lunes, 6 de agosto de 2012

Capitulo 12.- ¡FIN!

Nick llevó a Miley a casa y luego regresó a la suya. El silencio que había allí le hizo darse cuenta de su soledad. Nunca antes había tenido problemas de aquel tipo hasta que Miley irrumpió en su vida. Hasta entonces, se había sentido bien con su futuro de millonario. De millonario solitario.
Se sintió furioso al pensar en el cuarto del niño, y en cómo había creído sin fundamento alguno que así recuperaría a Miley.
Incapaz de sentarse, se dirigió hacia la cocina se puso a revisar el correo de los últimos días. Había una carta de Stan Michaels dándole las gracias por el regalo de boda y reprendiéndolo por no haber asistido a la ceremonia. Stan se había casado recientemente con Jenna Jean. Nick meneó la cabeza. No podía creer que se hubieran unido en matrimonio. Se habían llevado como el perro y el gato cuando eran unos críos.
Echó un vistazo a la última línea de la carta: Ven a vernos cuando quieras.
Nick se quedó pensativo. Miley se iba a visitar a su familia durante las vacaciones. Aunque para él habría sido tan divertido como ir al dentista, hubiera deseado que ella lo invitara, pero no lo hizo.
Miley había sugerido que pasaran algún tiempo separados pensando en lo que cada uno quería realmente del otro. Aquello le había parecido a Nick pura cháchara de psiquiatra. Cada vez que Miley pasaba demasiado tiempo pensando le causaba a él un montón de problemas.
Se frotó la cara con frustración. Las vacaciones de Navidad se avecinaban y tenía que pensar en lo que iba a hacer. Su amigo de toda la vida, Sam, se marchaba a las Vegas. Nick ya había estado allí con él, y no quería volver a repetir la experiencia. Recibiría un montón de invitaciones que no tendría interés alguno en aceptar. Podía quedarse trabajando y hacer como si la Navidad no existiera.
Miró de nuevo la carta de Stan. Bueno, quizá fuera el momento de hacerle una visita.

—Por nosotros, los chicos que empezaron sus correrías en Cherry Lane —dijo Stan Michaels.
—Por nosotros —repitió Ben levantando la jarra de cerveza.
Nick tomó un trago y se limpió la boca. Era la víspera de Nochebuena y el ruidoso bar estaba atestado de personas. La música estaba alta, y la compañía era estupenda. Si tenía suerte, la combinación de ruido y cerveza apartaría a Miley Cyrus de su pensamiento, aunque fuera por unas horas.
—Bueno, yo realmente no empecé en Cherry Lane —apuntó Nick.
—Sabíamos dónde vivías —dijo Stan al tiempo que pedía otra ronda a la camarera—. Estabas lo suficientemente cerca.
—Además, se te daban muy bien las matemáticas —comentó Ben.
Sorprendido, Nick miró a sus amigos.
—¿Y también sabíais lo de mi padre?
—¿Que no existía? —dijo Ben—. Sí, lo sabíamos.
Nick se retrepó en el asiento y meneó la cabeza.
—Y yo que pensé que estaba todo bien tapado.
—Y lo estuvo por un tiempo —dijo Stan—. Pero éramos muy curiosos.
—Condenadamente entrometidos —añadió Ben—. Stan y yo te seguimos un día hasta tu casa.
—Me han dicho que ya no vives en el mismo vecindario —comentó Stan.
—Sí, es cierto —molesto por ser el centro de atención. Nick se encogió de hombros—. ¿Y qué hay de ti, Ben?
Ben seguía teniendo la pinta de un inconformista nato. El pelo casi le llegaba a los hombros, y llevaba una cazadora de cuero negra que no tenía nada que envidiar a la de James Dean. Con su actitud de importarle todo un bledo y el pendiente en la oreja, tenía pinta de ser la pesadilla de cualquier padre de familia.
—Ben es ahora un estable miembro de la sociedad, que paga sus impuestos —puntualizó Stan—. Y es dueño del mejor concesionario de coches extranjeros de Roanoke.
—Pero todavía conduzco una Harley. No me he casado ni tengo hijos. Y además no tendré que cortar el césped los sábados —añadió Ben dirigiendo una mirada de superioridad a Stan.
—Eh, no es culpa mía si no puedes encontrar una mujer que te merezca la pena —dijo Stan.
—Tocado. Jenna Jean merece la pena. Pero siempre he dicho que me gusta ir ligero de equipaje —Ben se giró hacia Nick—. ¿Y tú? ¿Has encontrado a la mujer de tus sueños? ¿Dispuesto a hacer herederos?
Nick dejó la cerveza en de la mesa. Hasta ahora había disfrutado de la noche. Durante unas horas había sido capaz de apartar a Miley de su pensamiento. No había conseguido olvidarla del todo, pero había ahogado su frustración en la cerveza y en los felices recuerdos de sus amigos.
—He encontrado a alguien —dijo por fin—. Pero no sé si funcionará.
Stan enarcó las cejas.
—¿Por qué no?
—Por tonterías. Odia mi dinero —contestó Nick encogiéndose de hombros.
—Estarás de broma, ¿no? —comentó Ben atónito—. Nunca he conocido a una mujer a la que no le gustara el dinero. Demonios, si ése es el problema, déjala y busca otra a la que le guste.
Aquella idea no atraía mucho a Nick. Ahora que había encontrado a una mujer que lo amaba por sí mismo, no iba a conformarse con menos.
—Ese no es el único problema.
—¿Qué más hay?
—Es vegetariana —contestó Nick, preguntándose por qué estaba eludiendo lo principal—. Y también psicóloga. Y probablemente demócrata.
—Suena interesante —apuntó Stan soltando una risita.
Nick suspiró.
—Además, está embarazada.
Los dos hombres se quedaron mirándolo boquiabiertos.
—Nos pilló de sorpresa. Y discutimos cuando me lo contó.
—Así que lo estropeaste todo, ¿no?
—Sí —contestó Nick—. Bastante.
—¿Y quieres que vuelva a tu lado?
—Sí.
—Entonces, has venido al sitio adecuado. Stan tuvo que salvar también ciertas dificultades antes de conseguir a Jenna Jean —Ben se puso de pie y se encogió de hombros—. Mientras habláis de asuntos domésticos, voy a distraer un ratito a Cindy Gillian. Está buscando presa y mira hacia aquí.


—Recuerda lo que te he dicho acerca de las mujeres con antecedentes penales —señaló Stan.
—Ya. Pero lo importante es que sepa llevar una moto —añadió Ben con una sonrisa irónica.
Nick recordó que Ben nunca citaba a una chica que no supiera conducir una moto.
—¿Habla en serio?
—No creo —dijo Stan.
—¿Y qué hay del resto de los chicos: Joe, Tex, Kevin —Nick cerró los ojos intentando recordar nombres y, rostros—. Spider.
Stan dio un sorbo a la cerveza.
—Algunos vinieron a la fiesta sorpresa de cumpleaños que Jenna organizó para mí. Joe es abogado en Richmond.
—¿Bromeas? —Nick recordó a aquel pobre chico escuálido.
Stan meneó la cabeza y sonrió.
—No, no bromeo. Kevin está en la marina. Tex está en algún lugar de Texas, y no pudimos encontrar a Spider —chocó su jarra de cerveza con la de Nick—. Nadie se sorprendió al oír cómo habías triunfado. Te echamos de menos en la fiesta y en la boda.
—El trabajo —musitó Nick. Un extraño sentimiento de afecto le oprimió las entrañas.
—¿Vas en serio con esa mujer?
—Por desgracia, sí.
Stan lo miró con lástima.
—Te diré la verdad. Jenna Jean es una mujer muy exigente. Pero nadie me ha dado nunca ni una décima parte de lo que ella me ha dado. Ninguna mujer me ha hecho nunca tan feliz. Sabía que si la dejaba escapar, perdería lo mejor que ha entrado en mi sombría vida.
Las palabras de Stan fueron para Nick como un puñetazo en el corazón. Sabía que Miley era su destino. Pero no sabía cómo hacérselo entender a ella. Tomó la jarra de cerveza entre las manos y miró a Stan con escepticismo.
—¿Y cómo la conseguiste? ¿Qué hiciste para que permaneciera a tu lado?
—Seguí tres reglas para conseguirla —contestó Stan inclinándose hacia delante—. Persistencia, persistencia y persistencia.
Las palabras de Stan le recordaron a Nick la estrategia que utilizó para entrar en el club de sus amigos. En aquel entonces pensó que, si seguía yendo por allí, quizá lo dejarían quedarse. Y al final lo consiguió.
—Y mantenerla a mi lado —continuó Stan—, será el proyecto de mi vida.

Miley arrastró el equipaje desde el aparcamiento de autobuses hasta su coche, que se hallaba cubierto de nieve. Gracias a Dios, pudo abrirlo al primer intento, arrancó el motor y limpió el parabrisas. Después del viaje en autobús, de la espera hasta hacerse con su equipaje, y, la dificultad hasta llegar a su coche, se sentía totalmente exhausta, y eso sin contar el viaje en avión.
Durante todo el tiempo estuvo pensando en Nick.
Tensa por el viaje e intentando encontrar sentido a sus sentimientos, salió del aparcamiento y se dirigió hacia las cabinas de peaje. Necesitaba ver a Nick, hablar con él. Las vacaciones habían sido difíciles. Su anticuado padre no pudo comprender por qué se negaba a casarse con el padre de su hijo, y su madre la instó a que volviera a Baltimore.
Después de la última noche que había pasado con Nick, el poder de sus sentimientos hacia él la había asustado. Había sentido la necesidad de aclarar sus ideas. Cuando el miedo desapareció, no le gustó ver lo que había descubierto.
Pagó el aparcamiento y se unió a la larga cola de coches que conducían por la autopista. Empezó a repetir mentalmente lo que le diría a Nick. «Te amo, y quiero que…»
Un camión se desvió bruscamente hacia su carril. Miley pisó el freno, y lo último que sintió fue el airbag golpearle la cara.

El busca de Nick comenzó a sonar cuando conducía camino de su casa. Comprobó dos veces aquel número desconocido y agarró el teléfono.
—Sala de urgencias, Hospital General de Denver.
Nick se puso tenso, y su mente empezó a disgregarse en diferentes direcciones.
—Soy Nick Jonas. Acabo de recibir un mensaje.
—Espere un momento.
Nick frunció el ceño y giró para salir de la autopista. Se le empezó a revolver el estómago. Se suponía que Miley volvía aquel día a la ciudad. Pero si le hubiera pasado algo no lo llamarían a él, se dijo. Él no era su marido. De repente, le sobrevino una gran frustración y empezó a impacientarse.
—Señor Jonas, usted aparece como el contacto de Miley Cyrus en casos de emergencia. La señorita Cyrus ha tenido un accidente y está recibiendo tratamiento.
A Nick se le heló la sangre.
—¿Es grave?
—No tengo acceso a esa información, pero…
La mujer siguió hablando, aunque Nick no le prestaba atención.
¿Qué ocurriría si la perdía? Aquella posibilidad le paralizó el corazón. Después de estar buscándola toda su vida, no podía perderla.
Dio media vuelta en mitad de la carretera y condujo a toda velocidad hacia el hospital. Cuando llegó se metió en una zona en la que estaba prohibido el aparcamiento, pero le daba igual.
Empujó las puertas de cristal y corrió hacia el mostrador de recepción.
—Vengo a ver a Miley Cyrus.
La recepcionista echó un vistazo a sus notas.
—Ahora está consciente. Puede…
—¿Que ahora está consciente? —repitió él alarmado— ¿Dónde está?
Tan pronto como la recepcionista contestó, Nick corrió en busca de Miley. Descorrió una cortina y la encontró en la cama con una especie de cinturón alrededor del vientre y la mirada fija en un monitor situado encima de la mesa que había junto a ella. Tenía cortes y cardenales en la cara, y se estaba limpiando las lágrimas que le corrían por el rostro.
A Nick se le encogió el corazón al verla.
—Miley —dijo.
Ella volvió la cabeza para saludarlo.
—Oh, Nick—contestó deshecha.
Él se acercó para abrazarla, pero ella le apretó los brazos y lo apartó.
—No puedes abrazarme —dijo llorando—. El niño tiene puesto un monitor, y tenemos que asegurarnos de que todo marche bien.
A Nick se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Un monitor?
Miley cerró los ojos y respiró entrecortadamente.
—Oh, Dios, no tienes ni idea de cuánto deseo que pudieras abrazarme ahora —musitó—. Esta correa es un monitor externo que mide los latidos del corazón del bebé y mis contracciones. De momento todo va bien. Tuve unas cuantas contracciones cuando llegué, pero parece que han parado.
—¿Qué ocurrió?
—Tuve un accidente en la autopista. Choqué con un camión.
Tenía un aspecto tan frágil con el camisón del hospital… Para Nick era un tormento no poder abrazarla.
—¿Dónde demonios está el médico? —preguntó.
—La enfermera regresará dentro de unos minutos. Dice que lo único que podemos hacer ahora es esperar.
—Miley —dijo Nick.
Ella levantó la mano para que él callara.
—No sigas, necesito hablar contigo. Necesito decirte que tenías razón. Tenía miedo, porque a veces cuando estoy contigo no me siento segura.
—Miley —dijo él de nuevo.
—Pero la seguridad no es siempre la mejor elección, así que…
Nick no pudo aguantar más.
—Miley, te amo, y te quiero, aunque a nuestro hijo le suceda algo terrible. Y Dios sabe que no quiero que le suceda nada. Quiero que seas mi esposa, pero te aceptaré de cualquier otro modo.
Ella lo miró, entornó los ojos y empezó a llorar.
—Tenías que decírmelo cuando apenas puedo tocarte.
Él le tomó las manos, y Miley apretó tan fuerte que le dejó marcadas las uñas.
—¿Decirte qué?
—Que me amas. Nunca antes me lo habías dicho.
—Es algo contra lo que he luchado mucho. Me ha llevado bastante tiempo darme cuenta de que, después de todo, no tenía el corazón de hojalata. No quiero perderte.
Miley abrió los ojos y meneó la cabeza.
—Eso no ocurrirá. Lo que estaba intentando decirte es que me siento más viva contigo de lo que me he sentido nunca. Estar contigo es como ver todos los colores del arco iris, cuando antes sólo veía unos pocos. Te amo tanto que a veces tengo miedo.
—Dime que te casarás conmigo, Miley.
—Claro que sí —susurró ella, y su sonrisa llena de lágrimas le pareció a Nick el sol intentando salir a través de las nubes.

Horas más tarde, cuando el médico dio de alta a Miley, Nick la llevó a casa y, subió las escaleras con ella en brazos. Aunque se sentía todavía un poco débil a causa del accidente, le reprendió.
—No es necesario que hagas esto.
—Ya sé que eres muy fuerte —dijo él dejándola con cuidado en la cama—, pero quiero que te quedes aquí y que no te muevas.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó ella.
—Mucho —contestó él al tiempo que se quitaba la ropa.
—¿Mucho? —inquirió ella con la sospecha de que tenía alguna ridícula idea en mente—. ¿Estamos hablando de cuatro horas o de cuatro meses?
—Cuatro meses no está mal para empezar —respondió Nick echándose con ella en la cama.
—Bueno, puede que necesite usar el baño alguna vez —le recordó ella.
Él meneó la cabeza.
—No. Tendrás que aguantarte.
Miley se echó a reír.
—¡Estás loco!
—Bueno, ahora no vamos a discutir sobre mi salud mental, puesto que tú eres la responsable de que la haya perdido —dijo Nick dándole un tierno beso en la frente—. Estamos hablando de dónde te vamos a colocar. Y yo quiero que te quedes aquí. Así sabré que estás a salvo. Quiero que te quedes aquí y que no te vayas nunca.
Miley se dio cuenta de que sus idas y venidas habían hecho mucho daño a Nick, y saberlo la hizo sufrir también a ella. Levantó la mano hasta su pecho y notó los sólidos latidos de su corazón en la palma.
—No me iré a ninguna parte —dijo—. Me quedaré aquí contigo.
—Bien —contestó él—. Me alegro de que no tengamos que discutir.
—No necesitamos hacerlo —apuntó ella con una sonrisa—. Te amo.
—Yo también te amo —añadió él con una solemne expresión en el rostro.

Miley durmió hasta bastante tarde. A mediodía, encontró un nuevo Volvo en la puerta de la casa. No discutió acerca del coche, ni tampoco lo hizo cuando Nick lo preparó todo para que trasladara inmediatamente todas sus cosas a la casa. Entendía su necesidad de tenerla cerca, porque era completamente recíproca. Miley sabía también, sin embargo, que su vida con Nick estaría llena de negociaciones y que no todas iban a ser agradables. Cuando finalmente habló con él para que la dejara salir de la casa, tres días después, la llevó a una joyería.
Intentó ser cuidadosa al decirle que no se iba a sentir cómoda llevando un anillo con una joya tan grande, pero después del tercer intento, la obligó a quitarse los guantes.
—Es casi indecente. No me lo voy a poner —dijo Miley con firmeza.
—Es una de esas cosas a las que tardarás un poco en acostumbrarte —contestó él tomándole la mano.
Ella la retiró.
—¡Necesitaré una grúa para levantar la mano.
—Entonces compraré una maldita grúa.
El joyero los miraba como si asistiera a un partido de tenis.
—¿Te gustaría tatuarme tu nombre en la frente? —preguntó Miley perdiendo la paciencia.
—No me tientes —musitó él.
Ella respiró profundamente y contó hasta diez. No podía reprocharle aquellos sentimientos tan posesivos, porque ella sentía lo mismo hacia él. Sus colegas utilizarían el bonito y civilizado término de exclusividad mutua. Pero los sentimientos de Miley hacia Nick eran más primitivos. Él le pertenecía, y ella le pertenecía a él.
Le tomó la mano.
—Cariño, no quiero un anillo de compromiso. Preferiría un bonito anillo de boda con mis piedras natalicias y diamantes.
Él se quedó mirándola un momento, sorprendido. El joyero carraspeó.
—¿Puedo hacerles unas cuantas sugerencias?
Nick asintió con la cabeza.
—Adelante.
Miley seleccionó los tres anillos que más le atrajeron.
—Me gustaría que me sorprendieras con la elección final —dijo ella—. Y ahora podríamos buscar anillos para ti.
Nick parecía desconcertado.
—¿Para mí?
Miley lo atrajo hacia sí y lo besó allí mismo, en medio de todo el mundo.
—Bueno, o eso, o quizá prefieras que te tatúen mi nombre en la frente.

domingo, 5 de agosto de 2012

Capitulo 11.-

Miley se llevó un trozo de lechuga a la boca con frustración. Aunque el día era soleado, el descontento reinaba en su interior como un nubarrón cargado de lluvia. Selena la había coaccionado para que comieran fuera, con la promesa de que así mejoraría su estado de ánimo.
Las dos estaban sentadas a la mesa de un pequeño café.
—No mires mi ensalada. La vas a estropear —dijo Selena haciendo la señal de la cruz con los dedos.
Miley sonrió ligeramente.
—Perdona. Estaba pensando.
—En Papá Warbucks —dijo Selena mientras pinchaba lechuga con el tenedor—. Hay mucho que pensar. No puedo creer que no te hayas acostado con él desde agosto.
—Eso me confundiría.
—¿Y acaso no estás confundida? —preguntó Selena.
—Tienes una manera tan cálida y gentil de decir las cosas, Sel. ¿No crees que deberías cambiar de ocupación y dedicarte, por ejemplo, a cobrar deudas?
—Desviar la atención hacia mí no va a funcionar. ¿Qué vas a hacer con Nick?
Miley le dio un mordisco a un trozo de zanahoria y se quedó pensativa.
—No lo sé. Cuando lo miro, automáticamente pienso en libros de autoayuda como Hombres que temen al compromiso, Diez maneras de complicarse la vida, Mujeres que aman demasiado, El mago de Oz.
selena arrugó la frente, confundida.
—¿El mago de Oz?
—El hombre de lata —contestó Miley—. ¿Lo recuerdas? Ése que necesitaba un corazón.
Selena se encogió de hombros.
—Bueno, no hay duda de que Nick tiene corazón. Si no, mira cuánto se esfuerza para que tu embarazo te sea más llevadero. Si lo necesitaras para algo, estaría aquí en un abrir y cerrar de ojos.
—Puede ser —dijo Miley todavía dudosa—. No lo he visto mucho por las noches últimamente.
—¿Crees que está saliendo con otra mujer?
A Miley se le cayó el alma a los pies.
—No lo sé. Pudiera ser, pero es más probable que esté trabajando. No puedo evitar preguntarme si me culpa aún por lo del bebé —Miley pensó en lo que más le molestaba y dejó el tenedor a un lado—. Nunca me ha dicho que me ama.
Bueno, ya lo había confesado. Debía habérselo confiado a alguien antes, pues sabía mejor que nadie que una pena compartida era más fácil de sobrellevar. Exhaló un suspiro.
—Lo que quieres decir es que nunca ha utilizado esas palabras —corrigió Selena—. Porque, por su aspecto, parece que lo estuviera gritando.
Las palabras de Selena resonaron en su interior. Había verdad en ellas, pero Miley no se sentía mejor. Al contrario, estaba más confundida, porque había llegado a la conclusión de que con Nick no podía tener lo que quería o necesitaba.
—No quiero quedar atrapada en ese ciclo de desear algo de él y no querer pedirlo. Es horrible, pero no puedo pedirle que me diga que me ama. Preferiría afeitarme la cabeza.
Selena ladeó la cabeza ligeramente.
—No estoy segura de que eso resolviera tu dilema. Escucha, esto no me incumbe —dijo Selena—. Por supuesto que eso nunca me ha impedido hablar de ello. Nick no tiene un doctorado en psicología. Es un hombre de acción. Puede que no quieras contar con él. Sabía que encontró algo bueno cuando te conoció, y parece que está haciendo todo lo posible por mantenerte a su lado. Te toca a ti decidir si eso es lo que quieres o no.

—Confía en mí —dijo Nick.
Miley gruñó mientras le ataba el pañuelo sobre los ojos.
—¿Por qué tengo la sensación de haber vivido esto antes?
—Es diferente —le aseguró Nick—. Confía en mí.
—Siempre he odiado que la gente me diga eso. Mi madre me dijo «confía en mí» después de que me extirparan las amígdalas, y el primer helado que probé llevaba un jarabe camuflado.
—Esta noche no habrá helados ni jarabes —dijo Nick al tiempo que arrancaba el motor y aceleraba.
—Mi hermana me dijo en una ocasión «confía en mí, no hay medusas» y, una me picó.
Él sonrió.
—Tampoco hay medusas. Estamos en tierra firme. Dime una cosa, ¿durante cuánto tiempo has tenido problemas por confiar en la gente? Has mencionado a tu madre —dijo con un atroz acento alemán.
—Eres malísimo imitando a Sigmund Freud —refunfuñó Miley. Estaba en el segundo trimestre de embarazo, se acercaban las fiestas navideñas, se sentía magnífica físicamente, su nivel de energía era óptimo, y el bebé estaba estupendamente. Estaba como flotando.
Nick le acarició ligeramente el cuello con la mano, y ella sintió como si estallaran fuegos artificiales a su alrededor.
—¿Y qué significa la venda?
Nick le apretó con suavidad.

—Más que algo sexual. ¿Satisfecha?
—No del todo.
—Podría ser hipnosis. En realidad no había pensado en ello. Empecemos con algo fácil. Repite después de mí. Quiero conducir un Volvo. Quiero conducir el coche que tenga los índices mayores de seguridad. Quiero deshacerme de mi Honda civic y conducir el Volvo que Nick me va a regalar.
Miley, se echó a reír.
—No funcionará si no sigues mis instrucciones. Repite después de mí.
—Me gusta mi Honda. Me gusta mi Honda. Me gusta mi…
—¡Calla! —dijo él poniéndole la mano en la boca—. Después de todo lo que me ha costado encontrar un coche más pequeño…
—Por un precio mayor —añadió Miley.
Nick suspiró profundamente, y ella notó cómo el coche giraba.
—Nunca pensé que diría esto, pero… cariño, creo que estás obsesionada con el dinero.
—¿Yo? —gritó ella.
—Sí, tú. ¿No te enseñó tu madre cómo aceptar un regalo? Da las gracias y cállate —dijo él con una sonrisa.
—Mi madre estaba demasiado ocupada cantando la canción de los Beatles para dormirme.
—¿Qué canción? —preguntó Nick mientras paraba el coche.
El dinero no puede comprar mi amor —contestó ella sonriendo al recordar aquella situación.
—Es verdad, pero puede comprar casi todo lo demás. Muy bien, mi pequeña demócrata. Es la hora de la sorpresa.
Lo oyó salir del coche y abrirle la portezuela.
—Dame la mano —pidió Nick, y ella sintió una extraña sensación de anticipación.
—¿Estás seguro de que esto no es helado? —preguntó ella, casi deseando que lo fuera. Tenía la sensación de que algo muy importante estaba a punto de ocurrir.
—Esta vez no.
En cuanto se apeó del coche, supo que estaba en el garaje de Nick. Había evitado ir a su casa porque allí se había dejado muchos de sus deseos y sueños secretos.
La guió a través de la puerta, y oyó los pasos de Dixie en el suelo. Un momento después sintió cómo el perro se restregaba contra ella. Miley se agachó para acariciarlo.
Nick la agarró más fuerte de la mano y la guió escaleras arriba.
—No estoy segura de esto, Nick. No creo que sea una buena idea. La última vez…
—Esto es diferente, por desgracia —contestó él.
Miley contuvo la respiración al pasar por delante de la puerta de su dormitorio.
—¿Qué estás…?
Entraron en una habitación, y Nick fue a encender una lámpara. Ella se llevó las manos al pañuelo.
—Espera un momento.
Miley permaneció de pie en la oscuridad, expectante.
Una suave música empezó a llegar hasta sus oídos.
Miley escuchó y sonrió.
Brilla, brilla, pequeña estrella —dijo, reconociendo sin dificultad la canción de su niñez. De nuevo, se llevó las manos al pañuelo.
—Todavía no —dijo Nick.
Otra melodía siguió a la anterior. Miley escuchó atentamente.
La canción de cuna de Brahm.
—¿Conoces ésta? —preguntó él al tiempo que se oía otra melodía.
Habla con los animales —contestó ella con lágrimas en los ojos.
Sintió que Nick se acercaba a ella. Le quitó el pañuelo, y Miley parpadeó. Una docena de imágenes le impactaron a la vez. El papel con motivos del Arca de Noé. Una lámpara con animalitos de porcelana que yacía encima de una cómoda de madera clara. Y una cuna con sábanas y almohada de color verde.
A Miley se le encogió el corazón.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto —dijo casi temerosa de mirarlo—. ¿De dónde has sacado el tiempo?
—He tenido mucho tiempo libre últimamente. Sobre todo, por la noche. ¿Lo he hecho bien?
—Es perfecto. No puedo creerlo. Es una maravilla. No sé qué decir.
—Di que te vendrás a vivir aquí —dijo él con la voz quebrada.
A Miley se le subió el corazón hasta la garganta.
—Oh, Nick —exclamó, consciente de la batalla que se libraba dentro de él.
—No tienes que compartir mi cama. Puedes tener tu propia habitación —dijo Nick con los ojos entornados.
Miley estaba perpleja. No sabía qué decir.
—Es… ¿es eso lo que quieres?
—No me preguntes lo que quiero —dijo él en un tono de voz peligroso.
Miley dio un paso adelante, irresistiblemente atraída por él.
—¿Por qué?
Él alzó la mano para tocarle el cabello. Luego la dejó caer, como si intentara reprimirse.
—No me preguntes lo que quiero, a menos que realmente desees saberlo.
Desde el primer momento en que vio a Nick, quiso conocerlo. Era como si se hallara al borde de un acantilado. Si daba un paso hacia delante, ¿sería capaz de nadar de vuelta a la orilla?
Miley respiró profundamente y le acarició la cara.
—Deseo saberlo.
Nick puso la mano sobre las suyas y atrajo a Miley hacia sí. Ella notó inmediatamente su excitación.
—¿Ves lo que me haces sentir? —preguntó él—. Te quiero. Quiero tenerte en mi cama cada noche, y quiero hacerte el amor todas las mañanas. Quiero verte y sentirte.
Nick recostó su frente en la de ella.
—No te gustará lo que voy a decirte, pero me has convertido en un hombre muy avaricioso. Quiero poseerte.
Se trataba de un comentario machista, pero, tal como lo expresó, parecía más bien un arrebato de necesidad.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tanto como me tengas tú a mí.
Como si no pudiera esperar más, le levantó el vestido y le introdujo las manos bajo las medias para acariciarle la piel desnuda.
Miley se estremeció.
—Déjame tenerte —rogó Nick con una voz que la derritió—. He soñado contigo.
Reclamó su boca, y Miley sintió que la cabeza le daba vueltas. Aquella confesión había sido tan primitiva y fuerte, que no pudo resistirse.
—Te he echado de menos —añadió él mientras le desabrochaba el vestido y lo dejaba caer al suelo. Luego, siguió el sujetador.
Los besos de Nick despejaron las dudas de Miley y encendieron su pasión. Ella le desabotonó la camisa, se la quitó y dirigió las manos hacia el cinturón.
—Yo también te he echado de menos —susurró, deseando demostrárselo.
Sus inhibiciones desaparecieron, y lo besó de la manera en que él la había besado. Palpó su pecho desnudo y deslizó la boca hasta él. Con la lengua le acarició los pezones, que se endurecieron de excitación.
—Miley—dijo Nick con un punto de advertencia en la voz.
Ella hizo oídos sordos. Era como si hubiera probado por primera vez el agua después de haber pasado sed durante mucho tiempo.
Él la echó hacia atrás para besarle la boca y, mientras su pecho tocaba con suavidad sus sensibles pezones, sus manos iniciaron un erótico viaje por entre sus muslos.
Miley estaba hinchada y húmeda. Nick la acarició con suavidad hasta que la hizo temblar de excitación. Luego le introdujo el dedo y Miley gritó.
De repente, nada era ya suficiente. Con la boca, ella empezó a recorrerle el cuerpo. Le besó el pecho, el vientre, y le introdujo la lengua en el ombligo.
—Miley —dijo Nick de nuevo con la voz quebrada.
Sintió los dedos de él en su pelo. Cualquier mujer en su sano juicio habría parado. En cambio, ella deslizó la boca hacia abajo hasta encontrarse con su sexo.
Miley se volvió loca de placer, y le hizo el amor con los labios.
Allí, en aquella habitación que él había hecho para ella y para el niño, Miley había vivido la experiencia más erótica de su vida, y empezó a temblar.
—Oh, cariño, ven aquí —dijo él al tiempo que la levantaba con los brazos.
La llevó hasta el baño y abrió los grifos de la ducha.
—No creo que pueda mantenerme en pie —confesó ella.
—Yo te sostendré —añadió él.
Nick se metió en la bañera. Su ternura hizo que a Miley se le saltaran las lágrimas.

Nick la dejó encima de la cama como si se tratara de fina porcelana. Estaba envuelta en una toalla, y él la prefería desnuda, pero no iba a quejarse. Por fin estaba allí de nuevo. Su pelo dorado y húmedo contrastaba con el azul oscuro de las sábanas.
—¿Quieres beber algo?
—Sí, gracias. Un poco de zumo.
En el minibar, preparó un zumo de naranja y un vaso de vino para él. Luego, volvió a la habitación. Observó cómo Miley se tomaba el zumo en un santiamén.
—Estabas sedienta, ¿verdad?
—Sí, mucho.
—¿Quieres más?
—Sí, pero no zumo.
A Nick se le paralizó el corazón al ver aquella atrevida petición reflejada en los ojos de Miley. ¿Sería posible que ella lo quisiera aunque sólo fuera la mitad de lo que él la quería? Tomó un sorbo de vino puso los dos vasos encima de la mesita de noche.
Ella se quitó la toalla y él bebió de su desnudez. Sus pechos estaban hinchados y los pezones oscuros y alargados a causa del embarazo. El cuerpo de Nick se endureció por el deseo, y bajó la cabeza para acariciarle la punta con la boca. Le encantaba sentir cómo los pezones se endurecían bajo la caricia de su lengua.
Miley gimió y restregó sus muslos contra los de él.
—¿Te gusta?
—Sííí —contestó ella.
—Si continúo —dijo Nick—, creo que casi podría hacerte…
—Oh —suspiró Miley—, oh… Dios mío…
Le deslizó la mano entre los muslos y vio que estaba preparada.
Miley pronunció su nombre y aquello fue como música para él.
Ella le retiró la mano y se frotó suavemente contra él. Quería penetrarla y tomarla de manera que ella nunca lo olvidara, que supiera siempre que le pertenecía.
—No quiero herirte.
—No lo harás —dijo Miley con los ojos llenos de pasión.
Pero Nick no confiaba en sí mismo. Quería tomar de ella tanto como pudiera.
Con manos temblorosas la colocó encima. Ella lo miró con ojos sensuales. Luego se alzó ligeramente y lo dejó entrar en su interior.
Era la escena más sexy que Nick nunca había visto.
Miley, desnuda, con el pelo cayéndole por los hinchados pechos, y con el vientre redondeado por el embarazo. Sus azules ojos estaban fijos en él, como si fuera todo su mundo.
Nick estuvo a punto de explotar. Entonces vio la expresión de su cara. No era suficiente. Ella empezó a moverse con una ondulación tan voluptuosa que le hizo perder la razón. Luchó para aguantar un poco más. Quería que aquel momento durara siempre. En algún momento creyó oírla susurrar «te quiero».
Justo antes del amanecer hicieron de nuevo el amor, y Nick cayó en un profundo sueño.
Cuando se despertó de nuevo, estaba solo y el sitio de Miley se había enfriado. Oyó el vago sonido de una caja de música al otro lado de la puerta.
Se levantó deprisa, se puso unos vaqueros y la llamó.
—¿Miley?
—Estoy aquí —contestó ella un momento después con voz dubitativa—. En el cuarto del bebé.
Llevaba puesto su albornoz y estaba de pie en medio del dormitorio, escuchando una canción. Le dirigió una mirada triste.
—Ayer no pusiste una de las canciones. Edelweiss es una de mis favoritas.
—No pude encontrar una sobre narcisos —dijo Nick refiriéndose a la antigua comparación que había hecho de ella.
La sonrisa de Miley desapareció.
—Es preciosa. Son todas muy bonitas.
Nick respiró profundamente. Esperaba oír algún «pero» de un momento a otro, y sabía que no sería muy bueno.
—¿Te apetece que subamos a la balconada?
Miley desvió la mirada.
—Ahora no. Yo…
—Quieres desayunar —Nick hizo una afirmación en lugar de una pregunta.
—No.
Miley lo miró, y lo que él vio en sus ojos lo partió en dos. Ella tenía miedo.
Apretó la mandíbula y se acercó a ella.
—¿Qué ocurre?
Miley suspiró y meneó la cabeza.
—No lo sé. No estoy segura de que podamos… —estaba dudosa, no encontraba las palabras adecuadas—. Anoche, no debimos…
Nick se sintió herido y enfadado consigo mismo por importarle tanto que ella se marchara o no.
—No te estarás arrepintiendo de lo que ocurrió, ¿verdad, Miley? Nos conocemos desde hace mucho tiempo y demasiado bien para eso, ¿no te parece?
—No me arrepiento de nada. Anoche ocurrió algo maravilloso.
—Entonces, ¿qué es, Miley? ¿Cuál es el problema?
—No lo sé. No sé si podremos darnos el uno al otro lo que de verdad necesitamos.
La frustración afloró al rostro de Nick. Medio herido y medio enfadado, se enfrentó a ella.
—¿Qué pasa conmigo? ¿Qué echas de menos?
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Nada.
—Debe de haber algo. ¿Soy demasiado alto? ¿Demasiado bajo? ¿Demasiado moreno…?
—No, eres extremadamente atractivo y lo sabes. No estoy hablando de características físicas.
Nick enarcó las cejas.
—Entonces debe de ser mi carácter, mi personalidad. Tengo cambios bruscos de humor. Tengo demasiado dinero —dijo con sarcasmo.
—No —contestó ella—. Sé que tienes cambios de humor, pero eso me gusta. Lo que ocurre es que no sé si podremos conseguir que lo nuestro dure.
—¿Cómo puedo convencerte de que quiero que te cases conmigo? Tú y el niño pertenecéis a esta casa. Puedo manteneros y…
—El dinero no tiene nada que ver —dijo Miley con una expresión tensa en el rostro.
Él la miró y se sintió derrotado.
—Tienes razón. No es el dinero. Es la seguridad. La razón por la que no quieres quedarte conmigo es porque no soy una persona digna de confianza.

viernes, 3 de agosto de 2012

Capitulo 10.-

La había perdido.
Sabía el momento exacto en que ocurrió. Sabía las palabras exactas que había pronunciado. Había dejado que la ira y la confusión que sentía hablaran por él.
Nick se paseó por el silencioso estudio, pendiente de la curiosa mirada de Dixie.
No quería ir a su habitación. Aunque habían pasado semanas desde que había dormido con ella, todavía buscaba su presencia durante la noche. Cada mañana se despertaba con las manos vacías y con un terrible sentimiento de soledad.
Miley lo había llenado por completo y lo había hecho sentirse como si hubiera encontrado su lugar en el universo. De una manera agradable pero firme al mismo tiempo, lo había obligado a verse de un modo diferente. Tenía que haberla retenido a su lado. Tenía que haberla protegido.
Se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ni siquiera podía asomarse a la balconada. Recuerdos de escenas de amor con ella le hacían detenerse a mitad de camino.
Tenía que hacerla volver. Se frotó la cara con frustración. Tenía que hacerla volver, pero no sabía cómo.

Nick sonrió al oír la risa de Miley al otro lado de la puerta de la oficina. Estaba entreabierta, y pudo verla de pie entre Selena y un hombre que le pasaba las manos por el vientre, que ya empezaba a notarse.
—Mira —dijo Miley con los ojos llenos de excitación. Su aspecto era inocente y sexy al mismo tiempo—. ¿Lo has sentido?
Selena entornó los ojos para concentrarse.
—No lo sé —dijo—. ¿Tú qué piensas, Kevin? ¿Cómo se puede ver la diferencia entre el movimiento de un bebé y una indigestión?
—¡Se ha movido otra vez! —dijo Miley.
—Lo he notado —murmuró Kevin al tiempo que pasaba ligeramente la mano por el vientre de Miley. Ver la mano de otro hombre tocándola hizo que a Nick le hirviera la sangre. Sintió el impulso de romperle la mano a aquel tipo. Respiró profundamente y meneó la cabeza.
—Puede que la camisa sea un obstáculo —sugirió Kevin.
—¿Tú crees?
Parecía como si Miley estuviera realmente considerando la idea de levantarse la camisa. «Eso será en otra vida», pensó Nick al tiempo que entraba por la puerta.
La mirada de ella se encontró con la suya. Sus brillantes ojos le hicieron sentir el amo del mundo.
Pero aquella sensación no duró mucho. La chispa se oscureció, como si Miley hubiera recordado que no debía tener aquellos sentimientos hacia él.
Nick cerró el puño en señal de frustración.
—El bebé se está moviendo —le dijo Miley—. Está dando pataditas. Kevin y Sel querían sentirlo.
Nick se acercó a ella sin apartar la mirada de sus ojos.
—A mí también me gustaría sentirlo. ¿Todavía se mueve?
Miley asintió con la cabeza y le guió la mano hasta su vientre. Nick vio cómo Kevin apartaba la mano, y eso le hizo sentirse mejor. Un profundo silencio invadió la habitación. Nick cerró los ojos para concentrarse y sintió un suave movimiento procedente del interior de Miley.
Abrió los ojos, atónito.
—Lo he sentido. ¿Ese es el bebé? —preguntó.
—Sí —contestó Miley con una amplia sonrisa—. ¿Qué te parece, futbolista o gimnasta?
—Las dos cosas —contestó él con decisión.
Kevin se aclaró la garganta.
—O a lo mejor tienes un campeón de boxeo —añadió mientras lanzaba a Nick una mirada desafiante. Luego, se dirigió a Miley—. Dime algo acerca de mi propuesta para el sábado por la noche, ¿de acuerdo? He dejado mi número en tu escritorio.
—De acuerdo —contestó Miley ligeramente inquieta.
—Ha sido un golpe bajo bastante acertado —comentó Selena una vez que Kevin se hubo marchado—. Esto parece una competición.
—Selena—dijo Miley— en tono de advertencia.
Selena sonrió y tamborileó los dedos sobre una hoja de papel que había encima del escritorio.
—No te preocupes. Una pequeña competición es algo muy saludable. ¿No es eso lo que dicen los capitalistas, Nick? —Selena se dirigió despacio hacia la puerta—. Que paséis una buena tarde.
Nick sonrió y apretó el puño dentro del bolsillo del pantalón.
—Lo mismo digo, Sel —dijo Miley. Luego, cerró la puerta de la oficina y suspiró—. Está loca —dijo mirando a Nick.
—Quizá. ¿Cuánto tiempo lleva Kevin viniendo por aquí?
—Es uno de los profesores —respondió Miley encogiéndose de hombros—. Un buen chico.
—¿Cuánto tiempo lleva detrás de ti?
—¿No te parece una manera un poco brusca de decirlo? El único interés que tiene es halagarme, considerando que me siento tan capaz de despertar excitación como una barra de pan.
—¿Por qué? —preguntó Nick incrédulo.
—He tenido náuseas durante seis semanas. Ahora, estoy perdiendo cintura. Estoy en la fase de engorde —comentó Miley.
—No, no lo estás. Simplemente se te está empezando a notar.
Ella meneó la cabeza y sonrió.
—Eres muy amable.
—No tienes ni idea de lo sexy que estás.
Miley se sonrojó y levantó la mano en señal de protesta.
—No tienes que intentar hacerme sentir mejor. Yo…
Nick la atrajo hacia sí y la besó hasta que ella se relajó. Le deslizó una mano hasta el cuello y le acarició la oreja con los labios.

—Noto tus pechos más llenos, y seguro que están más sensibles —musitó al tiempo que le acariciaba los senos. Notó la señal de excitación en sus pezones.

Quería ir más lejos. Quería tocarla con la boca y degustarla con la lengua. Quería quitarle la ropa y hacerla suya de todas las maneras posibles. Pero sintió que ella dudaba. Sus sentimientos contradictorios eran fuertes, y él no podía tomarla en aquel estado. La quería totalmente abierta a él.

Nick bajó la mano hasta la cintura.
—Tienes más curvas que nunca. Los hombres te miran y ven a una mujer madura y sensual. Aún conservas tu cintura, pero el bebé está creciendo. ¿Sabes cuánto me excita saber que tienes a mi hijo creciendo dentro de ti?
Miley respiró con suavidad.
—Me resulta difícil de creer. Dijiste que no querías…
No la dejó seguir hablando. No quería oír de nuevo aquellas palabras absurdas que una vez pronunció.
—Ahora pienso de otro modo.
Miley lo miró con ojos inquisitivos. Algo desconfiada, elevó la mano para acariciarle la barbilla.
—¿Ah, sí? ¿De veras piensas de otro modo?
—Sí. Deja que te lo demuestre.
Miley cerró los ojos y se estremeció. Se inclinó hacia él, y Nick sintió la embriagadora anticipación de la victoria. Pero ella se echó hacia atrás. Sus temblorosas manos le ofrecieron un escaso consuelo. El la quería entera.
Miley dio un paso atrás y desvió la mirada.
—¿Qué te ha traído aquí esta noche?
—Necesito hablar contigo —contestó él.
Ella debió de percibir el tono pesimista de su voz, pues lo miró con expresión burlona.
—¿De qué?
—Preferiría hablar en otro sitio. ¿Te parece bien después de cenar, en mi casa?
Nick quería presionarla. A pesar de las repetidas invitaciones que le había hecho, ella no había pisado su casa desde que se fue a Cheyenne.
—¿Por qué no tomamos comida china en mi casa? Invito yo —dijo Miley con una sonrisa tentadora.
—Yo pagaré —respondió Nick sin dilación.
—No —respondió ella, sorprendiéndolo con su firmeza—. El hecho de que seas rico no significa que siempre tengas que pagar.
Nick pestañeó. ¿Una mujer pagando por él? Aquello no tenía precedentes.
—Parece que te hubiese dado una bofetada.
Luchando contra la perspectiva de que ella pagara, Nick meneó la cabeza sin saber qué contestar.
—No sé qué decir.
Ella se aferró a los bordes de su chaqueta.
—¿Qué te parece: «Gracias. Tomaré setas con bambú»?
De nuevo, Miley había conseguido darle la vuelta a la situación. Nick asintió con la cabeza.
—Está bien. Gracias. Tomaré pollo con almendras.
—Nos veremos en mi casa —dijo ella con una sonrisa.
Una hora más tarde, cuando terminaron el último bocado, Miley se llevó las manos al estómago y, dijo con voz quejumbrosa:
—No puedo creer que haya comido tanto. Hace sólo un par de semanas, apenas podía tomar unas cuantas galletas.
Nick la miró mientras tomaba un sorbo cerveza.
—El bebé está acelerando su proceso de crecimiento.
—O lo estoy haciendo yo —dijo ella con ironía, previendo la tabla de ejercicios que tendría que hacer el verano siguiente—. Pero me ocuparé de eso más adelante. Cada cosa a su tiempo. Primero, la ropa de premamá. Estoy, pensando también en el dormitorio, pero no creo que haga nada definitivo hasta el último trimestre.
—El dormitorio —dijo Nick meneando la cabeza—. No se me había pasado por la cabeza hasta aquel día que estuvimos en la tienda de ropa infantil.
Sus miradas se cruzaron, y Miley supo que él estaba recordando el preciso momento en que la besó. Respiró profundamente. El efecto que Nick producía en ella era aún tan poderoso, que le resultaba difícil mantener la cabeza fría. Incluso en la oficina, había deseado estar con él, tenerlo más cerca. Pero no podía ser, se decía una y otra vez. Todo había acabado.
—¿Cómo decora una psicóloga el cuarto de un bebé? —preguntó él, devolviéndola a la realidad.
Miley bajó un poco la cabeza y fue a tirar los envases de cartón a la basura.
—Tengo planeado usar un enfoque científico con los colores para que el entorno del bebé evoque una atmósfera de seguridad y confort.
Nick la miró con escepticismo.
—¿Un enfoque científico con los colores?
—Sí —afirmó ella volviendo a sentarse—. Se han llevado a cabo muchos estudios para encontrar el color más relajante.
—Me muero de curiosidad. ¿Cuál es?
«Seguro que va a refunfuñar», pensó Miley.
—El rosa chicle.
Los ojos de Nick se abrieron horrorizados.
—¿Bromeas?
—En absoluto. Los estudios realizados en las prisiones demuestran que el color rosa chicle es el que produce efectos más calmantes en los presos.
¿Presos? Nick se pasó una mano por la cara.
—¿Y si tienes un niño? No le pondrás la habitación rosa, ¿verdad? Sus compañeros lo llamarán afeminado.
—¿Tienes idea de lo sexista que suenan tus palabras?
—¿Y tú? ¿Quieres que tu hijo quede marcado para siempre porque le pintaste la habitación de rosa? —preguntó Nick enfatizando la última palabra con disgusto.
—Bueno, puede que haya otra elección.
—Amarillo.
—No —dijo Miley con un movimiento de cabeza—. Los estudios demuestran que los bebés lloran más fuerte y por más tiempo cuando están en habitaciones pintadas de amarillo. Estaba pensando en el verde. Se supone que el verde tiene también efectos relajantes.
Nick se sintió aliviado.
—No me sorprende. ¿Por qué crees que hacen el dinero verde?
Miley puso los ojos en blanco y se echó a reír.
—A veces no entiendo la manera en que funciona tu mente.
—Lo mismo digo —Nick le devolvió la sonrisa ¿Qué más vas a poner en la habitación?
—Creo que la decoraré con motivos de animales para bebés. He visto un papel precioso que representa el Arca de Noé. Y también quiero poner varias cajas de música… —Miley se interrumpió, tratando de apaciguar su excitación—. Sé que no es muy práctico. Si fuera una persona práctica, me centraría en el aspecto educativo.
—Eso puedes hacerlo más adelante, ¿no? —dijo él colocando la mano sobre la de ella.
Un cúmulo de emociones embargó a Miley al sentir su contacto. Se sintió desesperada. Cerró los ojos unos segundos, y luego volvió a abrirlos. ¿Lograría alguna vez olvidar a aquel hombre?
Súbitamente, recordó que Nick deseaba hablarle de algo.
—¿Qué querías decirme?
Los ojos de él se oscurecieron. Tardó unos momentos en contestar.
—Quería que supieras que si muero o resulto incapacitado, hay una póliza de seguros a favor de ti y del niño.
A Miley se le encogió el corazón.
—¿De qué estás hablando?
—Es un seguro de vida. Si muero o sufro algún accidente que me incapacite para trabajar, el niño y tú estaréis bien atendidos. Recibirás un cheque mensual, y el bebé recibirá una cantidad considerable cuando cumpla dieciocho años. Una especie de sueldo hasta que cumpla los veinticinco. Luego, a los treinta, recibirá el resto.
Miley intentó quedarse con los detalles, pero estaba totalmente absorta con la idea de que Nick resultara herido.
—¿De verdad crees que esto es necesario?
—Lo es para mi paz mental. También habrá que pensar en alguien que cuide del niño en caso de que a nosotros nos ocurra algo. Pasé la mitad de mi niñez aterrorizado, temiendo que mi madre muriera y me enviaran a un orfanato.
Miley meneó la cabeza. La mente le daba vueltas.
—¿Cómo he podido olvidarme de todo eso? Y yo preocupada pensando en tomar vitaminas y en la decoración del dormitorio.
—Habrías caído en la cuenta, antes o después —dijo Nick encogiéndose de hombros—. Hoy he ido a…
Miley esperaba que le dijera por qué había ido aquel día, pero él no dio más explicaciones.
—¿Por qué hoy?
Chris Nick entornó los ojos y ladeó la cabeza.
—Supongo que podríamos considerarlo como un aniversario. Hoy hace diez años que murió mi madre.
—Oh —Miley se recostó la cabeza en la mano—. Imagino que tendrás muchos recuerdos.
Él esbozó una leve sonrisa y asintió con la cabeza.
—No todos son malos. Recuerdo una vez que intentó enseñarme a pescar, pero odiaba la idea de usar gusanos, así que utilizamos diferentes cosas. Cuando conseguimos pescar un pez, gritó tan alto como si hubiésemos atrapado un atún de cinco kilos. Y sólo era un pececillo insignificante.
Miley percibió el flujo de emociones que se reflejaba en los oscuros ojos de Nick, y sintió lo mismo en su interior.
—¿Te pareces a ella?
—En los ojos —contestó él mirándola fijamente.
—¿Qué personalidad tenía?
—No sé cómo sería antes de tenerme a mí. Pero recuerdo que deseaba verla sonreír más a menudo. La mayoría de las veces su aspecto era serio, y siempre estaba cansada.
Miley pensó en aquel pequeño muchachito y en cómo habría lamentado ser una carga para su madre. Se le formó un nudo en la garganta.
—No quiero que eso te ocurra a ti —dijo Nick.
—¿Que me ocurra qué? —preguntó ella frunciendo el ceño.
—No quiero que pierdas tu sonrisa. No quiero que dejes de reír. Y no quiero que te sientas cansada todo el tiempo.
El poder que había en su mirada la estremeció.
—No soy como tu madre, Nick. Estaré bien.
—Puedes estar segura de que lo estarás —él se levantó y empezó a pasearse por la habitación—. Todavía no he solucionado todos los detalles, pero también quiero abrir una cuenta para que recibas un cheque cada mes.
Confusa, Miley observó su rostro preocupado.
—¿Te refieres al seguro de vida?
—No. Este cheque lo recibirás mientras yo esté vivo.
Miley se puso de pie al comprender sus intenciones.
—No. Ya te he dicho que no quiero…
—Mantendré a mi hijo —la interrumpió Nick con firmeza.
Miley suspiró.
—Pero tú no elegiste esta situación.
—Ni tú tampoco.
Se miraron a los ojos durante varios segundos.
—Mi abogado dice que puedo establecerlo como desee. Cuando le dije que no te casarías conmigo, me comentó que podía estipular un bono de cien mil dólares en caso de que nos casáramos. Si creyera que iba a funcionar lo haría, Miley.
La tristeza la invadió. Nick no comprendía nada.
—No quiero tu dinero.
—Lo sé.
La soledad que Nick sentía en aquel momento penetró en ella. Detestaba verlo sufrir, y sabía que no podía evitarlo. Sintió un enorme deseo de acercarse a él.
Le acarició el brazo y percibió su tensión. Él le tomó la mano y se giró para mirarla.
—Todavía te quiero —dijo con la voz quebrada.
A Miley se le encogió el corazón. Tragó saliva para deshacer el nudo que sentía en la garganta, y respondió:
—No quiero que te sientas solo.
Nick la abrazó.
—Entonces quédate conmigo.
Ella exhaló un suspiro.
—Eso nos acarrearía otros problemas.
—No veo cuáles —repuso él al tiempo que acercaba su boca a la de ella.
Miley olió su perfume y sintió cómo su sentido común se desvanecía. Le rodeó el cuello con los brazos.
—Oh, Nick, ¿qué estamos haciendo? —susurró.
—Sólo nos estamos besando.
La lengua de Nick se adentró en su boca. Para Miley, aquello era algo más que un simple beso. Su cuerpo se estremeció y sus manos desearon explorarlo, proporcionarle placer. Quería poseerlo y ser poseída por él.
Se echó hacia atrás y posó la cabeza en la barbilla de Nick. Necesitaba respirar para aclarar su mente, pero el aroma de él se lo impedía.
—Quiero estar contigo, pero no estoy segura de que sea lo mejor.
—Siempre ha sido lo mejor —respondió Nick con una risita desprovista de humor—. Siempre ha sido lo correcto. ¿De verdad creíste que lo que sentimos el uno por el otro podía desaparecer? —preguntó tomándole la barbilla con los dedos.
Miley recordó la horrible conversación que habían tenido sobre su embarazo. En aquellos momentos, había perdido toda esperanza.
—Sí, lo creí.