombros, sus zancadas, todo en él era espectacularmente masculino.
Era guapísimo y sólo tenía que entrar por la puerta para que su corazón amenazase con detenerse.
Nick cerró la puerta con el pie y la tomó entre sus brazos. Por un segundo, Miley se perdió en la felicidad de tocarlo, de olerlo.
-Nick...
-Si pudieras viajar conmigo, pasaríamos más tiempo juntos -dijo él, con voz ronca-. Piénsalo. Podrías dejar tus tareas artísticas aparcadas durante un tiempo.
Y perder su independencia... eso estaba fuera de la cuestión.
-No puedo.
Contento de haber plantado otra semilla, Nick la aplastó contra la pared. Ella sucumbió al atractivo de su boca con el mismo fervor que habría empleado en una situación de vida o muerte. Sabía de maravilla, como algo adictivo sin lo que no podría vivir. Él la tomó por la cintura, levantándola para apretarla descaradamente contra su erección.
-Oh... -gimió Miley -derritiéndose como la miel al calor del sol.
Aplastada contra el cuerpo masculino, apartó la cara para buscar oxígeno cuando recordó que había olvidado recordarle un ritual importante.
-El móvil...
Nick se puso tenso.
-O el móvil o yo -le recordó ella.
Con una mano, Nick sacó el móvil de la chaqueta y lo tiró sobre la mesa del pasillo. Luego, volvió a buscar su boca con ansia devoradora.
-Por una vez, no vamos a hacerlo en el pasillo.
Mareada por la pasión, Miley sólo pudo asentir.
Decidido, Nick, la tomó de la mano para llevarla al dormitorio.
-Yo he dejado el móvil, así que tendrás que compensarme adecuadamente, pedi mu.
Ella tenía las piernas temblorosas. El brillo sexual en sus ojos la aprisionaba como una cadena. Una cegadora ola de deseo la recorrió entera.
Nick la miró con ardiente satisfacción mientras bajaba la cremallera del vestido azul turquesa, dejando al descubierto el sujetador y la braguita de encaje.
-Eres soberbia -murmuró, con voz ronca de pasión.
 
Luego, tomándola en brazos, la depositó sobre la cama, su carismática sonrisa iluminando un rostro por lo general serio.
-No te muevas.
-No pienso ir a ningún sitio -musitó Miley, sus ojos clavados en él como si tuviera un imán mientras se quitaba la chaqueta.
Era un hombre fuera de serie. Pelo castaño, alto, fuerte e increíblemente guapo, emanaba la fuerza y la sensualidad de un predador. Miley sentía como si tuviera mariposas en el estómago... y, sin embargo, a la vez, debía luchar contra la vergüenza de estar tumbada en una cama, en ropa interior, delante de él.
No la habían educado de una forma liberal, pero cuando Nick llegó a su vida no sólo había tirado el libro de las reglas, lo había quemado.
¿Era importante para él?, se preguntó. ¿O era algo temporal, algo que abandonaría sin mirar atrás cuando se cansara?
-¿Piensas en mí cuando estás fuera de Londres? -le preguntó.
Nick se tumbó a su lado mientras desabrochaba su camisa.
-¿Después de dos semanas sin sexo? Esta semana he pensado en ti al menos una vez por minuto -contestó él, riendo.
Miley se puso colorada. Pero el comentario no le gustó en absoluto.
-No me refería a eso.
Él la apretó contra su pecho, con típica arrogancia masculina.
-No le hagas a un griego preguntas de ese tipo. Eres mi amante, claro que pienso en ti.
Cuando empezó a besarla, todas las dudas desaparecieron. Se desató un incendio entre sus piernas y una ola de deseo la consumió al sentir el peso de su cuerpo. Dos semanas sin Nick eran como toda una vida. Aunque dudaba de su amor por ella, no podía evitar refugiarse en su pasión. Sus expertas caricias la hacían gemir y, cuando utilizó los dientes y la lengua, empezó a apretarse contra él sin pensar en nada más.
Su corazón latía a toda velocidad, el aire apenas llegaba a sus pulmones. La elemental masculinidad de Nick era irresistible. Él sabía perfectamente lo que la excitaba y, cuando encontró el capullo escondido entre sus rizos, con sus dedos expertos la llevó a unas cimas de deseo aún más desesperadas.
-Así es como te imagino -murmuró, con cruda satisfacción-. Enloquecida por el placer que te doy.
Se enterró en ella con fuerza y, delirante de deseo, Miley lo recibió, contrayendo los músculos para no dejarlo ir. Su necesidad de él era dolorosamente intensa. Su pasión la enloquecía hasta el límite, pero luego empezó a caer, a caer... hasta llegar a un estado de agitación que no tenía nada que ver con la sensación de felicidad que experimentaba otras veces. Su cuerpo estaba satisfecho, pero sus emociones no. Sin darse cuenta, sus ojos se habían llenado de lágrimas.
Nick apartó el pelo de su cara.
-¿Qué te pasa?
-Nada -contestó Miley-. No sé por qué estoy llorando.
Él la acarició, pensativo. Si tenía paciencia, le contaría qué pasaba. Miley era incapaz de guardarle un secreto.
-Lo siento... supongo que me he puesto emotiva pensando en nuestro aniversario -murmuró ella poco después.
-¿Qué aniversario?
-¿No sabes que dentro de unos días hará dos años que estamos juntos? -sonrió Miley, levantando la cabeza-. Quiero que lo celebremos.
¿Dos años? Nick intentó disimular su reacción ante la noticia. ¿Tanto tiempo llevaba con Miley? ¿Dos años? Algunos matrimonios no duraban tanto. ¿Cuándo se había convertido en algo permanente? Se había metido en la rutina de su vida sin que se diera cuenta...
La vida de Miley estaba tan imbricada en la suya como las hojas de hiedra en un árbol. No era una analogía muy inspirada, pero... ¿Cuándo fue la última vez que se acostó con otra mujer? Dos años. Le había sido completamente fiel. Reconocer eso hizo que apretase los dientes. Inexplicablemente, se había infiltrado en su libertad como un ejército invisible, condicionando su vida de una forma que le resultaba completamente ajena. La sorpresa lo enfrió, como si estuviera en presencia del enemigo.
-No me gusta celebrar mis aniversarios con mujeres -dijo con los ojos brillantes-. No me gustan esas cosas sentimentales.
Miley se quedó sin respiración. No quería creer que Demi había tenido razón, pero...
-Para mí es especial que hayas sido parte de mi vida durante tanto tiempo.
Nick se encogió de hombros.
-Lo pasamos bien juntos y te aprecio en lo que vales, pero no creo que sea apropiado celebrar aniversarios. No somos novios.
Miley se sintió como alguien atado a una vía cuando el tren se acercaba a toda velocidad. Esas palabras aplastaban todos sus sueños, todas sus ilusiones.
De un salto, él se levantó de la cama para ir al baño. Miley se quedó tumbada, atónita, con el corazón roto. Delante de sus ojos, el hombre al que amaba se había convertido en un extraño aterrador de ojos fríos y tono cortante.
Nerviosa, se levantó para ponerse la bata azul que había sobre una silla, pero tuvo que volver a sentarse en la cama porque la cabeza le daba vueltas. Era ese estúpido mareo otra vez. Quizá tuviera una infección de oído...
«Te aprecio en lo que vales». ¿Qué significaba eso? ¿Que había calculado su valor en términos de conveniencia? No, él no era un hombre sentimental y tampoco le importaba herir sus sentimientos, aparentemente. Debía de estar muy seguro de su relación para prohibirle celebrar un aniversario. Mordiéndose los labios, Miley abrochó el cinturón de la bata. Pero una furia desconocida para ella empezaba a emerger en su corazón a causa de la humillante respuesta.
Por otro lado, en el baño, Nick se apoyaba en la pared de la ducha, dejando que el agua cayera sobre su cuerpo. Normalmente, se quedaba en la cama con Miley después de hacer el amor. Tomado por sorpresa, había actuado sin tacto alguno. Furioso consigo mismo, se había liado a golpes con la pared... Su relación era casi perfecta. Miley nunca le exigía nada y no parecía tener más ambición en la vida que hacerlo feliz. Y lo hacía de maravilla, tuvo que reconocer. No quería perderla, pero ¿qué podía hacer con una amante que no sabía que lo era? Una amante que quería celebrar aniversarios como si fuera una esposa.
Nick hizo una mueca. ¿Qué le estaba pasando?
Probablemente, razonó, su amiga Demi fuera la responsable de aquel cambio. ¿Era ella quien había destruido su alegría? ¿Quién si no? Miley le había repetido alguna vez los ácidos comentarios de su amiga sobre los hombres. Y tenía la impresión de que Demi lo freiría en aceite hirviendo si tuviese oportunidad.
Que subestimase su relación con Miley lo sacaba de quicio. Él se sentía orgulloso de cómo la trataba. Cuidaba de ella y era una mujer feliz. ¿Por qué? Porque él mantenía alejada la dura realidad de la vida. Incluso conseguía que sus sueños se hicieran realidad. Aunque ella no lo sospechaba, dieciocho meses antes había usado sus influencias para que entrase en un curso de diseño en la universidad. Gracias a él, había empezado a diseñar bolsos que, en su opinión, ninguna mujer sensata debería comprar. Recordó entonces el bolso en forma de tomate... Pero el asunto era que Miley estaba contenta con su vida... o, al menos, lo había estado hasta que la serpiente entró en el paraíso.
Estaba secándose con la toalla cuando Miley entró en el cuarto de baño.
-Si no podemos celebrar aniversarios, ¿qué podemos celebrar? -le preguntó, muy seria.
Nick se quedó parado con la toalla en la mano, las gotas de agua enredándose en el vello oscuro de su torso. No había esperado un segundo asalto. El primero lo había tomado por sorpresa.
-No sé qué...
Miley se dio cuenta de que tenía un nudo en la garganta, un nudo que crecía con cada segundo.
-Una vez me dijiste que nada permanece igual, qué todo debe progresar -le recordó-. Dijiste que las cosas que permanecen estáticas mueren. Sin embargo, en los dos últimos años nosotros no hemos cambiado en absoluto.
En ese momento, Nick decidió que debía guardarse sus sabias palabras para sí mismo.
Miley hablaba con el corazón. Quería entender lo que estaba pasando entre ellos, necesitaba saber qué eran el uno para el otro.
-¿Qué pasa entonces, nick? ¿Dónde va nuestra relación?
Que Miley le sometiera a tal interrogatorio exasperó a Nick. Pero, decidido a cortarlo de raíz, la atrajo hacia sí y buscó su boca con tal ansiedad, que la dejó temblando, desconcertada.
-¿Vamos a la cama? -murmuró.
Ella se puso pálida, como si la hubiera abofeteado. Aparentemente, Nick creía que era muy fácil distraerla.
-¿Ésa es la respuesta? Quiero sentir que soy parte de tu vida, no sólo alguien con quien te acuestas

Él abrió los brazos, suspirando.
-¡Pero eres parte de mi vida!
-Si eso es verdad, ¿por qué no conozco a tus amigos? ¿Te avergüenzas de mí?
-Cuando estamos juntos, prefiero tenerte para mí solo, pedi mu. No voy a pedir disculpas por eso -contestó Nick-. Cálmate. Te estás poniendo nerviosa...
-No estoy nerviosa. Sencillamente, estamos teniendo una discusión -replicó ella, buscando dentro de sí la tranquilidad que le hacía falta.
-No pienso discutir contigo.
-¿Otra cosa más que te niegas a hacer?
En ese momento, empezó a sonar el teléfono y Miley se alegró de la interrupción.
-Dile a Nick que se ponga... -oyó la voz de Denisse.
-Un momento, por favor.
Si Deni no encontraba a Nick en el móvil, no tenía ningún problema en llamar al ático. Los Jonas estaban muy unidos desde que sus padres murieron, cuando Deni era una adolescente, y todavía se apoyaba mucho en su hermano. Pero no parecía saber quién era Miley, porque siempre le hablaba como si fuera alguien del servicio.
Nick tomó el teléfono.
-¿Sí? -murmuró. Pero miraba a Miley. Estaba furioso con ella. ¿Por qué quería estropear lo que había entre ellos? El diálogo telefónico continuó en griego. Miley entendía algo porque llevaba varios meses estudiando ese idioma para darle una sorpresa. Deni estaba recordándole a su hermano que daba una fiesta en su casa la semana siguiente.
Por supuesto, Nick no la invitaría a esa fiesta. Él no tenía prisa por incluirla en su círculo familiar o de amistades. ¿Era porque sólo la utilizaba para el sexo?
Sexo fácil, sin complicaciones, con una mujer que había sido lo suficientemente tonta como para entregarse desde el principio. ¿Cómo iba a quejarse si Nick nunca le había prometido nada y ella no le había exigido promesa alguna?
Angustiada, Miley se apartó. Tenía ganas de llorar, pero no quería hacerlo delante de él.
Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas a la situación. Nick era un hombre muy apasionado, con un deseo insaciable. Pero le interesaba más su trabajo que el placer y una mujer que exigía poco era una necesidad para él. Sin duda, se lo había puesto en bandeja. No le exigía nada, no le montaba una escena cuando llegaba tarde, había aceptado un papel secundario en su vida...
¿Por que? Porque Nick era todo lo que ella no era, lo que no sería nunca. No tenía un problema de autoestima, simplemente no podía ignorar el hecho de que Nick Jonas la superaba en todos los sentidos. Era guapísimo, sofisticado, rico, el producto de un mundo privilegiado. Si llovía durante un día de verano, por ejemplo, la llevaba en su avión privado a alguna playa soleada. Tenía la capacidad de cambiar las circunstancias a su antojo. Había recibido una educación superior y era una persona muy inteligente, un perfeccionista obsesivo, raramente satisfecho con los resultados, por buenos que fueran.
¿Qué tenía ella que ofrecer, en comparación? Estudios primarios, una familia de clase media, una inteligencia normal y un físico también normal. ¿Cómo se había atrevido a soñar que algún día Nick Jonas se enamoraría de ella? ¿Cómo había podido creer que un día iba a casarse con un hombre así? Sin embargo, había soñado precisamente eso. Amaba a Nick, lo amaba con todo su corazón, de forma obsesiva. Y, desde el principio, ése había sido el problema. Lo amaba tanto, que era incapaz de usar el sentido común para controlar su relación con un hombre tan impresionante.
Miley levantó la barbilla, orgullosa. Quizá Nick estuviera satisfecho con su relación, pero ella no. Ella quería una relación con futuro. Se ponía enferma sólo de pensar en decirle adiós, pero si para él sólo era una compañera de cama ocasional, tendría que hacerlo.
Costase lo que costase.
Por otro lado, ¿no habría elegido el peor momento para mencionar un tema que para Nick era controvertido? Quizá la palabra «aniversario» lo horrorizara. Quizá estaba sacando las cosas de quicio, quizá sólo se estaba dejando llevar por las palabras de Demi...
Allí estaba, discutiendo con Nick por primera vez desde que se conocieron en aquella carretera solitaria, poniendo en peligro su relación. Miley tuvo que apretar los puños para contener las lágrimas. ¿Qué le pasaba? Sentía tantas emociones dentro de ella, que no podía contenerlas... Nerviosa, respiró profundamente, intentando recuperar la tranquilidad que había sido siempre parte de su naturaleza.
-Miles... -Nick entró en el salón en ropa interior y la encontró frente a la ventana. Acercándose de dos zancadas, tomó su cara entre las manos-. ¿Te gustaría ir a la fiesta de mi hermana la semana que viene?
Atónita, ella levantó la mirada.
-¿Lo dices en serio? ¡Claro que me gustaría ir!
Al ver el brillo de felicidad en sus ojos Azules y esa sonrisa tan generosa que iluminaba su cara, Nick se alegró. Había hecho bien. Un fin de semana en París habría comprometido sus principios en lo que se refería a aniversarios. Que Denisse apenas fuera a fijarse en Miley entre tantos invitados era irrelevante. No había razón para que no fuese a la fiesta, pero no tenía intención de convertir esa invitación en una costumbre.
Algún día, para cumplir con su obligación como heredero de la familia Jonas, tendría un heredero. Por eso, debía hacer una distinción clara entre su vida pública y su vida privada. Y ser discreto. A Miley le dolería, naturalmente, pero cuanto más tiempo formase parte de su vida, más difícil le resultaría separarse de él y más fácilmente se acostumbraría a aceptar las inevitables restricciones, pensó Nick, decidido.
Con el corazón acelerado, Miley apoyó la cabeza en su pecho. Se sentía como una tonta por su falta de fe. Evidentemente, debería haber hablado antes con él. Quizá Nick sólo necesitaba un empujoncito en la dirección adecuada.
-Y ahora... -dijo él, levantando su cara con un dedo. Su mirada oscura la mareaba. Se excitó incluso antes de que besara sus labios abiertos con un ansia devastadora, antes de que la tomase en brazos para llevarla de vuelta al dormitorio

jueves, 1 de marzo de 2012

Prologo

Nick Jonas apretó el volante con fuerza cuando su Ferrari Maranello amenazó con patinar sobre la helada carretera.
El paisaje rural de campos y árboles estaba cubierto por una gran capa de purísima nieve. No había otros coches. En un día en que la policía había aconsejado a la gente quedarse en casa y evitar las peligrosas condiciones de la carretera, Nick disfrutaba del reto de probar su habilidad al volante. Aunque poseía una legendaria colección de coches casi nunca tenía la oportunidad de conducirlos él mismo. Podría no saber muy bien dónde estaba, pero eso le preocupaba poco. Seguía confiando en que, en cualquier momento, encontraría una entrada a la autopista que le permitiría regresar a Londres y, por tanto, a la civilización.
Nick no se arredraba ante dificultad alguna... sencillamente porque las dificultades no existían para él. Llevaba una existencia tranquila y bien organizada. Cualquier problema, cualquier incomodidad se evitaba con una buena inyección de dinero. Y el dinero no era obstáculo para un hombre como él.
La fortuna de los Jonas, forjada originalmente en la construcción de barcos, había empezado a mermar cuando Nick era un adolescente. Aun así, su conservadora familia se quedó estupefacta cuando decidió no seguir los pasos de su padre y su abuelo, convirtiéndose en cambio en financiero. Unos años después, sin embargo, los murmullos de desaprobación se habían convertido en aplausos cuando Nick tuvo un éxito meteórico.
Ahora, a menudo aconsejaba a gobiernos sobre sus inversiones. Nick era, a la edad de treinta y cuatro años, no sólo adorado como un ídolo por su familia, sino un magnate de las finanzas y un adicto al trabajo.
En cuestiones más personales, ninguna mujer le había interesado durante más de tres meses. Su poderosa libido y sus emociones estaban férreamente controladas por una mente ágil y bien disciplinada. Su padre, sin embargo, había estado a punto de casarse por cuarta vez antes de morir...
La manía de su padre de enamorarse de mujeres cada vez menos adecuadas siempre le resultó exasperante. Él no era así; de hecho, la prensa lo había acusado de ser de hielo por su trato con las mujeres. Orgulloso de su cuadriculado cerebro,Nick había hecho una relación de las diez cualidades que debería reunir una mujer para entrar en la lista de posibles candidatas. Ninguna lo había conseguido, ni siquiera se habían acercado.
Miley metió las manos en las mangas de su gabardina gris y movió los pies para que no se le quedasen congelados.
Se había perdido y por allí no había nadie para darle indicaciones de cómo llegar a la carretera general. Pero el pesimismo era algo ajeno a la naturaleza de Miley. Largos años viviendo una vida muy austera le habían enseñado que una visión negativa de las cosas desanimaba a cualquiera y no reportaba beneficio alguno. Ella era de las que siempre miraba el lado bueno de las cosas. De modo que, aunque se había perdido en medio de una carretera helada y desierta, estaba convencida de que algún conductor amable aparecería en cualquier momento. Daba igual que lo que le había pasado aquel día hubiera hecho gritar de frustración a la persona más tranquila del mundo.
Miley sabía que no se ganaba nada perdiendo los nervios por algo que uno no puede cambiar. Sin embargo, incluso para ella era difícil olvidar las ilusiones con las que había salido de casa para acudir a la entrevista...
Ahora se sentía como una ingenua por haber puesto en ella tantas esperanzas. ¿No llevaba meses buscando trabajo? ¿No sabía lo difícil que era encontrar un empleo fijo? Desgraciadamente, no estaba cualificada para ningún empleo. No tenía nada que hacer en un mundo que parecía obsesionado por los títulos universitarios. Además, no contaba con experiencia profesional y así era un problema conseguir referencias.
Miley tenía veintiocho años y llevaba más de una década cuidando de su madre enferma. La relación de sus padres se había deteriorado a causa de la enfermedad y su padre se había marchado de casa. Después de un año, había cesado todo contacto entre ellos. Su hermano, kevin, que era diez años mayor que ella, era ingeniero. Vivía en el extranjero y sólo hacía visitas ocasionales.
Casado ahora e instalado en Nueva Zelanda, Kevin que volvió para el funeral de su madre unos meses antes casi le había parecido un extraño. Pero cuando su hermano se enteró de que él era el único beneficiario del testamento se sintió tan aliviado, que le habló francamente de sus problemas económicos. De hecho, le había dicho que el dinero de la venta de la casa sería un salvavidas para él. Sabiendo que tenía que mantener a sus tres hijos, Miley ni siquiera le recordó que sería un salvavidas para él, pero ella no recibiría ni un céntimo. Entonces, no sabía que le iba a resultar tan difícil encontrar trabajo o alojamiento.
El silencio del paisaje cubierto de nieve fue roto entonces por el ruido de un motor en la distancia. Sonriendo, Miles se acercó a la carretera para llamar la atención del conductor...
Nick no vio a la mujer mientras tomaba la curva y luego no le quedó más remedio que dar un volantazo. El deportivo patinó en el hielo, dio una vuelta sobre sí mismo y se deslizó por la carretera hasta chocar contra un árbol...
Con los oídos retumbándole por el terrible crujido del metal, Miley se quedó donde estaba, inmóvil. Incrédula y boquiabierta, observó al conductor, un hombre alto y Castaño, salir del coche a toda velocidad. Se movía tan rápidamente como su coche, fue lo primero que pensó.
-¡Apártese! -le gritó él, pues el fuerte olor a gasolina le había alertado del peligro-. ¡Apártese de ahí!
El coche se incendió y Miley intentó apartarse, pero el hombre tiró de su brazo para alejarla más rápidamente. Tras ellos, el tanque de gasolina explotó y la fuerza de la explosión la levantó del suelo. El extraño evitó la caída sujetándola por la cintura, pero la tumbó en el arcén y se colocó encima para protegerla.
Sin aliento,Miley se quedó en el suelo, intentando respirar mientras pensaba que aquel hombre le había salvado la vida. Cuando levantó la mirada, se encontró con una piel de bronce y unos exóticos ojos de color dorado, muy brillantes.
Tenía la ropa empapada, pero lo que le importaba en aquel momento era saber por qué esos ojos le resultaban tan familiares. De niña había visitado un zologico en el que había un león en su jaula, furioso y frustrado. Con los ojos brillantes, desafiando a todo aquel que osara mirarlo, el animal paseaba por su humillante celda con una dignidad que a Miley le había roto el corazón.
-¿Se ha hecho daño? -preguntó él, con una voz ronca de profundo acento mediterráneo que le produjo escalofríos.
Miley negó con la cabeza. El hecho de que la hubiera aplastado contra el arcén lleno de nieve no tenía importancia en comparación con esos ojos. Tenía las pestañas muy largas, un rostro angular y muy masculino que poseía una belleza hipnótica.
Nick observó los ojos más Azules que había visto nunca. Estaba convencido de que no podían ser de verdad de ese color y sospechaba también del claro cabello cobre que enmarcaba su rostro ovalado.
-¿Qué demonios hacía en medio de la carretera?
-¿Le importaría apartarse? -murmuró Miley.
Nick se apartó musitando algo en su idioma. No se había dado cuenta de que estaba encima de la mujer responsable de la destrucción de su coche. Cuando tomó su mano para ayudarla a levantarse, se le ocurrió un pensamiento extraño: tenía la piel tan blanca, suave y tentadora como la nata.
-No estaba en medio de la carretera... temí que pasara de largo sin verme -explicó Miley, temblando de frío.
El hombre era altísimo, tan alto, que tenía que echar la cabeza hacia atrás para hablar con él.
-Estaba en medio de la carretera -insistió Nick-. Tuve que dar un volantazo para no atropellarla.
Miley miró el coche, que seguía ardiendo. Era evidente que en poco tiempo sólo quedarían un montón de hierros quemados. Era un modelo deportivo y, seguramente, muy caro. Y que intentase culparla por el accidente la hizo sentir un escalofrío de ansiedad.
-Siento mucho lo de su coche -se disculpó, para evitar conflictos. Habiendo crecido en una familia con fuertes personalidades, estaba acostumbrada a asumir el papel de pacificadora.
Nick miró los patéticos restos de su Ferrari, que sólo había conducido dos veces, y luego miró a la chica. Su ropa era vulgar, barata. De mediana estatura, era lo que su padre habría llamado una «chica sana» y lo que sus delgadísimas amigas, que disfrutaban metiéndose unas con otras, habrían descrito como «gorda». Pero entonces recordó lo femeninas que le habían parecido sus curvas mientras estaba tumbado sobre ella y sintió un escalofrío de deseo.
-Es una pena que no pudiera evitar el árbol -siguió Miley.
-Evitarla a usted era mi prioridad, señorita -replicó él, irritado ante lo que veía como un velado ataque a sus dotes como conductor-. Y en ese intento, podría haberme matado.
El escalofrío de deseo había desaparecido. Nick lo achacó al golpe contra el árbol que, seguramente, lo había privado de juicio y causado que su libido le gastase una mala pasada. Esa chica debía ser la menos atractiva que había conocido en su vida.
-Pero afortunadamente, los dos debemos dar las gracias por...
-Teos mu! Explíqueme por qué debo yo dar las gracias en este momento -la interrumpió él. Seguía nevando y la nieve empezaba a teñir su pelo de blanco-. Está nevando, empieza a anochecer, mi coche favorito ha quedado reducido a cenizas junto con mi móvil y estoy en medio de una carretera desierta con una extraña.
-Pero estamos vivos. Ninguno de los dos ha resultado herido -señaló Miley, intentando disimular que le castañeteaban los dientes.
Nick dejó escapar un suspiro. Estaba perdido en medio de una carretera desierta con Pollyanna.
-¿Puedo usar su móvil?
-Lo siento, no tengo móvil.
-Entonces supongo que vivirá cerca de aquí... ¿dónde está su casa? -preguntó él, mirando alrededor.
-No vivo por aquí. Ni siquiera sé dónde estoy.
Nick arrugó el ceño, como si acabara de confesarle algo terrible.
-¿Cómo puede ser eso?
-No soy de aquí -explicó Miley-. Es que me trajeron para una entrevista de trabajo. Luego empecé a andar y... pensé que no estaría lejos de la carretera general...
-¿Cuánto tiempo lleva caminando?
-Un par de horas. Pero no he visto ninguna casa. Por eso no quería que pasara usted sin verme. Estaba un poco preocupada...
Nick se percató de que estaba temblando. Tenía la gabardina empapada.
-¿Por qué está tan mojada?
-Hay un riachuelo por ahí detrás... no lo había visto hasta que me caí en él.
Él la estudió, muy serio.
-Debería habérmelo dicho antes. Con esta temperatura, podría acabar sufriendo hipotermia... y yo no quiero problemas.
-No voy a darle ningún problema -replicó ella.
-He visto un granero un poco más atrás. Deberíamos cobijarnos allí...
-No, en serio, estoy bien. En cuanto empiece a caminar otra vez se me pasará el frío -murmuró Ash.
Pero Zac vio que se le empezaban a poner los labios azules.
-No entrará en calor hasta que se quite esa ropa mojada -dijo, tomándola del brazo.
La idea de quitarse la ropa delante de un completo extraño era sencillamente absurda, pero le sorprendió su respuesta inmediata a lo que veía como una emergencia. En un segundo, el extraño había olvidado el deportivo destrozado para echarle una mano.
¿No era esa una típica respuesta masculina? Aunque no era tan común como a los hombres les gustaba creer, pensó Miley. Ni su padre ni su hermano la habían ayudado nunca. De hecho, los dos hombres de su vida habían huido de los sacrificios que exigía la enfermedad de su madre. Miley tuvo que aceptar que ninguno de los dos era suficientemente fuerte como para estar a la altura y como ella sí lo estaba, no tenía sentido culparlos por su debilidad.
-¿Cómo se llama? -le preguntó-. Yo me llamo Mi
ley Cyrus.
-Nick -contestó él, tomándola por la cintura para ayudarla a saltar una cerca.
-Ah, gracias -a Miles le sorprendió que tuviera tanta fuerza.
No recordaba que ningún hombre la hubiese tomado en brazos desde que tenía diez años. Pero nunca olvidaría las crueles bromas de sus compañeros por sus «generosas proporciones», nada parecidas a las de las chicas más populares del colegio.
Cuando estaba a punto de resbalar sobre un montón de nieve, Nick la tomó del brazo.
-Tenga cuidado.
Miley tenía los pies congelados y le resultaba difícil caminar. El edificio de piedra parecía cada vez más cerca e hizo un esfuerzo, pero la nieve era tan profunda que le resultaba imposible saber dónde ponía los pies.
Irritado, Zac la tomó en brazos para hacer los últimos metros.
-Déjeme en el suelo, por favor... se hará daño en la espalda... peso mucho y...
-No pesa mucho. Además, si se cae, podría romperse una pierna.
-Y usted no quiere problemas, ya lo sé -suspiró Miley mientras la dejaba en el suelo.
Dentro del granero estaban a resguardo de la tormenta, afortunadamente, pero antes de que pudiera reaccionar, Nick le estaba quitando la gabardina y la chaqueta a la vez.
-Pero bueno...
-Quítese la ropa y póngase mi abrigo -la interrumpió él.
Miley se puso colorada, pero aceptó el abrigo. Era demasiado práctica como para discutir.
-Voy a intentar encender un fuego -dijo Nick.
Lo mejor sería dejarla en el granero con una buena hoguera mientras él buscaba un teléfono. Saldría de allí más rápido por su cuenta.
Había gran cantidad de leña apilada contra un muro y Miley se escondió allí para quitarse la ropa con manos temblorosas. Quitarse los pantalones le resultó difícil porque tenía los dedos helados y la tela empapada se pegaba a sus piernas. Se quitó el jersey con la misma dificultad y luego, temblando violentamente, en sujetador, braguitas y botines, se puso el abrigo del extraño. Le llegaba hasta los pies y parecía una niña con la ropa de un adulto. El forro de seda le hizo sentir un escalofrío, pero el peso del paño le daba calor...
Nick estaba colocando troncos en el centro del granero. De nuevo, se sintió impresionada por su rapidez y eficacia. Era un hombre de recursos, pensó. No se quejaba, sencillamente hacía lo que tenía que hacer. Desde luego, había elegido a un ganador para quedarse tirada en la carretera.
Miley lo estudió, admirando el elegante corte de pelo, el carísimo y bien cortado traje gris que llevaba, con una camisa oscura y una corbata de seda. Parecía un ejecutivo, un hombre sofisticado, el tipo de hombre con el que le habría dado reparo hablar en circunstancias normales.
-Tenemos un pequeño problema... yo no fumo.
-Ah, creo que puedo ayudarle -se ofreció Miley, sacando un encendedor del bolso-. Yo tampoco fumo, pero pensé que mi futuro jefe podría fumar y... bueno, no quería mostrar una actitud de censura.
Mientras escuchaba aquella sorprendente declaración, Nick descubrió que aquella chica no era la menos atractiva que había conocido en su vida. Todo lo contrario. En el interior del granero, su pelo rubio parecía casi como el sol en contraste con el cuello oscuro del abrigo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Estaba sonriendo y cuando sonreía todo su rostro se iluminaba. Perdida dentro de su abrigo, le resultaba extrañamente atractiva...
-Tome -dijo ella, ofreciéndole el encendedor.
-Efjaristó -se lo agradeció Nick, preguntándose por qué le gustaba esa extraña. Era de pelo rubio y más bien bajita, cuando a él le gustaban las morenas de piernas largas.
-Parakaló... de nada -contestó Miley, moviendo los pies para entrar en calor-. ¿Es usted griego?
Nick la miró, sorprendido.
-Sí.
Iba medio desnuda debajo de su abrigo, por eso la encontraba atractiva, se dijo a sí mismo, intentando apartar la mirada.
-A mí me encanta Grecia... bueno, sólo estuve una vez, pero me pareció un país precioso -siguió Miley-. Está usted acostumbrado a hacer fuego, ¿no?
-Pues no -contestó él, cortante-. Pero no hay que ser Einstein para hacer una hoguera.
Miley se puso colorada. Y cuando Nick vio su expresión fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. ¿Desde cuándo era tan grosero? ¿Por qué no la trataba con un poco más de delicadeza?
-Perdone. Soy hombre de pocas palabras, pero es usted buena compañía -le aseguró.
Sonriendo como una colegiala, ella metió las manos por las mangas del abrigo.
-¿De verdad?
-De verdad -murmuró él, sorprendido y casi conmovido por su respuesta al más simple de los halagos.
La pobre tenía tanto frío, que sus escalofríos eran visibles. Cuando la leña empezó a arder, Nick estiró su metro noventa y cinco y se acercó.
-Hay una petaca en el bolsillo izquierdo. Tome un trago o se quedará helada.
-Yo no estoy acostumbrada al alcohol, no puedo...
-Tome un trago, no sea tonta -sonrió él, sacando la petaca.

Miley tomó un traguito y se puso a toser.
-Veo que lo decía en serio.
Ella respiró profundamente, moviendo los pies.
-Sí, pero es que tengo un frío...
Nick abrió los brazos.
-Venga, acérquese. Piense en mí como si fuera una manta.
-No, yo no puedo...
-No pasa nada, señorita. Tardará un rato en entrar en calor.
Miley levantó unos ojos tan Azules  como el mas en un día de invierno.
-Sí, supongo...
-¿Lleva lentillas de color? -la interrumpió Nick, frunciendo el ceño ante la estupidez de la pregunta.
-¿Lentillas de color? Pero si ni siquiera puedo comprar maquillaje -los nervios de Miley la traicionaron cuando dio un pasito torpe hacia él. De repente, su corazón había empezado a dar saltos y apenas se atrevía a respirar.
-Tiene una piel perfecta, no lo necesita -dijo Nick con voz ronca, aplastándola contra su pecho. Tan cerca, no podía dejar de notar la suavidad de sus curvas. A pesar de los esfuerzos que hacía por controlar su reacción masculina, su libido estaba a cien por hora.
Miley no podía pensar aplastada contra aquel torso masculino. Cuando levantó la cara, sus ojos se encontraron
y sintió que le pesaban las piernas, que tenía una extraña tensión en la pelvis. El hombre inclinó la cabeza y ella imaginó lo que iba a pasar antes de que pasara... pero aún sin creer que fuera a hacerlo.
Nick capturó su boca con urgencia. El beso la devastó, largo, interminable, su lengua explorando el interior de su boca. Estaba sin defensa contra esa salvaje sensación, porque su cuerpo despertó, de repente, a la vida. La tensión que sentía en el bajo vientre se convirtió en una espiral de calor que la recorrió entera con efectos explosivos. Sólo el deseo de respirar venció a ese perverso calor cuando tuvo que apartarse para llevar oxígeno a sus pulmones.
Nick la miraba con los ojos oscurecidos.
-Teos mu... No tenía intención... No debería haberla tocado, lo siento.
-¿Está casado? -preguntó Miley.
-No.
-¿Prometido? -Miley ya no tenía frío. Todo su cuerpo era como un horno.
-No -contestó él, arrugando el ceño.
-Entonces, no tiene que disculparse -declaró Miley, sin aliento, intentando evitar su mirada. Lo que le había hecho sentir era una revelación para ella y la había dejado increíblemente vulnerable y confusa.
Su primer beso de verdad y él se disculpaba. Sería horrible confesar que la había excitado, que si quería volver a hacerlo, tenía vía libre.
Miley se puso colorada hasta la raíz del pelo... ¿de dónde había salido ese pensamiento tan desvergonzado?
-Lo siento, la he molestado -dijo Nick.
Ella lo miró, con los ojos brillantes como fuego.
-No, no me ha molestado.
Experimentaba muchas sensaciones diferentes, pero no estaba molesta; sorprendida, sí. Aturdida y emocionada también. Había vivido durante muchos años en un mundo exento de emociones. Nick era lo más emocionante que le había pasado nunca y era tan grande su fascinación, que le dolía negarse el placer de mirarlo.
-Pensaba dejarla aquí sola... -empezó a decir él, estupefacto por su falta de control.
-¿Por qué? -lo interrumpió ella, asustada.
-Para buscar un teléfono. Tiene que haber alguna casa por aquí.
-Pero yo llevo su abrigo... Será mejor esperar hasta que se haga de día -murmuró Miley, mirando por la ventana. Los copos de nieve se arremolinaban con el viento y ya ni siquiera podía ver la carretera.
Nerviosa, se puso en cuclillas para calentarse las manos frente a la hoguera.
-Hábleme de su entrevista -la invitó Nick, percatándose de su aturdimiento-. ¿Qué tipo de trabajo está buscando?
-Acompañante de una anciana, pero al final no me han hecho la entrevista -suspiró ella-. Cuando llegué a la casa, me dijeron que un familiar había ido a vivir con la señora y que el puesto ya no estaba libre
-¿Y no se molestaron en llamarla para cancelar la entrevista?
-No.
-¿Y la dejaron ir, con esta tormenta de nieve? -exclamó Nick, furioso.
-Les pregunté por qué no me habían llamado, pero la señora con la que hablé me dijo que ella no tenía nada que ver porque no había puesto el anuncio -suspiró Miley, encogiéndose de hombros-. Así es la vida.
-Es usted demasiado buena. ¿Por qué quería un trabajo de ese estilo?
-No estoy capacitada para hacer otra cosa... al menos, de momento -Miley quería un techo y un trabajo fijo antes de poder hacer lo que era su gran ambición: estudiar diseño-. También necesito alojamiento y ese trabajo me habría venido muy bien. ¿Dónde iba usted?
-A Londres.
-¿Por qué me ha besado?
Resultaba difícil saber cuál de los dos se quedó más sorprendido por esa pregunta: Miley, que no había pensado antes de hablarle a Nick, a quien nunca le habían exigido explicar sus motivaciones.
-¿Usted por qué cree?
Miley se miró las manos.
-No tengo ni idea... lo he preguntado por curiosidad.
-Es usted muy sexy.
Ella levantó la mirada.
-¿Lo dice en serio?
-Sí. Y soy un experto, se lo aseguro -contestó Nick, sin vacilar.
Mils sonrió. Le gustaba su franqueza. De modo que tenía éxito con las mujeres... Normal. Era un hombre muy guapo y debía tener chicas haciendo cola.
Pero estaba más interesada por lo que había dicho antes. Aunque pareciese un milagro, había dicho que le parecía sexy. Miley se veía a sí misma como una chica más bien normal... y un poco gordita. Llevaba toda la vida deseando ser delgada. Para eso, había hecho dietas, ejercicio... su peso variaba de mes en mes, pero nunca había conseguido la figura que deseaba. Incluso su madre solía lamentar que tuviera tan buen apetito.
Sin embargo,Nick, un hombre guapísimo, la encontraba sexy. Y lo había probado sucumbiendo a unos encantos que ella no creía poseer. Miley pensó que lo querría para siempre por permitirle, aunque sólo fuera una vez, sentirse como una mujer guapa. Había esperado lo que le parecía una eternidad para oír esas palabras y de verdad creyó que moriría sin oírlas.
-¿A qué se dedica? -le preguntó.
-Inversiones.
-O sea, que está todo el día delante de un ordenador haciendo números... supongo que será un poco aburrido, ¿no? Pero, en fin, alguien tiene que hacerlo.
Nick había conocido a muchas mujeres que fingían interés por las finanzas sólo para impresionarlo. Miley, sin embargo, hacía todo lo contrario.
-¿Quiere chocolate? -preguntó ella entonces, sacando del bolso una enorme chocolatina.
-Sí, antes de que se derrita -rió Nick tomando la chocolatina que Miley, sin querer, había puesto demasiado cerca de la hoguera.
Pero al recordar el sabor de sus labios la risa desapareció, reemplazada por un turbador deseo de volver a besarla. Tomó un trozo de chocolate, pero en lugar de comerlo lo puso entre sus labios.
-Oh -Miley cerró los ojos-. Qué rico.
Nick se quedó transfigurado por su expresión. No podía apartar los ojos de ella. Se preguntó si reaccionaría así en la cama... Intentaba controlar aquel absurdo ataque de deseo, pero su normalmente disciplinada libido se portaba como un tren a punto de descarrilar.
-Haría cualquier cosa por un trozo de chocolate...
No terminó la frase al ver el brillo en los ojos del hombre. Reconociendo el deseo en esos ojos, se inclinó hacia delante, sin pensarlo siquiera, para buscar sus labios. Con un gemido ronco, Nick se puso de rodillas en el suelo y la besó hasta que empezó a darle vueltas la cabeza.
-Yo te compraría chocolate todos los días -dijo absurdamente.
-No quería... no quería que fuese una provocación -murmuró Miley.
-Lo sé -sonrió él, tomando su cara entre las manos-. Pero que seas tan sincera me parece muy refrescante -añadió, tuteándola.
-Otras personas piensan que soy demasiado extrovertida.
-Yo no conozco a mucha gente así. Y te deseo tanto que me duele... Es la primera vez que me pasa esto.