¿Era posible que él no captara que aquello era una invitación clara a que volviera a besarla y siguiera donde lo habían dejado, con sus dedos rozando las bragas mojadas de ella?
Era evidente que los dos se deseaban. Él había sentido su humedad y ella había sentido la erección de él, dura como una piedra. Y acababa de decirle, en términos claros, que ya no tenía un futuro con Liam.
-La gente dice muchas cosas cuando está enfadada -repuso él en tono conciliador.
¿Quería insinuar que ella era irracional y debía perdonar que Lian le pusiera los cuernos? Ja. Ella no tenía nada de irracional.
-No estoy enfadada.
Nick la miró sin decir nada.
-De acuerdo. Puede que esté un poco enfadada porque me ha engañado y lo ha hecho con un hombre -se encogió por dentro; se sentía gorda, fea y poco deseable-. ¿Cómo voy a competir con eso si no estamos equipados igual?
Nick movió la cabeza con cierta irritación.
-Tú no tienes que competir. Por mucho que te cueste creerlo, tú no tienes nada que ver en eso.
Para él era muy fácil decirlo.
-¿Alguna vez has tenido una novia que te dijera que había descubierto su lesbianismo interior contigo?
-Ah... no.
-Lo suponía. ¿No crees que eso puede hacer que te sientas un poco deficiente?
Nick parecía un hombre que tuviera que enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.
-Sé que puedes sentir eso, pero esto no sucede porque haya un problema contigo. El que tiene el problema es Liam. Y me gustaría que hubiera hablado conmigo antes de hacer una estupidez que puede poner en peligro su relación contigo.
Su vehemencia y su crítica al comportamiento de Liam la sorprendían. Normalmente los hombres se apoyaban entre sí, tuvieran o no razón. Y su reacción la sorprendía todavía más porque siempre había creído que no le caía bien a Nick.
Tomó una revista del arcón de bambú y se abanicó con ella.
-Me sorprende que no pienses que ha sido una suerte que haya podido librarse de mí.
Nick se sentó más recto en el sofá.
-Siento que hayas interpretado mal mis acciones en ese sentido.
¿Qué? ¿Ahora implicaba que era una neurótica que había malinterpretado su comportamiento amistoso? Miley estaba enfadada, sudorosa y tenía mucho calor. Él había elegido el día erróneo para salir con aquellas tonterías. Se incorporó con una rodilla en el sofá y los brazos en jarras.
-Alto ahí. Espera un momento. ¿Sientes que haya interpretado mal tus acciones? Si te vas a disculpar, hazlo bien. Si no, ahórrate la saliva. Pero no se te ocurra insultarme con la disculpa.
Él tuvo el buen sentido de parecer algo avergonzado, pero todavía arrogante. Y muy sexy a la luz de las velas.
-Tienes razón. Me he portado como un imbécil y sigo portándome como un imbécil.
Aquello la sorprendió. Aunque, por otra parte, nunca sabía lo que podía esperar de Nick.
-Yo no te he llamado imbécil. Bueno, a lo mejor sí que era eso lo que insinuaba -ya estaba harta de todo aquello. ¿Qué sentido tenía?-. Vamos al grano. Yo nunca te he caído bien. Tú apenas has podido mostrarte educado conmigo y nunca he sabido por qué. El día que me fotografiaste pensé que era diferente... pensé... bueno, no importa. Ya soy mayorcita y, después de enterarme de que mi prometido prefiere a los hombres, supongo que esto ya no puede ser peor, así que ¿por qué no me lo cuentas? Dime por qué nunca te he caído bien. Dicen que la confesión es buena para el alma.
-No creo que...
-Oh, vamos, Nick. Sé sincero. Hay algo en la oscuridad de la noche que hace aflorar los puntos oscuros. Ya sabes cómo es eso. Cosas que jamás pensarías a la luz del día. Cosas que nunca harías o dirías en otro momento se pueden decir en la oscuridad.
Su beso apasionado... su lengua en la boca de él y las manos de él en sus nalgas... todo eso estaba aún entre ellos. Ella lo veía en su rostro.
-Los dos sabemos que nunca he tenido agallas para preguntártelo y seguramente nunca vuelva a tenerlas. De hecho, es probable que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse después de esta noche, así que vamos a dejar que la oscuridad nos dé valor y tener una conversación de verdad -dijo.
La idea de no volver a verlo nunca le resultaba más inquietante que el pensamiento de no ver más a Liam. Sabía que lo estaba pinchando, pero era mejor que arrojarse en sus brazos, sentir los latidos de su corazón bajo el suyo, probar el calor de su pasión, regodearse en aquel deseo que la dejaba anhelante y húmeda. Ansiaba descubrir de primera mano si la pasión entre ellos era tan potente e increíble como en sus sueños.
-Si nuestros caminos no vuelven a cruzarse nunca, ¿qué puede importarte la respuesta? - preguntó él.
-Será algo que me preocupe hasta que tenga la respuesta. Soy una chica muy testaruda y seguiré pensando por qué no te he caído bien hasta que dentro de años me vea obligada a buscarte y exigir una respuesta para poder dejar de tomar Prozac.
Nick frunció el ceño confuso.
-¿Tomas antidepresivos?
Miley le sonrió. Resultaba muy raro intentar convencer a un hombre para que le dijera lo que no le gustaba de ella. Pero ninguno de los sentimientos que Nick producía en ella eran normales ni cómodos.
-No. Pero si no me das una respuesta, me volveré loca y tendré que empezar a tomarlos, así que contéstame de una vez.
Él movió la cabeza, pero parecía más relajado y extendió el brazo a lo largo del respaldo del sofá. Tenía unos brazos bonitos. Con la cantidad justa de músculo y vello oscuro. ¿A quién pretendía engañar? Todo en él resultaba muy sexy. Y ella ya no tenía que sentirse culpable porque le gustara. Era libre.
-¿En tu familia todos os comunicáis así? - preguntó él.
-No -rió ella. Y le devolvió la pelota-. ¿Y en tu familia todos intentáis evitar preguntas cambiando de tema?
Nick sonrió y ella sintió una buena dosis de lujuria libre de culpa.
-No. Simplemente no hablamos.
Era la primera vez que comentaba algo sobre su familia y Miley sintió curiosidad.
-¿La altivez de los británicos?
-Algo así. Y tienen la cabeza llena de objetos y civilizaciones antiguas.
Miley sabía por Liam que su padre era conservador de un museo y su madre profesora de arqueología... o quizá de antropología.
-El mundo moderno les parece una inconveniencia -terminó él.
Miley tardó sólo un segundo en sentir la soledad de un niño al que sus padres nunca habían hecho mucho caso. Supo que Nick había resultado también una inconveniencia. Y se sintió identificada.
-Yo no era una inconveniencia, pero siempre he sido una decepción -comentó.
-No he dicho que yo fuera una inconveniencia.
-No hacía falta.
Él inclinó la cabeza a un lado.
-¿Cómo es posible que tus padres te consideren una decepción?
-Muy fácil. Porque yo no soy tan buena como mi hermana Sylvia, que se licenció con honores en Yale y es abogada en Savannah. Betsy, mi hermana pequeña, se casó con el hijo de uno de los compañeros de papá. Tad y ella tienen una casa preciosa en Wilmington Island en una urbanización muy exclusiva. Y yo no soy tan lista como Sylvia ni tan fina como Betsy. Hablo mucho. Soy demasiado asertiva. Estudié empresariales pero me gano la vida planeando fiestas. Cometió el pecado de abandonar Savannah y Georgia. Cuando fui a casa con Liam, se sintieron complacidos, aunque él no fuera sureño. Y ahora resulta que es gay.
Suspiró. Tardó un momento en continuar.
-Ah, sí, y Sylvia y Betsy son altas y delgadas como mis padres. Y yo tengo los genes de la abuela Burdette y soy bajita y con un trasero grande.
Nick se cruzó de brazos y la miró a los ojos.
-¿Seguro que quieres oír la verdad aquí en la oscuridad?
Oh, oh. Algo en su tono sonaba a advertencia. Ella se lo había pedido, pero ya no estaba segura de quererlo. Por otra parte, ella nunca había huido de las cosas ni enterrado la cabeza en la arena y no iba a empezar en ese momento.
-Por supuesto.
-Si eso es lo que de verdad sienten tus padres, lo único que tienes que hacer es superarlo. Olvidar la parte de la compasión y mirar las cosas tal y como son. Dices que planeas fiestas como si eso fuera algo malo, cuando tú planificas los eventos de un bufete que consta de ciento cincuenta abogados. Según Liam haces un trabajo excelente y eso requiere mucha habilidad organizativa y negociadora.
Miley abrió la boca para señalar que tenía una ayudante, pero él levantó una mano para hacerla callar.
-Déjame terminar y luego puedes hablar tú. Yo creo que viniste a Nueva York para huir de la censura de tus padres, pero si vas a seguir viéndote a través de sus ojos, más vale que hagas las maletas y vuelvas a casa -su tono se suavizó-. Hasta que no te aceptes como eres y te gustes, no serás libre. No sé cómo son tus hermanas y no me importa. Tu cuerpo haría caer de rodillas a la mayoría de los hombres. Cualquier hombre con una dosis normal de testosterona te diría que tienes un trasero perfecto. Me gustaría pensar que los hombres no somos tan vanos como para enamorarnos de tu trasero e ignorar tus demás atributos y cualidades, pero te aseguro que a cualquier hombre le gustaría tu trasero. Lo llevaría a la locura.
Bien, le tocaba a ella preguntar y no sabía qué decir. Desde luego, él le había tomado la palabra y había dicho mucho. Y quizá tenía razón. Ella se había ido a la Gran Manzana para huir de las restricciones de la aristocracia de Savannah, ¿pero no seguía midiéndose según el rasero de ellos? ¿Y hasta qué punto su atracción por Pablo y subsiguiente compromiso no se había debido a la necesidad de contar con su aprobación? Pero ya pensaría en todo eso más tarde. De momento, prefería centrarse en la parte de que su trasero podía llevar a un hombre a la locura.
-¿De verdad? ¿A la locura?
Él enarcó las cejas y a continuación le sonrió. Era la primera sonrisa auténtica que recibía de él, la primera que llegaba hasta sus ojos. Miley contuvo el aliento. Aún entonces, seguía habiendo una parte cerrada en él, como si guardara celosamente un secreto.
-Por lo menos al deseo.
La percepción que ella tenía de sí misma empezaba a cambiar. Quizá había empezado ya antes, con sus sueños con Nick y su reacción a él esa noche, con el modo en que se veía desde que había descubierto la infidelidad de Liam y el modo en que la había retratado Nick en relación con sus padres. En muy poco tiempo, su mundo había empezado a cambiar. Quizá el último año en Nueva York había sido una especie de calentamiento y en los últimos minutos era cuando más cerca había estado de descubrir su auténtico ser.
Y Nick y ella empezaban a conocerse y no quería que se retirara de nuevo. No quería volver a soñar con él esa noche. Esa noche quería al hombre de carne y hueso en su cama.
Una idea empezaba a cobrar forma en su mente. Él era mucho más asequible cuando estaba detrás de una cámara. Si podía convencerlo de que la fotografiara, tendría más probabilidades de llevárselo a cama.
-Nick, ¿harías algo por mí?
-Depende de lo que sea.
-Estoy dispuesta a pagarte.
Él sonrió con picardía.
-Ahora ya tienes toda mi atención.
Su tono perezoso y sensual hizo que la invadiera el deseo de nuevo. Tener su atención no estaba mal, pero ella deseaba algo más.
-¿Quieres fotografiarme mientras esperamos que vuelva la luz? Esta vez no para Liam sino para mí.
-Yo no me alquilo -dijo él.
Acceder a fotografiarla sería una mezcla de lo cura y desesperación.
-¡Oh! -la decepción de ella no era fingida.
¿A quién pretendía engañar? Lo menos que podía hacer era ser realista consigo mismo. Fotografiarla sería una dulce tortura. Hacerle el amor con la cámara era un pobre sustituto a tocarla y acariciarla, pero más seguro. Y además, él era incapaz de negarle nada.
-Pero tiene que ser gratis -dijo.
Miley negó con la cabeza y se apartó unos mechones de pelo de la cara.
-No. Insisto en pagar.
-Créeme. Lo hago por egoísmo. Si no es gratis, es menos probable que llores delante de la cámara. Te protegerás más.
-Yo sólo lloro cuando estoy furiosa, así que, si no me enfureces, no tienes nada que temer -sonrió ella-. Empiezo a pensar que no eres nada egoísta, pero que es la imagen que te gusta dar -entrecerró los ojos-. Si no quieres dinero, haremos un intercambio. Te planearé una fiesta a cambio.
-De acuerdo -él sólo tenía un amigo, Liam. Y en ese momento no sentía ningún deseo de darle una fiesta.
-O puedo preparar algo más íntimo para tu dama y para ti, si es que te decides a cortejarla -dijo ella, como si le leyera el pensamiento.
-Tú ya te ofreciste a ayudarme con mi triste vida amorosa, ¿no?
-Puedo preparar algo muy bonito y muy romántico. Deberías hablar con ella. Tienes mucho que ofrecer a una mujer.
-Ya he dicho que te fotografiaré, no necesitas recurrir a las mentiras -dijo Nick. Se echó a reír para ocultar su sonrojo.
Miley sonrió y le lanzó un cojín, que rebotó en el pecho de él.
-Creo que tú también necesitas una pequeña dosis de vedad. Quienquiera que sea esa mujer, tendría mucha suerte de tenerte. Creo que detrás de esa altivez se esconde un tipo muy agradable. Eres listo, a veces muy divertido, tienes talento, eres sexy y yo te doy una puntuación muy alta en el apartado de los besos.
Nick no sabía qué decir.
-Está bien.
-Por lo menos piénsalo -insistió ella-. Decide qué clase de velada te gustaría tener con tu verdadero amor. Seguro que ella aceptará si se lo pides. Y del resto me ocupo yo.
Nick apartó la vista.
-Te prometo pensarlo -dijo.
-Avísame cuando lo sepas.
-Bien -él se levantó del sofá y se acercó a la bolsa con su equipo, que había dejado al lado de la puerta-. Ahora que hemos llegado a un acuerdo, ¿cuál es tu habitación favorita? ¿El lugar predilecto de tu casa? ¿Dónde pasas más tiempo?
Ella vaciló.
-Mi lugar predilecto es el sofá.
Nick no la creía. Ella había tenido que pensarlo demasiado para resultar creíble.
Miró la estancia iluminada por velas. Ella estaba sentada encima de las rodillas y lo observaba con los brazos en el respaldo del sofá.
-Vamos, Miley. ¿Qué ha sido de eso de la sinceridad en la oscuridad? ¿Cuál es el lugar que más te gusta de tu apartamento?
Ella levantó la barbilla un poco.
-La bañera. Es de esas viejas de patas con garras. Ideal para baños de burbujas.
Nick tenía ya la foto en la cabeza. Ella, con el pelo recogido encima de la cabeza, el vapor subiendo a su alrededor, la piel brillante. Tragó saliva.
-¿Y tu segundo lugar favorito? -preguntó con voz ronca.
-El dormitorio -la cama resultaba sólo un poco más segura que el dormitorio, pero al menos la desnudez no se daba por supuesta-.Y la habitación que menos me gusta es la cocina. No me gusta cocinar y ni la cocina ni esta habitación tienen ventanas. Son claustrofóbicas.
-Pues te fotografiaremos en el dormitorio -él intentaba hablar con tono profesional. Ella había encontrado la solución perfecta a su problema. Al fotografiarla se convertía en el profesional que hacía un trabajo y dejaba de ser el hombre loco por ella.
-Quiero cambiarme de ropa. Tengo calor y estoy sudorosa.
-Muy bien. No tengas prisa. Yo prepararé el equipo.
-No tardaré mucho -ella tomó una vela y vaciló-. ¿Te importa acompañarme al dormitorio hasta que encienda las velas? No me gusta entrar en una habitación oscura.
-Está bien. Yo iré delante para que no tengas que entrar en la habitación oscura.
-Gracias, Nick.
Su voz suave le producía cosquillas en la piel. Era ridículo que lo mirara como si hubiera accedido a matar dragones por ella.
-De nada.
Tomó una vela y echó a andar delante de ella. Por desgracia, conocía el sabor delicioso de su boca y el modo en que sus curvas se apretaban contra el cuerpo de él. Antes de llegar a la habitación, ella le puso una mano en la espalda.
-Espera un momento. Vamos antes al baño.
Necesito lavarme la cara con agua fría. Y seguro que tú también.
Nick necesitaba más una ducha de agua fría, pero no lo dijo.
-De acuerdo.
Cruzó la puerta que tenía a la izquierda y la vela iluminó una habitación rectangular con una ventana alta y pequeña. A un lado había una bañera de garras con una cortina de ducha circular. El espejo encima del lavabo reflejaba la luz de la vela y añadía brillo al baño.
Nick contuvo el aliento cuando la cadera de ella rozó su costado en la estrechez de la estancia.
-Perdona -murmuró ella.
-No importa.
La joven dejó su candelabro en un estante pequeño al lado del lavabo. En un armario abierto había toallas dobladas. Sacó dos toallitas pequeñas y las colocó bajo el grifo de agua fría.
Nick esperaba al lado del lavabo. Ella escurrió el agua de las toallitas y le pasó una.
Él se la pasó por la cara caliente y observó a Miley hacer lo mismo. Ella se pasó la tela por la cara y el cuello. Un suspiro brotó de sus labios.
-¿No es maravilloso? -preguntó en voz baja e íntima.
-Sí -repuso él.
-Trae. Déjame que te la moje otra vez.
Miley le quitó la toallita y la puso debajo del grifo. Se la tendió muy mojada.
Nick dejó la vela en la parte más ancha del lavabo y tomó la tela mojada. Al hacerlo rozó los dedos de ella y aquel contacto breve le provocó una ola de deseo.
-¿Alguna vez habías tenido tanto calor? - preguntó ella-. Si empiezo a arder, échame agua fría para apagar las llamas.
Nick no sabía qué le producía aquel impulso, pero se dejó llevar por él.
-¿Así? -preguntó. Se acercó, estrujó la toallita y dejó caer el agua sobre los hombros de ella.
La joven dio un respingo y a continuación se echó a reír.
-Eres malo...
-¿O así? -él le lanzó otra lluvia de gotas por la espalda.
-No, mucho mejor así -ella estrujó su toalla en la base del cuello de él y le lanzó un chorro de agua fría por la parte delantera de la camiseta.
Nick se echó a reír y repitió el gesto de ella. Miley lanzó un grito y no se molestó y pasó directamente a lanzarle agua del grifo con las manos. Poco después estaban los dos empapados. Uno de ellos había apagado una de las velas y ya sólo quedaba la pequeña de Miley.
-Ha sido divertido -declaró ella.
Tenía el pelo mojado y el agua le caía por la piel. El agua fría había endurecido sus pezones, que destacaban bien contra el top mojado. Nick tragó saliva y la miró a los ojos para no mirar más abajo.
-Sí, ha sido divertido -corroboró.
No sabía que podía ser tan juguetón. En su casa no había habido nunca peleas de agua. En su casa había habido pocas cosas divertidas. Sus padres se tomaban la vida y sus trabajos muy en serio.
Miley sacó una toalla del armario y empezó a secarle el pelo.
-Puedo hacerlo yo -dijo él.
-Ya lo sé -ella le pasó la toalla por la barbilla con gentileza y le secó la garganta-. Pero ya lo he hecho yo.
Retrocedió y se secó la cara con la misma toalla. Nick tendió una mano y para que ella le pasara la toalla.
-Puedo hacerlo yo -dijo.
-Ya lo sé -repuso él.
Le pasó la toalla por el cuello y por el valle entre los pechos. Procuró que la prenda de algodón fuera lo único que tocara su piel. Se situó detrás de ella y le secó con cuidado los hombros y la piel de la espalda. Se apoyó en una rodilla y bajó la toalla por sus muslos, la parte de atrás de las rodillas y las pantorrillas.
-Date la vuelta.
Miley obedeció y él subió la toalla por sus piernas, con la tela susurrando contra su piel.
Se puso en pie y le devolvió la toalla en silencio.
-Gracias -dijo ella.
-De nada.
Tenía que salir pronto de aquella habitación estrecha donde ella olía tan bien. Tomó la vela que estaba en el estante. Cuanto antes llegaran a su habitación y pudiera esconderse detrás de la cámara, mejor para los dos.
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